Majaderos ilustres / Enrique Gallud Jardiel

Un regalo que hará mucha gracia. Pincha, que pone cómo comprarlo.

Este hombre tiene mucha gracia y sabe hacernos reír de cosas muy serias o, en este caso, de personas muy serias. El libro me lo he leído en un rato. Bueno, en dos, pero se me ha hecho corto y agradecido. Creo que lo voy a regalar mucho, a gente que esté malita sobre todo, porque es de esas lecturas muy medicinales que hacen que te evadas bastante y te entregues al cachondeo llano. Además como son capítulos o poemas cortos va muy bien para no tener que verle la cara al vecino del autobús, o para cuando estás en alguna sala de espera. Aunque mejor no, mejor para cuando estás en casa, porque si lo vas leyendo por ahí la gente se mosqueará al verte reír en la cola del paro o en la del dentista. Con la risa hay que tener mucho cuidado, y con poner cara de contento, que te pones alegre y la gente piensa que vas provocando. Sí, mejor leerlo en privado. Que te hagan reír sin hacerte perder el tiempo tiene su puntito.

Esto para que te vayas enterando de qué va el asunto.

Y esto por si no lo acababas de ver claro:

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Imán – Ramón J. Sender

Son los primeros párrafos de la primera novela de Ramón J. Sender, una obra la suya injustamente olvidada, sobre todo esta primera novela, que trata de un oscuro episodio de nuestra historia, ya antigua, ya olvidada, como fue el desastre de Anual.  Contado desde el punto de vista de un soldado raso que no sabe qué hace allí, que escapa milagrosamente y que relata a su modo sus desventuras y trabajos, y las de sus compañeros.  Es la voz de los que son carne de cañón.  Y Sender sabe meterse admirablemente al lector en el bolsillo, apoyado en un lenguaje prácticamente visual, cinematográfico. 

Uno lee esta primera página y ya sabe que tiene entre manos una obra maestra.

Cuatro carros de asalto entran a media tarde en el campamento. Ruido inseguro de chatarra en la solidez del silencio. Traen la sequedad calcárea de los desiertos que rodean la posición y cierran las perspectivas sin un árbol, sin un pájaro. Poco antes llegaron dos batallones precedidos por los cuervos, que son la vanguardia espontánea de las columnas. Noventa kilómetros en tres jornadas. Esa marcha también la hicimos nosotros para venir aquí. El sol de agosto en la cara por la mañana, desde el amanecer, y después sobre la cabeza y en la espalda a medida que transcurre el día. Treinta kilos de equipo, los hombros desollados por el correaje y el sudor, las plantas de los pies abiertas y la cal del camino en las grietas. Hacia mediodía se escupe ya un barro grisáceo. El agua, caliente y todo, sería una gran cosa si no se hubiera acabado en los diez primeros kilómetros. Ochocientos hombres, mudos, sordos, con paso resignado de autómatas. La mochila del de delante limita todos los horizontes. No se sabe a dónde se va, quizá no se vaya a ningún sitio o quizá al fin del mundo. Puede que la misión de uno cuando nació fuera andar eternamente. El polvo borra las cejas, pone una máscara gris en todos los rostros de tal modo que no nos conocemos. Los cincuenta cartuchos de la espalda se clavan en el espinazo. Y llevamos ciento cincuenta y cinco más en otras cartucheras. La manta terciada, zurrón con el paquete de curación, el vaso, el plato, la funda del jergón individual liada a la espalda, la mochila con el equipo de invierno y las tres mudas, los fuertes zapatos, el capote-manta, pesado como un hábito de fraile, y luego el correaje con las cartucheras llenas, el machete de nuevo modelo, el fusil. El cansancio llega a anestesiar. No se sienten los pies, ni las hendeduras de las correas que nos cruzan el pecho, ni el calor. Si se pudiera respirar aire limpio y tiráramos nuestra carga, puede que un extraño ímpetu nos llevara en vilo. Andaremos siempre, y será mejor porque en el momento en que nos detengamos caeremos a tierra como peleles.
No se piensa en nada ni se ve nada. Los últimos kilómetros, amasado el cansancio con las primeras sombras del atardecer, tienen algo de pesadilla. Hace dos horas que se ve el campamento casi al alcance de la mano y un espíritu satánico lo aleja. Cuando, por fin, entramos, lo cruzaríamos y seguiríamos andando como sonámbulos si no nos mandaran alto e hicieran cerrar la columna y colgarse bien el fusil -«¡las culatas atrás!»- para desfilar cantando el himno. También los batallones llegados hoy han entrado cantando el suyo. El jefe de la posición, sentado ante un vaso de cerveza, se indigna siempre por la poca bizarría de las voces.

