Muerte en Estambul / Petros Márkaris

 Cuando regresamos al hotel, a primera hora de la tarde, tengo la intención de dormir un par de horitas antes de la salmuerte-en-stambul1ida nocturna, pero el joven recepcionista que quita las ganas.

 
–Tienen visita.
 
Me vuelvo, convencido de que voy a encontrarme con algún colega, pero para mi gran sorpresa veo al tipo que nos abordó anoche en el restaurante.
 
–Buenas tardes, señor comisario. ¿Se acuerda de mí?
 
–¡Cómo no! Nos vimos anoche.
 
Él calla y me mira turbado.
 
–Tengo un problema muy grave y necesito su ayuda –dice con recelo.
 
–¿Qué ayuda le puede ofrecer un policía griego que ha venido a hacer turismo?
 
–Si pudiéramos sentarnos en alguna parte, se lo explicaría.
 
Hago señas a Adrianí, que me espera junto al ascensor, para que suba sola a la habitación, y sigo al amable extraño hasta el bar.
 
–En primer lugar, permítame que me presente. Me llamo Markos Vasiliadis y soy escritor. Mi familia era de esta ciudad. Aquí pasé mi infancia, aquí fui al colegio. Cuando éramos pequeños, teníamos en casa una mujer que nos crió a mi hermana y a mí
. Se llama María Jambu o Jámbena, como solían llamarla aquí, en Constantinopla. Anoche quise averiguar si ella había viajado con ustedes.
 
–Lo recuerdo.
 
–María vive con su hermano menor en un pueblo en las afueras de Drama, en Grecia. Su familia era del Mar Negro. Últimamente, ella decía que quería volver a ver Constantinopla por última vez. –Hace una pequeña pausa, por si quiero hacerle alguna pregunta. Al ver que no, prosigue con su relato–: María es muy mayor. Debe de rondar los noventa, si no los ha cumplido ya. Desde lu
ego, es de constitución fuerte; aun así, el viaje sería cansado para una mujer de su edad. Yo intenté disuadirla, pero es muy terca.
 
–E hizo el viaje.
 
–Exacto. Salió de Tesalónica en autocar. Después le perdimos el rastro. No sabemos si ha llegado aquí, no sabemos dónde se aloja, no sabemos nada. Temo que le haya ocurrido algo malo.
 
–¿Cuándo salió de Tesalónica?
 
Vasiliadis hace un gesto para indicar que lo ignora.
 
–No lo sé con exactitud. Hablamos por teléfono por última vez hace una semana. Supongo que debió de partir inmediatamente después.
 
–¿Tenía que ponerse en contacto con usted?
 
–Esto es lo que más me preocupa. Ella tiene mi número de móvil y le dije que me llamara. No lo ha hecho, ni una sola vez.
 
–¿Ha hablado con su hermano?
 
Vasiliadis levanta las manos.
 
–Lo he intentado repetidamente, pero nadie contesta al teléfono.
 
Se produce una pausa que nos da la oportunidad de contemplarnos en silencio. Obviamente, Vasiliadis espera que le sugiera una solución o que emprenda alguna acción, pero yo no tengo ganas. Una cosa es ir de vacaciones a la fuerza y otra, muy distinta, interrumpirlas voluntariamente.
 
–Acudí a la policía, pero no mostraron ningún interés –prosigue Vasiliadis–. Me dijeron que era muy pronto para empezar a buscarla, que debía pasar un tiempo antes de que puedan darla por desaparecida. Por supuesto, el hecho de que yo no sea pariente de María influyó negativamente y me miraron con suspicacia.
 
Empiezo a sospechar lo que quiere pedirme y la idea no me gusta en absoluto.
 
–¿Qué desea de mí, señor Vasiliadis?
 
–Que me acompañe a la policía. Quizá cuando sepan que usted es un colega de Grecia y que muestra interés por una griega, tengan a bien hacer algo.
 
–Pero usted sin duda comprende que no estoy aquí en misión oficial.
 
–Por eso me he dirigido a usted. Para que les pida un favor extraoficialmente.
 
No veo nada claro que mi mediación pueda surtir algún efecto. ¿Qué voy a decirles a los polis turcos? Tenían razón en lo que contestaron a Vasiliadis. En Grecia le habríamos dicho lo mismo. ¿Qué más podría pedirles? ¿Que recorran una ciudad de quince millones de habitantes buscando a una tal María de noventa abriles? Llego a la conclusión de que debemos empezar por otro lado.
 
 –Déjeme hablar primero con la comisaría de Drama, para que se pongan en contacto con su hermano. Después ya veremos. ¿Sabe cómo se llama el hermano?
 
–Yorgos Adámoglu, me parece; pero creo que le llamaban Yannis, no sé. Adámoglu, desde luego. Del apellido estoy seguro.
 
–¿Y su pueblo?
 
–Está en las afueras de Drama. No sé si en un pueblo o, simplemente, un barrio periférico.
 
Durante un mes, Stéfanos Polizos, el jefe de la policía de Drama, y yo trabajamos juntos en el Departamento Anticorrupción y manteníamos una buena relación. Le llamo con el móvil y le cuento la historia.
 
–¿Podrías enviar a uno de tus hombres a hablar con el hermano? –pregunto al poco–. Quizás él sepa algo.
 
Tras un silencio se oye la voz de Polizos:
 
–No hace falta que envíe a nadie. Ya hemos estado allí.
 
–¿También otros han denunciado la desaparición de María Jambu? –me inquieto.
 
–Avisaron de que de la casa salía un fuerte hedor. Entramos y encontramos a Ioannis Adámoglu muerto desde hacía seis días.
 
 –¿Cómo murió?
 
–Según el informe forense, por envenenamiento con pesticida. Todavía no sabemos si lo ingirió voluntariamente o lo envenenaron.
 
–¿Y su hermana?
 
–Desaparecida. No hay ni rastro de ella.
 
–¿Cabe la posibilidad de que también a ella la envenenaran?
 
–Pinta que no. Si hubieran comido juntos, la habríamos encontrado en la casa. De haber muerto más tarde, estaría en algún hospital. En todo caso, la estamos buscando.
 
El escritor Markos Vasiliadis me mira estupefacto.
 
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Leiaa

 

 

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