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Jardiel, la risa inteligente / Enrique Gallud Jardiel

La risa resulta un tanto sospechosa. Los mecanismos que nos llevan a ella suelen ser la mayoría de las veces burdos e instintivos, nos provocan risa un resbalón o un tartazo, y este resorte viene siendo utilizado por multitud de personas para movernos a hilaridad porque resulta barato de producir. Tanto es así que el artista intelectual huye de provocar la risa al espectador o lector por entenderla como una respuesta vulgar a una propuesta vulgar. Es un error y una pena. Es una gran pérdida que el intelectual haya abominado de provocar la risa en vez de haberla adoptado y pretendido como uno de los mejores resultados a los que puede conducir la obra artística. Hay muy pocas cosas más sanas que una buena risa provocada por un buen estímulo intelectual. Enrique Jardiel Poncela hacía (hace) reír de esa manera, de manera inteligente. Es más, hay que ser inteligente a veces para poder reírse con algunas de las cosas de Jardiel. Porque el humor de Jardiel, pese a ser comprendido por cualquiera, tenía guiños particularmente ingeniosos o poéticos que trascendían con mucho el entendimiento común. Jardiel reivindicaba la risa como patrimonio del intelecto y consideraba al espectador una persona con capacidad de discernimiento, alguien a quien poder hacer cosquillas pensando.
Eso, y muchas otras cosas, es lo que Enrique Gallud Jardiel, nieto del objeto sujeto de este libro, nos muestra de manera admirablemente concienzuda y prolija. Gracias a este libro me he enterado de algunos porqueses, por qué me gusta tanto leer a Jardiel, por qué sus obras están en un plano distinto a las de sus contemporáneos, por qué no han quedado obsoletas y hasta el por qué recibió bofetadas por la izquierda y la derecha.
Gallud nos explica mediante ejemplos concisos y muy bien traídos al tema, los entresijos del pensamiento y la obra jardelianos, cómo sirvió de revulsivo su humor en una sociedad convulsa y cómo las letras acabaron siguiendo sendas abiertas por el jardielismo, pero mirando al tendido y como no dándose por aludidas.  Si conoces a Jardiel necesitas leer este libro, y si no, te abrirá la puerta a un autor al que hay que leer para conocer la cara inteligente del humor y, gracias a las numerosas y decidoras acotaciones y observaciones que proliferan en sus escritos, lo que se cocía entre bastidores en la sociedad artística, y no tanto, de la época.
He de agradecer también al autor el que, con este repaso a la vida y obra de don Enrique, me hayan vuelto las ganas de releerlo, algo que entretiene tanto. Reír y aprender ¿se puede pedir más?

En otro orden de cosas, puedes seguir las humoradas de Enrique Gallud Jardiel aquí, si también eres de los que no recelan de echarse unas buenas risas.

Garú Garú, el atraviesamuros, de Marcel Aymé

De tiernos infantes, Ángel, Cheché y yo a veces dejábamos de darnos con las espadas de madera y meditábamos sobre el universo. í‰ramos personas de guarderí­a y el universo solí­a ser la pelí­cula del domingo, en que iba El Zorro y le hací­a jugarretas al Gobernador y al sargento no-sé-cuántos. A todos les grababa una buena Zeta en el fondillo de los pantalones. Nadie salí­a herido, lo que era decepcionante.
Pero la vez que más meditamos Ángel, Cheché y yo fue cuando vimos una peli en blanco y negro, jurarí­a que francesa, en que aparecí­a un nuevo superhéroe que daba mucho de sí­. El Atraviesamuros
-Garúgarú. –decí­amos tratando de filtrarnos por la puerta de la despensa. Lo de la despensa era fijación de Ángel que, en el mes de Marí­a, al ir todos con flores a porfí­a en el colegio de monjas que era guarderí­a, llevaba su ramillete pero, en los descuidos, se comí­a las meriendas de las niñas y hací­a correr la voz de que habí­a sido la Virgen, agradecida por el regalo.
Garugarú o el Atraviesamuros. Qué huella dejaba. Tanta que, vagando por el Parí­s de la Francia (Por si me apuntaba al Mayo del 68) me encontré uno de esos engendros giratorios de Le Livre de Poche (de Gallimard. Allí­ estaba, encuadernado en tonos verdes, un bello recuerdo de infancia: “Le Passe-Muraille”, todo él en gabacho y firmado por Marcel Aymé..
-Está cayendo en el desuso, dijo Don Juan, mi catedrático de Literatura, que también caí­a en lo mismo. Aymé es un surrealista mixto y listo que propone lo que pasarí­a con una cosa imposible mientras los demás llevan una vida normal. Por ejemplo –y esto era de la cosecha de Don Juan y no de la de Aymé- ¿y si ahora Sócrates fuera divisado dándose un paseo por Marbella, discutiendo con Gorgí­as? ¿Tendrí­a relevancia? ¿Y si una zarza parlante se pusiera a dictar leyes desde la corona de La Cibeles? ¿Eh? ¿Eh?

