El Camino / Miguel Delibes
Hoy ha fallecido Miguel Delibes, que en tantas cosas fue maestro, pero sobre todo en la cercanía a las gentes y las cosas sencillas y cotidianas y su relato.
Esto que tenemos aquí debajo son unos minutos de una serie de Televisión Española, de aquellas famosas novelas que echaban en capítulos de media hora en horario de mediodía. Hicieron de “El Camino”, la obra que lanzó a la fama a Delibes, una acertada versión cinematográfica, donde los actores brillan en su interpretación, y los grandes protagonistas, los niños, son absolutamente creibles y entrañables.
A veces no basta con leer el libro, en casos como este es una gozada el poder verlo luego con tal fidelidad.
La naturaleza, la infancia y la muerte, constantes en la obra de Delibes
Un espejo lejano / Barbara W. Tuchman
Vaya por delante que no soy ningún especialista en historia. Tan sólo me gusta mucho, al igual que me pueden gustar las croquetas. Lo que pasa es que la fritanga de las croquetas no me sienta bien mientras que los intríngulis de la historia te otorgan un conocimiento de la vida y, por tanto, de ti mismo, muy interesante para manejarte con mayor felicidad por este mundo de dioses. Al final todo es cuestión de felicidad. ¿Disfrutas, vida? ¿Sí? Pues sigue, sigue.
Y vaya lo anterior como justificación de lo que voy a decir a continuación. “Un espejo lejano” es el mejor libro de historia que he leído en toda mi vida. Sin dudarlo ni un instante. Trata de la Europa del siglo XIV. ¿Apasionante? ¿Manido? ¿Soso? Ya saben ustedes si me han seguido un poquito en este espacio morrocotudo que el argumento de los libros me suele traer mayormente al pairo. Que hablen de lo que quieran mientras logren atraparme como a un pez tropical desubicado, aterido y súbitamente lanzado por mano diestra a una pecera calentita. ¡Qué gustito! ¡Qué fluir de neuronas desatadas y jocundas!
La genial escritora, neoyorkina nacida en 1912, resulta ser una humanista de primer orden, una comunicadora excelsa,
una escritora innata, una originalísima divulgadora… lo más granado de la insuperable raza de ensayistas anglosajones que tienen a bien amenizar nuestras veladas teóricas. Una delicia. Lo que se le ha ocurrido para mostrarnos cómo se vivía y se pensaba en la Edad Media es de una sencillez y de una originalidad apabullantes: sigue paso a paso la vida de un relativamente oscuro noble francés, Enguerrand VII, señor de Coucy. Y lo sigue casi como en una novela, con las necesarias y oportunas digresiones aclaratorias.
El resultado es un libro extremadamente fácil de leer, de una densidad teórica poderosa, que se disfruta desde su primera página hasta su final en la quinientos y pico… en letra pequeña, sí, es una pena… pero no todo el mundo está tan cegato como yo. El típico libro que te dan ganas de recomendar a todo quisqui. Pues eso es lo que estoy haciendo. No sé lo que opinarán los historiadores de carrera pero alguno que conozco ha quedado tan maravillado como yo mismo.
Alberto Arzua 
La montaña mágica / Thomas Mann
No he podido resistirme a traer esta curiosa, e intensa, declaración amorosa, que recoge Thomas Mann en su obra cumbre. Está traducido, porque en el original, aunque hablan en alemán, todas estas frases están expresadas en francés por el hombre que requiere a la dama, quizá porque el francés sea el idioma del amor, incluso cuando se trata de este amor no sé si tan carnal o tan descarnado como este con el que nos ilustra. Si “La montaña mágica” es una obra que no puede dejar a nadie indiferente, esta página es el clásico botón de muestra.
—Hablas como Settembrini. ¿Y mi fiebre? ¿De qué procede?
—Vamos, es un incidente sin consecuencias que pasará pronto.
