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Plinio / Todos los cuentos

Plinio / Todos los cuentos
Francisco García Pavón

Se publican reunidos por primera vez todos los relatos breves protagonizados por el detective Plinio, Jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso (G.M.T.), y su inseparable socio y colaborador, el veterinario don Lotario. Narraciones cortas e intensas o joyas literarias que casi alcanzan el título de novelas como la magistral El último sábado.
Algunos cuentos aparecieron dispersos en libros y revistas, otros son prácticamente inéditos, pero en todos se aprecia la excelente prosa y calidad de narrativa de Francisco García Pavón, el padre de la novela policíaca española de calidad. Aquí están, por ejemplo, el primer caso, el del malvado Quaque, y el último, en el que Plinio sigue la pista a un asesino que pierde la memoria de sus crímenes nada más cometerlos. Aunque por encima de todo sobresale ese universo rural en donde el sentido del humor es el único elemento capaz de poner cordura en la España de la dictadura, con personajes admirablemente retratados, como el cabo Maleza o la buñolera Rocío. Todos ellos son testigos circunstanciales de crímenes «tan hermosos en su descripción como atosigantes en su origen», como dice en el prólogo Jorge M. Reverte, autor de la saga policíaca del investigador Gálvez.
Rey Lear editores
Colección : LITERATURA REY LEAR
Prólogo: Jorge M. Reverte
Páginas: 280
Formato: 15,5 x 23,5 a color con cuadernillos cosidos al hilo
Precio: 20,95 €
ISBN-13: 978-84-92403-41-7
Francisco García Pavón, (Tomelloso, 1919 – Madrid, 1989).
Se doctoró en Filosofía y Letras y fue catedrático y director de la Escuela Superior de Arte Dramático. Crítico teatral y editor al frente de la prestigiosa editorial Taurus, su popularidad le vino gracias a sus novelas y cuentos en los que, desde la perspectiva humorística, refleja el mundo rural de La Mancha. Su primera novela, Cerca de Oviedo (1945), resultó finalista del Premio Nadal, pero su mayor éxito lo alcanzó gracias a la serie de novelas policíacas protagonizados por el jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, Manuel González, alias Plinio, que suponen la reválida de madurez y calidad que hasta entonces no había conseguido el género detectivesco en España. Entre ellas destacan El reinado de Witiza (1968), galardonada con el Premio de la Crítica; El rapto de las sabinas (1969), Las hermanas coloradas (1970), premiada con el Nadal; Una semana de lluvia (1971), Voces en Ruidera (1973) y Otra vez domingo (1978). Convencido demócrata liberal, García Pavón utiliza su literatura para indagar sobre las sombras de la dictadura de Franco, aunque sus tres primeras novelas Plinio/Primeras novelas se desarrollan en la de Primo de Rivera. García Pavón es también autor de ensayos y cuentos.
Es un artículo de Leiaa

El árbol de la ciencia, de Pí­o Baroja

A este libro lo relaciono directamente con El Quijote porque fue su sucesor en las lecturas obligatorias de los chavales de bachillerato. Así­ como las aventuras del manchego las he leí­do tres veces, con sentimientos encontrados, a esta novelita de Baroja nunca la habí­a pillado el gusto. Hasta que te encuentras un dí­a con nada que leer y espulgas un poco la biblioteca. A ver qué es esto que tanto se recomendaba a los estudiantes…

Pí­o Baroja, médico (con una tesis sobre el dolor) y pesimista crónico, nos presenta la historia de uno de sus clásicos personajes desarraigados, Andrés, desde que entra en la universidad hasta que… hasta que… En fin, empecemos por el principio, dejando mayormente la palabra al autor de tan educativo libro.

Familia bastante impresentable. La madre, navarra fanática (¿?).

La madre de Andrés, navarra fanática, habí­a llevado a los nueve o diez años a sus hijos a confesarse.

El padre, bruto y prepotente.

