Archivo del Autor: Oz

Las cosas que no nos dijimos / Marc Levy

La novela empieza en los preparativos de la boda de Julia.
Ella siempre había estado distanciada de su padre porque hacía muchísimos viajes de negocios y no se llevaban muy bien.
Julia envía a su padre la invitación de boda y unos días antes el asistente personal de su padre llama a Julia diciéndola que su padre no puede ir, pero esta vez no era por viajes… había muerto.
Julia, no muy dolida por la trágica noticia, entierra el día de su boda a su padre y aplaza la boda.
Estando trabajando recibe una llamada del dueño de la zapatería de debajo de su casa. El hombre dice que hay un camión enorme delante de la puerta de la zapatería y que el paquete es para ella.  Julia sale del trabajo lo antes que puede y cuando va a casa se encuentra una enorma caja de dos metro de alto en medio del salón.
Al abrirla se queda anonadada, era…. su padre.
En una empresa su padre era accionista y habían empezado a hacer androides para que la gente que fallecía pudiera volver seis días más a casa para decirse con la familia las cosas que no se dijeron.
La batería sólo duraría seis días y si la famila quería podía apagar el muñeco y se lo llevaría la empresa.

La novela empieza en los preparativos de la boda de Julia.Ella siempre había estado distanciada de su padre porque hacía muchísimos viajes de negocios y no se llevaban muy bien.Julia envía a su padre la invitación de boda y unos días antes el asistente personal de su padre llama a Julia diciéndola que su padre no puede ir, pero esta vez no era por viajes… había muerto.Julia, no muy dolida por la trágica noticia, entierra el día de su boda a su padre y aplaza la boda.Estando trabajando recibe una llamada del dueño de la zapatería de debajo de su casa. El hombre dice que hay un camión enorme delante de la puerta de la zapatería y que el paquete es para ella.  Julia sale del trabajo lo antes que puede y cuando va a casa se encuentra una enorma caja de dos metro de alto en medio del salón.Al abrirla se queda anonadada, era…. su padre.En una empresa su padre era accionista y habían empezado a hacer androides para que la gente que fallecía pudiera volver seis días más a casa para decirse con la familia las cosas que no se dijeron.La batería sólo duraría seis días y si la famila quería podía apagar el muñeco y se lo llevaría la empresa.

Patricia Clemente del Río

En el nombre del cerdo / Pablo Tusset

Qué mal me cae Pablo Tusset.