Transcurrimos dos o tres pasos y el cátedro paró y se me encaró, como solí­a cuando í­bamos de peripatéticos. Un kilómetro llegaba a parecer diez.
-Creo que a Aymé le gustaba observar la forma que tiene la costumbre de vérselas con las excepciones.
-La guillotina, por ejemplo
-No, no: la normalidad. Nada resiste a la normalidad. Aymé, muestra sus amables monstruos con toda sencillez. El Atraviesamuros empieza del modo más elemental: «Habí­a en Montmartre, en la tercera planta del 75 bis de la calle de Orchampt, un hombre excelente llamado Dutilleul, que poseí­a el singular don de pasar a través de los muros sin dificultad». ¿Ves qué sencillo es inmiscuir lo imposible en un mundo de hojas de cálculo?
Claro que los diferentes acaban mal y “Garou-Garou” da en la cárcel; hombre educado y oficinista, escribe al Director con mucho respeto: «Monsieur le Directeur: En referencia a nuestra entrevista del 17 de los corrientes y a la memoria de sus Instrucciones Generales del 15 de mayo del año pasado, tengo el honor de informarle que he acabado el segundo tomo de Los Tres Mosqueteros y que cuento con evadirme esta noche, entre las once y veinticinco y las once y treinta y cinco. Al mismo tiempo, le enví­o el testimonio de mi profundo respeto, y mi consideración más distinguida, señor Director. Su seguro servidor, GAROU-GAROU».
O sea, todo muy normal, con formulismos consagrados por la brillantina de la burocracia universal. Pero a Garúgarú un breve amor le hace dudar que las piedras son atravesables y, además, se deja medicar para ser “normal” y algo bobo, como se espera de él. En uno de sus saltos a través de las paredes, medicado y con surmenage, « Dutilleul quedó parado en el interior de un muro. Allí­ está todaví­a hoy, incorporado a la piedra. Los noctámbulos que bajan por la calle Norvins, cuando el rumor de Parí­s es casi un murmullo, oyen una voz con sordina que parece venir de ultratumba y que se imaginan que es el viento rodeando las esquinas. Es Garou-Garou Dutilleul que lamenta el fin de su gloriosa carrera y el recuerdo de amores demasiado breves» Muy bonitas las últimas frases, cuando un pintor bohemio coge su guitarra y se aventura por la calle Norvins para consolar con una canción al pobre prisionero «y las notas, volando desde sus dedos, penetran en el corazón de la piedra como gotas de claro de luna»
¿Basta esto para detener los experimentos de Marcel Aymé? En la página siguiente, bajo el tí­tulo de Las Sabinas, se arranca como de costumbre: “Habrí­a en Montmarte, en la calle del Abrevadero, una jovencita llamada Sabina, que poseí­a el don de la ubicuidad.»
La ubicuidad gris del mundo devora con tranquilidad el brillo inesperado de lo imposible. Pero Marcel Aymé se desentiende: no quiere meditar cómo los hombres acaban teniendo un corazón de piedra. Para eso, nosotros.

