Plaga de palomas – Louise Erdrich

UNA APROXIMACIÓN A LA LITERATURA ESCRITA POR MUJERES

Plaga de palomasAntes de leer este libro mis aproximaciones a la literatura actual escrita por mujeres no habían tenido un final muy feliz que digamos. Dejando aparte a algunas magníficas escritoras de “género” (policiaco, juvenil, histórico, ciencia-ficción…), los pesos pesados femeninos de la pura creación literaria nunca han llegado a emocionarme en forma similar a como lo hacen mis numerosos autores de cabecera. ¿Por qué? Después de leer esta novela me ha surgido la necesidad de planteármelo.

Pero antes que nada, ya que esto promete —o amenaza— con alargarse, un pequeño comentario: me encanta el título. Plaga de palomas. Como buen aficionado a la musicalidad, sonoridad y ritmo de las palabras, me parece escuchar en estas tres, tan sencillas, el aleteo de unos pájaros asustadizos, el revolar de una multitud de cuerpecitos, y hasta el silencio que sigue a un disparo, en forma de plumas cayendo muy despacio, como columpiándose. El título original, “Plague of doves”, curiosamente guarda en sí el mismo genio sonoro pero con una diferente sensibilidad, tal y como como corresponde a otras gentes y a otro idioma. El español, más de tambor, el inglés, más etéreo, más suave, pero igualmente exquisito. Y lo más curioso es que la traslación se podría haber hecho sin saber inglés, con un diccionario en la mano, palabra a palabra o, peor aún, mediante la desesperante traducción automática del “gúgol”. Divertida casualidad.

Sigamos a lo nuestro. Considero bastante probable que, tras leer el primer párrafo, cierto sector femenino haya sentido en sus adentros el rebrotar automático de la infame palabra-acusación “machismo”. Y claro, como buen macho, yo me rebelo. ¿Machista yo? ¿Un ser racional totalmente convencido de la igualdad entre hombres y mujeres? ¿Qué tontería es ésa? Esto, unido a mi aversión por los estereotipos y lo políticamente correcto, me llevaría normalmente a despreciar olímpicamente tal acusación con un ligero gesto de desdén… Pero ya digo que este libro me está obligando a frenar y a mirar más despacio…. y más adentro.

Al iniciar la lectura de un libro escrito por un autor para mí desconocido, lectura siempre sugerida por algún tipo de recomendación, no me fijo ni mucho ni poco en las circunstancias personales del escritor: me resultan indiferentes el sexo, la edad, la nacionalidad… Al leer sólo pretendo disfrutar con la excelencia del genio del autor. Dicho más claramente: soy un fanático de Céline a pesar de sus execrables opiniones pseudopolíticas. Si la literatura de una mujer me hiciera vibrar tanto como la de, por ejemplo, Coetzee, yo sería el primero en manifestarlo a los cuatro vientos. Prejuicios cero, se lo aseguro, abriré un libro escrito por una mujer tantas veces como su recomendación me haya despertado la curiosidad. Me encanta descubrir nuevos placeres.

Si bien esto es cierto, también lo es el que nunca haya gozado por completo con una obra de creación literaria escrita por alguna mujer. Excepción contemporánea que ahora me viene a la mente: algunos de los artefactos pergeñados por Amélie Nothomb. Pero volvamos al tema, al machismo inveterado de esta sociedad. Vale, es un lugar común, pero un lugar bastante habitado. Quiero decir con esto que ni hombres ni mujeres estamos libres de participar en cierta medida de los prejuicios heredados del machismo histórico y social, porque está en nuestros genes… digamos educativos. Y se ha metido tan dentro y se ha interiorizado tanto porque no se le ha respondido con una postura crítica y alternativa lo suficientemente potente. El machismo ha dominado, y sigue dominando, el mundo desde el principio de los tiempos y costará dios y ayuda hacerlo retroceder lo bastante como para que las mujeres puedan respirar tranquilas. En este sentido entiendo la postura de las feministas de no pasar ni una, siquiera sutil, manifestación machista, aunque no comparta muchas de sus posturas y, sobre todo, su tempo. De hecho verán ustedes que en este artículo no utilizo el ahora obligatorio “a/o” (que llevado a su lógica extrema nos haría imposible escribir y muy difícil la lectura), ni siquiera el símbolo @, tan fuera de lugar, y que nunca hable de “género” cuando me quiero referir al “sexo”, entre otros muchos pecados. De hecho preferiría que se feminizara todo y que nosotras los hombres y las mujeres nos diéramos una pequeña tregua.