Pero mal mal mal… me tiene cuatro noches enganchado con el librico este que acaba de salir, el de “En el nombre del cerdo”, que yo, hábilmente, le regalé aquí a mi señora para su cumpleaños, y yo leyendo y leyendo y el tí o venga a darme con la puerta en las narices. ¡Que se empeña en que yo lea lo que él tenga a bien escribir y no lo que yo quiero leer! Porque el tí o escribe lo que le sale de las narices, como si yo le importara un pito. ¡Pues me va a oír!
-Pringao, tú paga y lee y cállate, que el escritor soy yo.
El tí o empieza con una trama cojonuda, de crímen abyecto en plan ceeseí y yo, que me gustan las novelas con gente desmembrada y polis me froto las manos; pero de pronto cambia y me pone una historia romántica de amores tardíos y otoñales, y yo, que me gusta la novela costumbrista me froto las manos; y de repente cambia y pone una cosa de pasiones desatadas en la Niu Yor de antes de los avionazos, con chica maravillosa y cuarentón que encuentra el amor de su vida, y yo, que me gusta que Jarri encuente a Sali, me froto las manos; pero de repente sale un psicópata que asesina al personal ciegamente, y yo, que me gustan las novelas con toque gore y seriales quíler me froto las manos; pero entonces me lleva a un pueblecito del pirineo de esos con ambiente cerrado y minimalista, y personajes cargados de historias de las que se podría sacar una novela (de cada uno de ellos), y yo, que me gustan los dramas carpetovetónicos de toda la vida, me froto las manos… y una después de otra, y cuando ya estaba esperando el final que aglutinase todos los dramas, la solución a tanto enigma… ¡zas! el tío me da con la puerta en las narices, qué capullo.
-¡Te jodes! Eso te pasa por querer avanzar lo que va pasando conforme a tu lógica, como si fuera una película americana, que en cuanto empiezan ya sabe uno en qué va a parar todo, pues no señor, las cosas son como son y no como tú esperas.
-Pues sepa usted, señor mío, que lo que le hace a la señora Mercedes no tiene nombre, eso no se lo perdono, eso es pa mear y no echar gota.
-Eso sale todos los días en el periódico y tú no te das cuenta, melón.
-¿Y el final, eh, qué me dice del final? Yo ya me esperaba un final como el del cruasán, que es algo parecido a lo que le pasaba a la Castroforte del Baralla de “La saga-fuga de J.B.”, un final estratosférico (no de esos que acaban en agua de borrajas, como los finales de las novelas de Pérez Reverte, o de Humberto Eco, no) un final que te deja pasmao. Joder, y me pone usted un final de una historia que yo no sabía que también la estaba leyendo, no me daba cuenta.
-Yo acabo mis libros con un par de huevos, coño. Y si no te das cuenta de lo que lees, pon más atención.
-Usted le abre a uno una puerta, y cuando uno se quiere colar dentro, se la cierra en las narices y le lleva a otra, y tres cuartos de lo mismo. Le pone usted a uno la miel en la boca y luego se la quita. ¡Yo quiero enterarme de lo que pasó con la chica de los mohines! ¡Y con el trío de plumíferos cárnicos! ¡Y con la pobre rusita! ¡Y con la seguramente zozobrante vida interior de la Susi, o el Malacaín, el Betoven o la Heidi!
-Bah… todo eso no viene al caso, tú a leer lo que yo te ponga, que para eso soy el escritor, y con lo otro te puedes montar tus propias películas ¿o es que voy a tener que hacértelo yo todo?
-¿Y por qué no escribe todas esas historias?
-Porque no me sale de los cojones.
-Me cae usted muy mal.
-Sí , eso me dices ahora, pero cuando saque otro libro seguro que corres a comprarlo.
-Como loco.

Oz

La muerte lenta de Luciana B., Guillermo Martí­nez

Desconfí­o mucho de los libros (o novelas) en las que se antepone en primerí­simo lugar el nombre del autor. Supongo que es lo mismo cuando veo anunciada una pelí­cula con un actor de renombre sin hacer mención al titulo de la pelí­cula, aunque no dude que dicho protagonismo dé categorí­a o sea sinónimo de garantí­a para pagar una entrada y ver la pelí­cula, creo que cualquier actor que se aprecie de serlo, deberí­a bastarle o enorgullecerle que su trabajo hable y lo defina por sí­ solo.

La semana pasada, cuando fui a la Biblioteca Pública por algún libro que leer (he descubierto que ése lugar, ha sido una salvación a mis escasos euros destinados a proveerme de mi vicio por la lectura) me topé con ésta novela que a continuación voy a hablar. El nombre de Guillermo Martí­nez se anteponí­a al tí­tulo del libro con un tipo de letra y color, que a todas luces, estaban muy por encima de lo que el ufanado escritor se proponí­a a contar. Aunque no conocí­a al autor (perdón por no identificar de momento, a uno de los escritores más importantes de su generación de la literatura hispana) me sonaba muchí­simo un libro que viene en la micro biografí­a de G. Martí­nez, que son Los Crí­menes de Oxford (dí­as después he visto anunciada la pelí­cula, basada en dicho libro). Así­ que bueno, digamos que empezamos con mal pie. Aunque todo sea dicho, me sorprendió gratamente saber que el buen Guillermo se habí­a doctorado en Lógica Matemática a la edad de 23 años.

