El Juego del Ángel / Carlos Ruiz Zafón (un cachito)


…dí­game ¿le interesan las fábulas?
– De niño, durante un par de meses, quise ser Esopo.
– Todos abandonamos grandes esperanzas por el camino.
– ¿Qué querí­a ser usted de niño, señor Corelli?
– Dios.
Su sonrisa de chacal borró la mí­a de un plumazo.
– Martí­n, las fábulas son posiblemente uno de los mecanismos literarios más interesantes que se han inventado. ¿Sabe lo que nos enseñan?
– ¿Lecciones morales?
– No. Nos enseñan que los seres humanos aprenden y absorben ideas y conceptos a través de narraciones, de historias, no de lecciones magistrales o de discursos teóricos. Eso mismo nos enseña cualquiera de los grandes textos religiosos. Todos ellos son relatos con personajes que deben enfrentarse a la vida y superar obstáculos. Figuras que se embarcan en un viaje de enriquecimiento espiritual a través de peripecias y revelaciones. Todos los libros sagrados son, ante todo, grandes historias cuyas tramas abordan los aspectos básicos de la naturaleza humana y los sitúan en un contexto moral y un marco de dogmas sobrenaturales determinados. He preferido que pasase usted una semana miserable leyendo tesis, discursos, opiniones comentarios para que se diese cuenta por sí­ mismo de que no hay nada que aprender de ellos porque de hecho no son más que ejercicios de buena o mala voluntad, normalmente fallidos, para intentar aprender a su vez. Se acabaron las conversaciones de cátedra. A partir de hoy quiero que empiece a leer los cuentos de los hermanos Grimm, las tragedias de Esquilo, el Ramayana o las leyendas celtas. Usted mismo. Quero que analice cómo funcionan esos textos, que destile su esencia y por qué provocan una reacción emocional. Quiero que aprenda la gramática, no la moraleja. Y quiero que dentro de dos o tres semanas me traiga ya usted algo propio, el principio de una historia. Quiero que me haga usted creer.
– Pensaba que éramos profesionales y no podí­amos cometer el pecado de creer en nada.
Corelli sonrió, enseñando los dientes.
– Sólo se puede convertir a un pecador, nunca a un santo.

He elegido este cachito del libro, entre los muchos que podrí­a haber destacado, quizá porque dice lo que siempre he pensado y nunca he sabido decir, con esa claridad de verbo de que hace gala Carlos Ruiz Zafón.

Oz

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