—No, Clawdia, sabes perfectamente que lo que dices no es verdad, lo dices sin convicción, estoy seguro. La fiebre de mi cuerpo y las palpitaciones de mi corazón enjaulado y el estremecimiento de mis nervios son lo contrario de un incidente, se trata —y su rostro pálido, de labios estremecidos, se inclinó hacia el rostro de la mujer—, se trata nada menos que de mi amor por ti, ese amor que se apoderó de mí en el instante en que mis ojos te vieron, o más bien, que reconocí cuando te reconocí a ti, y es él evidentemente el que me ha conducido a este lugar…
—¡Qué locura!
—¡Oh! El amor no es nada si no es la locura, una cosa insensata, prohibida y una aventura en el mal. Si no es así es una banalidad agradable, buena para servir de tema a cancioncitas tranquilas en las llanuras. Pero que yo te he reconocido y que he reconocido mi amor hacia ti, sí, eso es verdad; yo ya te conocí, antiguamente, a ti y a tus ojos maravillosos oblicuos, y tu boca y la voz con que me hablas; una vez ya, cuando era colegial, te pedí tu lápiz para entablar contigo una relación social, porque e amaba sin razonar, y es por eso, sin duda, por mi antiguo amor hacia ti, por lo que me quedan esas marcas que Behrens ha encontrado en mi cuerpo y que indican que en otro tiempo yo estaba ya enfermo…
Sus dientes rechinaron. Había sacado un pie de debajo del asiento de la silla, que crujía, mientras iba divagando y, al avanzar ese pie, con la otra rodilla tocaba casi el suelo, de manera que se arrodillaba delante de ella con la cabeza inclinada y temblando todo su cuerpo.
—Te amo —balbuceó—, te he amado siempre, pues tú eres el Tú de mi vida, mi sueño, mi destino, mi deseo, mi eterno deseo.
—¡Vamos, vamos! —dijo ella—. ¡Si tus preceptores te viesen!
Pero él meneó la cabeza con desesperación, inclinando el rostro hacia el suelo, y contestó:
—Me tendría sin cuidado, me tienen sin cuidado todos esos Carducci, la República elocuente, el progreso humano en el tiempo, pues ¡te amo!
Ella acarició dulcemente con la mano los cabellos cortados al rape en la nuca.
—Pequeño burgués —dijo —. Lindo burgués de la pequeña mancha húmeda. ¿Es verdad que me amas tanto?
Y exaltado por este contacto, ya sobre las dos rodillas, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, él continuó hablando:—Oh, el amor, ¿sabes…? El cuerpo, el amor, la muerte, esas tres cosas no hacen más que una. Pues el cuerpo es la enfermedad y la voluptuosi dad, y es el que hace la muerte; sí, son carnales ambos, el amor y la mue te, ¡y ése es su terror y su enorme sortilegio! Pero la muerte, ¿ comprendes?, es, por una parte, una cosa de mala fama, impúdica, que hace enrojecer de vergüenza; y por otra parte es una potencia muy solemne y majestuo sa (mucho más alta que la vida risueña que gana dinero y se llena la panza; mucho más venerable que el progreso que fanfarronea por los tiempos) porque es la historia y la nobleza, la piedad y lo eterno, lo sagrado, que hace que nos quitemos el sombrero y marchemos sobre la punta de los pies… De la misma manera, el cuerpo también, y el amor del cuerpo, son un asunto indecente y desagradable, y el cuerpo enrojece y palidece en la superficie por espasmo y vergüenza de sí mismo. ¡Pero también es una gran gloria adorable, imagen milagrosa de la vida orgánica, santa maravilla de la forma y la belleza, y el amor por él, por el cuerpo humano, es también un interés extremadamente humanitario y una potencia más educadora que toda la pedagogía del mundo…! ¡Oh, encantadora belleza orgánica que no se compone ni de pintura al óleo, ni de piedra, sino de materia viva y corruptible, llena del secreto febril de la vida y de la podredumbre! ¡Mira la simetría maravillosa del edificio humano, los hombros y las caderas y los senos floridos a ambos lados del pecho, y las costillas alineadas por parejas