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Han matado a un hombre, han roto un paisaje (2) / Francisco Candel

Ver otra recomendación de este mismo libro aquí.

Este escritor catalán, fallecido hace menos de cinco años, dedicó buena parte de su talento literario a describir la situación de los barrios marginales de Barcelona durante los años 30, 40 y 50 del siglo XX.

 Chabolismo extremo (el mismo Candel vivió sus primeros años en una barraca de Montjuic), pobreza ulcerante, incultura total, barbarismo, animalismo… todos los ismos que una persona reducida a sus instintos primarios desarrolla con absoluta (a)normalidad. Candel nos describe este mundo a golpe de martillo, plon, plon, plon, burrada tras burrada, con una naturalidad y una ligereza que te dejan sin aliento.

 Las historias se suceden inmisericordemente, vemos crecer al protagonista desde sus primeras maldades infantiles hasta sus postreras bestialidades adultas, recibiendo y dando, recibiendo y dando, completamente ciego, absolutamente ajeno a cualquier connotación emocional. Los demás personajes no le van a la zaga. ¿La situación del mundo circundante? Un putiferio abyecto donde los pocos que se salvan no son mejores que los demás.

 Esto se llama novela realista. De la fetén. Me recuerda a La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa, también altamente recomendable. Pero es que lo que se describe tan frescamente ha sucedido aquí mismo hace un par de días, como quien dice. Y, si nos atrevemos a leer los periódicos, sigue sucediendo en muchísimos lugares de este santo mundo. Y hay que saberlo. Eso es realismo.

 Además Francisco Candel es un escritor de raza, con un estilo propio, con una gran facilidad para meterte en su mundo, que no se anda con chiquitas, que te cuenta lo que hay que contar y siempre algo más, que te lleva de la oreja desde el principio hasta el final como en una alfombra mágica… llena de mugre y de dolor. Según la vas leyendo te das cuenta de que eso es la vida, esa vida que menos mal que te has perdido.

 Es una novela denuncia. Sí, ¿y qué? Es una novela excelente porque te enseña la realidad de una manera artística. Por cierto, una pequeña reflexión: el arte no es solo lo “bonito”. Dicho de otra manera, lo “bonito” no es solo lo formalmente agradable a la vista. Para mí esta es una novela muy bonita. Preciosa. Léanla sin falta después de estas citas.

 La madre del prota se mete a puta, trabajando por las inmediaciones de la Atarazanas.

Cuando el 97 pasaba, jadeando y despidiendo luz por sus tronadas ventanas, se echaban al suelo, o la mujer se colocaba de espaldas, frente al hombre, tapando las apariencias, sin dejar de trabajar.

La política real está siempre muy presente.

La gente, aquel día, gritaba como loca: “¡Viva la República! ¡Viva la República!” porque había entrado la República, decían. El Grúa no sabía qué era esto de entrar la República. Se imaginaba a una mujer gorda entrando en algún sitio.

El pueblo, con nombres y atributos.

Las bandas, por escala de valores, eran: la del Grúa, sanguinarios; la del Mediaceja, bárbaros; la del Chinilla, bravucones; la del Alberto, feroces guerreros; la del Martos, tontos. El Rogelio, a su mujer, la Rogelia, que era jorobada, le atizaba cada palo en la chepa que medio la enderezaba. La banda del Grúa la fromaban: los Gallardos, el Soga, el hijo del tío Costipao, el Bata, el Dientes, el Matarile, etc.

Reflexión intemporal.

Ahora que el mundo está tan mal repartido que no hay una piedra que no sea de alguien…

Gesto definitorio.

Los amigos del Gafas en torno a la mesa de mármol, lo miraban con aire de suficiencia, que es como decir con cara de sí, siendo no.

Alberto Arzua

Berlin Alexanderplatz / Alfred Döblin

Dice el epílogo de esta novela, escrito por su editor alemán:

Es una negación de la literatura, poésie brute que, heréticamente somete el arte a la vida, y no quiere ser literatura sino la vida misma.

