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Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift

Y tú que te creí­as que esto de los viajes de Gulliver era un cuentito para niños ¡pues no señor! Este es un Libro Morrocotudo, una novela de Humor con H gorda. Si hurgamos en el diccionario veremos que humor es “Modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridí­culo de las cosas” y eso es, precisamente, lo que hace Swift: dar una visión de la realidad de su tiempo exagerando las posturas e imposturas de la sociedad para analizarlas y ver cuánto tienen de irracional. La obra de Swift está en plena vigencia, es más, yo dirí­a que, lejos de quedarse obsoleta, es como si la hubiera escrito pensando en estos tiempos, los personajes y situaciones que aparecen en sus viajes son fácilmente extrapolables a la más rabiosa actualidad. A este señor, en aquellas Inglaterra e Irlanda hipócritas y pacatas en las que le tocó vivir, le dieron mucho p’al pelo y le hicieron la vida imposible por escribir esta crí­tica despiadada, y eso que cuando lo publicó ni siquiera se atrevió a firmar con su nombre. Algunos dijeron de él que fue precursor de los futuros anarquistas, eso que era clérigo. No obstante, pese a su acidez, no es un libro desesperado y su lectura deja un regusto positivista y un resquicio a la esperanza. Que no es poco. Ah, de tebeo o cuento para niños nada de nada.
Nuestro amigo Alejandro Gamero nos lo cuenta muy bien contado a continuación. No te lo pierdas.

No deja de ser curioso el proceso de reinterpretación constante al que están sometidos las grandes obras de la literatura —uno de los casos más célebres, por paradójico, es El Quijote, novela que cada época ha interpretado según su modo de pensar y sus intereses, desde una parodia llena de comicidad hasta la tragedia de un hombre que lucha por sus ideales—. Algo parecido es lo que ha ocurrido con Los viajes de Gulliver, una obra que ha pasado de ser una de las crí­ticas más violentas y negativas de la sociedad y del ser humano en general a leerse como una historia para niños. Debido a su desbordante fantasí­a, son innumerables las versiones infantiles que se han hecho de la obra, fundamentalmente del viaje de Gulliver a Liliput, el más conocido de todos. Pero la historia original de Swift no se corresponde exactamente con las versiones más conocidas, y así­, entre viaje y viaje Gulliver consigue regresar a su casa, donde pasa algún tiempo antes de su nueva aventura, y trae consigo pruebas de la existencia real de las islas —un minúsculo rebaño o el gigantesco aguijón de una abeja—. Sin embargo, más allá de la narración infantil, se esconde, como he indicado, uno de los libros más duros y descarnados con el ser humano que se hayan escrito.

Los viajes de Gulliver se insertan en un género bien conocido y de mucho éxito en la época, los libros de viajes. No es extraño que los europeos, de mentalidad ilustrada, viajen por todo el mundo y describan las costumbres de otros paí­ses con un interés rayano en lo antropológico, aunque siempre desde el ingenuo y presuntuoso punto de vista de la superioridad europea. Los libros de viajes que inundan el mercado editorial van desde el más estricto realismo a la fantasí­a más delirante. Precisamente, a medio camino entre ambos polos, se sitúan Los viajes de Gulliver, que se plantean desde el principio como una parodia a tales libros de viajes —una vez más, al igual que El Quijote—. Y es precisamente esa mezcla de realidad y fantasí­a uno de los aspectos más sorprendentes de la novela, porque a la objetividad en el modo de narrar se opone lo maravilloso de las descripciones, hasta tal punto que podrí­a entenderse la obra como uno de los antecedentes del realismo mágico. De esta forma describe su encuentro con los liliputienses: «Al volver la vista hacia abajo lo más que pude, advertí­ que se trataba de una criatura humana, que no llegaba a medio palmo de alto, con un arco y unas flechas en las manos y una aljaba a sus espaldas».