Por lo tanto hay algo en la literatura escrita por mujeres que no me acaba de convencer, pero ese algo no tiene nada que ver con el hecho de que sea una mujer quien lo haya escrito, sino más bien con la manera en que habitualmente (me veo obligado a generalizar) escriben ellas. Me temo que mi problema está aquí, en la diferencia natural entre sexos, tanto física como mental, emocional o espiritual. Si esta afirmación resulta ser aberrante para ciertas feministas, lo siento, podemos discutirlo en otro momento, ahora prefiero seguir partiendo del hecho de que tenemos sensibilidades diferentes, diferentes aproximaciones a los hechos reales, diferente elaboración del pensamiento, diferentes prioridades… No de una manera absoluta, por supuesto, sino en otra clave, con otro tono. Aquí radica, en mi opinión, la diferencia, maravillosa diferencia, que no hace sino enriquecernos a todos. Aquí radica, repito, mi incapacidad para disfrutar plenamente de lo escrito por mujeres: escriben en otra clave. Una clave que puedo ir descifrando con esfuerzo, es posible, o a la que puedo aproximarme potenciando mi parte femenina, es factible, pero una clave diferente que requiere de una aproximación diferente a aquella con la que me suelo acercar a la literatura. Mea culpa.

Y de esto tan evidente, tan tonto cuando se lee de seguido, me he dado cuenta al leer este libro, Plaga de palomas, de la estadounidense Louise Erdrich. Resumiendo la impresión que he sacado de la lectura de esta novela: me parece fantástica, excelente, más que bien escrita, con un total dominio de situaciones y personajes, llevando al lector por donde ella quiere con absoluta brillantez, siempre interesante, reveladora, ágil, plagada de detalles deslumbrantes… No pienso contar ni una pizca de su argumento, nunca me ha gustado que me desvelen nada, tan sólo decir que en este libro hay un artefacto perfecto dispuesto a estallarle en las manos a cualquiera con un mínimo de sensibilidad que se acerque a sus páginas. Esta es una novela, en suma, magnífica, con la que he disfrutado bastante.

¿Sólo “bastante”, no “muchísimo”? Pues no, muchísimo no. La cogía con ganas en los momentos del día que tengo para leer, pero no la retomaba con ansia, no la buscaba hasta cuando tocaba descomer, no la llevaba en el metro para no perder ninguna oportunidad de disfrute, no. ¿Y por qué? Pues creo que porque estoy demasiado acostumbrado a otro tipo de lectura. Y ahora debería llegar al meollo de la cuestión, a las diferencias reales entre ambos tipos de literatura, pero… me cuesta. Lo voy a intentar, de todos modos.

Me cuesta. Me cuesta explicar dónde veo la especificidad femenina a la hora de escribir. No creo que valga con contraponer series adjetivadas, como torpemente y por abreviar he hecho al describir la novela un poco más arriba. No, voy a intentar un ejercicio más arriesgado, que llamaré de literatura-ficción, ya que no dispongo del vocabulario técnico adecuado. Así, procuraré imaginar cómo habría descrito los mismos hechos, las mismas circunstancias y los mismos personajes, un escritor masculino. Cierro los ojos y me concentro.

La primera palabra que me viene a la cabeza es “brusco”. Un hombre lo habría llenado todo de aristas, de sucesos y palabras espectaculares, de comentarios irónicamente lúcidos… de salvas de fogueo por todas partes. El lector habría ido saltando de un personaje a otro, de un sentimiento a otro, como quien participa en una carrera de coches por las calles de un pueblo perdido, llenándolo todo de banderas de colores, frenazos y acelerones. Esta mujer, sin embargo, avanza caminando despacio, con los ojos semicerrados, y no se le escapa ni la cucaracha que acaba de asomar por el alféizar de una ventana. A un hombre avisado quizás tampoco, pero la habría señalado con el dedo haciendo grandes alharacas.