La novela (Editorial Destino, 2007) trascurre relatada de una manera muy ágil y sencilla de leer, la propuesta de la historia está bien sustentada en el suspenso y la acción que se desarrolla sin contratiempos, transcurre ante nuestros ojos de manera natural, la historia en sí­, es un relato de una lucha intelectual entre un “maestro” y un aprendiz, también noté un paralelismo entre el personaje de Luciana y de Kloster, en el que ambos, atrapados en vida (Kloster en alemán, convento) ”han dejado de pertenecer a toda comunidad y a todo tiempo futuro”, muertos en vida, atrapados en un espiral, de muertes y asesinatos que son el enigma clave para el desarrollo de la intriga. Pero nadie sabe… nadie se entera.

En fin, que La muerte lenta de Luciana B, satisface plenamente las dos condiciones de una buena lectura, que es el de mantener el interés sobre una trama bien cimentada y un lenguaje natural y expresivo, haciendo la inversión de tiempo invertido, algo que valga la pena.

Y también hay un concurso para sus lectores: Si has disfrutado de la novela, participa y danos tu versión de los hechos.

Luisa

La Aventura del tocador de Señoras, Eduardo Mendoza

tocador de señoras He estado leyendo estos últimos dí­as, a Eduardo Mendoza, La aventura del tocador de señoras, y no sé, a veces tengo parar para poder reí­rme de nuevo de lo que acabo de leer y así­ no se puede, muchas veces a trompicones y a carcajada abierta (ayer que vení­a en el tren un tipo se me acercó para preguntarme que qué leí­a porque parecí­a que me la estaba pasando bomba, me dijo que al bajar, buscarí­a el libro en la primera librerí­a que encontrara) y como te digo, no avanzo en nada la lectura y mis arrugas de risa se marcan más y más, y no sabes la alegrí­a que me da eso, si al fin y al cabo una va a terminar como uva pasa, por lo menos que sean delineando bien ésos pliegues que cada vez que me vea al espejo, puedan recordarme lo mucho que me he reí­do. No todo van a ser heridas de guerra ¿no?.

Te cuento, el libro retoma las aventuras de un personaje muy singular, una especie de pí­caro (como personaje) que está internado en un manicomio por error (o no), en una Barcelona atí­pica de los años ochenta. í‰se internamiento, ha estado aderezado con salidas o escapadas esporádicas cuando alguien necesita que hagan el trabajo sucio por él (un chivo expiatorio) para después regresarlo cuando ha terminado dicha empresa al manicomio nuevamente (es un personaje recurrente en otras novelas anteriores de Mendoza, como El Misterio de la Cripta Embrujada y otro más que si no recuerdo mal, se llama El Laberinto de las Aceitunas) . En éste libro le dan la salida definitiva porque derrumbarán el manicomio para hacer un bloque comercial. Quizás lo mejor que tiene el libro, es que se aleja mucho a ésa moda (que ya cansa) de enigmas medievales, libros de terror o recetas para vivir una vida plena, que están en los primeros sitios de venta por semanas, no es un best sellers, pero créeme, el tiempo se pasa pronto cuando estás leyendo dichas aventuras que se pasa volando y encima, pasándotelo muy bien.

Lo curioso es, cómo Don Eduardo Mendoza (el don bien merecido) puede escribir de ésa manera tan ágil y peculiar (a veces utilizando palabras y construcciones narrativas muy complejas), situaciones absurdas y surrealistas que están a la orden del dí­a, hilvanando de manera ágil y fresca una parodia de la realidad de manera brillante, rayando en el humor negro y hasta un poco corrosivo (quita el “rayando” y “poco” y cámbialo por “totalmente”) el personaje narra en primera persona (nunca sabemos su nombre) sus aventuras, en tono detectivesco, es adicto a la pepsi cola y tal pareciera que de verdad está rematadamente loco, pero es una locura casi ingenua y tan carismática que no puedes más que sentir empatí­a con él a medida que se va desarrollando la trama llena de personajes tan locos como él. Quisiera mostrarte un poco de lo que tan inútilmente trato de explicar:

“La carta elogiaba nuestra conducta…para acabar recomendando que el erial que solí­amos usar como campo de fútbol fuera convertido en un centro polideportivo más acorde con los tiempos, para lo cual,
concluí­a diciendo la carta, en breve nos serí­a enviado el equipamiento necesario. Como primera providencia, aquella misma tarde nos quitaron la pelota…”
“¿Me has entendido, escoria?-Me parece que sí­…No trate de volver a entrar: por su bien hemos electrificado las rejas -me dijo desde dentro- Tenga, un poco de dinero para los primeros gastos. Ya me lo devolverá cuando haya hecho fortuna. Tiene toda la vida por delante. Y también por detrás. Ay, quién pudiera volver a ser joven.