Papeles de Trapisonda

Es un artículo publicado el 2 de enero de 2006.
Actualización:
En Youtube podemos encontrar el original de la película en francés, entera. Algo es algo.

En el nombre del cerdo / Pablo Tusset

Qué mal me cae Pablo Tusset.


Pero mal mal mal… me tiene cuatro noches enganchado con el librico este que acaba de salir, el de “En el nombre del cerdo”, que yo, hábilmente, le regalé aquí a mi señora para su cumpleaños, y yo leyendo y leyendo y el tí o venga a darme con la puerta en las narices. ¡Que se empeña en que yo lea lo que él tenga a bien escribir y no lo que yo quiero leer! Porque el tí o escribe lo que le sale de las narices, como si yo le importara un pito. ¡Pues me va a oír!
-Pringao, tú paga y lee y cállate, que el escritor soy yo.
El tí o empieza con una trama cojonuda, de crímen abyecto en plan ceeseí y yo, que me gustan las novelas con gente desmembrada y polis me froto las manos; pero de pronto cambia y me pone una historia romántica de amores tardíos y otoñales, y yo, que me gusta la novela costumbrista me froto las manos; y de repente cambia y pone una cosa de pasiones desatadas en la Niu Yor de antes de los avionazos, con chica maravillosa y cuarentón que encuentra el amor de su vida, y yo, que me gusta que Jarri encuente a Sali, me froto las manos; pero de repente sale un psicópata que asesina al personal ciegamente, y yo, que me gustan las novelas con toque gore y seriales quíler me froto las manos; pero entonces me lleva a un pueblecito del pirineo de esos con ambiente cerrado y minimalista, y personajes cargados de historias de las que se podría sacar una novela (de cada uno de ellos), y yo, que me gustan los dramas carpetovetónicos de toda la vida, me froto las manos… y una después de otra, y cuando ya estaba esperando el final que aglutinase todos los dramas, la solución a tanto enigma… ¡zas! el tío me da con la puerta en las narices, qué capullo.
-¡Te jodes! Eso te pasa por querer avanzar lo que va pasando conforme a tu lógica, como si fuera una película americana, que en cuanto empiezan ya sabe uno en qué va a parar todo, pues no señor, las cosas son como son y no como tú esperas.
-Pues sepa usted, señor mío, que lo que le hace a la señora Mercedes no tiene nombre, eso no se lo perdono, eso es pa mear y no echar gota.
-Eso sale todos los días en el periódico y tú no te das cuenta, melón.
-¿Y el final, eh, qué me dice del final? Yo ya me esperaba un final como el del cruasán, que es algo parecido a lo que le pasaba a la Castroforte del Baralla de “La saga-fuga de J.B.”, un final estratosférico (no de esos que acaban en agua de borrajas, como los finales de las novelas de Pérez Reverte, o de Humberto Eco, no) un final que te deja pasmao. Joder, y me pone usted un final de una historia que yo no sabía que también la estaba leyendo, no me daba cuenta.
-Yo acabo mis libros con un par de huevos, coño. Y si no te das cuenta de lo que lees, pon más atención.
-Usted le abre a uno una puerta, y cuando uno se quiere colar dentro, se la cierra en las narices y le lleva a otra, y tres cuartos de lo mismo. Le pone usted a uno la miel en la boca y luego se la quita. ¡Yo quiero enterarme de lo que pasó con la chica de los mohines! ¡Y con el trío de plumíferos cárnicos! ¡Y con la pobre rusita! ¡Y con la seguramente zozobrante vida interior de la Susi, o el Malacaín, el Betoven o la Heidi!
-Bah… todo eso no viene al caso, tú a leer lo que yo te ponga, que para eso soy el escritor, y con lo otro te puedes montar tus propias películas ¿o es que voy a tener que hacértelo yo todo?
-¿Y por qué no escribe todas esas historias?
-Porque no me sale de los cojones.
-Me cae usted muy mal.
-Sí , eso me dices ahora, pero cuando saque otro libro seguro que corres a comprarlo.
-Como loco.