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Español para andar por casa – Enrique Gallud Jardiel

EL CONTRAMANUAL DE ESTILO

Pocas cosas hay tan vapuleadas como la lengua española, sistemáticamente vejada, ultrajada y manoseada por los profesionales de los medios de comunicación, que odian su herramienta de trabajo por la misma razón que los albañiles odian los ladrillos: porque les recuerdan que tienen que trabajar. En cuanto a la contribución de los políticos a este deterioro del castellano en sus discursos y soflamas, mejor ni hablamos.

Por si este aciago destino no fuera suficiente maldición, nuestro idioma ha ido a convertirse en el blanco de la atención de Enrique Gallud Jardiel, un escritor desaprensivo que se ríe de todo y hace añicos literales al mayor tesoro del mundo hispano-parlante con el contumaz martillo de su iconoclasia cultural.

Lo que queda tras tal destrozo es algo así como un irreverente contramanual de estilo. Confiamos, probo lector, en que Español para andar por casa te será útil para luchar contra ese dragón de la canallería lingüística que ha nacido del huevo del postmodernismo.
Enrique Gallud Jardiel (Valencia, 1958) pertenece a una familia de raigambre literaria, pues es nieto de Jardiel Poncela, el gran humorista. Es Doctor en Filología Hispánica y ha enseñado en universidades de España y del extranjero. Tiene en su haber numerosos ensayos literarios, históricos y filosóficos, con los que no ha ganado una peseta, todo hay que decirlo.

Sufrió en su día una crisis espiritual de las de no te menees y se adhirió a la secta de los finistas, unos buenos señores que aseguran que el mundo se acaba, que vivir no vale la pena y que ya es hora de ir acabando con la mayor parte de las actividades humanas.

Como contribución a la expansión de su nueva fe, este autor maldito —que ya puso en solfa a las letras universales en su impenitente Historia estúpida de la literatura— la emprende ahora con la sacrosanta lengua de Cervantes y la deja realmente hecha unos zorros.

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Justine o los infortunios de la virtud – Marqués de Sade