Louise Erdrich se demora en contarnos lo que pasa, como si le pareciera más importante el aire que circula alrededor de los personajes, el ritmo de sus palabras, sus recuerdos y sus motivaciones, que van surgiendo poco a poco… de tal manera que cuando sucede algo no se centra en el hecho en sí, que muchas veces incluso elude describir, sino que prefiere recrearse en todo lo que nos ha llevado a ello. Es evidente que esta aproximación es mucho más… científica, más exacta, puesto que nos informa de lo verdaderamente importante y motivador: lo que sucede en el corazón de las personas (confieso que, en una primera escritura, en vez de “personas” había puesto “hombres”). Y vuelvo a mirar al teórico escritor y pienso que él también escruta el corazón de las personas, y que también nos lo cuenta… pero de otra manera… más a ráfagas… o con un resplandor supuestamente intelectual, que de todo hay.

A lo mejor estoy equivocado en esto que pienso y digo, puede que sean simplezas, análisis sumamente parciales o directamente torpes falsedades, pero a día de hoy es todo lo que puedo aportar. No estoy acostumbrado a esta literatura y el error es todo mío. Intentaré buscar en mí mismo los momentos favorables a una lectura más distendida, dejándome llevar, sin análisis prejuiciosos, aprendiendo poco a poco. Porque mucho es el premio: múltiples nuevas promesas para gozar más de la literatura, una de mis mayores fuentes de dicha.

Y dicho esto me pongo en plan faltón y afirmo que no me gusta nada que me cuenten sueños a porriillo por mucho que los nativos americanos sean tan evidentemente espirituales, y por más que dichos sueños o espíritus influyan en el desarrollo de los hechos. La literatura fantástica, o mágica, o étnica, está muy bien, pero a mí me aburre soberanamente. Soy capaz de entender la poesía tribal o la tan apreciada literatura oral, pero mis intereses estéticos rara vez soportan tanta comunión con la tierra, tanta admiración por lo antiguo, por lo “auténtico”, tanta presunta espiritualidad. Si estamos acostumbrados al sonido de una orquesta está muy bien escuchar de vez en cuando algún tam-tam, sí, pero… muy de vez en cuando… porque no me aporta nada nuevo (estoy simplificando). A mí, por supuesto, que soy muy básico. Hombre tenía que ser.

Recomiendo el libro, por cierto. Fervientemente, sí, ya que ustedes no tienen por qué compartir mis limitaciones.

Alberto Arzua

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Los indios de México / Fernando Benítez