y el ombligo en el centro, en la blandura del vientre, y el sexo oscuro entre los muslos! Mira los omóplatos cómo se mueven bajo la piel sedosa de la espalda, y la columna vertebral que desciende hacia la doble lujuria fresca de las nalgas, y las grandes ramas de los vasos y de los nervios que pasan del tronco a las extremidades por las axilas, y cómo la estructura de los brazos corresponde a la de las piernas. ¡Oh, las dulces regiones de la juntura interior del codo y del tobillo, con su abundancia de delicadezas orgánicas bajo sus almohadillas de carne! ¡Qué fiesta más inmensa al acariciar esos lugares deliciosos del cuerpo humano! ¡Fiesta para morir luego sin un solo lamento! ¡Sí, Dios mío, déjame sentir el olor de la piel de tu rótula, bajo la cual la ingeniosa cápsula articular segrega su aceite resbaladizo! ¡Déjame tocar devotamente con mi boca la «Arteria femoralis» que late en el fondo del muslo y que se divide, más abajo, en las dos arterias de la tibia! ¡Déjame sentir la exhalación de tus poros y palpar tu vello, imagen humana de agua y de albúmina, destinada a la anatomía de la tumba, y déjame morir con mis labios pegados a los tuyos!
No abrió los ojos después de haber hablado. Permaneció sin moverse, con la cabeza inclinada, las manos que sostenían el pequeño lapicero de plata separadas, temblando y vacilando sobre sus rodillas. Ella dijo:
—Eres, en efecto, un adulador que sabe solicitar de una manera profunda, a la alemana.
Y le puso el gorro de papel.
—¡Adiós, príncipe Carnaval! ¡Esta noche la linea de tu fiebre será muy mala, estoy segura!
Al decir esto se levantó de la silla, se dirigió a la puerta, dudó un momento en el umbral, dio media vuelta elevando uno de sus brazos desnudos, con la mano en el pestillo y, por encima del hombro, dijo en voz baja:
—No olvides devolverme el lápiz.
Y salió.
Oz 
El Comisario Montalbano (la serie de TV) / Andrea Camilleri
Somos muchos los seguidores de este genial personaje de Camilleri, y de sus novelas, mezcla de novela policiaca de primera categoría y con mucho de novela costumbrista con dosis de humor. Muchos no nos perdemos una sola de las novelas de Salvo Montalbano, ejerciendo de comisario allá en Sicilia, tan bellamente retratada por Camilleri. Pero lo que muchos no saben es de la existencia de una serie televisiva, rodada por la RAI, donde se recogen estas novelas de una manera muy fiel y con un reparto de personajes acertadísimo.
El propio Montalbano, que al principio nos puede parecer un poco más joven que el de las novelas, se nos hace familiar en apenas cinco minutos. Luca Zingaretti acierta de pleno en su interpretación, logrando un comisario creíble, humano, socarrón y genial. Los demás, Mimi, Galluzzo, Gallo, su novia Livia, Ingrid su amiga sueca , el forense tocapelotas, y un tremendo y graciosísimo Catarella que es tal cual sale en el libro, hasta con la misma voz. Palabra.
Pero sobre todo hay una escenografía mimada, unos paisajes tan auténticos, un retrato tan fiel de esa Sicilia que todos imaginamos a través de las novelas, que te captura al instante. Te das cuenta de que es así como lo imaginabas, sólo te han puesto cara a los personajes.
La serie, de películas de hora y media aproximadamente de duración, una por libro, está a la venta en dvd, en librerías especializadas, grandes superficies y por internet. No es precisamente barata, pero si los libros son una necesidad básica, hay que reconocer que series como esta son un lujo. Para guardarla y verla al menos una vez al año, porque no cansa.
Date el gusto de echarle un vistazo.
Enlaces aquí mismo:
Gabriel Miró


Uno de los más finos estilistas de la prosa castellana bien se merece que le leamos algún cachito de vez en cuando, algunos detalles exquisitos. Por aprender, digo. Por disfrutar, me refiero. Por babear un poco.
