No hay que dejar los libros en manos de los intelectuales

De “Un yanqui en la corte del Rey Artus”, de Mark Twain

29 Agosto 2005


Pasaje muy edificante de cuando el yanqui visita la corte de la fatí­dica hada Morgana. Siempre he abominado de la pena de muerte, menos en casos excepcionales, como cuando se trata de malos músicos.

En una galerí­a habí­a una banda de cí­mbalos, cuernos, trompetas y otros instrumentos de suplicio, que amenizó el banquete con una serie de sonidos discordantes que parecí­an el lamento de un moribundo. Tratábase, según supe más tarde, de una pieza nueva, y tuvo que ser repetida varias veces. No sé por qué motivo, pero lo cierto es que, después de comer, la reina ordenó que fuese ahorcado el autor de aquella… melodí­a.

La pobre reina se hallaba tan asustada y humillada, que no se atreví­a a hacer ahorcar al compositor sin consultarme. Me daba mucha pena… En realidad, a cualquiera se la hubiese dado, porque estaba verdaderamente agobiada, sufriendo horrores. Me sentí­ dispuesto, pues, a hacer todas las concesiones razonables y a no llevar las cosas a sus últimas consecuencias. Reflexioné profundamente y acabé por ordenar que acudieran los músicos a nuestra presencia, a tocar y cantar aquel cuplé, sinfoní­a, pasodoble o lo que fuese… Lo hicieron inmediatamente. Vi que la reina tení­a razón y le di permiso para ahorcar a todos los de la banda.

Oz

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