Don Pedro, sin pensarlo, era un hombre a la antigua; la sospecha de que un obrero pretendiese considerarse como una persona, o de que una mujer quisiera ser independiente, le ofendí­a como un insulto.

De bares con los amigos.

Entre ellas llamaba la atención una rubia muy guapa, acompañada de su madre. La madre era una chatorrona gorda, con el colmillo retorcido y la mirada de jabalí­. Se conocí­a su historia: después de vivir con un sargento, el padre de la muchacha, se habí­a casado con un relojero alemán hasta que éste, harto de la golferí­a de su mujer, la habí­a echado de su casa a puntapiés.

Un compañero de instituto.

Sin ser inteligente, sentí­a tal curiosidad por el funcionamiento de los órganos, que si podí­a se llevaba a casa la mano o el brazo de un muerto para disecarlo a su gusto. Con las piltrafas, según decí­a, abonaba unos tiestos o las echaba al balcón de un aristócrata de la vecindad a quien odiaba.

Primeros (y fugaces) amores.

Al verla, Andrés se estremecí­a y se echaba a temblar. Un dí­a la oyó hablar con acento gallego y sin saber por qué, todo su terror desapareció.

Un amigo suyo, también gallego, le da la lata hablándole de su maravillosa amada.

Cuando Lamela le mostró un dí­a a su amada, Andrés se quedó estupefacto. Era una solterona fea, negra, con una nariz de cacatúa y más años que un loro. Además de su aire antipático, ni siquiera hací­a caso del estudiante gallego, a quien miraba con desprecio, con un gesto desagradable y avinagrado. ../..

– Chico –decí­a, sonriendo y agarrando del brazo a Andrés-. Ayer la vi
– ¡Hombre!
– Sí­ â€“ añadí­a con gran misterio-. Iba con la señora de compañí­a; fui detrás de ella, entró en su casa, y poco después salió con un criado al balcón. ¿Es raro, eh?
– ¿Raro? ¿Por qué? –preguntaba Andrés.
– Es que luego el criado no cerró el balcón.

Un poco de filosofí­a para explicar la cosa.

La inteligencia lleva, como necesidades inherentes a ella, las nociones de causa, de espacio y de tiempo.

Otro poco de antisemitismo.

– …Y Dios, seguramente, añadió: “Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoí­stas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no comáis del árbol de la ciencia, porque este fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá”. ¿No es un consejo admirable?
– Sí­, un consejo digno de un accionista de Banco – repuso Andrés
– ¡Cómo se ve el sentido práctico de esa granujerí­a semí­tica! –dijo Iturrioz-. ¡Cómo olfatearon esos buenos judí­os, con sus narices corvas, que el estado de conciencia podí­a comprometer la vida!

Descanso. Escuetas y elegantes descripciones.

En las casas comenzaban a iluminarse las ventanas. Filas de faroles iban encendiéndose, formando dos lí­neas paralelas en la carretera de Extremadura. De las plantas de la azotea, de los tiestos de sándalo y de menta llegaban ráfagas perfumadas…

Más de luces y olores:

Enfrente, hacia el pueblo, se veí­a una calle ancha, con unas casas grandes, blancas y dos filas de luces eléctricas mortecinas. La luna, en menguante, iluminaba el cielo. Se sentí­a en el aire un olor como dulce, a paja seca.

Se va a trabajar a un pueblo.

Las costumbres de Alcolea eran españolas puras, es decir, un absurdo completo.

El pueblo no tení­a el menor sentido social; las familias se metí­an en sus casas, como los trogloditas en su cueva. ../.. Los hombres iban al trabajo y a veces al casino. Las mujeres no salí­an más que los domingos a misa.

Los cultos del pueblo.

