De “Recuerdo de Solferino”, de Henry Dunant

Esta obra es el punto de partida de un movimiento que, actualmente, está integrado por millones de miembros en el mundo. El mensaje de su autor, conocido en todas partes, ha conmovido y sigue conmoviendo a los lectores. “Al terminar el libro, se maldice la guerra” escribí­an, el siglo pasado, los hermanos Goncourt. Desde su publicación, en 1862, Recuerdo de Solferino ha sido traducido y reeditado tantas veces que es difí­cil saber cuántas versiones hay en el mundo.

Dunant nació en Suiza, en la ciudad de Ginebra, el 8 de mayo de 1828 en el seno de una familia religiosa y que se dedicaba más a realizar obras caritativas que a acumular riquezas. A los 18 años, Dunant ya era hombre serio y ferviente devoto.

Su compasión por los menesterosos lo llevó a ingresar en la “Liga de las Almas”, cuyos miembros se dedicaban a socorrer espiritual y materialmente a los pobres y enfermos de Ginebra.

Luego de presenciar la batalla de Solferino y de brindar su ayuda durante varios dí­as a los heridos en combate, la idea de que tanta desgracia se podí­a evitar, no se apartaba de la mente de Dunant y llegó a la conclusión de que la única forma de estar en paz consigo mismo era escribir sobre el horror del que habí­a sido testigo.

Escribió un libro: Recuerdo de Solferino. No sólo se limitó a narrar los hechos sino que demostró que la mayor parte del sufrimiento hubiera podido evitarse sin dificultad.

En ese libro, Dunant formula una pregunta esencial: ¿No se podrí­an fundar en tiempo de paz sociedades voluntarias de socorro compuestas de abnegados voluntarios altamente calificados cuya finalidad sea prestar o hacer que se preste, en tiempo de guerra, asistencia a los heridos? (Brown P. Henry Dunant: Fundador de la Cruz Roja. Ginebra: Federación Internacio nal de Sociedades de la Cruz Roja y Media Luna Roja, 1989).

Dunant corrió con los gastos de la primera impresión de Recuerdo de Solferino y en noviembre de 1862 apareció la primera edición. La reacción que provocó el libro fue impresionante. El éxito arrollador de la obra dejó anonadado a Dunant.

Recuerdo de Solferino fue la chispa que encendió la llamarada de entusiasmo y los esfuerzos que conducirí­an a la fundación de la Cruz Roja. Henry Dunant

Cuando se libra combate, una banderola roja [4], izada sobre un punto elevado, indica el lugar en que hay heridos o ambulancias de los regimientos implicados en la acción y, por acuerdo tácito y recí­proco, no se dispara en esa dirección; pero, a veces, llegan hasta allí­ las bombas, que alcanzan por igual a los oficiales administrativos, a los enfermeros, a los furgones cargados de pan, de vino y de carne reservada para hacer el caldo que se da a los enfermos. Los soldados heridos que no están incapacitados para andar, van por sí­ mismos a esas ambulancias; los otros son trasladados en camillas o en parihuelas, debilitados, como con frecuencia están, a causa de la hemorragia y de la prolongada privación de todo socorro.

El sol del dí­a 25 alumbró uno de los más espantosos espectáculos que puedan ofrecerse a la imaginación. Todo el campo de batalla está cubierto de cadáveres de hombres y de caballos; los caminos, las zanjas, los barrancos, los matorrales, los prados están sembrados de cuerpos muertos que, en los accesos a Solferino están, literalmente, amontonados. Campos destruidos, trigales y maizales tumbados, setos arrancados, huertos saqueados, aquí­ y allá charcos de sangre.

Los desdichados heridos recogidos durante todo el dí­a están pálidos, lí­vidos, anonadados; unos, y más en particular los muy mutilados, tienen la mirada entontecida y, al parecer, no comprenden lo que se les dice; sus ojos son de sonámbulos, pero esa visible postración no les impide sentir sus sufrimientos; a otros agitan una conmoción nerviosa y un temblor convulsivo; aquéllos, con heridas abiertas, en las que la inflamación ya ha comenzado, están como locos de dolor; piden que los rematen y, con el rostro contraí­do, se retuercen en los últimos estertores de la agoní­a.

Más allá, desafortunados no solamente alcanzados por balas o por fragmentos de obús que los abatieron, sino también con las piernas o los brazos rotos porque sobre sus cuerpos pasaron las ruedas de piezas de artillerí­a. El impacto de las balas cilí­ndricas hace que los huesos se esquirlen en todas las direcciones, de modo que la herida resultante es siempre graví­sima; los fragmentos de obús, las balas cónicas producen también fracturas extremadamente dolorosas y, a menudo, terribles estragos internos. Esquirlas de toda í­ndole, fragmentos de hueso, retazos de vestimenta, partí­culas de objetos de equipo o de calzado, tierra, trozos de plomo complican e irritan las heridas y duplican los sufrimientos.

Quien recorre este interminable teatro de los combates de ayer encuentra a cada paso, y en una confusión sin igual, indecibles desesperaciones y todo género de miserias.

