Fred Vargas

Fred Vargas es el seudónimo bajo el cual se oculta una prodigiosa escritora francesa de novela negra. La persona que está detrás de tan rotundo alias es una arqueóloga e historiadora de nombre Frédérique Audoin-Rouzeau, que pidió prestado el “Vargas” al personaje de Ava Gardner en la pelí­cula “La Condesa Descalza”. A pesar de no haber estudiado letras, su padre era un escritor del grupo surrealista y ella misma una enamorada de la literatura, hasta tal punto que, según confiesa, a los 15 años se enamoró de Jean Jaques Rousseau, y a los 16, de Marcel Proust.

Hasta el momento lleva escritos unos catorce libros, algunos de los cuales han sido publicados en español por la editorial Siruela: Bajo los vientos de Neptuno. Huye rápido, vete lejos. La tercera virgen. Los que van a morir te saludan. Que se levanten los muertos. Sin hogar ni lugar. Más allá a la derecha.

Leer un libro de Fred Vargas es una experiencia profundamente gratificante y placentera. Están excepcionalmente bien escritos, pero sin alharacas de escritor profundo, con un exquisito sentido del humor y con una originalidad a prueba de bombas. Además son muy divertidos, te subyugan desde el principio.

Pero su atractivo principal radica en sus personajes. Crea unas personalidades tan diferentes y heterodoxas que muchas veces tienes que detenerte un momento para poder asimilar lo que la autora se está inventando en tus narices. La incredulidad inicial se va transformando en una devoción sin lí­mites hacia los protagonistas de sus historias. Los quieres, los comprendes, sufres con ellos, disfrutas con sus pequeños logros, te apenas porque la vida es así­ para todos y, al final, cierras la última página enfadado, porque se te ha acabado esa apasionante diversión, ese viaje fantástico al que Fred Vargas te ha invitado por el miserable precio de un libro de bolsillo.

En Francia no se la considera simplemente una de las mejores escritoras francesas de novela negra, sino una de las mejores escritoras francesas, a secas. Con un lenguaje sencillo pero escogido, huyendo de los lugares comunes, desplegando el argumento a golpe de genialidades (¿originalidades?) de sus protagonistas, Fred Vargas consigue que cada libro se te quede grabado en la memoria no solamente por su argumento sino también por los mil y un detalles que lo salpican. Detalles que paladearás después, satisfecho, con una media sonrisa en el rostro.

Su inspector favorito, Adamsberg, es incapaz de seguir un razonamiento deductivo. Resuelve los casos paseando bajo la lluvia y no pensando en nada. Esto, que resulta incomprensible para cualquiera no avezado en la filosofí­a zen, lo explica la escritora una y otra vez con gran maestrí­a. La entendemos pero no la comprendemos, no acabamos de pillar el truco. Como al propio Adamsberg, que no es nada guapo, pero sí­ muy atractivo. Por cierto, que le gusta mucho leer el “Manual de la Flora y Fauna de los Pirineos”.

Los otros personajes no se quedan atrás, ni mucho menos. Ni los principales ni los que surgen puntualmente en cada novela. Paladeas cada una de las singularidades humanas que por allí­ pululan, sus maní­as, sus comportamientos, su indudable humanidad. Te rí­es con sus ocurrencias, con sus locuras y casi siempre te sorprendes con los giros argumentales que protagonizan.

En fin, que recomiendo sin reservas la lectura de cualquier libro de Fred Vargas a los lectores más exigentes y a los menos exigentes. Por cierto, que también ha publicado (sin traducción española) algún libro de ensayo, como “Pequeño tratado de todas las verdades acerca de la existencia”, “La crí­tica de la ansiedad pura” o “La verdad sobre Cesare Batisti” (una documentada denuncia sobre el maltrato jurí­dico internacional al que se vio sometido un supuesto terrorista italiano), además de un reputado trabajo de investigación cientí­fica acerca de la peste bubónica, donde, al decir de ella misma, se vio en la necesidad de combinar puntos de vista y evidencias de seis áreas diversas: arqueologí­a, historia, medicina, entomologí­a, epidemiologí­a y microbiologí­a. Dios salve a la reina.

Alberto Arzua

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