Oz

Siete casas en Francia / Bernardo Atxaga

 «Lo más novedoso y excitante que ofrece la literatura europea de nuestros días.siete-casas

Leerlo es un placer.» 
Publishing News
 
En Yangambi, junto al río Congo, el ejército de Leopoldo II de Bélgica impone el orden bajo la autoridad de Lalande Biran, un poeta con deseos de amasar fortuna y regresar a las tertulias de los cafés de París.
 
A su alrededor se mueven disparatados y espléndidos personajes que convierten aquella selva en un delirante circo de la ambición y el absurdo humano: el ex legionario Cocó, mujeriego y brutal, con la cabeza siempre dividida en dos; el gigante Donatien, servil y pérfido; los mandriles, una virgen, un león y una deslumbrante nativa. Pero las cosas comienzan a ser diferentes con la llegada de un nuevo oficial: Chrysostome Liège, un tirador infalible que esconde una enigmática personalidad.
 
Siete casas en Francia es una novela que huye de la crónica sombría o de la denuncia vehemente; busca, en cambio, a través del humor y de la aventura, la metáfora que habla del lado siniestro de nuestro mundo. 
 
«Su enorme variedad y su mezcla única de posibilidades genéricas lo apartan de casi todo dentro de la narrativa. Sus páginas recrean un mundo nuevo y fresco con una originalidad poco común en la literatura española contemporánea.» The New York Times 
 
Editorial ALFAGUARA
272 pgs
ISBN: 978-84-204-2276-3
Precio aprox: 19,50 €
 
atxaga

Bernardo Atxaga (Asteasu, Gipuzkoa, 1951) se licenció en Ciencias Económicas y desempeñó varios oficios hasta que, a comienzos de los ochenta, consagró su quehacer a la literatura. La brillantez de su tarea fue justamente reconocida cuando su libro Obabakoak (1989) recibió el Premio Euskadi, el Premio de la Crítica, el Prix Millepages y el Premio Nacional de Narrativa. La novela ha sido llevada al cine con el título Obaba. A Obabakoak le siguieron novelas como El hombre solo (1994), que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica de narrativa en euskera, y Esos cielos (1996), y libros de poesía como Poemas & Híbridos, cuya versión italiana obtuvo el Premio Cesare Pavese de 2003. Su obra ha sido traducida a veintisiete lenguas. La edición en euskera de El hijo del acordeonista ha recibido el Premio de la Crítica 2003. Bernardo Atxaga es ya uno de los creadores de mayor hondura y originalidad en el panorama literario de este principio de siglo.

 

 

Leiaa

 

 

¡Maldito trabajo! / Jordi Garrido i Pavia

Tiene usted en sus manos un libro sobre mobbing, burnout y dirección de personas cuyo contenido está hecho a partes iguales de anécdotas reales, humor y management.
Esta original obra recoge la autobiografí­a de Shahzad, un directivo triunfador hecho a sí­ mismo, que ha llegado a lo más alto con una visión muy particular del management, a la que hemos denominado Power’s Management.
Shahzad es homófobo, misógino, xenófobo, machista, facha, racista, déspota, egocéntrico y un montón de cosas más. En definitiva se trata de un auténtico directivo Torrente o, lo que es lo mismo, un directivo Power’s Management.

El Power’s Management es el anti-management (acoso psicológico + dirección por amenazas) a que mandos intermedios, directivos y gerentes someten a sus subordinados y que, en la actualidad, representa uno de los grandes retos laborales a los que se enfrenta la sociedad.
Este es un libro que refleja situaciones reales y, si usted se escandaliza por lo que va a leer en él, consuélese pensando que en este mismo momento muchos trabajadores sufren acoso psicológico al estar sometidos al yugo de este tipo de directivos y gerentes.
Este es un gran libro sobre management, pero explicado de una manera muy original, transgresora y con un gran sentido del humor.