NUESTRO PADRE SAN DANIEL
En la quietud se vio resplandecer crudamente entre los dedos de Monera la naranja de su gordo reloj de oro, y al cerrar la hojuela crujió tanto el muelle que don Manuel se asustó.
EL HUMO DORMIDO
Y nuestras manos sienten la ternura olorosa de la primera palma, recta y fina, con su ramo de olivo; la que oímos crujir y desgarrarse contra los hierros de nuestro balcón una noche de lluvia, de vendaval y de miedo (…)
No eran melocotones, ciruelas, peras, manzanas… clasificadamente, sino fruta por emoción de fruta (…)
Y del humo dormido sube siempre el clamor de la lisiada entre alegría de los chicos que salen del colegio, las cinco y media de la tarde de entonces (…)
(frases capturadas por Gepunto Alonso, colaborador inhabitual)
(crudo aviso: “El humo dormido” está descatalogado)
Alberto Arzua 
El rizo / Robert Littell
Madrid. Las en punto y pico de la tarde. Llevo equis horas andando y me duelen las lumbares. Hace un frío invernal. El parque del Retiro está lleno de gente. Me han propuesto sucesivamente ramitas de romero para la buena suerte, muñequitos peludos que saltan y asustan, boinas para echar monedas, espectáculos de polichinela, mimo, magia o malabares, leerme la mano, hacerme una caricatura, descubrir mi verdadero yo interior y, finalmente, jugar un partidillo de fútbol con unos chavales colombianos a los que les faltaba el portero.
He dicho a todo que no menos a esto último. Cuando me han metido el tercer gol me he escapado corriendo, perseguido por gritos racistas. He llegado a las cuesta de Moyano agotado, sudoroso y helado, a punto de coger una pulmonía. La cuesta en cuestión bordea el parque por el exterior, frente a la estación de Atocha. Está repleta de casetas donde se venden libros antiguos. No todos son antiguos.
Tengo frío. Tengo prisa. Dentro de algunos minutos tengo que coger el autobús interurbano en la otra punta de la ciudad. Para coger el autobús primero tomaré el metro, después otro metro, luego andaré por los horribles bajos del metro, llegaré a la espantosa estación de autobuses, buscaré el mío, me sentaré y abriré el libro que me acabo de comprar. ¿No lo he dicho?
Por un euro me acabo de comprar un libro de segunda mano. Mientras bajaba la cuesta sin
prisa y echaba una hojeada a lo allí expuesto, con la peregrina idea de encontrar algo parecido a aquel glorioso Vladimir Sirin (primer pseudónimo de Nabokov) que saltó a mis ojos en una feria similar, coma, resaltó a mis ojos este libro o, mejor dicho, este autor: Robert Littell.
Lo sé todo acerca de Robert Littell. Mejor dicho, no sé nada. Lo poco que sé quedó transcrito en este mismo foro morrocotudo. Busquen. Todo lo que necesito saber acerca de este menda es que se trata de uno de los mejores escritores de novelas de espías que conozco. Inteligente, hábil, fino, apasionante, directo. Estoy ansioso por llegar al autobús. El libro me quema en la mano. Es una pena que no quepa en el bolsillo. Tengo la mano helada.
Salto en el tiempo. He llegado a destino. Me he leído medio libro. Todavía me falta un autobús y media caminata para llegar a casa. ¡Lo que voy a disfrutar cenando!
Salto en el tiempo. Fin. Qué bonito.
Aviso. El Rizo está totalmente descatalogado. Observen la portada y la contraportada que he escaneado para ustedes. De nada.
Alberto Arzua 
El poder del perro / Don Winslow
He aquí un best seller estupendo, bien escrito, divertido y… gordo, como tiene que ser. La cosa va de narcotraficantes despiadados, policías corruptos, agentes antidroga impresentables, putas infames, gángsteres crueles, políticos putrefactos y un largo etcétera de personajes que se desenvuelven con desenvoltura en el caos de asesinatos, salvajismo y destrucción que ellos mismos han montado… hasta que acaban muriendo casi todos. Como tiene que ser.