 Este Alfred Döblin era una especie de intelectual, filósofo, periodista, médico, psiquiatra, que se empeñó en escribir novelas para describir la realidad de su tiempo, el período de entreguerras en la Alemania prenazi. Sus intenciones son tan profundas que se me escapan y el medio para conseguirlas es una escritura a veces coloquial, a veces tontorrona, popular, insertando canciones, pensamientos de uno y otro, reflexiones grandes y pequeñas, historias que no vienen a cuento, chistecillos, constantes cambios de puntos de vista, disquisiciones gigantes… un poco al estilo de El Ulises de James Joyce, otro libro que ha podido conmigo. Aunque este he conseguido acabarlo.

 No sé cómo se denomina a este tipo de literatura, ni maldita la falta que hace, pero el resultado es algo que funciona a cachos, no como una novela. Quiero decir que hay trozos buenos, trozos sorprendentes, trozos muy vivos que incluso te hacen disfrutar. Las supuestas libertades literarias que se toma (hoy en día nada rupturistas) consiguen momentos frescos y divertidos. Pero estos retazos están inmersos (y, según avanza la novela, acaban ahogados) en una narración incoherente donde los personajes parecen o tontos, o tontísimos, o irreales. Las mujeres, de hecho, se describen (?) todas como algo muy parecido a trozos de carne puestos a secar. El argumento no es, no lo hay. Las historias secundarias no se desarrollan, tampoco son. El protagonista no solamente carece de sentido común sino de la más mínima coherencia humana. A lo mejor el autor pretende describirnos al tipo de gente (?) que hizo posible el nazismo. Pues vale.

 En fin, que la cosa es un caos, pero un caos cada vez más aburrido, que te hace desear que se acabe pronto. Y no, porque dura 400 páginas. Entiendo que haya gente a quien le guste, pero no lo entiendo bien del todo.

 Vaya por detrás una cita de una típica disquisición poético-moderna-divertida:

 La luz del sol, sin embargo, que cubre silenciosamente las mesas delanteras y el suelo, dividida en dos masas claras por el anuncio “Löwenbräu Patzenhofer”, es antiquísima y, mirándola, todo lo demás parece perecedero y sin importancia. Viene desde x millas, ha pasado junto a la estrella y, brilla desde hace millones de años, mucho antes de Nabucodonosor, antes de Adán y Eva, antes del ictiosaurio, y ahora brilla en la pequeña cervecería a través del cristal de la ventana, es partida en dos por un anuncio de hojalata: “Löwenbräu Patzenhofer”, se extiende por las mesas y el suelo, avanza imperceptiblemente. Se extiende sobre ellas y ellas lo saben. Es alígera, ligera, ligerísima, del cielo he bajado.

 Y si quieren ustedes comprobar si me he equivocado en este comentario, ya saben, a leer, a leer, que es muy sano.

Alberto Arzua

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? / Philip K. Dick

Este es el libro en el que se inspiró, muy libremente, la película Blade Runner, de fama mundialísima. La experiencia nos dice que el trasladar un libro a la supuesta gran pantalla suele traducirse en un empobrecimiento general del hecho creativo. Hay tantos ejemplos que me contentaré con mencionar a Lolita, una estimable película, pero inevitablemente  muy por debajo de la novela original.

Es por ello que me sorprendió tanto escuchar por la radio cómo algunos especialistas cinematográficos, con motivo del 30ª aniversario de Blade Runner, aseguraban que en el caso que nos ocupa la película había superado ampliamente a la novela (por cierto, se trata más bien de una novelita, un cuento largo de 150 páginas). Tanto me sorprendió que me dije, digo, pues me tengo que leer yo esto de las ovejas mecánicas, oyes maja. Seguro que es una exageración de los periodistas al calor  de las velas de cumpleaños.