Pero detrás de todo ese derroche de fantasí­a se encuentra una crí­tica que va evolucionando a lo largo del libro a la par que evoluciona el modo narrativo. Si en las versiones infantiles y juveniles que se hacen del libro se utilizan sobre todo los dos primeros viajes no es por una caprichosa elección: no es difí­cil percibir que los dos primeros viajes conforman una unidad, desarrollada en torno al tema del tamaño pero con similitudes narrativas, que es completamente distinta a la unidad formada por los dos últimos viajes. En los dos primeros viajes la acción es más trepidante, las aventuras se suceden unas a otras, y ponen constantemente en peligro la vida de Gulliver. Frente al carácter narrativo de estos viajes a continuación se desarrollan dos viajes más propensos a lo discursivo. En el tercer viaje, incluso, se podrí­a decir que Gulliver pasa a un plano completamente secundario y se convierte en un mero espectador que aporta muy poco al desarrollo de la historia. Al mismo tiempo la crí­tica del libro se va volviendo más agria y violenta.

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Los tebeos de nuestra infancia. La escuela Bruguera (1964-1986), de Antoni Guiral

Antes que nada permí­tanme que empiece a lo Ángel González diciendo aquello de «pero quiero aclarar que», pues la infancia a la que hace referencia el tí­tulo de este libro no coincide de refilón con la infancia de un servidor. Edades aparte ─cuyo escabroso tema siempre evito─, cuando la inefable editorial quebró y echó el cierre aún no estaba yo en disposición de disfrutar de la lectura, por lo que mi conocimiento en tales lides se debe, como he comentado en alguna ocasión, a los tí­tulos que asumió Ediciones B, que no fueron pocos (Mortadelo, Súper Mortadelo, Mortadelo Extra, Zipi y Zape, Súper Zipi y Zape, Zipi y Zape Extra y colecciones varias como Olé! Superhumor o Magos del humor), y por el memorable suplemento infantil Gente Menuda, además de algún Súper Guai! y algún antiguo tebeo de Bruguera. Fue precisamente una de las prácticas más criticadas por Antoni Guiral, las reediciones, lo que hizo que me familiarizara ─y muchos de mi generación─ con bastantes personajes de la ya en aquel momento fenecida Bruguera. Es comprensible que los personajes más célebres, los que han conseguido entrar en la historia del tebeo, fueran pasto de estas publicaciones, pero otros muchos personajes, muchos de ellos de gran calidad, quedaron en la cuneta por el camino. Por poner un único ejemplo, después de repasar mi colección de tebeos compruebo con asombro que no hay ni una sola tira de Raf, uno de los dibujantes de trazo más perfecto y estimulante. Así­ pues, el libro de Guiral se plantea como una doble ví­a de descubrimiento y de redescubrimiento.

El libro de Guiral es un ambicioso compendio en dos tomos sobre Bruguera desde sus comienzos hasta su desaparición. El primer volumen, titulado Cuando los cómics se llamaban tebeos, abarca la historia de Bruguera desde 1945 hasta 1963, por lo que los personajes que trata, al estar más alejados en el tiempo, son menos conocidos, con la excepción de Zipi y Zape que nacen en el 48 y de Mortadelo y Filemón que son del 58, muy diferentes sin embargo a su imagen actual. Casi todos los grandes personajes de Bruguera ─y cuando digo grandes me refiero a conocidos─ son posteriores al 64. No es necesario, salvo por alguna referencia aislada, haber leí­do el primer libro para comprender y disfrutar del segundo. Eso sí­, hay dibujantes cuya semblanza apenas queda dibujada porque se trataron pormenorizadamente en el primer tomo.