Pasa lista de presente en «Libros Morrocotudos» el «Divino Marqués. Nieto de Laura, la de Petrarca, escribió páginas que algunos autores no se atreven a escribir y que muchos lectores se niegan a leer. Su nombre completo fue Donatien-Alphonse-Francoise Este célebre parisno vino a este valle de lágrimas el 2 de junio de 1740 y abandonó el mundo tangible el 2 de diciembre de 1814 después de llevar una vida tormentosa como personaje de sus propias obras, obras tildadas de malditas varios años antes del nacimiento de Baudelaire. Ambos autores franceses se ocupan en su prosa y su poesía de discernir entre el bien y del mal, de encontrar el significado del pecado y de las enseñanzas cristianas; un par de ases de la literatura universal señalado con el índice de fuego por los censores de su época.
Es de llamar la atención que el Marqués de Sade es producto de los turbulentos años de la Revolución Francesa y que, ni más ni menos, le tocó en suerte ser el portavoz de ese sagrado derecho humano que se llama libertad de expresión, aunque, ciertamente, el sádico Donato llevó en sus libros dicha garantía individual al extremo. Cuántos lectores se deleitan con sus escenas eróticas dibujadas con arte, sensibilidad y maestría, pero se detienen cuando el marqués asume el papel de degenerado y hace honor a su apellido precisamente al describir terribles escenas salpicadas de sangre y dolor de protagonistas, que en su mayoría fueron personas de carne y hueso, como la propia Justine, o que en voz de algunos de sus personajes ofende deliberadamente al Altísimo.
Justine, empero, sirve de argumento al Marqués de Sade para demostrar que creer en Dios, seguir las piadosas enseñanzas de Jesús, vivir con honestidad, moral y decoro no sirven de nada en esta vida y que pensar que si uno sigue estas reglas de comportamiento alcanzará la gloria después de muerte es una completa mentira. La pobre Justine, hermosa entre las bellas. muere fulminada por un rayo después de pasar la vida sufriendo realmente por defender su vurtud. Uno de sus malvados verdugos al hablar de la virginidad, le suelta, como un latigazo, el suguiente razonamiento: «Honradamente, ¿crees que le importa a Dios si ese orificio ha sido usado alguna vez?».
Desde luego, Justine pretende imitar ante el sufrimiento y la crueldad humana, lo mejor que ella puede, al Santo Cristo. Yo, como lector, carezco de luces para distinguir si es verdad que Dios no existe o que Dios ha muerto; lo cierto es que al contemplar la imagen del Crucificado y motivado por los sufrimientos de esa buena cristiana, «me mueve» a hacer la siguiente reflexión: pienso que a los amos del mundo les conviene conservar a Cristo en la cruz, como un sádico coleccionista retiene con alfileres las mariposas de su predilección. Más bien, pienso mi Dios, en quien confío, que estás dormido y aunque tu cuentas los siglos como segundos, es hora de que despiertes, te bajes de esa infamante cruz y te pongas manos a la obra. Y el mundo cambiara.

Este y otros libros del Marqués de Sade los puedes bajar de nuestra Biblioteca Morrocotuda

Matías Antonio Ocampo Echalaz

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Jardiel, la risa inteligente / Enrique Gallud Jardiel

La risa resulta un tanto sospechosa. Los mecanismos que nos llevan a ella suelen ser la mayoría de las veces burdos e instintivos, nos provocan risa un resbalón o un tartazo, y este resorte viene siendo utilizado por multitud de personas para movernos a hilaridad porque resulta barato de producir. Tanto es así que el artista intelectual huye de provocar la risa al espectador o lector por entenderla como una respuesta vulgar a una propuesta vulgar. Es un error y una pena. Es una gran pérdida que el intelectual haya abominado de provocar la risa en vez de haberla adoptado y pretendido como uno de los mejores resultados a los que puede conducir la obra artística. Hay muy pocas cosas más sanas que una buena risa provocada por un buen estímulo intelectual. Enrique Jardiel Poncela hacía (hace) reír de esa manera, de manera inteligente. Es más, hay que ser inteligente a veces para poder reírse con algunas de las cosas de Jardiel. Porque el humor de Jardiel, pese a ser comprendido por cualquiera, tenía guiños particularmente ingeniosos o poéticos que trascendían con mucho el entendimiento común. Jardiel reivindicaba la risa como patrimonio del intelecto y consideraba al espectador una persona con capacidad de discernimiento, alguien a quien poder hacer cosquillas pensando.
Eso, y muchas otras cosas, es lo que Enrique Gallud Jardiel, nieto del objeto sujeto de este libro, nos muestra de manera admirablemente concienzuda y prolija. Gracias a este libro me he enterado de algunos porqueses, por qué me gusta tanto leer a Jardiel, por qué sus obras están en un plano distinto a las de sus contemporáneos, por qué no han quedado obsoletas y hasta el por qué recibió bofetadas por la izquierda y la derecha.
Gallud nos explica mediante ejemplos concisos y muy bien traídos al tema, los entresijos del pensamiento y la obra jardelianos, cómo sirvió de revulsivo su humor en una sociedad convulsa y cómo las letras acabaron siguiendo sendas abiertas por el jardielismo, pero mirando al tendido y como no dándose por aludidas.  Si conoces a Jardiel necesitas leer este libro, y si no, te abrirá la puerta a un autor al que hay que leer para conocer la cara inteligente del humor y, gracias a las numerosas y decidoras acotaciones y observaciones que proliferan en sus escritos, lo que se cocía entre bastidores en la sociedad artística, y no tanto, de la época.
He de agradecer también al autor el que, con este repaso a la vida y obra de don Enrique, me hayan vuelto las ganas de releerlo, algo que entretiene tanto. Reír y aprender ¿se puede pedir más?