Una vez leída he de decir que no era una exageración, sino que se trataba directamente de una bobada: la película no tiene nada que ver con el libro excepto en la idea de una especie de robots muy avanzados que, en cierto modo, se rebelan. Todo lo demás, pero todo todo, es diferente.

Este no es un relato de acción donde los buenos y los malos se persiguen a tiros por escenarios extraños. No señor, aquí hay un par de protagonistas básicos muy bien diseñados y otro par de ideas fantásticas que precisamente no aparecen en la película, supongo que por falta de habilidad para reflejarlas. Una es la pasión generalizada por poseer algún animal vivo. Y la otra la utilización de una máquina que induce estados de ánimo. Esto último es absolutamente tremendo. ¿Quiero sentirme culpable? Pincho el programa 504. ¿Quiero tener ganas de trabajar? Pincho el 299. ¿Quiero desenamorarme? Pincho el… Brutal, ¿verdad?

Así de potentes son las ideas que maneja este mago de la ciencia ficción llamado Philip K. Dick. Ningún libro suyo te deja indiferente. Y este tampoco, sobre todo por lo que acabo de comentar, quebrando miserablemente mi costumbre de no avanzar nada de los contenidos. Pero en fin, las costumbres varían con el tiempo… y con los estados de ánimo.

Interesante novelita, pues, de agradable lectura. Las reflexiones profundas acerca de la humanidad de los inhumanos me la traen un poco al pairo porque no me parecen tan profundas. Al menos a día de hoy. Yo diría que la historia más bien trasluce una reflexión velada sobre la humanidad de los humanos. Y eso siempre es actual. Y se ha novelado muy bien, desde el principio de los tiempos literarios. ¿Soñamos los humanos con animales vivos? Cuestión de empatía, supongo.

Alberto Arzua

Verano y amor – William Trevor

He aquí un novelista clásico que no sé de dónde ha salido, pero que es muy bienvenido. Me explico por partes:

No sé de dónde ha salido”. Se trata de un irlandés nacido en 1928, considerado como el mejor escritor irlandés vivo, un más que digno sucesor de Joyce, con varias novelas seleccionadas para el premio Booker, con su más conocida novela, “El viaje de Felicia”, ganadora del Whitbread, comandante de la Orden del Imperio Británico, premio irlandés de literatura, premio Bob Hugues al logro en una vida de literatura irlandesa… En fin, que si a estas alturas de la vida todavía me es permitido descubrir genios literarios, es que la vida es bella… y que yo soy tonto… una cosa no excluyendo la otra (sino todo lo contrario).

Novelista clásico”. Su escritura se despliega con toda la parsimonia y nitidez de un Delibes, de un Galdós, de un Balzac. Su foco de interés se centra en las personas, en su manera de ser, en sus porqués, en sus dudas, manías e incongruencias, al estilo de, digamos, un tal Chespir (sic). Nos disecciona el alma de las personas mediante el conocido recurso de contarnos lo que hacen y lo que dicen en el día a día. Plantan berzas, arreglan vallas (el ambiente es rural), montan en bici, chismorrean, se enamoran sin darse cuenta… Son personas sencillas, como cualquiera de nosotros y, como cualquiera de nosotros, tienen una carga de profundidad altamente explosiva. Una novela clásica, ya digo, condenadamente clásica.

Y no pasa nada, señores, no pasa nada… ¿o sí? Pasa todo. Pasa todo al mismo ritmo que en las novelas de Coetzee, uno de los más geniales (si no el más) exponentes de la novelística moderna. Cuando una personas junta palabritas mostrándonos cositas normales, sentimientos muy comprensibles, cotidianos y ante nuestros ojos se van desplegando las infinitas complejidades del ser humano, entonces y solo entonces es cuando nos encontramos ante una novela clásica. Y aquél que hoy en día es capaz de sorprendernos con una magnífica novela clásica merece el apelativo de genio. Y este señor lo es.

Es muy bienvenido”. Queda dicho.

