El poder del perro / Don Winslow
He aquí un best seller estupendo, bien escrito, divertido y… gordo, como tiene que ser. La cosa va de narcotraficantes despiadados, policías corruptos, agentes antidroga impresentables, putas infames, gángsteres crueles, políticos putrefactos y un largo etcétera de personajes que se desenvuelven con desenvoltura en el caos de asesinatos, salvajismo y destrucción que ellos mismos han montado… hasta que acaban muriendo casi todos. Como tiene que ser.
No les cuento el final más que nada por ser coherente con mis propios principios, pero la verdad es que el final es lo de menos, aunque no decepciona en absoluto. Todo lo que sucede a lo largo de las más de 700 páginas de esta novela está bien traído, bien llevado, bien contado, bien manejado, bien liado y bien redondeado, porque el argumento es de una perfección totalmente inusual. Tanto lo que sucede como los protagonistas siguen en su evolución una lógica apabullante y demoledora, a la vez que sorprendente. Esto es un verdadero best seller y no las cosas del Dan Brown.
Por cierto, que la acción se desarrolla sobre todo en el México más lamentablemente auténtico. Incluso aparecen personajes reales. La información que recibimos del autor acerca del mundo del narcotráfico y de la corrupción política y policial es extraordinaria. Tan sólo por estos conocimientos, trasmitidos de primera sangre, merece la pena leerse. Y no piensen que la cosa va de que los malos son todos mexicanos. No, ni muchísimo menos. No digo más, pero hacía el final aparecen unos nuevos malvados que les van a encantar.
Hay chica guapa y hay chico listo, cierto, pero también hay dosis masivas de crueldad gratuita, como en la misma vida. Lo comento por si no les apetece leer una barbaridad tras otra. Todas bien traídas, eso sí.
Resumiendo, una novela de calidad y apasionante, ¿qué más se puede pedir? Yo la he leído en cuatro días. Y no es que me sobre el tiempo, sino que voy mucho en metro. Se lo recomiendo.
Alberto Arzua 
Cheri / Colette
¿Y LA AUTORA QUÉ?
Paseando por la ciudad, ayer me detuve ante el cartel publicitario de una nueva película. Sin esforzarme, al mirar el cartel pude saber quién era el director y la actriz principal. Con un poco más de dificultad pude saber quiénes eran el resto de actores. ¿Eso era todo? Como el título de la película me recordó el título de una novela, me propuse despegar una duda: ¿Estaba esta película basada en la novela de Colette, la escritora francesa de principios de siglo XX? Entonces, sólo con extrema concentración pude descubrir, que mi intuición era correcta. Allí, en la última línea de la letra pequeña, estaba el nombre de la autora: Colette.
No estoy en contra de que la literatura se digitalice y que los libros de papel convivan con los novísimos “libros electrónicos”. No estoy en contra de que Hollywood, a falta de imaginación, recurra a los clásicos para fabricar novedades. Al menos, siempre y cuando estas adaptaciones sean de cierta calidad. Pero, ¿qué futuro le puede esperar a la literatura si, además, el autor desaparece?…
El olvido de Colette tiene enjundia. Ya en vida, esta novelsita debió sufrir que su propio marido se apropiara de su obra. En efecto. Gabrielle Sidonie Colette nació en 1873 en un pequeño pueblecito de la Borgoña francesa. Tras su infancia feliz, vendría su matrimonio con Henry Gauthier-Villars, un vividor parisino que la animó a escribir pero haciendo de negro, y siendo él quien figuraba como autor en la portada. Harta de que su marido firmara sus obras descaradamente y le fuera infiel en multitud de ocasiones, también descaradamente, Colette se independizó y logró ser reconocida como una autora de talento. En 1945 fue elegida miembro de la Academia Goncourt. Murió en 1954, y, pese a su vida “licenciosa”, es la única escritora francesa a la que se le han concedido funerales de estado.