Tení­an frases hechas, que las empleaban a cada paso: el ascua de la inteligencia, la flecha de la sabidurí­a, el collar de perlas de las observaciones juiciosas, el jardí­n del buen decir…

Canciones de la guerra de Cuba

Parece mentira que por unos mulatos
Estemos pasando tan malos ratos;
A Cuba se llevan la flor de la España
Y aquí­ no se queda más que la morralla

Hablando del hombre de campo

En todas partes, el hombre en su estado natural, es un canalla, idiota y egoí­sta.

Consejos a unas prostitutas

No tenéis odio siquiera. Tened odio; al menos viviréis más tranquilas

Lo que piensa de la justicia

La ley es siempre más dura con el más débil. Automáticamente pesa sobre el miserable. Es lógico que el miserable, por instinto, odie la ley.

Y de los toros.

Los domingos, sobre todo cuando cruzaba entre la gente a la vuelta de los toros, pensaba en el placer que serí­a para él poner en cada bocacalle una media docena de ametralladoras y no dejar uno de los que volví­an de la estúpida y sangrienta fiesta

Funeral valleinclanesco.

Adiós, Rafael ¡tú eras un poeta! ¡Tú eras un genio! ¡Así­ moriré yo también! ¡En la miseria!, porque soy un bohemio y no venderé nunca mi conciencia. No.

Ya en las últimas páginas, Baroja nos da un breve respiro permitiendo que su héroe encuentre el amor, se case y sea feliz. Pero… ¡atención!, en las ultimí­simas páginas, como no podí­a ser menos, sucede lo siguiente a toda velocidad, cual metralleta en bocacalle: su mujer queda embarazada, están a punto de tener un hijo que él no desea (va en contra de todas sus ideas traer un nuevo ser al mundo), en el parto muere el niño y muere la madre. El protagonista, para no ser menos, se suicida. Fin. íšltima frase: “Habí­a en él algo de precursor”. Jopé, entonces la que nos espera…

Ya acabo. El libro lo recomiendo, de verdad, se divierte uno, es ágil, fresco y ocurrente, como casi todo Baroja. Además es pequeño y se puede llevar en el bolsillo. Pero, por favor, no se lo dejen a chavales sin la suficiente formación, que con que se mate el protagonista ya vale.

Alberto Arzua

Voces en Ruidera, de Francisco Garcí­a Pavón

El creador del personaje de Manuel González, alias “Plinio”, guardia de Tomelloso y hábil detective de pueblo, despidió su serie de novelas con esta de “Voces en Ruidera”, en la que, además de la trama entre policiaca y costumbrista de toda novela de género, se explayaba el hombre con digresiones filosóficas como las que reproduzco a continuación, extraí­das de los parlamentos de algunos de sus personajes. Aquí­ las pongo no sólo por su estilo entre preciosista y cazurrón, antiguo y resabiado en la raí­z del decir y noví­simo y prí­stino en la del pienso.


… ¿y por qué has dicho seminaristas modernos con retintí­n?
– Sí­, de esos que ahora se ponen en contra de los ricos.
– A buenas horas, mangas verdes, Judas vendió a Cristo y nadie ha vuelto a rescatarlo. Sigue aún en poder de los compradores.
– Eso ocurre con to, don Lotario. Así­ que sale algo bueno, espiritual y que puede arreglar el mundo, hay listos que lo compran para su descanso y beneficio.
– Es natural. El mundo es de los más. Y los más, son tontos o mercachifles… Los hombres, sólo de uno en uno pueden salvarse por un ideal grande. Así­ que se agrupan, infunden temor, y los mercan.
– Todas las religiones del mundo, Manuel, están en manos de los poderosos y a los poderosos halagan.
– Por eso debe ocurrir ahora algo muy malo para que se pongan los curas al lado de los pobres.
– …La crisis definitiva o un puentecillo hasta que el capital halle nueva fórmula de traerlos al redil.
– Mientras el dinero exista, no habrá nada grande en el mundo.
– ¿Y si no hay dinero, qué va a haber, Manuel?
– Ah, eso es el gran misterio que está por descubrir. Hasta que no se invente la manera de sustituirlo por algo que ignoro, no se arreglarán las cosas. Entonces cada hombre será lo que de verdad es y no un hijo del miedo. La vida es muy corta y cada vez se necesitan más cosas. Los billetes son vales para adquirir casi todo lo que en la tierra existe. Y su poder amaga al más soliviantado… No queda tiempo para sentir ni para pensar en nada que no sea el conseguir dinero. La vida así­ es la mayor corruptela que puede pensarse.