Recomendable para amantes de la literatura dura.

Nota: por favor, que alguien me pase “El viaje de Felicia

Alberto Arzua

Los Maia / Eça de Queirós

Cuestionario cultural para niños y mayores:

¿Qué es el romanticismo? Un movimiento surgido a finales del siglo XVIII como reacción contra la tradición clasicista.

¿Qué es el realismo? Una corriente artística de principios del siglo XIX que pretendía, entre otras cosas, reaccionar contra los abusos del romanticismo.

¿Cuándo conoció el género novelístico su mayor esplendor? Durante el siglo XIX.

Cite algunos de los más importantes novelistas del siglo XIX. Galdós. Stendhal, Balzac, Flaubert, Zola, Dostoievsky, Tolstoi, Dickens…

¿No se le olvida alguno? A ver… Clarín, Victor Hugo, Manzoni, las hermanas Bronte, Walter Scott, Thackeray, George Elliot…

¿Alguien más? Buf… Chateaubriand, Maupassant, Gogol, Jane Austen… ¿Ya vale, no?

De acuerdo. Cambiemos de tercio. ¿Cuál es el país más cercano a España? Francia, claro.

¿Alguno más? Eeeh… Pues Andorra, Marruecos y… Portugal, claro

¡Ya le ha costado a usted! Perdón, es que andaba mirando para otro lado.

Perdonado. Es que a veces lo cercano no se sabe valorar.

Muy bien dicho. Gracias.

Está usted suspendido. Qué le vamos a hacer

Ahora limítese a escuchar. Con suma unción.

La novela más importante de la literatura portuguesa se llama Los Maia y fue escrita por Eça de Queiros. Por su calidad es comparable a cualquiera de las más famosas novelas del siglo XIX. Se suele decir que es El Quijote portugués.

Se desarrolla en el ambiente de la alta burguesía lisboeta, a la que fustiga con pasión, humor y no pocas dosis de cariño. Sus personajes a veces nos parecen tan ridículos que les daríamos de capones. Otras veces son tan encantadores que nos gustaría parecernos a ellos. Y de eso me temo que se trata, de hacernos ver, con sin par sutileza, lo que anida en el fondo y en la superficie del corazón humano. Vamos, que nosotros mismo tenemos bastante de aquellos tontarras. Por lo menos yo seguro que sí, que llevo un buen rato hablando conmigo mismo sin darme cuenta.

Lo que más distingue a esta obra es la suavidad de su lectura/escritura. Se lee como resbalando, como silbando, como sentado en un banco viendo pasar las gaviotas. Supongo que esto se debe a la dulzura del carácter portugués. Digo yo. Sus 800 páginas no tienen desperdicio, ni te aburres ni te cansas.

Además este libro tiene una estupenda sorpresa. Hagan el favor de no leerse las solapas ni ninguna información acerca del argumento porque la sorpresa es magnífica y llega de un modo muy elegante. Merece la pena recibirla como es debido, sin prejuicios previos. A pesar de todo, y como soy un poco malvado, les diré que la susodicha sorpresa tiene algo que ver con la fallida novela del divino Nabokov Ana o el ardor. Queda dicho.

¿Y a qué venía lo de romanticismo y el realismo? Ah, sí, es verdad… Pues a que esta novela es a la vez romántica y realista. ¿Qué bueno, no?

Alberto Arzua

Cuentos selectos / Mark Twain

Toda persona culta sabe que Mark Twain se llamaba en realidad Samuel Langhorne Clemens y que se le considera el padre de la literatura norteamericana. Los menos cultos pensábamos que se trataba en realidad de un escritorzuelo conocido por sus libritos para público infantil, véase Las aventuras de Tom Sawyer o de Huckleberry Finn.

El problema de los incultos se basa evidentemente en nuestra falta de cultura. Por ejemplo, que no atinamos con el pretérito indefinido del verbo caber. ¿Cabí? Cupí suena mejor pero entonces el infinitivo sería cuper, lo que no me pega nada. En fin, que en cuanto abrimos la boca o escribimos un par de frases, se nos pilla en renuncio. Incluso cuando nos limitamos a leer.