Traté de improvisar una frase a sus buenos deseos, pero el ruido de las apisonadoras, la excavadoras y los dinamiteros hicieron inútil mi esfuerzo. Por lo demás, el doctor Sugrañes ya habí­a escupido en mi sombra, dado media vuelta y emprendido el camino de regreso…”

En fin, que tiene todo para pasarlo bien y sin más pretensiones, que no es poco.

La aventura del tocador de señoras.

Eduardo Mendoza

Seix Barral 2001

382 pgs

Luisa

EL CÓDICE MAYA, de Douglas Preston.

¿Quién me iba a decir a mí­ que iba a terminar metido hasta las cejas en el corazón de la selva Hondureña?Soy veterinario y me iba bien con mi vida hasta que recibí­ la carta de mi padre, Maxwell Broadbent, para reunirnos en su casa con mis hermanos, Philip y Vernon. Y, ¿para qué? Cuando llegamos allí­ mi padre y toda su fortuna acumulada durante años, grandes tesoros adquiridos legal e ilegalmente, habí­an desaparecido. Solo quedaba una cinta de video, que nos dejó asombrados y boquiabiertos, habí­a decidido enterrarse en una tumba junto con todos sus tesoros, así­ que si querí­amos nuestra herencia… ‘¡¡¡Tení­amos que ir a buscarla!!!!Vernon y yo no tení­amos el más mí­nimo interés en ir a buscar a mi padre y su herencia, pero Philip, ese era otro cantar, ansiaba el dinero que podrí­a aportarle la venta de aquellos tesoros. Lo que yo no sabí­a, y Sally me hizo ver, es que entre aquellos tesoros, habí­a un Códice maya entre aquellos tesoros, que podí­a revolucionar la industria farmacéutica. Así­ que, evidentemente, nosotros no éramos los únicos que querí­amos aquella pieza. Se convirtió en una carrera hacia Honduras y selva.¿Conseguirí­amos encontrar la tumba de mi padre? o, por el contrario ¿Era todo una broma pesada de esas que a él tanto le gustaban, para hacernos ser “dignos hijos de Maxwell Broadbent?
nuska

ZONA CALIENTE, de Richard Preston.

¿Quién no ha oí­do hablar del Ébola o del Marburgo? ¿Estamos realmente informados del peligro real que corremos? ¿Son virus que han surgido repentinamente o una vez más un virus de laboratorio se ha escapado al control de las manos que lo crearon?Richard Preston, catedrático y escritor especializado en temas cientí­ficos, ha investigado a fondo la amenaza de los filovirus, reuniendo una serie de datos escalofriantes que saca a la luz por primera vez en este libro.Partimos de el continente Africano, a la sombra del Monte Elgón, frontera entre Uganda y Kenia. Monet, un francés viví­a allí­, y decidió un dí­a visitar la cueva de Kitum, en ella viví­a una comunidad de murciélagos numerosí­sima, además de ser visitada por cantidad de elefantes, como resultado el suelo estaba lleno de excrementos y suciedad de murciélago y elefantes, además de muchos otros animales. No se sabe bien que ocurrió entre ellos en la cueva. Lo único cierto que se sabe es que Monet comenzó con un dolor de cabeza a los siete dí­as, que anduvo deambulando en busca de un hospital con capacidad para atenderle. Llega al hospital de Nairobi y mientras está en la sala de espera tiene su “ataque”, el agente (virus) una vez destruido por completo el organismo anfitrión, sale por todos los orificios, en busca de otro organismo. Un médico que atendió a Monet, a los nueve dí­as, también empezó a sentirse mal, terminando de la misma manera que Monet, el virus destruye por completo el organismo. El Ejército de Estados Unidos tiene una unidad dedicada especialmente a tratar con virus de gran peligro biológico en laboratorios con nivel de bioseguridad 4. El más alto que existe, donde antes de entrar hay que ponerse un traje espacial, y para salir hay que descontaminarse totalmente. También en EEUU, dentro de una reserva de monos para experimentación, es detectado repentinamente un brote de í‰bola, este equipo, en una operación ultra secreta, se dirige a la reserva para exterminar a todos los monos, y tomar muestras del organismo letal. Una y otra vez, salen casos en cualquier parte del mundo, aunque realmente no los conocemos todos. El virus í‰bola, con una potencia destructiva capaz de acabar con la especie humana, ha salido de su escondite natural y está llamando a nuestra puerta.
nuska