En otro orden de cosas, puedes seguir las humoradas de Enrique Gallud Jardiel aquí, si también eres de los que no recelan de echarse unas buenas risas.

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La Música del Silencio / Patrick Rothfuss

Ya podemos encontrar en las librerías desde el mes de octubre “La música del Silencio“. La última obra de Patrick Rothfuss traducida a nuestra lengua.
Patrick Rothfuss es además autor de “El nombre del viento”, su estreno como escritor y “El temor de un hombre sabio”, su segunda parte. Si a estas alturas no sabes sobre estos títulos o sobre el autor, deberías ir corriendo a la librería más cercana en este mismo momento.
Es uno de los autores de entelequia más influyentes en la coyuntura, a la altura de R.r. Martin o Robert Jordan. Y ha sido confrontado por la crítica especializada con el propio Tolkien o K. Le Guin. Lo que, dicho de una forma reducida, puede considerarse uno de los más grandes halagos para un autor de fantasía.
Si sumamos esto a que todo su honor lo ha construido en escasos cuatro años podemos hacernos una idea de lo inconcebible de su obra.

El texto, de ciento sesenta páginas, se diferencia del resto de obras del autor y seguramente al resto de obras que hayas podido descubrir. Tanto es así, que el propio autor nos avisa de ello al comienzo de esta apasionante lectura.
“Quizá no quieras comprar este libro” Dice Patrick
Al hombre no le falta razón, es un ejemplar verdaderamente raro, entiéndase que esto no es un imperfección en si mismo. Está claro que esta lectura no es apta para todos los públicos.

La música del silencio: Nada que ver con la melodía
“La música del silencio” es un pequeño “intermedio”, por así decirlo, como si fuera un precedente al cierre de su trilogía, en el que nos aporta una información extra sobre Auri. A pesar de estar emplazado en el mismo universo que “El nombre del viento” y comparta uno de sus personajes, hablamos de libros distintos.
La novela está protagonizada por Auri, uno de los personajes más enigmáticos de la obra de Rothfuss. Y nos narra un día de la apasionante vida de esta joven.

Para todos aquellos que no sean conocedores de los títulos anteriores: Auri es una joven verdaderamente extraña que habita prácticamente sola en un gran subsuelo en ruinas a las que el autor llama “la subrealidad”.
Con problemas para entenderse con el resto de personas y un punto de vista del mundo que la rodea ciertamente personal y extraño, la joven es un personaje extremadamente profundo y huraño, a la vez que enigmático y fascinante.
El ejemplar, carece prácticamente de trama y su organización ficticia es un tanto extreña, si bien es cierto esto lo suple su genial melodía y un ritmo con el que Rothfuss demuestra que puede escribir de forma inclusive más activo y rítmica que en sus anteriores novelas.
La gran partida del compendio es poder enseñarnos el mundo desde los ojos de Auri, que dota de personalidad propia a cada objeto que ve: tuercas, tablones, cajas… Y se mueve por un gran mundo verdaderamente extraño y misterioso pero al que ella ve tal como si fuera su hogar.
El autor logra desde el primer momento, con una lenguaje verdaderamente descriptivo y cautivante captar nuestra atención y mantenernos activos durante toda la lectura.
“La música del silencio” tal podéis comenzar a imaginar es verdaderamente un tomo un tanto raro y para un público minoritatio. Pero si te interesa el personaje de Auri o eres un entusiasta constante de Rothfuss, el texto puede sorprenderte con ciento sesenta páginas que se devoran sin darte cuenta a un ritmo delicioso.