Los tebeos de nuestra infancia está dividido en tres partes, además de incluir una bibliografí­a al final. La primera parte hace un análisis de la historia de la editorial Bruguera, dedicando un apartado a cada década y añadiendo algunos subapartado de cuestiones muy especí­ficas, como por ejemplo la relación de Bruguera con la publicidad, los personajes realistas, la polémica de las reediciones, e incluso espacio hay para las revistas de la competencia. La década de los sesenta empieza con algo que ya se vení­a anunciando desde finales de los cincuenta, la imposición a través de la censura de una lí­nea editorial con personajes más edulcorados y tramas más inocentes que no pongan en peligro la formación de pequeños y jóvenes. Es la evolución que ocurre con personajes que en un principio nacen como polí­ticamente incorrectos, llenos de humor negro y acidez, como la locura de Carioco, la prepotencia cultural de Facundo, o la maldad de personajes como Angelito o doña Urraca. La evolución que sufren por cierto estos dos últimos personajes es muy significativa: Vázquez opta por el camino de la fantasí­a y del surrealismo para Angelito ─consiguiendo una de las series más originales del panorama español─, algo que también pasa con Las hermanas Gilda, y Martz Schmidt se ve obligado a interrumpir la historia “Doña Urraca en el castillo de Nosferatu” a causa de la censura debido a la aparición de una sensuales vampiresas.

A partir de la década de los setenta se inicia un proceso que a la larga será uno de los principales motivos del cierre de Bruguera: la continua reedición de historietas antiguas, la incapacidad para adaptar los personajes y las tramas a una época más actual, la progresiva despersonalización de las revistas, que poco a poco iban perdiendo su esencia para convertirse en un conglomerado de publicaciones con distintos nombres que se suceden de forma vertiginosa ─con el declive de la mí­tica Pulgarcito y de DDT pasan a ser las estrellas Mortadelo y Súper Pulgarcito─. Seguramente Guiral tenga razón, pero no es menos cierto que gracias a esta práctica esas historietas han ido pasando por distintas generaciones y han mantenido su popularidad.

A pesar de su profunda admiración, Guiral denuncia algunas de las prácticas abusivas de la empresa, gestionadas por esa figura tiránica y de difí­cil trato que fue Rafael González: la no devolución de los originales y la cesión absoluta de los derechos de autor sobre Bruguera. Además de la destrucción de originales por la falta de espacio y la explotación de los empleados obligados a completar en algunos casos más de una veintena de páginas semanales ─por lo que era necesario contratar a un equipo de dibujantes para que ayudaran de forma anónima al dibujante estrella─, fue la despótica gestión de los derechos de autor lo que enfrentó a Bruguera con su gallina de los huevos de oro: Francisco Ibáñez. La situación final fue verdaderamente surrealista: Ibáñez fuera de Bruguera, sin poder dibujar sus propios personajes, que fueron asumidos por otras manos. Este no era sino el canto de cisne de una editorial que hací­a muchos años que habí­a dejado atrás su edad de oro.

Aparte del apartado sobre la historia de Bruguera el libro se completa con dos apartados con una distribución que facilita enormemente la consulta, uno de ellos dedicados a los personajes más populares y el otro con una selección de los dibujantes más representativos. La selección tanto de unos como de otros sigue un criterio meramente personal, aunque hay que reconocer que cubre a todos los grandes. En la sección de personajes se ofrecen datos informativos generales, como el tí­tulo oficial, el autor, la fecha y revista de nacimiento, cabeceras en las que ha aparecido, una explicación de la esencia del personaje, algunas observaciones y un compendio de las recopilaciones ─que tristemente en muchos personajes no existen─, además de alguna historieta como ejemplo. En el apartado dedicado a los dibujantes se hace una breve reseña biográfica, una lista con sus creaciones y otra con monografí­as de sus personajes.

Ni que decir tiene que el volumen está lujosamente ilustrado, aunque seguramente es más material gráfico lo que se echa en falta. Se incluye un dvd con contenidos extras, pero, la verdad sea dicha, casi todos ellos aparecen en el libro. Si sienten añoranza o mera curiosidad después de haber leí­do mis palabras, les recomiendo que le echen un vistazo porque este libro es un auténtico recreo para la vista y para el intelecto, un compendio de buenos momentos, de risas y de recuerdos. Que ante todo sirva como ajuste de cuentas con el olvido.