Si usted se escandaliza por lo que va a leer, consuélese pensando que en este mismo momento muchos trabajadores sufren acoso psicológico al estar sometidos al yugo de este tipo de directivos y gerentes.

Editorial Granica
Precio aprox: 20 €
Colección: Marketing y ventas , Management
ISBN: 9788483581230

 

Jordi Garrido i Pavia. Autor de varios libros de Dirección Comercial y Márketing, es Máster en Márketing, además ser doctor y licenciado en Administración y Dirección de Empresas por dos universidades norteamericanas. Ha sido Director de Marketing y Comercial de importantes cadenas detallistas y de servicios, gestionando grandes equipos comerciales con centenares de puntos de venta. Paralelamente, ha sido técnico de la Confederación de Comercio de Catalunya y prof. de Estrategia Comercial y de Distribución Comercial en varias universidades, además de ser conferenciante habitual en varios paí­ses de Europa.

Leiaa

Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift

Y tú que te creí­as que esto de los viajes de Gulliver era un cuentito para niños ¡pues no señor! Este es un Libro Morrocotudo, una novela de Humor con H gorda. Si hurgamos en el diccionario veremos que humor es “Modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridí­culo de las cosas” y eso es, precisamente, lo que hace Swift: dar una visión de la realidad de su tiempo exagerando las posturas e imposturas de la sociedad para analizarlas y ver cuánto tienen de irracional. La obra de Swift está en plena vigencia, es más, yo dirí­a que, lejos de quedarse obsoleta, es como si la hubiera escrito pensando en estos tiempos, los personajes y situaciones que aparecen en sus viajes son fácilmente extrapolables a la más rabiosa actualidad. A este señor, en aquellas Inglaterra e Irlanda hipócritas y pacatas en las que le tocó vivir, le dieron mucho p’al pelo y le hicieron la vida imposible por escribir esta crí­tica despiadada, y eso que cuando lo publicó ni siquiera se atrevió a firmar con su nombre. Algunos dijeron de él que fue precursor de los futuros anarquistas, eso que era clérigo. No obstante, pese a su acidez, no es un libro desesperado y su lectura deja un regusto positivista y un resquicio a la esperanza. Que no es poco. Ah, de tebeo o cuento para niños nada de nada.
Nuestro amigo Alejandro Gamero nos lo cuenta muy bien contado a continuación. No te lo pierdas.

No deja de ser curioso el proceso de reinterpretación constante al que están sometidos las grandes obras de la literatura —uno de los casos más célebres, por paradójico, es El Quijote, novela que cada época ha interpretado según su modo de pensar y sus intereses, desde una parodia llena de comicidad hasta la tragedia de un hombre que lucha por sus ideales—. Algo parecido es lo que ha ocurrido con Los viajes de Gulliver, una obra que ha pasado de ser una de las crí­ticas más violentas y negativas de la sociedad y del ser humano en general a leerse como una historia para niños. Debido a su desbordante fantasí­a, son innumerables las versiones infantiles que se han hecho de la obra, fundamentalmente del viaje de Gulliver a Liliput, el más conocido de todos. Pero la historia original de Swift no se corresponde exactamente con las versiones más conocidas, y así­, entre viaje y viaje Gulliver consigue regresar a su casa, donde pasa algún tiempo antes de su nueva aventura, y trae consigo pruebas de la existencia real de las islas —un minúsculo rebaño o el gigantesco aguijón de una abeja—. Sin embargo, más allá de la narración infantil, se esconde, como he indicado, uno de los libros más duros y descarnados con el ser humano que se hayan escrito.