Me encuentro, en estas salas, con varios de nuestros heridos de Castiglione que me reconocen: están aquí­ mejor asistidos, pero no ha terminado su calvario. He aquí­ uno de esos heroicos tiradores de la guardia, que fue herido en la pierna por un disparo, y que estuvo en Castiglione, donde lo vendé por primera vez: yace en su jergón; la expresión de su rostro denota un intenso sufrimiento, tiene los ojos hundidos y enfebrecidos, su tez amarilla y lí­vida anuncia que la fiebre purulenta complica y agrava su estado, sus labios están secos, su voz es temblona; el arrojo del valiente ha cedido ante no sé qué sentimiento de temerosa y vacilante aprensión, incluso lo enerva la asistencia que se le presta, tiene miedo de que le toquen su pobre pierna, ya invadida por la gangrena. Pasa por delante de su cama el cirujano francés que efectúa las amputaciones; el enfermo le toma la mano, que estrecha entre las suyas cuyo contacto quema como un hierro candente: «No me hagan ustedes daño, es horrible lo que sufro», dice. Pero hay que actuar, y sin demora: otros veinte heridos quieren ser operados aún por la mañana, y ciento cincuenta esperan que les pongan apósitos; ni queda tiempo para apiadarse de uno solo, ni para detenerse ante sus indecisiones. El cirujano, de buen carácter, pero frí­o y resuelto, responde solamente: «Déjeme hacer»; después, levanta de un tirón la manta; la pierna fracturada ha duplicado su volumen, de tres lugares fluye una abundante y fétida supuración; manchas violáceas demuestran que, por haberse roto una arteria, ya no puede irrigarse esa extremidad y que, por consiguiente, ya no tiene remedio y el único recurso, si lo hay, es amputar por el tercio superior del muslo. ¡Amputación!, palabra horrible para este desdichado joven que, a partir de entonces, no ve ante sí­ otra alternativa sino una muerte cercana o la mí­sera existencia de un lisiado. Y no tiene tiempo de prepararse para la última decisión: «Dios mí­o, Dos mí­o, ¿qué va usted a hacer?», pregunta todo tembloroso. El cirujano no responde. «Enfermero, trasládelo, ¡deprisa!», ordena. Y, de ese pecho jadeante, se eleva un grito desgarrador; el torpe enfermero ha tomado la pierna inerte, pero tan sensible, demasiado cerca de la llaga: los huesos fracturados causaban, penetrando en las carnes, un nuevo suplicio al soldado; se ve que su pierna flexiona, zarandeada por la sacudidas del transporte hasta el quirófano. ¡Horrible cortejo! Parece que conducen una ví­ctima a la muerte. Reposa, por fin, en la mesa de operaciones, recubierta por una delgada colchoneta; a su lado, sobre otra mesa, una toalla oculta el instrumental. El cirujano, totalmente absorto en lo suyo, nada oye y no ve más que su operación; un joven ayudante mayor retiene los brazos del paciente y, cuando el enfermero, asiendo la pierna sana, arrastra, hacia el borde de la mesa, con todas sus fuerzas, al enfermo, éste grita asustado: «¡No me dejen caer!», y con sus brazos se agarra convulsivamente al joven médico, dispuesto a sostenerlo, que, pálido de emoción, está casi también tan turbado. El cirujano se quita el traje, se remanga hasta cerca del hombro, un ancho delantal le sube casi hasta el cuello; con una rodilla hincada en las baldosas de la sala y en la mano el terrible cuchillo, rodea con su brazo el muslo del soldado y, de un solo trazo, corta la piel en toda su circunferencia; se oye un penetrante grito en el hospital; el joven médico puede contemplar, cara a cara con el martirizado, en sus contraí­das facciones, hasta los mí­nimos pormenores de esta atroz agoní­a: «Ánimo», dice a media voz al soldado, cuyas manos siente crisparse sobre su espalda, «¡todaví­a dos minutos, y habremos terminado!». Se levanta el cirujano, comienza a separar la piel que recubre los músculos, desnudándolos; corta y pela, en cierto modo, las carnes replegando la piel aproximadamente una pulgada, como un arremango; después, volviendo a la carga, secciona con su cuchillo, de una vigorosa incisión, todos los músculos hasta el hueso; un torrente de sangre escapa de las arterias recién cortadas, inunda al cirujano y se derrama por el pavimento. En calma e impasible, el hábil cirujano no pronuncia una palabra; pero, de pronto, en medio del silencio que reina en la sala, dirigiéndose con cólera al torpe enfermero, estalla: «Imbécil, ¿no sabe usted comprimir las arterias?» í‰ste, poco experimentado, no ha podido prevenir la hemorragia aplicando convenientemente el pulgar sobre los vasos sanguí­neos. El herido, en el ápice del dolor, articula débilmente: «¡Oh, basta ya, déjenme morir!», y un sudor helado baña su rostro; pero tiene que pasar todaví­a un minuto, un minuto que es una eternidad. El ayudante mayor, siempre con mucha simpatí­a, cuenta los segundos y, con la mirada fija, ora en el cirujano ora en el paciente, cuyo ánimo intenta sostener, le dice: «¡Solamente un minuto!» Y, de hecho, ha llegado el momento de la sierra; ya se oye el acero que chirrí­a al penetrar en el hueso vivo, y que separa del cuerpo el miembro medio podrido. Pero ha sido demasiado intenso el dolor en este cuerpo debilitado y exhausto, y han cesado los gemidos, porque se ha desvanecido el enfermo; el cirujano, a quien ya no guí­an los gritos y quejidos del paciente, temiendo que su silencio sea el de la muerte, lo mira con inquietud para cerciorarse de que no ha expirado; los cordiales, guardados en reserva, logran apenas reanimar sus ojos apagados, medio cerrados y como marchitos; sin embargo, parece que el moribundo recobra vida; está destrozado y exánime; pero, por lo menos, han terminado sus grandes sufrimientos.

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Enlace con la web del Comité Internacional de la Cruz Roja donde puedes leer integramente este libro, e incluso adquirirlo y contribuir al sostenimiento de Cruz Roja.

Oz

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