Pincha y recuerda

Alejandro Gamero (La Piedra de Sí­sifo)

La Aventura del tocador de Señoras, Eduardo Mendoza

tocador de señoras He estado leyendo estos últimos dí­as, a Eduardo Mendoza, La aventura del tocador de señoras, y no sé, a veces tengo parar para poder reí­rme de nuevo de lo que acabo de leer y así­ no se puede, muchas veces a trompicones y a carcajada abierta (ayer que vení­a en el tren un tipo se me acercó para preguntarme que qué leí­a porque parecí­a que me la estaba pasando bomba, me dijo que al bajar, buscarí­a el libro en la primera librerí­a que encontrara) y como te digo, no avanzo en nada la lectura y mis arrugas de risa se marcan más y más, y no sabes la alegrí­a que me da eso, si al fin y al cabo una va a terminar como uva pasa, por lo menos que sean delineando bien ésos pliegues que cada vez que me vea al espejo, puedan recordarme lo mucho que me he reí­do. No todo van a ser heridas de guerra ¿no?.

Te cuento, el libro retoma las aventuras de un personaje muy singular, una especie de pí­caro (como personaje) que está internado en un manicomio por error (o no), en una Barcelona atí­pica de los años ochenta. í‰se internamiento, ha estado aderezado con salidas o escapadas esporádicas cuando alguien necesita que hagan el trabajo sucio por él (un chivo expiatorio) para después regresarlo cuando ha terminado dicha empresa al manicomio nuevamente (es un personaje recurrente en otras novelas anteriores de Mendoza, como El Misterio de la Cripta Embrujada y otro más que si no recuerdo mal, se llama El Laberinto de las Aceitunas) . En éste libro le dan la salida definitiva porque derrumbarán el manicomio para hacer un bloque comercial. Quizás lo mejor que tiene el libro, es que se aleja mucho a ésa moda (que ya cansa) de enigmas medievales, libros de terror o recetas para vivir una vida plena, que están en los primeros sitios de venta por semanas, no es un best sellers, pero créeme, el tiempo se pasa pronto cuando estás leyendo dichas aventuras que se pasa volando y encima, pasándotelo muy bien.

Lo curioso es, cómo Don Eduardo Mendoza (el don bien merecido) puede escribir de ésa manera tan ágil y peculiar (a veces utilizando palabras y construcciones narrativas muy complejas), situaciones absurdas y surrealistas que están a la orden del dí­a, hilvanando de manera ágil y fresca una parodia de la realidad de manera brillante, rayando en el humor negro y hasta un poco corrosivo (quita el “rayando” y “poco” y cámbialo por “totalmente”) el personaje narra en primera persona (nunca sabemos su nombre) sus aventuras, en tono detectivesco, es adicto a la pepsi cola y tal pareciera que de verdad está rematadamente loco, pero es una locura casi ingenua y tan carismática que no puedes más que sentir empatí­a con él a medida que se va desarrollando la trama llena de personajes tan locos como él. Quisiera mostrarte un poco de lo que tan inútilmente trato de explicar:

“La carta elogiaba nuestra conducta…para acabar recomendando que el erial que solí­amos usar como campo de fútbol fuera convertido en un centro polideportivo más acorde con los tiempos, para lo cual,
concluí­a diciendo la carta, en breve nos serí­a enviado el equipamiento necesario. Como primera providencia, aquella misma tarde nos quitaron la pelota…”
“¿Me has entendido, escoria?-Me parece que sí­…No trate de volver a entrar: por su bien hemos electrificado las rejas -me dijo desde dentro- Tenga, un poco de dinero para los primeros gastos. Ya me lo devolverá cuando haya hecho fortuna. Tiene toda la vida por delante. Y también por detrás. Ay, quién pudiera volver a ser joven.

Traté de improvisar una frase a sus buenos deseos, pero el ruido de las apisonadoras, la excavadoras y los dinamiteros hicieron inútil mi esfuerzo. Por lo demás, el doctor Sugrañes ya habí­a escupido en mi sombra, dado media vuelta y emprendido el camino de regreso…”

En fin, que tiene todo para pasarlo bien y sin más pretensiones, que no es poco.

La aventura del tocador de señoras.