Los viajes de Gulliver se insertan en un género bien conocido y de mucho éxito en la época, los libros de viajes. No es extraño que los europeos, de mentalidad ilustrada, viajen por todo el mundo y describan las costumbres de otros paí­ses con un interés rayano en lo antropológico, aunque siempre desde el ingenuo y presuntuoso punto de vista de la superioridad europea. Los libros de viajes que inundan el mercado editorial van desde el más estricto realismo a la fantasí­a más delirante. Precisamente, a medio camino entre ambos polos, se sitúan Los viajes de Gulliver, que se plantean desde el principio como una parodia a tales libros de viajes —una vez más, al igual que El Quijote—. Y es precisamente esa mezcla de realidad y fantasí­a uno de los aspectos más sorprendentes de la novela, porque a la objetividad en el modo de narrar se opone lo maravilloso de las descripciones, hasta tal punto que podrí­a entenderse la obra como uno de los antecedentes del realismo mágico. De esta forma describe su encuentro con los liliputienses: «Al volver la vista hacia abajo lo más que pude, advertí­ que se trataba de una criatura humana, que no llegaba a medio palmo de alto, con un arco y unas flechas en las manos y una aljaba a sus espaldas».

Pero detrás de todo ese derroche de fantasí­a se encuentra una crí­tica que va evolucionando a lo largo del libro a la par que evoluciona el modo narrativo. Si en las versiones infantiles y juveniles que se hacen del libro se utilizan sobre todo los dos primeros viajes no es por una caprichosa elección: no es difí­cil percibir que los dos primeros viajes conforman una unidad, desarrollada en torno al tema del tamaño pero con similitudes narrativas, que es completamente distinta a la unidad formada por los dos últimos viajes. En los dos primeros viajes la acción es más trepidante, las aventuras se suceden unas a otras, y ponen constantemente en peligro la vida de Gulliver. Frente al carácter narrativo de estos viajes a continuación se desarrollan dos viajes más propensos a lo discursivo. En el tercer viaje, incluso, se podrí­a decir que Gulliver pasa a un plano completamente secundario y se convierte en un mero espectador que aporta muy poco al desarrollo de la historia. Al mismo tiempo la crí­tica del libro se va volviendo más agria y violenta.

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Puedes bajarte el libro entero aquí­

La Aventura del tocador de Señoras, Eduardo Mendoza

tocador de señoras He estado leyendo estos últimos dí­as, a Eduardo Mendoza, La aventura del tocador de señoras, y no sé, a veces tengo parar para poder reí­rme de nuevo de lo que acabo de leer y así­ no se puede, muchas veces a trompicones y a carcajada abierta (ayer que vení­a en el tren un tipo se me acercó para preguntarme que qué leí­a porque parecí­a que me la estaba pasando bomba, me dijo que al bajar, buscarí­a el libro en la primera librerí­a que encontrara) y como te digo, no avanzo en nada la lectura y mis arrugas de risa se marcan más y más, y no sabes la alegrí­a que me da eso, si al fin y al cabo una va a terminar como uva pasa, por lo menos que sean delineando bien ésos pliegues que cada vez que me vea al espejo, puedan recordarme lo mucho que me he reí­do. No todo van a ser heridas de guerra ¿no?.

Te cuento, el libro retoma las aventuras de un personaje muy singular, una especie de pí­caro (como personaje) que está internado en un manicomio por error (o no), en una Barcelona atí­pica de los años ochenta. í‰se internamiento, ha estado aderezado con salidas o escapadas esporádicas cuando alguien necesita que hagan el trabajo sucio por él (un chivo expiatorio) para después regresarlo cuando ha terminado dicha empresa al manicomio nuevamente (es un personaje recurrente en otras novelas anteriores de Mendoza, como El Misterio de la Cripta Embrujada y otro más que si no recuerdo mal, se llama El Laberinto de las Aceitunas) . En éste libro le dan la salida definitiva porque derrumbarán el manicomio para hacer un bloque comercial. Quizás lo mejor que tiene el libro, es que se aleja mucho a ésa moda (que ya cansa) de enigmas medievales, libros de terror o recetas para vivir una vida plena, que están en los primeros sitios de venta por semanas, no es un best sellers, pero créeme, el tiempo se pasa pronto cuando estás leyendo dichas aventuras que se pasa volando y encima, pasándotelo muy bien.