No les cuento el final más que nada por ser coherente con mis propios principios, pero la verdad es que el final es lo de menos, aunque no decepciona en absoluto. Todo lo que sucede a lo largo de las más de 700 páginas de esta novela está bien traído, bien llevado, bien contado, bien manejado, bien liado y bien redondeado, porque el argumento es de una perfección totalmente inusual. Tanto lo que sucede como los protagonistas siguen en su evolución una lógica apabullante y demoledora, a la vez que sorprendente. Esto es un verdadero best seller y no las cosas del Dan Brown.
Por cierto, que la acción se desarrolla sobre todo en el México más lamentablemente auténtico. Incluso aparecen personajes reales. La información que recibimos del autor acerca del mundo del narcotráfico y de la corrupción política y policial es extraordinaria. Tan sólo por estos conocimientos, trasmitidos de primera sangre, merece la pena leerse. Y no piensen que la cosa va de que los malos son todos mexicanos. No, ni muchísimo menos. No digo más, pero hacía el final aparecen unos nuevos malvados que les van a encantar.
Hay chica guapa y hay chico listo, cierto, pero también hay dosis masivas de crueldad gratuita, como en la misma vida. Lo comento por si no les apetece leer una barbaridad tras otra. Todas bien traídas, eso sí.
Resumiendo, una novela de calidad y apasionante, ¿qué más se puede pedir? Yo la he leído en cuatro días. Y no es que me sobre el tiempo, sino que voy mucho en metro. Se lo recomiendo.
Alberto Arzua 
Cheri / Colette
¿Y LA AUTORA QUÉ?
Paseando por la ciudad, ayer me detuve ante el cartel publicitario de una nueva película. Sin esforzarme, al mirar el cartel pude saber quién era el director y la actriz principal. Con un poco más de dificultad pude saber quiénes eran el resto de actores. ¿Eso era todo? Como el título de la película me recordó el título de una novela, me propuse despegar una duda: ¿Estaba esta película basada en la novela de Colette, la escritora francesa de principios de siglo XX? Entonces, sólo con extrema concentración pude descubrir, que mi intuición era correcta. Allí, en la última línea de la letra pequeña, estaba el nombre de la autora: Colette.
No estoy en contra de que la literatura se digitalice y que los libros de papel convivan con los novísimos “libros electrónicos”. No estoy en contra de que Hollywood, a falta de imaginación, recurra a los clásicos para fabricar novedades. Al menos, siempre y cuando estas adaptaciones sean de cierta calidad. Pero, ¿qué futuro le puede esperar a la literatura si, además, el autor desaparece?…
El olvido de Colette tiene enjundia. Ya en vida, esta novelsita debió sufrir que su propio marido se apropiara de su obra. En efecto. Gabrielle Sidonie Colette nació en 1873 en un pequeño pueblecito de la Borgoña francesa. Tras su infancia feliz, vendría su matrimonio con Henry Gauthier-Villars, un vividor parisino que la animó a escribir pero haciendo de negro, y siendo él quien figuraba como autor en la portada. Harta de que su marido firmara sus obras descaradamente y le fuera infiel en multitud de ocasiones, también descaradamente, Colette se independizó y logró ser reconocida como una autora de talento. En 1945 fue elegida miembro de la Academia Goncourt. Murió en 1954, y, pese a su vida “licenciosa”, es la única escritora francesa a la que se le han concedido funerales de estado.
Aparentemente, estos honores no le han servido para figurar en el cartel de una película basada en una obra suya… Incluso en Google, si escribimos en la pestaña del buscador la palabra CHÉRI, es sólo en el décimo resultado de la búsqueda que se lee el nombre de Collete. El resto, los primeros, sólo hablan de la película.
Propongo, pues, la relectura de este clásico de la novela finisecular francesa, o como mínimo, el comentar a amigos y conocidos lo que parece que la productora de la película se empeña en menospreciar: la autoría de Colette.