Porque cuando me pasaron este libro de cuentos me dije a mí mismo, digo dije, vaya mierda. Y es que, además de inculto, soy bastante malhablado. Pero me puse a leerlo porque no tenía otra cosa y además era verano, estación que, como es bien conocido, admite cualquier tipo de extravagancias.

En cuanto leí un par de cuentos… ¡qué digo!, en cuanto acabé el primer párrafo, ya estaba dando saltos de alegría, felicitándome por no haber hincado antes el diente a este genio. ¿Por qué daba saltos de alegría? ¿Porque me refocilo en mi ignorancia? No, señores, no, sino porque ahora sé que tengo ante mí un buen número de horas de seguro disfrute leyendo las novelas de este hombre. Si ya digo yo que la literatura es infinita.

Estos Cuentos Selectos de Mark Twain son una obra maestra del humor, la ironía, la crítica social, la carcajada, la sorpresa… además de estar escritos con una elegancia y una modernidad sumas. Algunos de los cuentos podrían publicarse como nuevos hoy en día y ganarían todos los premios posibles. Tienen una frescura y una originalidad que sólo son posibles en un genio de la escritura, en un hombre rompedor, inventor, que arrasa con sus frases y argumentos.

Me he quedado colgado del tipo, señores. En cuanto tenga un momento voy a la biblioteca a ver si tienen los clásicos. Sí, el Tom, el Finn, Príncipe y mendigo, Un yanqui en la corte del rey Arturo… A ver si poco a poco voy amueblando mi cerebro y, de paso, me lo paso bomba. No es mal plan.

Alberto Arzua

El retrato de Dorian Gray / Oscar Wilde

En todas las artes existe un número determinado de obras que suelen llamarse clásicas. Mi aproximación a dichas obras está habitualmente teñida de escepticismo o incluso de aburrimiento anticipado. ¿Por qué? Supongo que por el añejo cansancio que subyace en la expresión “clásica”. Relaciono lo clásico con lo inmóvil, con lo que no muerde, con lo insulso, con lo convencional. Por supuesto, esta actitud mía constituye un error mayúsculo puesto que si algo ha quedado como clásico es porque en su tiempo rompió con todo y quedó como marca inefable del verdadero espíritu humano… o de una exquisita manera de expresarlo, lo que viene a ser lo mismo.

El Retrato de Dorian Gray es un monumento del esteticismo post-romántico, lo que viene a significar que está lleno de paradojas elegantes, de boutades, de sublimes bellezas, de pocos escrúpulos, de pensamientos absurdos, de profundas reflexiones, de lo más alto y de lo más bajo, del horror, del desprecio y de la exaltación, de la vida y su inseparable muerte… En fin, truenos y rayos envueltos en fragancias y querubines. Algo absolutamente demodé, pero que se deja leer con distancia y asombro. Como novela no es nada (la única de su autor), apenas tres sucesos envueltos en decadencia y paganismo (algo que nos da risa hoy en día), pero sentimos que nos impacta su simple temática y la descripción psicológica de una sociedad enferma (psicología y enfermedad que arrastramos, como toda la historia pasada). En esto radica su clasicismo y por eso es interesante y recomendable su lectura.

Sin ánimo de pretender reflejar la esencia de este delicioso libro, incluyo a continuación algunos fragmentos.

