La historia del mundo sin los trozos aburridos / Fernando Garcés Blázquez
Puesto por Leiaa | en el tema Cachito | el 03-07-2009
Fragmento del libro enviado amablemente por el autor. Gracias Fernando
La historia del mundo sin los trozos aburridos
Fernando Garcés Blázquez
La primera poesía dadá
(En tiempos de las primeras leyendas, págs. 47-48)
En uno u otro soporte, la invención de la escritura nació de la necesidad práctica de llevar un inventario y registrar transacciones económicas, es decir, el equivalente formal al “mío, mío” de los niños cuando comienzan a hablar. De manera gradual, sin embargo, el ser humano encontró maneras de expresar ideas más adultas y abstractas como “mi dios”, “mi espíritu”, “la historia de los que son como yo”, “la belleza del que me quiere a mí”, o “mi muerte”. En un momento dado fue necesario escribir catálogos de los libros consignados en las primeras bibliotecas. Para hacerlo, los primeros escribas del mundo, oriundos de Mesopotamia, en el actual Irak, se limitaron a registrar el inicio de cada “libro”. Uno de aquellos catálogos comienza así:

Guerrero noble y honorable
Donde están las ovejas
Donde están los bueyes salvajes
Y contigo yo no
En nuestra ciudad
En tiempos antiguos
Señor de la observancia de las leyes celestes
Residencia de mi dios
Gibil, Gibil (dios del fuego)
Entre los primeros eruditos que comenzaron a estudiar la literatura mesopotámica algunos creyeron que estos catálogos eran poemas. De haber sido así, estos poemas se habrían adelantado 4.000 años a la poesía absurda preconizada por los dadá. Tristan Tzara (1896-1963), el fundador del movimiento dadá, consideraba que una poema se podía obtener recortando frases de un periódico, colocando las tiras en una bolsa, y escribiéndolas en un papel a medida que se sacaban al azar.
(La antigüedad clásica antes de Cristo, págs 63-64)
Los actuales Juegos Olímpicos, celebrados a partir de 1896, tienen muy poco en común con aquellas festividades, originadas hacia 776 a.C. Primero, no se trataba sólo de meros acontecimientos deportivos, también había competiciones literarias, de poesía y de teatro. Segundo, a las mujeres les estaba vetada tanto la entrada como la posibilidad de competir, salvo contadas excepciones. Más diferente aún: no había medalla de playa, ni mucho menos de bronce. Nadie se molestaba en controlar las marcas. Sólo importaba una cosa: el poder del aquí y ahora. Los perdedores, incluido el segundo, eran basura. Píndaro de Cinocéfalos (ca. 518-438 a.C.) el poeta más laureado de aquellos festivales, lo describió sin tapujos…
“Y ahora tú te abalanzaste desde lo alto
sobre cuatro cuerpos, con la idea de dañarlos;
a ellos no se les ha concedido en los juegos píticos
un regreso amable como el tuyo,
y cuando volvieron junto a sus madres
la dulce risa no provocó placer a su alrededor,
sino que se ocultan en los callejones,
evitando el encuentro de sus adversarios,
desgarrados por la derrota”
La palabra griega para describir esta obsesión por la victoria, y únicamente la victoria, es agon. A veces traducida como “disputa”, abarcaba mucho más: el agon impregnaba cualquier competición, fuera deportiva, literaria o militar. La formulación más conocida del agon es la frase con la que las madres espartanas despedían a los hombres cuando iban a la guerra: “vuelve con el escudo o sobre el escudo”, es decir, vencedor o muerto. Lógicamente, era tanta la presión sufrida para llevar a la práctica este ideal que, con el tiempo, agon terminó significando justo lo opuesto a lo que se esperaba de un triunfador, es decir, ansiedad, crisis, dolor… de ahí nuestra palabra “agonía”.
En la época de Píndaro, el ideal del agon comenzaba a entrar en declive. Por eso sus poemas eran tan valorados: recreaban un ideal. Por el contrario, en los tiempos del poeta Arquíloco de Paros (ca. 712–664 a.C.), la presión del agon debió ser mucho más fuerte. En consecuencia, la confesión de su cobardía inaugura un coraje desconocido hasta entonces.
Un tracio es quien se lleva, ufano, mi escudo; lo eché sin querer,
junto a un arbusto, al buen arnés sin reproche,
pero yo me salvé ¿Qué me importa a mí aquel escudo?
¡Bah! Lo vuelvo a comprar que no sea peor
Unos dos siglos antes, sin embargo, Homero (siglo VIII a.C.) –el poeta de La Ilíada, y por lo tanto, de los grandes modelos de agon griego-, algo debió intuir. Lo hizo sólo un instante, tan breve que apenas le dedicó unos versos. Apenas una premonición, o un sueño cuyo recuerdo se desvanece nada más despertar. Héctor, el guerrero troyano más obligado a luchar por la cultura del agon, aún sabiendo que sólo le esperaba la muerte, en un momento dado se sorprende a sí mismo con el siguiente monólogo:
“¿Y si ahora, dejando en el suelo el abollonado escudo y el fuerte casco y apoyado la pica contra el muro, saliera al encuentro del inexorable Aquiles, le dijera que permitía a los Atridas llevarse a Helena y las riquezas que Paris trajo a Troya en las cóncavas naves, que esto fue lo que originó la guerra y le ofreciera repartir a los aqueos la mitad de lo que la ciudad contiene y más tarde tomara juramento a los troyanos de que, sin ocultar nada, formasen dos lotes con cuantos bienes existen dentro de esta hermosa ciudad?… Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón?”