Un libro altamente recomendable
Me había parecido conmovedor en sus novelas anteriores como el autor, mediante un personaje tan inusual como Auri, había profundizado perfectamente en temas tal como la soledad, la mente o inclusive la incomunicación de una forma elegante, sencilla y sobre todo inocente. Con este título demuestra que puede hacerlo aún mejor.

No recomendaría el texto, por otra parte, a quien no haya leído precedentemente, al menos, “El nombre del viento”, ya que se necesita una cierta unión/complicidad con el personaje para enterarte realmente de todos sus matices.
En definitiva “La música del silencio” es un ejemplar ciertamente extraordinario, para públicos sobrado inusuales. Aun se descubre tanto una de esas pequeñas joyas ocultas para todos los que ahora quedamos intrigados con el personaje del nombre del viento.

Emilio Miguel López

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Plaga de palomas – Louise Erdrich

UNA APROXIMACIÓN A LA LITERATURA ESCRITA POR MUJERES

Plaga de palomasAntes de leer este libro mis aproximaciones a la literatura actual escrita por mujeres no habían tenido un final muy feliz que digamos. Dejando aparte a algunas magníficas escritoras de “género” (policiaco, juvenil, histórico, ciencia-ficción…), los pesos pesados femeninos de la pura creación literaria nunca han llegado a emocionarme en forma similar a como lo hacen mis numerosos autores de cabecera. ¿Por qué? Después de leer esta novela me ha surgido la necesidad de planteármelo.

Pero antes que nada, ya que esto promete —o amenaza— con alargarse, un pequeño comentario: me encanta el título. Plaga de palomas. Como buen aficionado a la musicalidad, sonoridad y ritmo de las palabras, me parece escuchar en estas tres, tan sencillas, el aleteo de unos pájaros asustadizos, el revolar de una multitud de cuerpecitos, y hasta el silencio que sigue a un disparo, en forma de plumas cayendo muy despacio, como columpiándose. El título original, “Plague of doves”, curiosamente guarda en sí el mismo genio sonoro pero con una diferente sensibilidad, tal y como como corresponde a otras gentes y a otro idioma. El español, más de tambor, el inglés, más etéreo, más suave, pero igualmente exquisito. Y lo más curioso es que la traslación se podría haber hecho sin saber inglés, con un diccionario en la mano, palabra a palabra o, peor aún, mediante la desesperante traducción automática del “gúgol”. Divertida casualidad.

Sigamos a lo nuestro. Considero bastante probable que, tras leer el primer párrafo, cierto sector femenino haya sentido en sus adentros el rebrotar automático de la infame palabra-acusación “machismo”. Y claro, como buen macho, yo me rebelo. ¿Machista yo? ¿Un ser racional totalmente convencido de la igualdad entre hombres y mujeres? ¿Qué tontería es ésa? Esto, unido a mi aversión por los estereotipos y lo políticamente correcto, me llevaría normalmente a despreciar olímpicamente tal acusación con un ligero gesto de desdén… Pero ya digo que este libro me está obligando a frenar y a mirar más despacio…. y más adentro.

Al iniciar la lectura de un libro escrito por un autor para mí desconocido, lectura siempre sugerida por algún tipo de recomendación, no me fijo ni mucho ni poco en las circunstancias personales del escritor: me resultan indiferentes el sexo, la edad, la nacionalidad… Al leer sólo pretendo disfrutar con la excelencia del genio del autor. Dicho más claramente: soy un fanático de Céline a pesar de sus execrables opiniones pseudopolíticas. Si la literatura de una mujer me hiciera vibrar tanto como la de, por ejemplo, Coetzee, yo sería el primero en manifestarlo a los cuatro vientos. Prejuicios cero, se lo aseguro, abriré un libro escrito por una mujer tantas veces como su recomendación me haya despertado la curiosidad. Me encanta descubrir nuevos placeres.