Lo curioso es, cómo Don Eduardo Mendoza (el don bien merecido) puede escribir de ésa manera tan ágil y peculiar (a veces utilizando palabras y construcciones narrativas muy complejas), situaciones absurdas y surrealistas que están a la orden del dí­a, hilvanando de manera ágil y fresca una parodia de la realidad de manera brillante, rayando en el humor negro y hasta un poco corrosivo (quita el “rayando” y “poco” y cámbialo por “totalmente”) el personaje narra en primera persona (nunca sabemos su nombre) sus aventuras, en tono detectivesco, es adicto a la pepsi cola y tal pareciera que de verdad está rematadamente loco, pero es una locura casi ingenua y tan carismática que no puedes más que sentir empatí­a con él a medida que se va desarrollando la trama llena de personajes tan locos como él. Quisiera mostrarte un poco de lo que tan inútilmente trato de explicar:

“La carta elogiaba nuestra conducta…para acabar recomendando que el erial que solí­amos usar como campo de fútbol fuera convertido en un centro polideportivo más acorde con los tiempos, para lo cual,
concluí­a diciendo la carta, en breve nos serí­a enviado el equipamiento necesario. Como primera providencia, aquella misma tarde nos quitaron la pelota…”
“¿Me has entendido, escoria?-Me parece que sí­…No trate de volver a entrar: por su bien hemos electrificado las rejas -me dijo desde dentro- Tenga, un poco de dinero para los primeros gastos. Ya me lo devolverá cuando haya hecho fortuna. Tiene toda la vida por delante. Y también por detrás. Ay, quién pudiera volver a ser joven.

Traté de improvisar una frase a sus buenos deseos, pero el ruido de las apisonadoras, la excavadoras y los dinamiteros hicieron inútil mi esfuerzo. Por lo demás, el doctor Sugrañes ya habí­a escupido en mi sombra, dado media vuelta y emprendido el camino de regreso…”

En fin, que tiene todo para pasarlo bien y sin más pretensiones, que no es poco.

La aventura del tocador de señoras.

Eduardo Mendoza

Seix Barral 2001

382 pgs

Luisa

Notas al pie de página, de Camilo José Cela Trulock

Cela, ese escritor con tan mala fama entre quienes no le han leí­do, se descolgaba a veces poniendo llamadas a pie de página muy chuscas en sus ya de por sí­ divertidos escritos. He recogido sólo cuatro de las muchas, muchí­simas, que tiene. Estas son de “Nuevas escenas matritenses”

1. A esto de la escritura lo más probable es que le falten recursos. Para representar las palabras del Epipodio habrí­a que recurrir a la solfa y al papel pautado; lo malo es que los escritores, que no suelen saber ni escribir, ignoran las aljamí­as de la música, los nerviosos ringorrangos de los tonos, los compases y las befabemí­es. Debemos ser clementes, sin embargo, con los escritores; la verdad es que hacen lo que pueden y, a veces, hasta trabajan con cierto esmero y aplicación. Si son zafios y cabezotas, no es culpa suya. ¡Qué más quisieran ellos que no ser zafios y cabezotas, sino, al revés, distinguidos y áticos! A la literatura tiene que dedicarse alguien y es disculpable que los escritores se recluten entre quienes no sirven para otra cosa. La sociedad moderna es muy compleja, según se lee en los periódicos, y en estos momentos cruciales alguien tendrá que dedicarse a la literatura, vamos, ¡digo yo! Hace años, cuando los enanos eran más abundantes y aún se podí­an encontrar bufones en buen estado y a precios razonables, los escritores tení­an hasta tiempo para aprender solfeo y armoní­a.