Aparentemente, estos honores no le han servido para figurar en el cartel de una película basada en una obra suya… Incluso en Google, si escribimos en la pestaña del buscador la palabra CHÉRI, es sólo en el décimo resultado de la búsqueda que se lee el nombre de Collete. El resto, los primeros, sólo hablan de la película.
Propongo, pues, la relectura de este clásico de la novela finisecular francesa, o como mínimo, el comentar a amigos y conocidos lo que parece que la productora de la película se empeña en menospreciar: la autoría de Colette.
Por cierto, Colette también es la autora de otra novela llevada al cine con notable éxito: GIGI, con Vicente Minnelli como director y en el reparto: Leslie Caron, Maurice Chevallier y Louis Jordan.
En cuanto a CHÉRI, podría decir algo más del libro pero entonces haría esta entrada demasiado larga y prefiero que el lector sienta la curiosidad de leerlo por si mismo, aunque puedo garantizarle algo. Pasará un buen momento…
Nota: la omisión del nombre de Collete se ha producido en los tres carteles oficiales de la película.
Autores: Colette Gabrielle-sidonia
EAN: 9788426417459
Publicación: 02/10/2009
Editorial: Lumen
Colección: Narrativa
Idioma: Español
Numero de páginas: 176
Medidas: 21,1×14,5×1,5
El viajero del siglo / Andrés Neuman
Andrés Neuman es uno de los más prometedores jóvenes (1977) escritores de la literatura castellana. Con decir que El País y El Mundo se han puesto de acuerdo en designar a esta novela como una de las cinco mejores del año pasado… Abundando en lo mismo, el genial, exquisito y prematuramente desaparecido Roberto Bolaño tuvo a bien opinar lo siguiente: “Tocado por la gracia. Ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que sólo es dable encontrar en la alta literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos. La literatura del siglo XXI pertenecerá a Neuman y a unos pocos de sus hermanos de sangre“.
Pero no se me emocionen ustedes porque ya se sabe que los críticos son gente muy rarita que lo mismo te destrozan una divertidísima y original novela que se complacen en subir a los altares cualquier bodrio estomagante. Antes de empezar a leerla aportemos otro dato objetivo: El viajero del siglo ha recibido el Premio Alfaguara de Novela 2009. Como esto de por sí tampoco nos dice nada más allá de ocultos –o no tan ocultos- intereses comerciales, creo que ya va siendo hora de echarle un ojo a este volumen de 531 páginas, mientras aventuramos si este chico será un genio o un pesado.
Lo primero que me viene a la cabeza al leerle es cierta similitud con Luis Landero. Te da la impresión de que tiene una máquina hacedora de frases en el sótano de su casa, una máquina que engrasa todas las mañanas con sintaxis y que alimenta con palabras. Como a Landero, le salen niqueladas, tan sutilmente académicas que resulta muy fácil entenderle. Asimismo, al igual que sucede con Landero, deja flotando por todas partes un poso de melancolía, una especie de nube poco voluntariosa donde tropiezan blandamente buenas intenciones, amores sordos, éxitos y fracasos. Pero el tristemente perfecto Landero me acaba aburriendo, mientras que Andrés Neuman me divierte casi en cada página. La distinción es importante.
Lo que distingue a Neuman es que se trata de un poeta que sabe aplicar la poesía en su justa medida para que nos sorprenda, nos alegre la vista y nos incite a proseguir la lectura con una sonrisa entre los labios. Quedas atrapado. Y te vas dando cuenta de que los personajes también son poéticos, así como los escenarios, las situaciones y las opiniones. Sin embargo siempre están pasando cosas. Cosas que te interesan. Salvando las distancias y, en el sentido que acabo de expresar en las tres últimas frases, se podrían establecer suculentas analogías de este libro con El Quijote.
Y dicho esto, pasemos a los ejemplos, a las citas, a los muchos cachitos.
La luz de la calle era tan débil que, más que alumbrar la habitación, se sumó a la penumbra como un
gas.
Entre las telarañas un insecto asistió al sueño de Hans, hilo por hilo.