… /

… nos creemos que el cuerpo tiene tantas necesidades como inventa nuestra fantasí­a, y nos pasamos el dí­a echándole cosas calientes, cosas frí­as, humos y salivas. La tradición de las hambres, nos hace creer que el cuerpo siempre tiene que estar lleno, que el descanso de la tripa es la muerte y no damos paz al diente ni a la lengua. En vez de pensar sobre la vida y observarla como episodio tan corto y misterioso que es, sólo sabemos pasarla ensilando. Yo me imagino el cuerpo en su tiniebla de tubos blancos y depósitos húmedos, harto de recibir tanto pan y tanto campanaje, tanto vino, leche y demás caldos bebibles. Pobre cuerpo, qué trají­n de zurrires, qué entra y saca de cosas innecesarias. La mayorí­a de los mortales son un tubo digestivo puesto en pie, sin otro pensamiento que hincharlo, ni otro remedio que el sueño, ensayo diario de la función muerte. Todo nuestro furor y energí­a lo empleamos en defender el ensile y holgar, sin hacer nada para que mejore la vida de los sucesivos. Sólo los pocos sabios que en el mundo fueron son, mandaron esas preocupaciones a la rinconera de lo imprescindible y trabajaron por el bien humano, o por descubrir la gran incógnita del ser aquí­, y del ser o no ser al contao del tránsito. Desde que nacemos sólo nos enseñan a cosear, a ir detrás de menudencias y condumios, dejando el gran problema de la ultravida… si es que lo hay. O al menos de componerse una mejor convivencia entre los que venimos sin saber por dónde.

UN DIA DE COLERA / ARTURO Pí‰REZ REVERTE

“Nadie lo habí­a contado así­”… Descúbrelo en Un dí­a de cólera la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte.

El esperado regreso de Arturo Pérez-Reverte a la novela histórica. Este relato no es ficción ni libro de historia. Tampoco tiene un protagonista concreto, pues fueron innumerables los hombres y mujeres envueltos en los sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid. Héroes y cobardes, ví­ctimas y verdugos, la Historia retuvo los nombres de buena parte de ellos: las relaciones de muertos y heridos, los informes militares, las memorias escritas por actos principales o secundarios de la tragedia, aportan datos rigurosos para el historiador y ponen lí­mites a la imaginación del novelista. Cuantas personas y lugares aparecen aquí­ son auténticos, así­ como los sucesos narrados y muchas de las palabras que pronuncian. En Un dí­a de cólera, Arturo Pérez-Reverte, convierte en historia colectiva las pequeñas y oscuras historias particulares, registradas en archivos y libros. Lo imaginado, por tanto, se reduce a la argamasa narrativa que une las piezas.

Con las licencias mí­nimas que la palabra novela justifica, estas páginas pretenden devolver la vida a quienes durante doscientos años sólo han sido personajes anónimos en grabados y lienzos contemporáneos, o escueta relación de nombres en los documentos oficiales.