2. N. del E. Aunque el autor de este libro se lo calle, quizá por ignorancia, podemos aclarar a nuestros lectores que la Carlotita es sobrina del Chato Gangrejito, resignado bardaje natural de Jerez de la Frontera y, según las circunstancias, imitador de estrellas, cantaor de flamenco o banderillero. En Valladolid, antes de la guerra, habí­a un cura muy culto que a los bardajes les llamaba nefandarios, que es casi nombre de mí­lite caldeo. Este Chato Cangrejito -cuya verdadera gracia era Heliodoro López Pejerrey- dio una vez un escándalo, en Tánger, del que muy bien Sigue leyendo

De “Un yanqui en la corte del Rey Artus”, de Mark Twain


Pasaje muy edificante de cuando el yanqui visita la corte de la fatí­dica hada Morgana. Siempre he abominado de la pena de muerte, menos en casos excepcionales, como cuando se trata de malos músicos.

En una galerí­a habí­a una banda de cí­mbalos, cuernos, trompetas y otros instrumentos de suplicio, que amenizó el banquete con una serie de sonidos discordantes que parecí­an el lamento de un moribundo. Tratábase, según supe más tarde, de una pieza nueva, y tuvo que ser repetida varias veces. No sé por qué motivo, pero lo cierto es que, después de comer, la reina ordenó que fuese ahorcado el autor de aquella… melodí­a.

La pobre reina se hallaba tan asustada y humillada, que no se atreví­a a hacer ahorcar al compositor sin consultarme. Me daba mucha pena… En realidad, a cualquiera se la hubiese dado, porque estaba verdaderamente agobiada, sufriendo horrores. Me sentí­ dispuesto, pues, a hacer todas las concesiones razonables y a no llevar las cosas a sus últimas consecuencias. Reflexioné profundamente y acabé por ordenar que acudieran los músicos a nuestra presencia, a tocar y cantar aquel cuplé, sinfoní­a, pasodoble o lo que fuese… Lo hicieron inmediatamente. Vi que la reina tení­a razón y le di permiso para ahorcar a todos los de la banda.

Oz

Gracias, Jeeves (y otros) de P.G. Wodehouse


-Caramba, Jeeves, es un compromiso eso de describir uno de los libros que escribió el tal Wodehouse sobre usted.
-Lo lamento mucho señor, ese hecho es algo que excede mis competencias.
-No es como si tuviera que vender sus excelencias para colocarle en casa de algún otro caballero, se supone que he de describir sus méritos y su comportamiento, y aunque lleva usted varios años a mi servicio, y reconozco que ha conseguido evitarme algunos daños memorables; como cuando quise casarme con aquella Gladys que coleccionaba mastines, o cuando me empeñé en llevar un chaleco verde con cuadros morados a las carreras de Ascot, no todo serí­a poner guirnaldas a su paso, Jeeves.
-Sirvo al señor lo mejor que sé, señor.
-Ciertamente un valet de chambre como usted es el contrapunto ideal para un joven licencioso y dado a la molicie como yo en estos tiempos victorianos que corren y en este imperio británico. Ya ve, un socio del “Club de los Zánganos”, tan selectivo, ha de mantener una cierta imagen de disipación y vacuidad. No quiero que me confundan con uno de esos petimetres de la city. Hay que vivir la vida, Jeeves, es un consejo que le doy. ¿Tiene ya ese té y esos sandwiches de pepino, Jeeves?
-Sí­ señor, me he permitido añadir un trozo de tarta de la cocina de mistress Travers.
-Ah, excelente idea, Jeeves. ¿Está usted en buenos términos con el cocinero francés de mi tí­a Dahlia, o más bien le atrae a su cocina cierta criadita de la casa?
-Ciertamente una visita a Brinkley Court en mi tarde libre no carece de atractivo, señor, monsieur Anatole es un generoso anfitrión en el ala del servicio, y la presencia de la doncella a que se refiere el señor contribuye a estimularme a frecuentar aquella mansión.
-Sé a lo que se refiere, Jeeves, yo mismo me he visto en algún momento de mi vida interesado por una cara bonita. Vaya con cuidado, Jeeves, suelen ocultar pérfidamente los más ingeniosos mecanismos a fin de acabar con la vida bohemia, feliz y despreocupada de los más cándidos solteros. Desdichado el que sucumbe bajo sus garras enguantadas en fina seda.
-Agradezco mucho su advertencia, señor.
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