Enfrente estaba la duquesa de Harley, una dama de un buen carácter y un buen humor admirables y que agradaba a todos cuantos la conocían, y cuyas amplias proporciones arquitectónicas describen como gordura los historiadores contemporáneos en las mujeres que no son duquesas. Junto a ella, a la derecha, estaba sir Thomas Burton, un miembro radical del Parlamento, que en la vida pública seguía a su líder y en la privada a los mejores cocineros, comiendo con los tories y pensando con los liberales, en acatamiento de una sabia y conocida norma. El lugar a la izquierda de la duquesa estaba ocupado por el señor Erskine de Treadley, un anciano caballero de considerable encanto y cultura, que no obstante había adquirido la mala costumbre de permanecer en silencio, pues, como había explicado a lady Agatha, antes de cumplir los treinta había dicho todo lo que tenía que decir (…)

Era una mujer curiosa, cuyos vestidos siempre parecían diseñados en un ataque de furia y puestos en medio de una tempestad. Por lo general estaba siempre enamorada de alguien, y, como su pasión nunca era correspondida, había conservado todas sus ilusiones. Trataba de resultar pintoresca, pero sólo lograba ser desaliñada. Se llamaba Victoria y tenía la manía de ir a la iglesia (…)

Querido muchacho, las personas que aman sólo una vez en la vida son las verdaderamente superficiales. Lo que llaman lealtad y fidelidad yo lo llamo la letargia de la costumbre o una falta de imaginación. La fidelidad es a la vida emocional lo que la coherencia a la vida intelectual: nada más que la confesión de unos fracasos. ¡Fidelidad! Tengo que analizarla algún día. En ella está la pasión por la propiedad. Tiraríamos muchas cosas si no temiéramos que pudieran recogerlas otros (…)

(…) Los únicos artistas personalmente encantadores que he conocido en mi vida son los malos. Los buenos artistas existen únicamente en lo que hacen, y por lo tanto carecen de todo interés en lo que son. Un gran poeta, un poeta realmente grande, es el menos poético de todos los seres. Pero los poetas inferiores son absolutamente fascinantes. Cuanto peores son sus rimas, más pintoresca es su apariencia. El mero hecho de haber publicado un libro de sonetos de segunda categoría hace que un hombre sea totalmente irresistible. Vive la poesía que no es capaz de escribir. Los otros escriben la poesía que no se atreven a vivir.

O sea que hay que elegir entre ser un genio aburrido o un simpático mediocre. Vale, Oscar, muy agudo, pero dejemos esta decisión a los escritores. Aquí nos limitamos a leer, que no es poco, y a recomendar libros morrocotudos. Con las paradojas intelectualoides los escritores se masturban mentalmente mientras que los lectores disfrutan carnalmente… con o sin preservativo. Elijan ustedes.

Y, ya puestos a elegir, decidan qué película les va más, si la de 1945 o la de 2010, recién estrenada.

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Alberto Arzua

La araña negra / Vicente Blasco Ibáñez

No sé si esta novela se podría calificar de morrocotuda, pero lo que queda fuera de toda duda es que es tremebunda. Y quien dice tremebunda dice truculenta, aterradora, terrible, brutal, ácida, cruda, dura… Su autor la escribió a los veinticinco años y posteriormente la repudió por considerarla demasiado folletinesca.

¿Folletinesca? Por supuesto, pero en grado sumo. Digámoslo de una vez: esta novela es un PANFLETO en toda la regla. Aunque si un panfleto se define como “un escrito breve, generalmente agresivo o difamatorio”, deberíamos obviar lo de “breve”, puesto que “La araña negra” consta de dos tomos de letra apretada, con más de quinientas páginas cada uno. Este Blasco Ibáñez poseía la diarrea creativa propia del bestsellerista decimonónico.

Cosa más demodé que estos dos libros no puede existir en el mundo. Si les cuento dónde los he encontrado, no se lo van a creer. Pero como me gusta fomentar la incredulidad, se lo voy a contar. Pues sucedió el año pasado en un piso cochambroso del gótico barcelonés. Lo habían dejado desocupado una pareja de ancianos por causa de la mayor fuerza mayor existente en este mundo. Uno de ellos (de los libros, no de los ancianos, q.e.p.d.) servía para equilibrar un tosco mueble bastante cojito. El otro apareció mezclado entre ejemplares de Salgari, Julio Verne, Dumas, y algunos tomos de la Enciclopedia de la Cocina Catalana. También salieron a la luz unas pocas fotos antiguas de mucho interés histórico, a través de las cuales pude deducir que el macho de la pareja había sido militar de baja graduación. Recuerdos de ancianos difuntos que ya no le importan a nadie. Qué triste, qué truculento, qué romántico, qué tremebundo. Qué pena. Me llevé los dos tomos bajo el brazo, claro.