Eduardo Mendoza

Seix Barral 2001

382 pgs

Luisa

REUNIÓN TUMULTUOSA, De Tom Sharpe

Esta novela, junto con la siguiente, «Exhibición Impúdica», valió a Tom Sharpe la deportación de Suráfrica, donde llevaba diez años enseñando no se sabe qué. Pero oye, un humor malvado y retorcido, engalanado sólo para zaherir a un régimen polí­tico “brutal, sí­- del que hace una caricatura mortal pero muy divertida. No desprecia Sharpe añadir muertos y muertos a la trama y retratar a los afrikaaners como retrasados mentales, mestizos, acomplejados ante la elegancia de los surafricanos de origen inglés, ignorantes y snobs.

Es un misterio por qué las autoridades surafricanas esperaron a la segunda novela, “Exhibición impúdica para devolverlo a Inglaterra, donde se hizo mucho más famoso con sus varias novelas sobre Wilt, un profesor muy normal pero muy loco, y con sus crí­ticas al sistema educativo del Reino Unido.

-¿Tan malo es lo que dice de Suráfrica?

-Malo, malo, no, porque se limita a coger el mito del Buen Salvaje y convertirlo en el del Mal Salvaje, una técnica oportuna. Toda una nación de asnos asesinos y violadores.

-Además, lo terrible es que nos hace reí­r. No nos escandalizamos ante la barbarie porque sabemos “o creemos saber- que en todos los hornos cuecen habas, aunque, en una España tan pudibunda como esta de hoy, S harpe no encontrarí­a editor si le diera por contar las salvajadas policiaco-judiciales que nos traemos por aquí­.. Y con tanto racismo como puede caber en la piel de toro.

-Imagí­nate que la novela empieza cuando una señorita mayor, hija del último gobernador ingles de la zona, mata a su cocinero cafre con una escopeta para elefantes. El cocinero queda literalmente esparcido por el césped y con una extraña pista: la abundancia de caucho.
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EVANS EL ILUSTRADO Y OTROS EVANS, De Edgar Wallace


– Ya no hacen libros como antes.
– Cierto: se despegan.
– Me refiero a esas historias que te cogí­an de la mano y no podí­as dejar de leer.
– Para eso se inventó la tele.
– ¿Conoces a un autor que fue de los más populares?
– Si no me dices cuál.
– Edgar Wallace.
– ¿El de polí­cí­as y ladrones? ¿La no-sé-que de las no-sé cuántas cerraduras?
– Ese. Ahora que andan por la noví­sima versión de King Kong, ¿sabí­as que la idea fue suya, para Hollywood? El hombre gastaba hasta arañar el fondo del bolsillo y, sólo entonces, se encerraba en una gran nave, poní­a un biombo, un diván, una mesita y un secretario. Le dictaba, en una noche, una o dos novelas. Las cobraba, y a vivir a la Gran Dumond.
– ¿La Gran Dumond?
– Cosas de otro mundo. Leí­ a Wallace de chico y ahora recaigo en él. Lo siguen editando: es un valor seguro.
– Pues con CSI en la tele ya tienes bastantes polis. Y si te faltan, conectas El Comisario, que sale a todas horas.
– Es que Edgar Wallace escribí­a de todo, como lo de King Kong. A mi me gusta mucho más toda la saga de Evans el Ilustrado. Es un Consejero del Turf, que quiere decir un tí­o que vive de aconsejar a los apostadores qué caballos van a ganar. Tiene que espiar, mentir, disimular, superar a la competencia, o sea, a la señora Lube y al Viejo. Pero es un hombre inocente y de buen corazón.
Se mueve en un bajo mundo de personas sin cultura, una clase baja muy borrica que aún subsiste en Londres. Pero él es un Ilustrado. Eso se cree él y también los que le rodean, que le reverencian a su modo. Es una delicia leerle los resúmenes sobre la historia de la humanidad mientras enví­a sus consejos ciclostilados dando los ganadores para estas o aquellas carreras y esquivando a la ley que, en su caso, es benevolente

Fí­jate si tuvo éxito lo de Evans el Ilustrado que aún ahora hay muchos libros sobre educación que se llaman “Ilustred Evans”, que es el tí­tulo en inglés de la primera historia del Ilustrado. Pongamos que fue una conmoción duradera. Y si no me crees, pon en Google “Ilustrated Evans” y verás lo que te sale. Sus libros, no, porque aún duran los derechos de autor, que debe tener alguna editorial. Evans es un hombre feliz metido en un mundo pobre, ignorante y zafio. Y, pese al ambiente, te interesas, te rí­es, meditas… Haces todo lo que se puede hacer leyendo y no se puede hacer mirando un telefilme.