De “Las calles de nuestros padres”, de Francisco González Ledesma

-…Repito que es un hombre de suerte. Porque si no lo fuera ya estarí­a fusilado.

-¿Y fusilado por qué?

-Por lo de Franco. ¿Tü no sabes que el Amores ya era periodista con Franco? í‰l es un periodista viejo.

-¿Y qué le pasó con Franco?

Pues que le acompañó para hacer información en uno de sus viajes. Eran un grupo, claro – dijo el Florindo Chico alzando los brazos-, y en ese grupo habí­a un fotógrafo que se llamaba Verdugo-no-sé-qué. En fin, Verdugo a secas. Todo el mundo le llamaba Verdugo

-Bueno, ¿y eso qué tiene de malo?

-Nada, excepto que en ese viaje, y normalmente en todos, los periodistas y los fotógrafos salí­an para la próxima etapa un poco antes que Franco, para recoger todo el entusiasmo delirante con que se le esperaba, etcétera, y estar ya allí­ cuando Franco se presentase con todo su rito bizantino. Y fí­jate que estaban ya todos a punto en el coche, listos para salir pitando, y el Verdugo que seguí­a sacando fotos y no vení­a. Y entoces el Amores va y le llama.

-Tampoco veo que eso tenga nada de malo.

-Cojones que no. Imagí­nate a cien o doscientos mamones berreando todos a la vez “¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!” y de pronto va el amores y grita al lado mismo del dictador “¡Verdugo!”

…/…

Méndez recordaba las malas leches pequeñas y usadas, leches de segunda teta, cuando le hizo un interrogatorio a Amores, uno de esos “interrogatorios psicológicos” que él habí­a aprendido de los hermanos Creix en los buenos tiempos de la Brigada Social barcelonesa, cuando la bofia sí­ que era la bofia. Los Creix, cuando te dejaban suelto porque eras un pájaro de poca importancia (pero que podí­a llegar a ser importante) te citaban por teléfono a lo mejor un mes más tarde, pero siempre un viernes por la noche o sábado por la mañana, y te decí­an: “Oye, tú, preséntate aquí­ el lunes con una muda al menos, porque esta vez sí­ que te has caí­do. Después de todo lo que acabo de saber, vas dao”. Con lo cual el pájaro podí­a hacer dos cosas: o tratar de escapar y refugiarse en casa de algún amigo, con lo cual los Creix averiguaban de propina quién era aquel amigo, o presentarse el lunes hecho un saco, hecho una filfa, hecho un condón usado. En ese último caso el hermano Creix que estaba de turno – y que realmente no habí­a averiguado nada- le decí­a: “Te tenemos bien atrapado, macho, y en cuanto compruebe un par de datos que ya estamos investigando se te va a caer el pelo. Pero como tienes familia, quiza te siga dando un poco de cuerda, no sé… Tú mismo verás lo que haces”.

Incluso los tí­os de más aguante, después de haber pasado un fin de semana angustioso, a punto de hacer testamento, y de romperse los sesos pensando qué diablos sabrí­a la Brigada Social, iban apartándose de sus compañeros por si acaso. Los contactos quedaban rotos, los grupos se deshací­an. Jamás los teléfonos y los fines de semana hicieron tanto por lo que los periódicos llamaban la paz de España.

Carrer D'En Robador

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