“Los indios de México” es un libro para comprender la realidad que vivimos. Comencé a leerlo cuando no tenía nada qué hacer y como cuando no hay nada que hacer hay que hacer algo, leí.
Leímos aquí, muchos pensando que se trata de antropología, es decir del hombre y de la mujer de este mundo. El prólogo de Carlos Fuentes me persuadió de que la obra de Benítez es tan amplia y de cinco sendos tomos tan grandes que pensando en que nadie podía leer tanto, editorial Conaculta editó e hizo esta colección.
Lo último ya me estaba desalentando porque yo quería tener entre mis manos algo tan grande y creía que me estaban asignando muy poquito. Pero al empezar a hojear y leer pasajes inconexos quise saberlo todo y ver el contenido del principio a fin.
Leí a un escritor comprometido y que no deja de revelar sus criterios de los grupos humanos entrevistados y su suerte, como a una amalgama de destinos que se cumplen ahora.
Ha dicho que los otomí le contaron que “cuando los pueblos se pierden, del cielo caen las piedras, y los hombres apenas tienen tiempo para correr y ponerse a salvo.”
Los otomí, huicholes, tarahumaras, tepehuanes y nahuas y coras, son los grupos étnicos que el novelista y ensayista visitó. Nos mostró su vida y obra en sus propias palabras.
La editora que hizo el libro es oficial, del gobierno, publica libros de los que luego selecciona una cantidad destinándolas al préstamo gratuito, bibliotecas, salas de de lecturas Así que es gran placer circunscribir que se cumple en parte el deseo del país de que la obra de este antropólogo, periodista, enólogo, escritor sea gratis y para todos.
Desde luego es un libro morrocotudo. Para saborearse en el café, al dormir y para despertar.
Allí leí hoy que para los chamanes tepehua los muertos están en tantas partes que sólo se les puede tener en sueños.
Los tepehua están convencidos de que, con sus oraciones, garantizan la lluvia para todo el planeta. Uno de ellos le ha dicho al autor nacido en 1912 oye… “el gobierno debería pagarnos por esto.”
Así se sigue, dando cuenta de lo que los llamados indígenas –ahora pueblos originarios- han hecho por nosotros a lo largo de la historia de su humanidad.
Advierten además que “el tepehuán ha combatido a los soldados y los policías modernos, contra los cuáles deben luchar para rescatar el alma prisionera de los nuevos prisioneros del señor de la muerte.”
Los otomí causaron mi admiración de inmediato. Dice que se dijo de ellos que son holgazanes que no se dedicaron a construir cosas materiales sino que vivieron la vida al día y que son exigentes amantes que no dejan pasar la noche sin al menos nueve coitos, y las mujeres desprecian a los que no tienen capacidad para copular 10 veces.
Si no cumplen los abandonan y la comunidad está de acuerdo.
Claro que resulta un poco difícil distinguir si se habla de un tiempo pasado o del presente. Digamos que dan ganas de entrevistar a los otomí del siglo 21 para averiguar si siguen viviendo de este modo o con el tiempo sus costumbres han cambiado. Ah, y tenemos que leer bien y estar provistos de una capacidad para trascender porque el periodista del siglo 20 escribió y también entremezcla las narraciones de conquistadores, colonizadores y catequizadores hispanos respecto a lo que vieron, supieron y les contaron por ejemplo, los aztecas. Memorias que luego contrasta con otros historiadores contemporáneos como Carlos Montemayor y Miguel León Portilla.
Después de su visita a los huicholes ha escrito “debemos romantizar al mundo”. Piensa que la muerte ha de estar en manos de los dioses y no de los sicarios ni la policía del mundo. Alega que es momento oportuno del exorcismo y que la poesía anuncia ahora, más que la llegada del mañana, la eterna vuelta del mañana.
Para un tiempo creador (…) hemos de volver a lo salvaje, a lo primitivo.
En cuanto a los tarahumaras entrevistados por el autor de Los indios de México, diré que me encantó la visión de la muerte, que es una mancha que supone una suciedad, y algo sucio debe tratarse con respeto. Aislar el entorno del difunto y poner todo en cuarentena porque de alguna manera las pertenencias materiales del ausente se quedan impregnadas de su presencia. Alguien que se voló ese acuerdo ha vivido un tormento y se le reveló en sueños la solución. Pero habrá que leer ese capítulo para averiguar el desenlace de su historia. Espero que les guste tanto o más que a mí.

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Livia Díaz

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El rey pálido / David Foster Wallace

Este libro NO LO RECOMIENDO. Este libro me parece MORROCOTUDO. No lo recomiendo porque David Foster Wallace es un escritor, además de absolutamente genial, muy rarillo, el típico escritor-para-escritores. Y me parece morrocotudo porque disfruto con cada una de sus frases, de hecho ahora lo estoy leyendo por segunda vez.

Es una obra póstuma que se confeccionó tras su muerte con las muchísimas páginas que se encontraron en su escritorio sin orden ni concierto. El editor lo avisa en la introducción, no engaña: aquí se han metido cosas de la mejor manera posible, pero puede que no tenga nada que ver con lo que el autor tenía en mente. Y ha salido un volumen muy gordo, de más de 600 páginas de letra pequeña. Un libro muy loco y muy deshilachado.

Si de algún argumento se puede hablar sería el de unos personajes trabajando en oficinas de la Hacienda estadounidense, controlando declaraciones de impuestos. Se describen estos trabajos a un nivel tan detallista que durante muchos párrafos tan solo se nos habla de leyes, normas y directrices internas. Esto puede echar para atrás a cualquiera. Pero a pesar de estos párrafos farragosos (que también tienen su aquel poético) el resto de la novela (¿?) es de un nivel sublime, de alguien que escribe tocado por los dioses.