Si bien esto es cierto, también lo es el que nunca haya gozado por completo con una obra de creación literaria escrita por alguna mujer. Excepción contemporánea que ahora me viene a la mente: algunos de los artefactos pergeñados por Amélie Nothomb. Pero volvamos al tema, al machismo inveterado de esta sociedad. Vale, es un lugar común, pero un lugar bastante habitado. Quiero decir con esto que ni hombres ni mujeres estamos libres de participar en cierta medida de los prejuicios heredados del machismo histórico y social, porque está en nuestros genes… digamos educativos. Y se ha metido tan dentro y se ha interiorizado tanto porque no se le ha respondido con una postura crítica y alternativa lo suficientemente potente. El machismo ha dominado, y sigue dominando, el mundo desde el principio de los tiempos y costará dios y ayuda hacerlo retroceder lo bastante como para que las mujeres puedan respirar tranquilas. En este sentido entiendo la postura de las feministas de no pasar ni una, siquiera sutil, manifestación machista, aunque no comparta muchas de sus posturas y, sobre todo, su tempo. De hecho verán ustedes que en este artículo no utilizo el ahora obligatorio “a/o” (que llevado a su lógica extrema nos haría imposible escribir y muy difícil la lectura), ni siquiera el símbolo @, tan fuera de lugar, y que nunca hable de “género” cuando me quiero referir al “sexo”, entre otros muchos pecados. De hecho preferiría que se feminizara todo y que nosotras los hombres y las mujeres nos diéramos una pequeña tregua.

Por lo tanto hay algo en la literatura escrita por mujeres que no me acaba de convencer, pero ese algo no tiene nada que ver con el hecho de que sea una mujer quien lo haya escrito, sino más bien con la manera en que habitualmente (me veo obligado a generalizar) escriben ellas. Me temo que mi problema está aquí, en la diferencia natural entre sexos, tanto física como mental, emocional o espiritual. Si esta afirmación resulta ser aberrante para ciertas feministas, lo siento, podemos discutirlo en otro momento, ahora prefiero seguir partiendo del hecho de que tenemos sensibilidades diferentes, diferentes aproximaciones a los hechos reales, diferente elaboración del pensamiento, diferentes prioridades… No de una manera absoluta, por supuesto, sino en otra clave, con otro tono. Aquí radica, en mi opinión, la diferencia, maravillosa diferencia, que no hace sino enriquecernos a todos. Aquí radica, repito, mi incapacidad para disfrutar plenamente de lo escrito por mujeres: escriben en otra clave. Una clave que puedo ir descifrando con esfuerzo, es posible, o a la que puedo aproximarme potenciando mi parte femenina, es factible, pero una clave diferente que requiere de una aproximación diferente a aquella con la que me suelo acercar a la literatura. Mea culpa.

Y de esto tan evidente, tan tonto cuando se lee de seguido, me he dado cuenta al leer este libro, Plaga de palomas, de la estadounidense Louise Erdrich. Resumiendo la impresión que he sacado de la lectura de esta novela: me parece fantástica, excelente, más que bien escrita, con un total dominio de situaciones y personajes, llevando al lector por donde ella quiere con absoluta brillantez, siempre interesante, reveladora, ágil, plagada de detalles deslumbrantes… No pienso contar ni una pizca de su argumento, nunca me ha gustado que me desvelen nada, tan sólo decir que en este libro hay un artefacto perfecto dispuesto a estallarle en las manos a cualquiera con un mínimo de sensibilidad que se acerque a sus páginas. Esta es una novela, en suma, magnífica, con la que he disfrutado bastante.

¿Sólo “bastante”, no “muchísimo”? Pues no, muchísimo no. La cogía con ganas en los momentos del día que tengo para leer, pero no la retomaba con ansia, no la buscaba hasta cuando tocaba descomer, no la llevaba en el metro para no perder ninguna oportunidad de disfrute, no. ¿Y por qué? Pues creo que porque estoy demasiado acostumbrado a otro tipo de lectura. Y ahora debería llegar al meollo de la cuestión, a las diferencias reales entre ambos tipos de literatura, pero… me cuesta. Lo voy a intentar, de todos modos.