-Dime algo que no se pueda hacer viendo la tele y sí­ leyendo un libro.
-Ir en tren. O en avión.
-Eso es cierto.
-Y en las salas de espera. Para que te hagas una idea, fí­jate en estos dos trocitos “de texto”. Son como para compilarse, si puede expresarse así­ la calidad. Sigue leyendo

Quijoti Manchiegui (El Quijote en latí­n macarrónico)

Pincha para agrandarLA HISTORIA Dí“MINI QUIJOTE MANCHEGUI
Es una curiosidad de lujo: Nada menos que la traducción al latí­n macarrónico del Don Quijote de toda la vida, hecha con una gracia extraordinaria, o sea, “traducta in latinem macarrónicum per Ignatium Calvum, Curam misae et ollae”, cura de misa y olla como es el cura del lugar del Quijote. Se comentá aquí­, con un ejemplo que basta y casi sobra, la “Editio nova, castigata et alargata”, que se hizo en Madrid en 1966. Su depósito legal es M.10.297-1966.
Contar algo más de su historia serí­a revelar de qué trata el verdadero Quijote, cuando es fama que sus lectores siempre se quedaron en las primeras páginas, lo más hasta los molinos, pero convencidos de habérselas con la mejor novela del mundo, como repiten aún ahora. Pues el vero Quijote es como esto que sigue, pero mejor.

Domini Quijoti
PARS PRIMERA
CAPíTULUM PRIMERUM

In isto capí­tulo tratatur de qua casta pajarorum erat dóminus Quijotus et de cosis in quibus matabat tempus

In uno lugare manchego, pro cujus nómine non volo calentare cascos, vivebat facit paucum tempus, quidam fldalgus de his qui habent lanzam in astillerum, adargam antiquam, rocinum flacum et perrum galgum, qui currebat sicut ánima quae llevatur a diábolo. Manducatoria sua consistebat in unam ollam cum pizca más ex vaca quam ex carnero, et in unum ágilis-mógilis qui llamabatur salpiconem, qui erat cena ordinaria, exceptis diebus de viernes quae cambiabatur in lentéjibus et diebus dominguis in quibus talis homo chupabatur unum palominum. In isto consumebat tertiam partem suae haciendae, et restum consumebatur in trajis decorosis sicut sayus velarte, calzae de velludo, pantufli et alia vestimenta que non veniut ad cassum.
Talis fldalgus non vivebat descalzum, id est solum: nam habebat in domo sua unam aman quae tenebat encimam annos quadraginta, unam sobrinam quae nesciebat quod pasatur ab hembris quae perveniunt ad vigésimum, et unum mozum campi, qui tan prontum ensillaba caballum et tan prontum agarrabat podaderam. Quidam dicunt quod apellidábatur Quijada aut Quesada, álteri opinante quod llamabatur otram cosam, sed quod sacatur in limpio, est quod suum verum apellidum era Quijano: sed hoc non importat tria caracolia ad nostrum relatum, quia quod interest est dí­cere veritatem pelatam et escue-tam. Oportet scire quod sobredichus hidalgus, in ratis quibus estabat ociosus (qui erant quasi totis anni) enfrascabatur in lectura librorum caballeriae cum aficione tanta et gustu tanto, quod dejavit quasi per completum exercicium cazae et etiam administrationem suae haciendae, et tam emperratum estabat in istis cosis de la caballerí­a andante, quod véndidit plures fanegas terrae sembradurae ut compraret libros ad talem asuntum pertinentes, de quibus implevit domum suam. Noctes et dies estabat dale que dale super interpretacionem quarundam frasium sicut ista: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Non est dicendum, tremendum baturrillum formatum in suo calletre, qui quidem,. magis quam cerebrum humanum, videbatur espuertam gatorum pequeñorum.
In multis ocasiónibus, disputavit cum Párroco sui pópoli (qui erat homo doctus gratuatus in Secóncia) super qualem fuisset meliorem caballerum, Palmerinum Inglaterrae aut Amadisem de Gaula
Et Caetera…

Arturo Rosby

De “Un yanqui en la corte del Rey Artus”, de Mark Twain


Pasaje muy edificante de cuando el yanqui visita la corte de la fatí­dica hada Morgana. Siempre he abominado de la pena de muerte, menos en casos excepcionales, como cuando se trata de malos músicos.