¿Qué hacía yo en aquel piso? Esa es otra historia, que no viene al caso. El caso es que esta obra, y por fin lo voy a decir, se dedica a poner a parir a los jesuitas. Sí señores. Si ustedes se creyeran la tercera parte de lo que aquí se cuenta, saldrían raudos a la calle con el noble objetivo de asesinar jesuitas a puñetazos, pistoletazos, puñaladas o estrangulamiento, no importa el sistema, puesto que estarían firmemente convencidos de estar realizando un bien extraordinario a la humanidad.

Son tales las burradas que don Vicente nos narra, es tal la maldad hiperconsciente de estas arañas negras (los jesuitas, por supuesto), tal su crueldad, su bajeza, su manipulación, su falsedad, su desprecio por todo lo bueno del ser humano, que la boca se nos abre casi a cada página, formando bonitos gestos de sorpresa e incredulidad. ¡Oh, ah, oh! ¡No puede ser cierto! ¡Es imposible que sean tan malvados! Ni el mayor asesino de la historia, ni el sádico más sádico de la novelas de casquería llega a la suela de los zapatos a estos negros jesuitas, puesto que hacen lo mismo que estos infrahombres, pero con un plus de premeditación, alevosía y desprecio infinito por sus víctimas.

¿Son así en realidad los jesuitas? ¿Lo han sido en algún momento de su ignaciana historia? Pues no lo sé, aunque supongo que la cosa no será para tanto. Malvados, quizá, pero los más malvados del malvadismo mundial, pues lo dudo un poco. “Jesuítico”, en el diccionario, equivale a “hipócrita”. Vale, pero de “hipócrita” a “demonios tremebundos” va más de un paso.

Paso que le cuesta poco dar a don Vicente puesto que fue un político republicano muy activo en la lucha contra los monárquicos. Y quien dice reyes dice curas (y derivados). Es innegable que los odiaba. Es seguro que los tenía como origen de casi todos los males de la patria. Es posible que escribiera esto para mostrar al mundo la realidad de la infame reacción religiosa. Lo que pasa es que se pasó un pelín.

Y este pelín es el que hace muy divertida a esta novela. ¿Nunca han disfrutado ustedes leyendo un panfleto? Pues eso. Y éste está correctamente escrito, es muy ágil y se sigue con pasmosa facilidad. Son más de mil páginas de exageraciones varias. Bueno, varias no, que todas se centran en el mismo tema: desenmascarar a los jesuitas por activa, por pasiva, y por gerundia (hasta son feos, sucios, procaces y… por cierto… ¿se acuerdan ustedes de aquello de los siete pecados capitales, a saber: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza?, ¿sí?, pues se les quedan cortos). Quedan avisados.

Aviso final. También hay personajes muy buenos y muy puros, por supuesto. Sobre alguien habrá que practicar el mal. Suelen ser republicanos, los pobres, vaya usted a saber por qué. ¿Demagogia? Pues sí. ¿Y qué? La cosa es pasárselo bien. Esto es sólo literatura, no lo olviden.

Alberto Arzua

Poemas a la muerte / Emily Dickinson

Este libro es una selección de aquellos poemas escritos por Emily Dickinson sobre el tema de la muerte.

“En la obra de Dickinson hay una modernidad tan radicalmente alejada de sus contemporáneos que sus mejores poemas parecen flechas lanzadas hacia nuestro presente, o más allá. La suya es una poesía del pensamiento, cuya valentía conduce a indagar en lo que literalmente no puede ser pensado o figurado. De ahí que el tema de la muerte, en el que se centra esta selección de poemas, sea para ella una obsesión ineludible, hasta el punto de formar el campo semántico más amplio de su variado corpus.