Recomiendo de este autor la novela “La broma infinita”, la colección de cuentos “La niña del pelo raro” y la colección de ensayos (que se leen como si fueran relatos) “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”. Todos ellos son espectaculares, propios de un hombre a cuya altura tan solo se podrían situar genios como Borges, Salinger o Nabokov. Corran y cómprenselos, sobre todo si son ustedes escritores.

A continuación copio un capítulo cortito de “El rey pálido”, para nada representativo del libro puesto que, como he dicho, está compuesto de trozos sueltos.

– Hablando del tema, ¿en qué piensas tú cuando te masturbas?
– …
– …
– ¿Cómo?
Ninguno de los dos había dicho nada durante la primera media hora. Estaban llevando a cabo nuevamente el tedioso y monocromático trayecto en coche hasta la Sede Regional de Joliet. A bordo de uno de los Gremlin del parque de coches, requisado hacía cinco trimestres como parte de una tasación de riesgo contra un concesionario de AMC.
– Mira, creo que podemos dar por sentado que te masturbas. Se masturban algo así como el noventa y ocho por ciento de los hombres. Está documentado. La mayoría del dos por ciento restante es gente que está impedida de alguna manera. Así que podemos saltarnos las denegaciones. Yo me masturbo, tú te masturbas. Es así. Todos lo hacemos y todos sabemos que lo hacemos y sin embargo nadie habla del tema. Es un trayecto increíblemente aburrido, no hay nada que hacer, estamos atrapados en esta vergüenza de coche… Rompamos el tabú. Hablemos de ello.
– ¿Qué tabú?
– ¿En qué piensas tú? Plantéatelo. Es un momento muy interior. Es una de las únicas ocasiones en la vida donde hay verdadera autosuficiencia. No se requiere nada que no esté fuera de ti. Es provocarte placer a ti mismo sin usar nada más que tus pensamientos. Y esos pensamientos revelan mucho de ti: con qué cosas sueñas cuando eres tú quien eliges y controlas lo que sueñas.
– …
– …
– En tetas.
– ¿En tetas?
– Tú me lo has preguntado. Yo te contesto.
– ¿Y ya está? ¿Tetas?
– ¿Qué quieres que te diga?
– ¿Tetas y ya está? ¿Aisladas de la persona? ¿Tetas abstractas?
– Vale. Vete a la mierda.
– ¿Quieres decir flotando sin más, dos tetas en el espacio vacío? ¿O dentro de tus manos, o qué? ¿Y son siempre las mismas tetas?
– Esto me enseña una lección. Tú haces una pregunta así y yo digo “Venga, qué coño” y la contesto, y tú vas y le haces un DIF-3 a la respuesta.
– Tetas.
– …
– …
– ¿Y en qué piensas tú, señor rompetabúes?

Alberto Arzua

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Ensayo sobre la ceguera / José Saramago


El pasado 10 de febrero, con motivo de mi cumpleaños, mis alumnos de derecho administrativo me obsequiaron este extraordinario libro del Nobel de Literatura 1998; la maestría del maestro portugués se hace presente desde la primera página con su brillante prosa, ajena a las tradicionales reglas de la puntuación y del formato ortodoxo de la novela con diálogos bien cortados y discurso bien peinado.Esto no importa al escritor, pues el cuenta esta historia sin tiempo para un buen aliño, vertiginosamente. La vieja leyenda de que el autor te agarra por el pescuezo hasta que terminas de leer, es valida ahora mismo para mí, que he terminado esta obra maestra de Saramago hoy por la mañana.
Se trata de un hipótesis, que en el terreno de la sociología, lanza el autor nacido el 16 de noviembre de 1922 en Portugal y muerto en España el 18 de junio de 2010. En una ciudad equis se presenta una especie de epidemia: sus sorprendidos habitantes súbitamente pierden la vista, hasta convertirse en legiones. Esto da pie para que Saramago pase revista a la tabla de valores y antivalores que adornan la especie humana. Así, ante nuestros ojos, surgen las imágenes escatológicas de ciegos buenos y ciegos terriblemente malvados que se degradan hasta convertirse en verdaderas bestias de monte.
Resolver el problema es una tarea propia de la administración pública, tal vez por eso mis generosos alumnos me regalaron este libro; a mi me ha gustado y por eso lo recomiendo a los lectores de librosmorrocotudos. Les garantizo que la intensa prosa de José Saramago los va a cautivar y los obligara a reflexionar en lo que hoy somos.
Matías Antonio Ocampo Echalaz