EDITORIAL ALFAGUARA
408 pgs
Precio aprox: 19,50 €
ISBN: 978-84-204-7280-5
Fecha de publicación: 28/11/2007
Género: Novela

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) fue reportero de guerra durante veintiún años y es autor, entre otras novelas, de El húsar, El maestro de esgrima, La tabla de Flandes, El club Dumas, Territorio Comanche, La piel del tambor, La carta esférica, La Reina del Sur y Cabo Trafalgar; y de la serie histórica Las aventuras del capitán Alatriste. Es miembro de la Real Academia Española.
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Leiaa

Han matado a un hombre, han roto un paisaje / Francisco Candel


Este libro trata de la vida de el Grúa. No, no señor, yo soy el Gafas, a mí­ siempre me han llamado así­, pero al Grúa lo conocí­ de pequeño, bueno, desde que nació, éramos vecinos, claro que entonces lo llamábamos el Gruí­ca. El Grúa ya se llamaba el padre, que tení­a a la mujer de parto cuando se largó y no se supo más de él, se ve que no querí­a cargas, mientras la mujer estaba frescachona, bien, pero a lo que se quiso ver con el crí­o, pues eso, que se largó y no se supo más. El Gruí­ca se crió en la calle, en la calle y en el campo, que entonces todo esto de ahí­ eran campos, oiga. Bueno, en la calle nos criamos todos, el Abrán, el Martos, que tení­a otra banda y nos cascábamos, el Crescencico, el hijo el Crescencio que era de la CNT, el Raulito, todos en la calle, pero él más, porque ni al colegio fue, que no habí­a dios que lo tuviera allí­ metido, y claro, como la madre andaba todo el dí­a por ahí­ fregando casas y en mandados, quién iba a cuidar al chico. Eran otros tiempos, menos mal que pasaron. Entonces todo esto de ahí­ eran campos ¿sabe? de payeses, que tení­an vigilantes con la escopeta al hombro, para que las gentes no fueran a robarles los melones o las acelgas, y si veí­an un bulto moverse por entre las matas a la noche no reparaban en si era mozo o chico ¡pun! tiro que te crió, y menos mal si era un cartucho de sal. Sigue leyendo

Notas al pie de página, de Camilo José Cela Trulock

Cela, ese escritor con tan mala fama entre quienes no le han leí­do, se descolgaba a veces poniendo llamadas a pie de página muy chuscas en sus ya de por sí­ divertidos escritos. He recogido sólo cuatro de las muchas, muchí­simas, que tiene. Estas son de “Nuevas escenas matritenses”

1. A esto de la escritura lo más probable es que le falten recursos. Para representar las palabras del Epipodio habrí­a que recurrir a la solfa y al papel pautado; lo malo es que los escritores, que no suelen saber ni escribir, ignoran las aljamí­as de la música, los nerviosos ringorrangos de los tonos, los compases y las befabemí­es. Debemos ser clementes, sin embargo, con los escritores; la verdad es que hacen lo que pueden y, a veces, hasta trabajan con cierto esmero y aplicación. Si son zafios y cabezotas, no es culpa suya. ¡Qué más quisieran ellos que no ser zafios y cabezotas, sino, al revés, distinguidos y áticos! A la literatura tiene que dedicarse alguien y es disculpable que los escritores se recluten entre quienes no sirven para otra cosa. La sociedad moderna es muy compleja, según se lee en los periódicos, y en estos momentos cruciales alguien tendrá que dedicarse a la literatura, vamos, ¡digo yo! Hace años, cuando los enanos eran más abundantes y aún se podí­an encontrar bufones en buen estado y a precios razonables, los escritores tení­an hasta tiempo para aprender solfeo y armoní­a.

2. N. del E. Aunque el autor de este libro se lo calle, quizá por ignorancia, podemos aclarar a nuestros lectores que la Carlotita es sobrina del Chato Gangrejito, resignado bardaje natural de Jerez de la Frontera y, según las circunstancias, imitador de estrellas, cantaor de flamenco o banderillero. En Valladolid, antes de la guerra, habí­a un cura muy culto que a los bardajes les llamaba nefandarios, que es casi nombre de mí­lite caldeo. Este Chato Cangrejito -cuya verdadera gracia era Heliodoro López Pejerrey- dio una vez un escándalo, en Tánger, del que muy bien Sigue leyendo