Por cierto, Colette también es la autora de otra novela llevada al cine con notable éxito: GIGI, con Vicente Minnelli como director y en el reparto: Leslie Caron, Maurice Chevallier y Louis Jordan.
En cuanto a CHÉRI, podría decir algo más del libro pero entonces haría esta entrada demasiado larga y prefiero que el lector sienta la curiosidad de leerlo por si mismo, aunque puedo garantizarle algo. Pasará un buen momento…
Nota: la omisión del nombre de Collete se ha producido en los tres carteles oficiales de la película.
Autores: Colette Gabrielle-sidonia
EAN: 9788426417459
Publicación: 02/10/2009
Editorial: Lumen
Colección: Narrativa
Idioma: Español
Numero de páginas: 176
Medidas: 21,1×14,5×1,5
El viajero del siglo / Andrés Neuman
Andrés Neuman es uno de los más prometedores jóvenes (1977) escritores de la literatura castellana. Con decir que El País y El Mundo se han puesto de acuerdo en designar a esta novela como una de las cinco mejores del año pasado… Abundando en lo mismo, el genial, exquisito y prematuramente desaparecido Roberto Bolaño tuvo a bien opinar lo siguiente: “Tocado por la gracia. Ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que sólo es dable encontrar en la alta literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos. La literatura del siglo XXI pertenecerá a Neuman y a unos pocos de sus hermanos de sangre“.
Pero no se me emocionen ustedes porque ya se sabe que los críticos son gente muy rarita que lo mismo te destrozan una divertidísima y original novela que se complacen en subir a los altares cualquier bodrio estomagante. Antes de empezar a leerla aportemos otro dato objetivo: El viajero del siglo ha recibido el Premio Alfaguara de Novela 2009. Como esto de por sí tampoco nos dice nada más allá de ocultos –o no tan ocultos- intereses comerciales, creo que ya va siendo hora de echarle un ojo a este volumen de 531 páginas, mientras aventuramos si este chico será un genio o un pesado.
Lo primero que me viene a la cabeza al leerle es cierta similitud con Luis Landero. Te da la impresión de que tiene una máquina hacedora de frases en el sótano de su casa, una máquina que engrasa todas las mañanas con sintaxis y que alimenta con palabras. Como a Landero, le salen niqueladas, tan sutilmente académicas que resulta muy fácil entenderle. Asimismo, al igual que sucede con Landero, deja flotando por todas partes un poso de melancolía, una especie de nube poco voluntariosa donde tropiezan blandamente buenas intenciones, amores sordos, éxitos y fracasos. Pero el tristemente perfecto Landero me acaba aburriendo, mientras que Andrés Neuman me divierte casi en cada página. La distinción es importante.
Lo que distingue a Neuman es que se trata de un poeta que sabe aplicar la poesía en su justa medida para que nos sorprenda, nos alegre la vista y nos incite a proseguir la lectura con una sonrisa entre los labios. Quedas atrapado. Y te vas dando cuenta de que los personajes también son poéticos, así como los escenarios, las situaciones y las opiniones. Sin embargo siempre están pasando cosas. Cosas que te interesan. Salvando las distancias y, en el sentido que acabo de expresar en las tres últimas frases, se podrían establecer suculentas analogías de este libro con El Quijote.
Y dicho esto, pasemos a los ejemplos, a las citas, a los muchos cachitos.
La luz de la calle era tan débil que, más que alumbrar la habitación, se sumó a la penumbra como un
gas.
Entre las telarañas un insecto asistió al sueño de Hans, hilo por hilo.
En el catre, con la boca medio abierta como si esperase una gota del techo, Hans se escuchó pensar.
Cuando el señor Gottlieb soltaba una de sus carcajadas se miraba los extremos del bigote, como asombrado de su envergadura.
Encima de Wandernburgo, en el suelo del cielo, se oían movimientos de muebles.
… a mí lo que me extraña es que usted, que tanto nos habla de libertades individuales, se resista a admitir que los nacionalismos expresan la individualidad de los pueblos. Eso habría que verlo, dijo Hans, a veces pienso que los nacionalismos son otra forma de suprimir a los individuos.