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Regreso de la URSS y Retoques a mi regreso de la URSS / André Gide

Enero es un mes de reflexión y planeación, así que por ahora, en este comienzo de 2014, dejemos a un lado las novelas y los poemarios, y pongámonos a leer un ensayo. A ese efecto propongo la lectura de “Regreso de la URSS” y “Retoques a mi regreso de la URSS”, ensayos del eminente literato francés André Gide. Al primero de los libros mencionados, escrito en noviembre de 1936, le podríamos llamar también: “La decepción”. Tocante al segundo, “La réplica” (junio de 1937).
Ciertamente, Gide -comunista de corazón y admirador de la revolución rusa- viaja a la Unión Soviética para constatar los grandes avances sociales y culturales que en tan poco tiempo ha alcanzado esa entrañable nación; empero, lo que sus poéticos ojos ahí encuentran es a un terrible y sanguinario dictador y las mismas injusticias -a su juicio- del viejo zarismo en muchos campos de la sociedad roja. Naturalmente, este premio Nobel de literatura, de regreso a París, su ciudad natal en donde nació el 22 de noviembre de 1869, plasma en un punzante ensayo su cruel desilusión. Luego, picado por sus ex compañeros de lucha intelectual,como el insigne Romaín Rolland, autor del famoso “Juan Cristobal” y también premio Nobel, se da el gusto de replicar las críticas de una manera más virulenta y refinada, con pluma irónica y elegante,con la clase inconfundible de uno de los escritores de más vigoroso estilo del siglo XX. Quienes tenemos en nuestra biblioteca personal su “Diario”, en efecto, conocemos sus alcances literarios.
Uno de los debates que suscitan los ensayos en comento, nace como consecuencia de las relaciones que existen entre el Estado y los artistas. En el caso de la URSS, estás relaciones no pasan la prueba del ácido,si nos atenemos al estético razonamiento de Gide.
En fin: ¿por qué recomendar la lectura de textos que ya han pasado a la historia, sobre todo dado que el pueblo ruso, a partir de Gorbachov, cambió el rumbo de su destino? Gide murió en la ciudad que lo vio nacer el 19 de febrero de 1951. pero yo me pregunto: ¿qué pensaría él del actual y vigente neoliberalismo?

Matías Antonio Ocampo Echalaz

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La vuelta al mundo en 80 días / Julio Verne

Por experiencia propia asocio el nombre de Charles Dickens con el de Julio Verne y es que una navidad memorable para quien estas líneas escribe, mi tío Camborio tuvo a bien obsequiarme un libro del futurista autor francés, quien nació el 8 de febrero de 1828 en Ile Feydeau, Nantes y murió el 24 de marzo. Desde entonces todas las navidades vuelvo a leer una obra de Verne. Algo así como volver a mi infancia y primera juventud. En esta ocasión he terminado de saborear la popular novela La Vuelta al Mundo en 80 días, obra que en primera instancia batió récord de ventas: cien mil ejemplares y que al mismo tiempo hizo inmensamente rico a su autor.
La Vuelta al Mundo en 80 días es una novela pródiga en aventuras y en valores, de tal suerte que es apropiada para jóvenes que pretende conducirse con honorabilidad en la vida. El valor más destacado, más a la vista es la puntualidad, la puntualidad inglesa. Desde luego, también sobresalen a lo largo de sus notables páginas: el honor, la honestidad, la nobleza, la generosidad, la valentía y la lealtad de sus principales personajes, empezando por el caballero Phileas Fogg, su criado Picaporte, su amada Auda y su perseguidor, el inspector de policía Fix.
Es tan variada la forma en que Phileas Fogg se mete en líos durante su periplo, que su obra ya ha sido subida a los tablados del teatro y llevada al cine, cosechando lauros y siendo fuente para muchas películas de aventuras realistas, postrealistas y futuristas. Verne, quien originalmente se graduó de abogado y ejerció como corredor de bolsa, apostó a ser escritor y le dio al clavo, convirtiéndose en millonario no por la Bolsa de Valores, sino a través de la literatura, cosa inverosímil. Otras obras famosas de Verne son: 5 semanas en globo, De la Tierra a la Luna, Los hijos del Capitán Grant, Viaje al centro de la Tierra y Miguel Strogoff. Tome el lector uno de estos libros, ábralo y diviértase sanamente con él en esta navidad.