La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa


Primero tengo que explicarles quiénes son los perros, si es que los perros son alguien. Los perros son los cadetes de primer año de la Academia Militar Leoncio Prado, de Lima. Ahí­ es donde las familias pudientes mandan a sus hijos dí­scolos, a que los metan en vereda los militares y no se acaben malogrando convertidos en unos pendejos niños ricos. Ahí­ es donde internan también a los muchachos de carácter débil, para que se hagan unos hombres; y también es donde algunas familias modestas hacen un esfuerzo para mandar a un hijo, y que pueda medrar en el ejército y hacerse un hueco en la vida, y que no lo frieguen en un trabajo de mierda como a sus padres. Ahí­ es donde vivo yo. Yo soy el Jaguar. Aquí­ todos tenemos nombre, pero no lo usamos, sólo el apodo, el nombre y el apellido es para que nos llamen los oficiales, entre nosotros somos el Jaguar, Cava, el Esclavo, el Poeta, el Boa. Perros, meros perros todos. Todos cadetes de primer año, recibiendo patadas de todos los demás, que nos tratan como a perros que somos, porque somos el último pedo del culo. Aquí­ la vida es como en un cuartel. No, peor que en un cuartel, además de las guardias, las imaginarias, los retenes, los arrestos, tienes que estudiar y aprobar. Esa es nuestra vida, en un dí­a tienes que tirarte por el lodo en los ejercicios militares, y sudar sangre y romperte las rodillas y los codos de tirarte al suelo y parar con los puros huesos, y luego agarra los libros y sigue rompiéndote los codos, pero de estudiar. Y a la tarde, como si fuera un descansito, ejercicios de instrucción en el patio. Hasta que a uno se le clava la correa en el hombro, la mirilla del fusil en la mano hasta que no la sientes más, hasta que a uno se le clavan los gritos de los sargentos en los oí­dos y no los sientes más. Come corriendo, vive corriendo, estudia corriendo, duerme corriendo si puedes. No tienes a nadie. Ni compañeros, todos quieren joderte, todos quieren robarte, nadie da nada por nada. Uno tiene que ser fuerte y hacerse valer en esta jungla. Y yo lo soy. A mí­ no me friegan como a los demás, yo tengo pelotas. Aquí­ se paga por todo. Si no quieres que te roben el uniforme de paseo para que no puedas salir el domingo por la tarde al cine, a ver a tu chica, tienes que pagar. Si quieres una novelita de las que escribe el Poeta para darte gusto imaginando cochinadas con chicas, tienes que pagar. Si quieres salir del cuartel sin que te vean para ir donde la Pies Dorados a sudar con ella, tienes que pagar. Si quieres los exámenes, yo los tengo, yo los robo; y los perros tienen que pagar. Si no quieres que te roben las cartas de la novia; si quieres cigarrillos, si quieres que te pasen por la noche a la perrita para que te haga cosas con su boquita en la litera, qué blandita tiene la boca la perrita… tienes que pagar. Pero si nos traicionas, si traicionas al grupo, si vas a los oficiales con el cuento de lo que hacemos en las cuadras los perros, entonces pagarás, y pagarás con tu sangre, y hasta con tu vida. No pasará nada. A nadie le importan los perros. Lo primero que me dijeron cuando entré aquí­ fue: jódase, perro.