Hay, en este libro, una Emily Dickinson bien distinta a la imagen dulcificada que de ella se ofrece en ocasiones. Está la Dickinson más oscura, nihilista a veces, silenciada o marginal en otras antologías de su obra, pero también la más atrevida, aquélla cuyo lenguaje es más eléctrico, implacable y visionario: esos ojos destinados a ver lo invisible, más allá de todas las barreras, adornos o disfraces. Los ojos de Emily Dickinson y los nuestros que leen sus palabras, tan asombrosamente lúcidas y nuevas, un siglo y medio después”. RUBÉN MARTÍN

Bartleby editores
Poesía
1ª Edición
978-84-92799-19-0
PVP: 17 €
Año de publicación: 2010
207 páginas
Traducción: Rubén Martín

Emily Dickinson (Amherst, Massachussetts, EE.UU., 1830-1886) está considerada como una de las mejores poetas en lengua inglesa de todos los tiempos. A la grandeza de su obra se le une la oscuridad de su vida personal: a la edad de treinta años se recluyó en la casa familiar y sólo después de su muerte comenzó a salir a la luz el ingente material poético que atesoraba en secreto, con más de 2.000 poemas. La edición completa de su poesía, respetando los manuscritos originales, no se publicó hasta el año 1955.

Leiaa

Odysea, de Homero


Cuando la vi, todo se convirtió en bruma a su alrededor. Ya sólo pude mirar esos profundos ojos como el mar profundo, esos labios carnosos y brillantes de lasciva saliva, ese mentón fino y altivo cual majestuosa reina, ese cuello esbelto digno de la hija de Afrodita, y esos pechos desnudos y lujuriosos. ¡Oh dioses, que con semejante brusquedad me ofertáis tan precioso manjar! ¿Será tanta vuestra crueldad que me neguéis su sabor? Cómo pudieran mis ojos no ser esclavos por siempre de esas copas de néctar, cómo apartarse de esos deleites si no es para mirar tan grácil talle, tan libidinosas caderas, tanta mujer, al fin, que me llama con deseo.
Todo fue bruma a mi alrededor, porque estaba ella, y no podí­a apartar mi mirada de la suya, no si habí­a de fijarla en algo trivial. Y el mundo entero, no siendo esa diosa que deseaba, fue futilidad pura.
Acerqué cuanto pude mi rostro a la mujer de pechos codiciados, desoyendo lo que todos me decí­an, mis oí­dos no escuchaban más que tan dulce voz como aladas criaturas entonaban por su boca, y su voz era música que acicalaba la escena, la revestí­a de amor y ensoñamiento, y me trasportaba en volandas hasta ella.
La hermosa hembra cantora olí­a a deseo, a pecado servido en concha de nácar, a sexo de mujer salada, toda ella era incitación al puro goce y yo casi pude gozarla eternamente. Casi pude, sí­, mas no lo hice, que otros me salvaron de ese trance.
Mil veces en mis sueños la he soñado, y soñándola aún más la he deseado y he maldecido las cuerdas que me ataban, maldita Circe y sus consejos, maldita también Penélope, la costurera paciente, cien veces maldito Zeus, que me tentó con la más dulce de las muertes. Yo pude morir amando una beldad de piernas plateadas, y en cambio vivo añorando no haberla amado.
Pero te digo a ti, que lees el mayor secreto de mi alma, que ha traspasado ya treinta siglos de historia, te digo a ti, intruso que me espí­as el pensamiento, si aún no sabes de qué hablo, qué poca es la sapiencia que atesoras.
Y no merecerá el necio saber las pesadillas del Rey de Itaca, si no le preguntase antes a Homero, pues yo, has de saberlo, soy Odyseo.

Tautina