En el catre, con la boca medio abierta como si esperase una gota del techo, Hans se escuchó pensar.
Cuando el señor Gottlieb soltaba una de sus carcajadas se miraba los extremos del bigote, como asombrado de su envergadura.
Encima de Wandernburgo, en el suelo del cielo, se oían movimientos de muebles.
… a mí lo que me extraña es que usted, que tanto nos habla de libertades individuales, se resista a admitir que los nacionalismos expresan la individualidad de los pueblos. Eso habría que verlo, dijo Hans, a veces pienso que los nacionalismos son otra forma de suprimir a los individuos.
Junto a cada portal la basura se licua con la noche, en torno a su hedor se reúnen perros y gatos a devorar al compás de las moscas.
Y la torre puntiaguda de la iglesia pinchando el borde de la luna, que sigue perdiendo líquido.
(el siguiente párrafo necesita explicación; se trata de la respuesta de un empresario que considera más que suficientes las doce horas libres que tienen sus trabajadores -tras trabajar doce horas-, ante la observación del amigo del protagonista de que pasarán gran parte de ese tiempo “libre” durmiendo”)
Ah, pero, (…) nosotros no podemos ser intervencionistas, no, en eso no me meto, ¡cada trabajador hace lo que le da la gana con su tiempo de ocio, sólo faltaría! No sé cómo serán las cosas en su país, pero una de las normas de mi empresa, sépalo, es la absoluta libertad del empleado fuera del recinto de trabajo. ¡Supongo que en eso estaremos de acuerdo!
A lo lejos, tras los pastos cercados, las ovejas terminaban de amamantar a sus crías, que se aferraban a las ubres como a un rastro de luz. La lana de la noche se tejía rápido.
La lengua de Franz, colgante y mansa, parecía lamer la miel del mediodía.
(como ya habrán supuesto ustedes, Franz es un perro)
Frente al camino del puente la luz se adelgazaba. Las veladuras del sol difundían minúsculas vibraciones en la hierba. Extendida alrededor de la ciudad, amortiguando sus ruidos, la pradera no era verde ni dorada. Los molinos braceaban dispersando la tarde. Los carruajes volvían por el camino principal.
Más allá de los cercos los jornaleros tardíos terciaban la tierra.
Antes incluso de que el sol asomara, amanecían las calderas y arrancaban los ruidos de la fábrica: el enjuague de las lavadoras de lana, los latigazos de las cardadoras, los giros de las Spinning Mary, el tableteo de las contadoras, la digestión carbónica de la Steaming Eleanor.
Lamberg miraba la máquina y le parecía estar contemplando su propio organismo. Las válvulas volaban, vibraban las bobinas, los pistones se empinaban, botaban los tubos, el regulador rugía, crujían los engranajes, las rótulas corrían.
Los restos del calor se deshacían en la cueva como en un estómago que digiriera su sopa.
Ambos prestaban atención de una manera muy distinta. La expresión de Hans ante la inmensidad del firmamento sugería inquietud, alternativas, un porvenir incierto. El organillero asistía al horizonte como se mira un abrigo, un límite protector, un presente completo.
¿Qué hacías con esa máscara? (…) Sólo quería carnaval.
Alrededor, arriba, abajo, como falos diurnos, las cabezas espiaban asomadas a las ventanas.
(…) donde hojeaban la prensa y conversaban siempre de lo mismo, siempre de otra cosa.
A ella Hans la veía poco y no dejaba de verla nunca (…)
Atardece con pesadez caliente sobre los campos cercados. El rebaño de ovejas retrocede ante la sombra como si fuera pasto quemado. El aire huele raro, humedece los hocicos deformes. Las ovejas pasean su recelo. Una rueda de balidos interroga el horizonte.
La boca de la oveja se abre en un balido más agudo, rebotando en catarata.
Como se puede observar no hay tan sólo poesía, sino también muchas más cosas. Humor, por ejemplo. Y lo que ustedes tengan a bien encontrar. Sí, tienen razón, este es un libro para paladear.
