No hay que dejar los libros en manos de los intelectuales
Notas al pie de página, de Camilo José Cela Trulock
Cachito / 30 Agosto 2005

Cela, ese escritor con tan mala fama entre quienes no le han leí­do, se descolgaba a veces poniendo llamadas a pie de página muy chuscas en sus ya de por sí­ divertidos escritos. He recogido sólo cuatro de las muchas, muchí­simas, que tiene. Estas son de “Nuevas escenas matritenses” 1. A esto de la escritura lo más probable es que le falten recursos. Para representar las palabras del Epipodio habrí­a que recurrir a la solfa y al papel pautado; lo malo es que los escritores, que no suelen saber ni escribir, ignoran las aljamí­as de la música, los nerviosos ringorrangos de los tonos, los compases y las befabemí­es. Debemos ser clementes, sin embargo, con los escritores; la verdad es que hacen lo que pueden y, a veces, hasta trabajan con cierto esmero y aplicación. Si son zafios y cabezotas, no es culpa suya. ¡Qué más quisieran ellos que no ser zafios y cabezotas, sino, al revés, distinguidos y áticos! A la literatura tiene que dedicarse alguien y es disculpable que los escritores se recluten entre quienes no sirven para otra cosa. La sociedad moderna es muy compleja, según se lee en los periódicos, y en estos momentos cruciales alguien tendrá…

De “Un yanqui en la corte del Rey Artus”, de Mark Twain
Cachito , HUMOR , Léeme / 29 Agosto 2005

Pasaje muy edificante de cuando el yanqui visita la corte de la fatí­dica hada Morgana. Siempre he abominado de la pena de muerte, menos en casos excepcionales, como cuando se trata de malos músicos. En una galerí­a habí­a una banda de cí­mbalos, cuernos, trompetas y otros instrumentos de suplicio, que amenizó el banquete con una serie de sonidos discordantes que parecí­an el lamento de un moribundo. Tratábase, según supe más tarde, de una pieza nueva, y tuvo que ser repetida varias veces. No sé por qué motivo, pero lo cierto es que, después de comer, la reina ordenó que fuese ahorcado el autor de aquella… melodí­a. … La pobre reina se hallaba tan asustada y humillada, que no se atreví­a a hacer ahorcar al compositor sin consultarme. Me daba mucha pena… En realidad, a cualquiera se la hubiese dado, porque estaba verdaderamente agobiada, sufriendo horrores. Me sentí­ dispuesto, pues, a hacer todas las concesiones razonables y a no llevar las cosas a sus últimas consecuencias. Reflexioné profundamente y acabé por ordenar que acudieran los músicos a nuestra presencia, a tocar y cantar aquel cuplé, sinfoní­a, pasodoble o lo que fuese… Lo hicieron inmediatamente. Vi que la reina tení­a razón y…

Gracias, Jeeves (y otros) de P.G. Wodehouse
HUMOR , Léeme / 1 Agosto 2005

-Caramba, Jeeves, es un compromiso eso de describir uno de los libros que escribió el tal Wodehouse sobre usted. -Lo lamento mucho señor, ese hecho es algo que excede mis competencias. -No es como si tuviera que vender sus excelencias para colocarle en casa de algún otro caballero, se supone que he de describir sus méritos y su comportamiento, y aunque lleva usted varios años a mi servicio, y reconozco que ha conseguido evitarme algunos daños memorables; como cuando quise casarme con aquella Gladys que coleccionaba mastines, o cuando me empeñé en llevar un chaleco verde con cuadros morados a las carreras de Ascot, no todo serí­a poner guirnaldas a su paso, Jeeves. -Sirvo al señor lo mejor que sé, señor. -Ciertamente un valet de chambre como usted es el contrapunto ideal para un joven licencioso y dado a la molicie como yo en estos tiempos victorianos que corren y en este imperio británico. Ya ve, un socio del “Club de los Zánganos”, tan selectivo, ha de mantener una cierta imagen de disipación y vacuidad. No quiero que me confundan con uno de esos petimetres de la city. Hay que vivir la vida, Jeeves, es un consejo que le doy….