Alberto Olmos (Segovia, 1975) es licenciado en periodismo. Inició su carrera literaria con A bordo del naufragio (1998, Finalista del Premio Herralde). Dos años más tarde apareció su segundo libro, Así de loco te puedes volver. Después de residir durante tres años en Japón, ha publicado, en LENGUA DE TRAPO, las novelas Trenes hacia tokio (Nueva Biblioteca 123)(2006, Premio Arte Joven de Novela de la Comunidad de Madrid), El talento de los demás (Nueva Biblioteca 133)(2007) y Tatami (Nueva Biblioteca 148) (2008). Como editor, ha sido responsable del volumen Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder (2009), elaborado a partir de textos encontrados en Internet.
Está abierta una muestra de cómic en el Centro de Exposiciones del Simón I. Patiño (Av. Potosí) hasta el 12 de julio. Se trata de tres artistas importantes en el mundo de este arte: el argentino Juan Sáenz Valiente, Javier Olivares nacido en España y Magnus, pseudónimo de Roberto Raviola de Italia.



Un sentido homenaje a la fantasía y a la magia. Este magnífico cómic narra un supuesto acontecimiento sobrenatural vivido por Jules Verne durante su infancia. Con su hermano y su prima, el joven Verne, de diez años, navega hasta un islote en busca de unas piedras muy particulares con las que hacer amuletos mágicos y realizan un ritual que tendrá imprevisibles consecuencias. Vencedor del Premio Josep Coll 2007 en la categoría de autores mayores de 30 años. El Premio Coll lo convoca la Associació Professional d’Il·lustradors de Catalunya (A.P.I.C.) con la colaboración de Ediciones Glénat.
Fernando Garcés Blázquez 
ueño se le ha hecho realidad. Tenía un trabajo mal pagado, los dientes torcidos y una vida sentimental desastrosa cuando, una mañana, se despierta en una cama de hospital y descubre que su espléndida dentadura deslumbra como en un anuncio de dentífrico, sus uñas presentan una manicura inmejorable, y su ropa y complementos son los de una mujer muy rica. Y, por si fuera poco, está casada… ¡¡¡con un desconocido!!! Superada la gran sorpresa, Lexi se propone disfrutar de su nuevo yo, con lo cual podrá comprobar de primera mano las ventajas e inconvenientes que puede acarrear una inesperada vida perfecta.














eroso; la literatura es un circo, un teatro.»
rs en La Habana. Durante los cinco años que permaneció en ese destino, escribió un diario donde detallaba la vida cotidiana de una corresponsal bajo el régimen de Fidel Castro. La ilusión inicial de residir en un paraíso del Caribe se va transformando paulatinamente en angustia.

las preguntas del tribunal, que suscitan importantes cuestiones éticas y filosóficas, la llevarán a descubrir una verdad que hará tambalear los cimientos sobre los que se asienta su mundo.