Y acabo con una de arena. En mi opinión la novela es demasiado larga para el desarrollo de una trama muy simple. Este exceso de páginas se sustenta en excesivas reiteraciones y en larguísimas disquisiciones literarias, filosóficas y políticas que sólo tienen sentido como exponente de la “cultura” y “originalidad” de los puntos de vista del escritor. Supongo que es un defecto de principiante, el querer mostrarlo todo en cada obra. Se le perdona y se le espera a ver si se enmienda.
Alberto Arzua 
Las batallas en el desierto / José Emilio Pacheco
Tengo una especie de prevención hacia los libritos pequeños y bien encuadernados. Más que prevención debería llamarlo prejuicio pues las pocas veces que he catado tales manjarcillos (bien sea por préstamo obligado o bienintencionado regalo) no he salido disgustado, ni mucho menos.
José Emilio Pacheco (1939) es uno de los más afamados escritores mexicanos (poeta, ensayista, traductor, novelista y cuentista). En esta novela breve, muy breve, tan breve que se lee en un trayecto de metro, nos cuenta con su habitual estilo nítido y sin alharacas, los recuerdos de infancia de un chaval de la capital.
Utiliza al niño antiguo a través del adulto actual para describirnos las miserias del México de los años 40, no muy alejadas de las coetáneas desdichas españolas. Nos describe la cultura popular, la problemática social, la doble moral… Nada que no sepamos, pero narrado con una calidez que se nos hace cercana. Queda un poco extraño que un niño adopte puntos de vista de un progresista de hoy en día, pero en eso reside parte de la gracia de la novela
Todo lo que sucede se siente recubierto, cual cariñoso abrigo, de amor y de amistad. El narrador es un niño sano en todos los aspectos. El odio y la falsedad se adivinan un poco más lejanos. Con esto quiero decir que el regusto amargo de la época, muy bien dibujado, se compensa generosamente mediante grandes dosis de entusiasmo juvenil.
Libro ideal para ser comentado en una tertulia de damas literarias.
Como este hombre es universalmente conocido como poeta eximio, acabemos con un poema eximio del tal hombre:
Alta traición
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
y tres o cuatro ríos.
Todo fluye / Vasili Grossman
Justo cuando estaba a punto de regalarme el tercer tomo de El Archipiélago Gulag, cae bajo mis gafas esta obra póstuma de Vasili Grossman, el gran periodista y escritor ruso que tan espléndidamente documentó en su novela Vida y destino las atrocidades nazis y soviéticas.
Este libro, cortito y fácil de leer, es una especie de documento con muy poco de ficción que resultará útil para todo aquél que desee informarse acerca de la verdadera cara de los regímenes dictatoriales. Garantizo horror a raudales sin necesidad de ir a ver ninguna película de miedo.
A veces me pregunto por qué estaré tan interesado en el lado más oscuro del ser humano. Supongo
que es por curiosidad. Pretendo comprender en la medida de lo posible el sentido de tanta maldad pasada, presente y me temo que futura. De momento voy concluyendo que cualquier persona en peligro de perder la vida es capaz de las mayores atrocidades. Usted y yo también. He dicho “de las mayores atrocidades”, y no me retracto.
Ejemplo. ¿Por qué en la Edad Media se practicaban tan horribles torturas, a todas luces innecesarias? Para amedrentar al enemigo, señores: no eran tan innecesarias. Con la intención de defendernos nos comportamos peor que animales, peor que amebas, mucho peor, ya que utilizamos nuestro cerebro hipertrofiado. Así son las cosas. Pero ustedes, por favor, como si nada. Sigan leyendo.