Oz

Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel Garcí­a Márquez


Mi nombre es Santiago.
Quién iba a decirme que despertarí­a una mañana y no llegarí­a a acabarse el dí­a.
¿Sorprendidos? Imaginaos mi desconcierto, en un pequeño libro pero con todo el interés desde inicio al fin, el autor, mi creador se recreó en mi historia.
Todos los sueños con pájaros son de buena salud dijo mi madre pero yo siempre sueño con árboles.
Es hoy y aún no creo el final de mi corta vida, recien cumplidos los 21.
“Dadme un prejuicio y moveré el mundo”, escribió el juez
Como bien dice el tí­tulo, aquella mañana a las 5,30 y ahora sigan ustedes.

mirome

De “La desheredada”, de Benito Pérez Galdós


De “La desheredada”, de Benito Pérez Galdós, este genial retrato de la tí­a “Sanguijuelera”:
Era Encarnación Guillén la vieja más acartonada, más tiesa, más ágil y dispuesta que se pudiera imaginar. Por un fenómeno común en las personas de buena sangre y portentosa salud, conservaba casi toda su dentadura, que no cesaba de mostrarse, entre sus labios secos y delgados, durante aquel charlar continuo y sin fatiga. Su nariz pequeña, redonda, arrugada y dura como una nuececita, no paraba un instante: tanto la moví­an los músculos de su cara pergaminosa, charolada por el fregoteo de agua frí­a que se daba todas las mañanas. Sus ojos, que habí­an sido grandes y hermosos, conservaban todaví­a un chispazo azul, como el fuego fatuo bailando sobre el osario. Su frente, surcada de finí­simas rayas curvas que se estiraban o contraí­an conforme iban saliendo las frases de la boca, se guarnecí­a de guedejas blancas. Con estos reducidos materiales se entretejí­a el más gracioso peinado de esterilla que llevaron momias en el mundo, recogido a tirones y rematado en una especie de ovillo, aquie no se podrí­a dar con propiedad el nombre de moño. Dos palillos mal forrados en un pellejo sobrante eran los brazos, que no cesaban de moverse, amenazandotocar un redoble sobre la cara del oyente, y dos manos de esqueleto, con las falanges tan ágiles que parecí­an sueltas, no paraban en su fantástico girar alrededor de la frase, cual comentario gráfico de sus desordenados pensamientos. Vestí­a una falda de diversos pedazos bien cosidos y mejor remendados, mostrando un talle recto, liso, cual madero bifurcado en dos piernas. Tení­a actitudes de gastador y paso de cartero.

Oz

Cuerda de presos, de Tomás Salvador


Con su permiso. Mi nombre es Serapio Pedroso Buján, para servir a Dios, a la Benemérita y a usted. Sí­, soy un guardiacivil de los de hace… mucho tiempo, de cuando el señor Silvela era ministro de la Gobernacióny aquí­ me veo, embarcado por órdenes superiores en una conducción. Ah, que no sabe usted qué es eso de una conducción. Ya. Pues que un servidor, acompañado por otro guardia, uno joven y novato que se llama Silvestre Abuí­n Corvino, nos vamos a llevar a un preso desde Murias de Paredes, en tierras de León, hasta las Vascongadas, para que le den garrote. Andando, sí­ señor. El preso es Juan Dí­az de Garayo y Argandoña, por mal nombre “El Sacamantecas” y también “El Zurrumbón”. Lo llevamos atado de manos, y uno a cada lado, con los naranjeros cargados y con órdenes extrictas en caso de que se dé a la fuga.
Yo, sabe usted, sólo quiero acabar el servicio lo antes posible y sin problemas, por eso duermo con un ojo abierto, que para el nuevo es su primera conducción y tiene mucho que aprender aún. Y para el preso es la última y no tiene nada que perder, si no es antes de tiempo. Ya ve usted qué linda excursión serí­a si no tuviera que compartir uno camino con un asesino, que a saber lo que estará discurriendo para escabullí­rsenos o hacernos algún daño. Encima, claro, hay que evitar las carreteras principales, que esto no es un espectáculo público, así­ que aquí­ vamos, tragando polvo de varias provincias, durmiendo cada dí­a en un municipio, de cuartelillo en cuartelillo, de ayuntamiento en ayuntamiento, y recibiendo la etapa que nos dan de rancho, y alguna cosa que siempe cae porque las buenas gentes se apiadan del reo y sus conductores. …(sigue) Sigue leyendo