En una galerí­a habí­a una banda de cí­mbalos, cuernos, trompetas y otros instrumentos de suplicio, que amenizó el banquete con una serie de sonidos discordantes que parecí­an el lamento de un moribundo. Tratábase, según supe más tarde, de una pieza nueva, y tuvo que ser repetida varias veces. No sé por qué motivo, pero lo cierto es que, después de comer, la reina ordenó que fuese ahorcado el autor de aquella… melodí­a.

La pobre reina se hallaba tan asustada y humillada, que no se atreví­a a hacer ahorcar al compositor sin consultarme. Me daba mucha pena… En realidad, a cualquiera se la hubiese dado, porque estaba verdaderamente agobiada, sufriendo horrores. Me sentí­ dispuesto, pues, a hacer todas las concesiones razonables y a no llevar las cosas a sus últimas consecuencias. Reflexioné profundamente y acabé por ordenar que acudieran los músicos a nuestra presencia, a tocar y cantar aquel cuplé, sinfoní­a, pasodoble o lo que fuese… Lo hicieron inmediatamente. Vi que la reina tení­a razón y le di permiso para ahorcar a todos los de la banda.

Oz

Gracias, Jeeves (y otros) de P.G. Wodehouse


-Caramba, Jeeves, es un compromiso eso de describir uno de los libros que escribió el tal Wodehouse sobre usted.
-Lo lamento mucho señor, ese hecho es algo que excede mis competencias.
-No es como si tuviera que vender sus excelencias para colocarle en casa de algún otro caballero, se supone que he de describir sus méritos y su comportamiento, y aunque lleva usted varios años a mi servicio, y reconozco que ha conseguido evitarme algunos daños memorables; como cuando quise casarme con aquella Gladys que coleccionaba mastines, o cuando me empeñé en llevar un chaleco verde con cuadros morados a las carreras de Ascot, no todo serí­a poner guirnaldas a su paso, Jeeves.
-Sirvo al señor lo mejor que sé, señor.
-Ciertamente un valet de chambre como usted es el contrapunto ideal para un joven licencioso y dado a la molicie como yo en estos tiempos victorianos que corren y en este imperio británico. Ya ve, un socio del “Club de los Zánganos”, tan selectivo, ha de mantener una cierta imagen de disipación y vacuidad. No quiero que me confundan con uno de esos petimetres de la city. Hay que vivir la vida, Jeeves, es un consejo que le doy. ¿Tiene ya ese té y esos sandwiches de pepino, Jeeves?
-Sí­ señor, me he permitido añadir un trozo de tarta de la cocina de mistress Travers.
-Ah, excelente idea, Jeeves. ¿Está usted en buenos términos con el cocinero francés de mi tí­a Dahlia, o más bien le atrae a su cocina cierta criadita de la casa?
-Ciertamente una visita a Brinkley Court en mi tarde libre no carece de atractivo, señor, monsieur Anatole es un generoso anfitrión en el ala del servicio, y la presencia de la doncella a que se refiere el señor contribuye a estimularme a frecuentar aquella mansión.
-Sé a lo que se refiere, Jeeves, yo mismo me he visto en algún momento de mi vida interesado por una cara bonita. Vaya con cuidado, Jeeves, suelen ocultar pérfidamente los más ingeniosos mecanismos a fin de acabar con la vida bohemia, feliz y despreocupada de los más cándidos solteros. Desdichado el que sucumbe bajo sus garras enguantadas en fina seda.
-Agradezco mucho su advertencia, señor.
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