Alberto Arzua 
Los Thibault / Roger Martin du Gard
Esto es lo que se llama un novelón. Novelón tanto en calidad como en cantidad. Algo tremendo. Se trata de un conjunto de ocho novelas –escritas entre 1922 y 1940- donde se narran las vivencias de dos jóvenes parisinos antes y durante la Primera Guerra Mundial. Su ambición descriptiva, tanto en lo que respecta a los hechos como a las ideas y personalidades, hace que podamos compararla con las grandes obras de Tolstoi o de Pérez Galdós. A su autor le concedieron el Premio Nobel de Literatura en 1937, hecho que yo desconocía perfectamente (lo que no quiere decir nada, por supuesto).
En estos ocho relatos (que publicó en su tiempo Alianza Editorial) se desarrolla la historia de una familia tratada tanto desde un punto de vista clásico como a través de las más exquisita penetración psicológica, tan moderna que la hubiera firmado el mismo Shakespeare. Los dos personajes protagonistas, hijos de un burguesote muy del antiguo régimen, se enfrentan a la vida en una época especialmente convulsa, posicionándose ante los retos de su tiempo mediante dos estilos diferentes: mientras el mayor centra sus esfuerzos en mejorar su futuro profesional como médico, el pequeño, más inconformista, se dedica a poner en cuestión el sistema político y social que le ha tocado vivir.
Son tiempos de cambio y las personas sensibles al devenir de la historia, como los personajes de Roger Martin du Gard, reflexionan acerca de los grandes temas de la vida de una manera extensa, profunda y sincera, enriqueciendo nuestro argumentario y ayudándonos, por lo tanto, a pensar, como siempre lo hacen las grandes obras literarias. La lista de las cuestiones que se abordan en la obra, todas de candente actualidad, es amplia y significativa: religión, socialismo, amor, profesión, juventud, guerra, política, historia…
Podríamos concluir diciendo que no es una narrativa que apasione por lo que sucede, sino por el modo en que se cuenta, iluminándonos acerca del ser humano, tanto en su compleja individualidad y capacidad de autorreflexión como en su complicada vida en sociedad. Un novelón en toda la regla, ya digo. Altamente recomendable para quienes gusten de disfrutar con calma de la buena literatura de todos los tiempos. Sólo tiene una pega y es que hoy en día es muy difícil de encontrar en castellano. Busquen por Internet.
Alberto Arzua 
Retrato de un hombre inmaduro / Luis Landero
¿Que si me había dormido? No, qué va, cómo me
iba a dormir. Estaba acordándome, no sé por qué, de
un anuncio que leí hace unos años mientras hacía
cola en la panadería de Lucas. Decía así: «Impedido,
Óskar, silla de ruedas a motor, ultraligera, con subebordillos,
solicita asistente para manifestación guerra
Irak», y un número de móvil. Media cuartilla mal rasgada
de un cuaderno escolar, prendida con una chincheta
en el panel de corcho y escrita con torpe y concienzuda
caligrafía infantil.
Y recuerdo que al leer esas líneas, de repente sentí
la llamada, la dulce e imperiosa llamada de la virtud,
y el placer anticipado de convertirme en un hombre
ejemplar. No era ni mucho menos la primera vez
que me ocurría. Al contrario, ése ha sido siempre el
signo de mi vida: la intermitencia, la indefinición,
la mala salud psíquica, las bruscas alucinaciones de la
identidad. Eso que en otros tiempos se llamaban crisis
espirituales. Le pondré un ejemplo cualquiera, más
que nada porque mi desconfianza y mi ineptitud para
el lenguaje abstracto me impiden abordar este asunto
con cierta garantía intelectual.
Verá, fue un día de septiembre de hace ocho o diez
años. Era al final de la tarde y yo caminaba distraído,
absorto en algún vago ensueño. Imagíneselo: el ritmo
cansino, el camino aprendido, el cielo limpio, y en la
luz fresca del atardecer la promesa inminente de una
tregua en el diario laborar. Un día como tantos. Pero
de pronto el instinto me advierte de que algo extraño
está pasando a mi alrededor. Era como la sensación de
haber entrado en una isla de silencio o en un lugar sagrado,
o como sufrir uno de esos sobresaltos de las
duermevelas, cuando por un momento uno no sabe
quién es, ni qué edad tiene, ni a qué especie pertenece,
ni qué significan el mundo y la existencia.