Junto a cada portal la basura se licua con la noche, en torno a su hedor se reúnen perros y gatos a devorar al compás de las moscas.
Y la torre puntiaguda de la iglesia pinchando el borde de la luna, que sigue perdiendo líquido.
(el siguiente párrafo necesita explicación; se trata de la respuesta de un empresario que considera más que suficientes las doce horas libres que tienen sus trabajadores -tras trabajar doce horas-, ante la observación del amigo del protagonista de que pasarán gran parte de ese tiempo “libre” durmiendo”)
Ah, pero, (…) nosotros no podemos ser intervencionistas, no, en eso no me meto, ¡cada trabajador hace lo que le da la gana con su tiempo de ocio, sólo faltaría! No sé cómo serán las cosas en su país, pero una de las normas de mi empresa, sépalo, es la absoluta libertad del empleado fuera del recinto de trabajo. ¡Supongo que en eso estaremos de acuerdo!
A lo lejos, tras los pastos cercados, las ovejas terminaban de amamantar a sus crías, que se aferraban a las ubres como a un rastro de luz. La lana de la noche se tejía rápido.
La lengua de Franz, colgante y mansa, parecía lamer la miel del mediodía.
(como ya habrán supuesto ustedes, Franz es un perro)
Frente al camino del puente la luz se adelgazaba. Las veladuras del sol difundían minúsculas vibraciones en la hierba. Extendida alrededor de la ciudad, amortiguando sus ruidos, la pradera no era verde ni dorada. Los molinos braceaban dispersando la tarde. Los carruajes volvían por el camino principal.
Más allá de los cercos los jornaleros tardíos terciaban la tierra.
Antes incluso de que el sol asomara, amanecían las calderas y arrancaban los ruidos de la fábrica: el enjuague de las lavadoras de lana, los latigazos de las cardadoras, los giros de las Spinning Mary, el tableteo de las contadoras, la digestión carbónica de la Steaming Eleanor.
Lamberg miraba la máquina y le parecía estar contemplando su propio organismo. Las válvulas volaban, vibraban las bobinas, los pistones se empinaban, botaban los tubos, el regulador rugía, crujían los engranajes, las rótulas corrían.
Los restos del calor se deshacían en la cueva como en un estómago que digiriera su sopa.
Ambos prestaban atención de una manera muy distinta. La expresión de Hans ante la inmensidad del firmamento sugería inquietud, alternativas, un porvenir incierto. El organillero asistía al horizonte como se mira un abrigo, un límite protector, un presente completo.
¿Qué hacías con esa máscara? (…) Sólo quería carnaval.
Alrededor, arriba, abajo, como falos diurnos, las cabezas espiaban asomadas a las ventanas.
(…) donde hojeaban la prensa y conversaban siempre de lo mismo, siempre de otra cosa.
A ella Hans la veía poco y no dejaba de verla nunca (…)
Atardece con pesadez caliente sobre los campos cercados. El rebaño de ovejas retrocede ante la sombra como si fuera pasto quemado. El aire huele raro, humedece los hocicos deformes. Las ovejas pasean su recelo. Una rueda de balidos interroga el horizonte.
La boca de la oveja se abre en un balido más agudo, rebotando en catarata.
Como se puede observar no hay tan sólo poesía, sino también muchas más cosas. Humor, por ejemplo. Y lo que ustedes tengan a bien encontrar. Sí, tienen razón, este es un libro para paladear.
Y acabo con una de arena. En mi opinión la novela es demasiado larga para el desarrollo de una trama muy simple. Este exceso de páginas se sustenta en excesivas reiteraciones y en larguísimas disquisiciones literarias, filosóficas y políticas que sólo tienen sentido como exponente de la “cultura” y “originalidad” de los puntos de vista del escritor. Supongo que es un defecto de principiante, el querer mostrarlo todo en cada obra. Se le perdona y se le espera a ver si se enmienda.
Alberto Arzua 




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