Me cuesta. Me cuesta explicar dónde veo la especificidad femenina a la hora de escribir. No creo que valga con contraponer series adjetivadas, como torpemente y por abreviar he hecho al describir la novela un poco más arriba. No, voy a intentar un ejercicio más arriesgado, que llamaré de literatura-ficción, ya que no dispongo del vocabulario técnico adecuado. Así, procuraré imaginar cómo habría descrito los mismos hechos, las mismas circunstancias y los mismos personajes, un escritor masculino. Cierro los ojos y me concentro.

La primera palabra que me viene a la cabeza es “brusco”. Un hombre lo habría llenado todo de aristas, de sucesos y palabras espectaculares, de comentarios irónicamente lúcidos… de salvas de fogueo por todas partes. El lector habría ido saltando de un personaje a otro, de un sentimiento a otro, como quien participa en una carrera de coches por las calles de un pueblo perdido, llenándolo todo de banderas de colores, frenazos y acelerones. Esta mujer, sin embargo, avanza caminando despacio, con los ojos semicerrados, y no se le escapa ni la cucaracha que acaba de asomar por el alféizar de una ventana. A un hombre avisado quizás tampoco, pero la habría señalado con el dedo haciendo grandes alharacas.

Louise Erdrich se demora en contarnos lo que pasa, como si le pareciera más importante el aire que circula alrededor de los personajes, el ritmo de sus palabras, sus recuerdos y sus motivaciones, que van surgiendo poco a poco… de tal manera que cuando sucede algo no se centra en el hecho en sí, que muchas veces incluso elude describir, sino que prefiere recrearse en todo lo que nos ha llevado a ello. Es evidente que esta aproximación es mucho más… científica, más exacta, puesto que nos informa de lo verdaderamente importante y motivador: lo que sucede en el corazón de las personas (confieso que, en una primera escritura, en vez de “personas” había puesto “hombres”). Y vuelvo a mirar al teórico escritor y pienso que él también escruta el corazón de las personas, y que también nos lo cuenta… pero de otra manera… más a ráfagas… o con un resplandor supuestamente intelectual, que de todo hay.

A lo mejor estoy equivocado en esto que pienso y digo, puede que sean simplezas, análisis sumamente parciales o directamente torpes falsedades, pero a día de hoy es todo lo que puedo aportar. No estoy acostumbrado a esta literatura y el error es todo mío. Intentaré buscar en mí mismo los momentos favorables a una lectura más distendida, dejándome llevar, sin análisis prejuiciosos, aprendiendo poco a poco. Porque mucho es el premio: múltiples nuevas promesas para gozar más de la literatura, una de mis mayores fuentes de dicha.

Y dicho esto me pongo en plan faltón y afirmo que no me gusta nada que me cuenten sueños a porriillo por mucho que los nativos americanos sean tan evidentemente espirituales, y por más que dichos sueños o espíritus influyan en el desarrollo de los hechos. La literatura fantástica, o mágica, o étnica, está muy bien, pero a mí me aburre soberanamente. Soy capaz de entender la poesía tribal o la tan apreciada literatura oral, pero mis intereses estéticos rara vez soportan tanta comunión con la tierra, tanta admiración por lo antiguo, por lo “auténtico”, tanta presunta espiritualidad. Si estamos acostumbrados al sonido de una orquesta está muy bien escuchar de vez en cuando algún tam-tam, sí, pero… muy de vez en cuando… porque no me aporta nada nuevo (estoy simplificando). A mí, por supuesto, que soy muy básico. Hombre tenía que ser.

Recomiendo el libro, por cierto. Fervientemente, sí, ya que ustedes no tienen por qué compartir mis limitaciones.

Alberto Arzua

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