Entonces me doy cuenta de que estoy pasando ante una comisaría.
Es una comisaría de varias plantas, que ocupa
toda una manzana, donde se expiden documentos, se
tramitan multitud de denuncias, se declara, se informa,
se solicita, se concede, y por eso a todas horas hay
muchas colas y mucho ir y venir de gente apresurada,
sólo que hoy no hay público, qué extraño, ni un
alma, y además han cortado el tráfico, y la acera y una
parte de la calzada están acordonadas por una cinta
amarilla de seguridad, y hay varios coches patrulla atravesados
en la calle y con las luces de emergencia encendidas,
y guardias con pasamontañas, uniformes de
camuflaje y subfusiles automáticos custodiando el entorno.
Gente armada, espacios abiertos, grupos a lo lejos,
expectación en el ambiente. En fin, he ahí un gran
espectáculo social: la escenificación dramática del orden.
Y resulta que sólo yo, en mi distracción, me ha-
bía aventurado por aquel territorio que, estando franco,
ahora veo que los demás viandantes prefieren darlo
por prohibido, porque todos han rehusado esa acera
y avanzan a buen paso por la contraria.
Entonces yo bajé la vista y pasé ante los guardias, y
según pasaba sentía el peso de sus miradas, y no sólo
la de ellos sino también la de los peatones del otro lado
de la calle, que habían remansado el paso, y algunos se
habían detenido y estaban de puntillas y con el cuello
asomadizo para seguir mejor aquel suceso anómalo.
¿A quién no le ha ocurrido una cosa así? De pronto
uno se convierte por casualidad en protagonista de
algo, y los demás, transformados en espectadores
esperan una buena actuación de ti, casi la exigen, y tú
por dignidad no puedes defraudarlos ni abandonar la
escena sin cumplir el papel que te asignó el destino.
«He aquí», pensé, «que por una torpeza o un descuido
me he convertido en sospechoso, en persona de
no fiar, y ahora quizá los guardias, los porteros de los
inmuebles, los meros curiosos, los niños, alguna que
otra mujer hermosa, los vejetes con sus garrotillas, las
colegialas con sus falditas de verano, los comerciantes
que por un momento han desatendido sus negocios
para asomarse a ver el espectáculo, todos, estarán pensando
quién seré yo, quién será ese que va por ahí, si
será un delincuente, o un terrorista, o sólo un gilipollas,
uno de esos ciudadanos deseosos de significarse,
un desaprensivo que, sabedor de las leyes que lo amparan,
no tiene escrúpulos en desafiar a la autoridad
con la esperanza de poder jactarse luego ante ella de
sus derechos democráticos.» Y en ese instante deseé
con toda mi alma que me echaran el alto y me pidieran
los papeles. Incluso aminoré el paso e hice por detenerme
con un gesto de ofuscación, y ya iba a llevarme
la mano a la chaqueta, cuando uno de los guardias
me disuadió con la cabeza y me indicó que siguiera
adelante.
Y entonces ocurrió. Quiero decir que en ese momento
sentí lo mismo que sentiría unos años después
al leer en la panadería el anuncio de Óskar: la dulce,
la embriagante exhortación de la virtud, y el placer de
saberme inocente. Y también la necesidad de que los
demás supieran que, en efecto, lo era, y de que me
apreciaran, y hasta me admiraran por ello. ¿Cómo decir?
Es un sentimiento que nada tiene que ver con la
religión, porque yo soy ateo, aunque no practicante,
pero son como raptos místicos, que me ocurren muy
de vez en cuando. Ardientes anhelos de perfección y
trascendencia.Ansias de purificación. Ebriedad moral.
Impresión milagrosa de caminar sobre las aguas.
Fanatismo y candor confundidos en uno. Apetito desordenado
de amor al prójimo y a uno mismo.