Libros gratis de Julio Verne

Matías Antonio Ocampo Echalaz

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Los años de peregrinación del chico sin color / Harumi Murakami

Con una prosa atractiva, frecuentes referencias a la música y al color, una estructura bella, reivindicando el valor del sueño, en el que la realidad es a menudo más real aún, si cabe, fatalista (todo está escrito), defensor del sinsentido de la vida, aunque al final parece que se abre a la esperanza, o, al menos, nos deja que nosotros nos abramos a ella. La esperanza siempre unida al amor. Cínica a veces, existencialista en casi en todos los momentos. Así es esta nueva novela de Murakami. Nunca dejamos de ser quienes fuimos y por eso la nostalgia de aquella primera cuadrilla de adolescentes en la que comulgábamos incluso en el silencio, o, mejor, en los silencios, porque no sabíamos cómo explicarnos, pero sabíamos que el otro nos entendía porque pasaba por lo mismo. Aunque, luego en determinados momentos, el silencio causara un dolor innecesario. En una nota bibliográfica al final de la novela se dice: “La ficción de Murakami es humorística y surreal, y al mismo tiempo refleja la soledad y el ansia de amor en un modo que conmueve a los lectores […] Dibuja un mundo de oscilaciones permanentes, entre lo real y lo onírico, entre el gozo y la obscuridad” Os dejo unas cuantas citas de la novela, porque yo no podría decirlo mejor: “Entonces tuvo la sensación de que aquella época que él suponía que se había quedado atrás se expandía a su alrededor, envolviéndolo. Aquel tiempo pretérito empezaba a mezclarse silenciosamente con el presente” “Tras la ausencia de Haida, Tsukuru comprendió lo mucho que su amigo significaba para él. Se dio cuenta de cuánto color había traído a su vida cotidiana. Recordó […]. Y fue descubriendo el vacío que Haida había dejado en muchos aspectos de su vida.” “Dentro de sí había algo que decepcionaba a los demás. “Tsukuro Tazaki, el chico sin color”, se dijo en voz alta. “Supongo que, simplemente, no tengo nada que ofrecer a nadie. Bien pensado, ni siquiera tengo nada que ofrecerme a mí mismo”” “También es posible que, a pesar de todo el tiempo que pasábamos juntos y de todo lo que nos contábamos, en realidad desconociéramos lo esencial de los demás”. “Francamente, el negocio crece a buen ritmo. Ya sé que la economía mundial atraviesa un mal momento y que el panorama es desalentador, pero los que tenían dinero siguen teniéndolo. Es curioso, ¿no te parece?” “De pronto, todas las cosas tenían un punto de irrealidad”. “Lo que ya de por sí estaba vacío se había vaciado aún más. ¿A quién podía quejarse? Todos se acercaban a él, comprobaban lo vacío que estaba e inmediatamente después se marchaban” “Pero ciertos sueños quizás sean más verídicos que la propia realidad” “Verás que, aunque creamos que tomamos decisiones equivocadas, o que adoptamos una actitud errónea, seguramente todo habría acabado como acabó. Habríamos llegado al mismo punto en que estamos”. “Esta vez quizás sí respire por última vez. Tsukuru Tazaki, el que no tiene color, palidecerá por completo y se retirará en silencio de este mundo. Posiblemente todo se convierta en nada y sólo quede un terrón de tierra duro y helado.” “Y le ofreceré todo lo que está a mi alcance, sea lo que sea. Para que no nos perdamos en lo más profundo del bosque y los enanos malvados no nos atrapen. “No todo desparece con el paso del tiempo”. Esas eran las palabras que tenía que haber pronunciado […]” Andrés López

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