Y bien. En ese estado de beatitud abandoné la escena
y pasé a ser espectador. Engrosé un corro de curiosos.
Recibí sonrisas, parabienes, miradas de simpatía,
gestos de adhesión. Me sentí feliz de volver a ser
miembro reconocido de la tribu. Es más, por haber
estado en entredicho, ahora mi inocencia valía más
que las otras. Y también mi opinión. Algunos creyeron,
en su sed de saber, que yo poseía algún tipo de
información privilegiada. ¿Qué pasa?, ¿qué ocurre?,
¿por qué ese despliegue?, ¿un aviso de bomba?, ¿la visita
de alguna autoridad? Y hasta mi silencio era acogido
como un modo prudente de callar, y entre esos
agasajos me fui retirando, repartiendo saludos, recibiendo
palmadas en el hombro, convertido poco menos
que en un líder moral.
Mientras proseguía mi camino, me llené de proyectos
edificantes. Y es que pocos negocios hay tan
prósperos como el de la buena conciencia cuando se
asocia con la fantasía. Y así, durante un tiempo, un
mes o dos, o a veces sólo una quincena o unas horas,
me transformaba en un hombre ejemplar. Me levantaba
emprendedor y deportivo, cantaba en la ducha,
me despedía de mi mujer con un beso soplado,
salía de casa oloroso y amable, y muy saludador, la
mano lista siempre para ceder el paso, la sonrisa fácil,
el don de gentes pintado en el rostro. A lo mejor me
encontraba en el ascensor con un vecino. «Está tristón
el día», decía uno de los dos, y esa frase servía
para ponernos de acuerdo en todo. «Si está triste, por
lo menos que llueva.» Evocábamos los campos, los
pantanos, la contaminación, la aridez general de España.
En un instante establecíamos lazos de afinidad.
Las clases sociales quedaban anuladas. Los lemas de la
Revolución Francesa tutelaban beatíficamente nuestro
jovial y mínimo coloquio. Nos deseábamos buen
día, orgullosos de nuestra civilización, de nuestra especie.
Y yo continuaba mi camino y sentía en el alma
una hambruna de concordia que me llevaba a ser
humilde con los soberbios, sincero con los farsantes,
solidario con las causas perdidas, beligerante en la defensa
de los débiles contra los desafueros de los poderosos.
¡Y qué íntimo gozo sentía cuando entregaba
un donativo a una ONG o a un pordiosero!, o cuando
encontraba a algún ciego o impedido a quien ofrecer
mis servicios, o a algún inmigrante a quien tratar
con deferencia, como a un igual, si es que no como a
un superior. Y me encantaba pasar ante los juzgados,
las comisarías, los cuarteles, los ministerios, o entrar
en los supermercados y grandes almacenes donde había
cámaras de vigilancia y acortar el paso y demorarme
ante ellas mientras examinaba algún artículo valioso
para que mi inocencia quedara bien grabada, un
documento para la posteridad, y a veces hasta me imaginaba
que una severa comisión de ciudadanos notables,
reunida al efecto, analizaba y juzgaba cada uno
de mis gestos, de mis palabras, de mis actos, por nimios
que fueran, para poder medir luego el alcance de
mi rectitud. Y yo iba por la calle actuando ante ellos,
jugando a adivinar sus comentarios, sus juicios, sus
elogios. «He ahí un hombre en verdad intachable», decían
finalmente de mí, rendidos ante las evidencias.
Y lo era, créame. No haga caso de mi tonillo irónico,
que exagera a propósito las pequeñas hipocresías
que conlleva siempre toda empresa humana radical y
ambiciosa. Yo quería ser bueno, íntegro, valiente,
comprometido con mi tiempo. Porque, ¡qué de iniquidades
había en el mundo! En el mundo remoto y
aquí mismo, en mi barrio, que es el de Chamberí, dicho
sea al paso. ¡Cuántos motivos para indignarse y
perseverar furiosamente en la virtud!




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