De “Un yanqui en la corte del Rey Artus”, de Mark Twain


Pasaje muy edificante de cuando el yanqui visita la corte de la fatí­dica hada Morgana. Siempre he abominado de la pena de muerte, menos en casos excepcionales, como cuando se trata de malos músicos.

En una galerí­a habí­a una banda de cí­mbalos, cuernos, trompetas y otros instrumentos de suplicio, que amenizó el banquete con una serie de sonidos discordantes que parecí­an el lamento de un moribundo. Tratábase, según supe más tarde, de una pieza nueva, y tuvo que ser repetida varias veces. No sé por qué motivo, pero lo cierto es que, después de comer, la reina ordenó que fuese ahorcado el autor de aquella… melodí­a.

La pobre reina se hallaba tan asustada y humillada, que no se atreví­a a hacer ahorcar al compositor sin consultarme. Me daba mucha pena… En realidad, a cualquiera se la hubiese dado, porque estaba verdaderamente agobiada, sufriendo horrores. Me sentí­ dispuesto, pues, a hacer todas las concesiones razonables y a no llevar las cosas a sus últimas consecuencias. Reflexioné profundamente y acabé por ordenar que acudieran los músicos a nuestra presencia, a tocar y cantar aquel cuplé, sinfoní­a, pasodoble o lo que fuese… Lo hicieron inmediatamente. Vi que la reina tení­a razón y le di permiso para ahorcar a todos los de la banda.

Oz

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El alquimista impaciente (y otros) de Lorenzo Silva


-Yo le tengo mucho respeto a Bevilacqua, es una persona cabal, aunque a veces se va por los cerros de íšbeda y se le nota que es un poco filósofo, claro, por algo dejó psicologí­a para meterse en la Benemérita.
-¿Qué dices, Chamorro?
-Nada, mi sargento, que para ser picoleto eres un poco filósofo.
-Pues tú no eres precisamente la imagen tópica del guardiacivil.
-Ya. Serán las tetas.
-Bueno… tampoco hace falta que me mires así­.
-Le estaba explicando, aquí­ al paciente lector, tu vida y hazañas, así­ por encima.
-Pues no sé yo si soy tan filósofo.
-Venga, pues dilo tú mismo, joder, mi sargento.
-Pero no te enfades.
-No me enfado
-Nací­ en Uruguay, hace treinta y seis años y apenas conocí­ a mi padre. Vine a España de chico, con mi madre, y después de sufrir los desastres normales de la adolescencia gasté cinco años de mi vida en obtener una licenciatura en psicologí­a. Su comprobada inutilidad, unida a la angustia del paro, me indujo a ingresar en la Guardia Civil. De la década larga que llevo en el Cuerpo guardo el recuerdo más o menos ní­tido de un buen número de homicidios. Algunos tuvieron la complicación justa para poder resolverlos, que es por lo que me pagan; otros fueron demasiado simples o estaban demasiado embrollados y no fui capaz de sacar nada coherente de mis pesquisas. De todos ellos perdura en mí­, por encima de cualquier otro vestigio, una amarga conciencia de lo mucho que puede llegar a desear la gente avasallar a otra gente.  Esa es, de tanto experimentarla, la única certidumbre sobre la existencia que está a salvo de mi escepticismo. Sigue leyendo

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Cuerda de presos, de Tomás Salvador


Con su permiso. Mi nombre es Serapio Pedroso Buján, para servir a Dios, a la Benemérita y a usted. Sí­, soy un guardiacivil de los de hace… mucho tiempo, de cuando el señor Silvela era ministro de la Gobernacióny aquí­ me veo, embarcado por órdenes superiores en una conducción. Ah, que no sabe usted qué es eso de una conducción. Ya. Pues que un servidor, acompañado por otro guardia, uno joven y novato que se llama Silvestre Abuí­n Corvino, nos vamos a llevar a un preso desde Murias de Paredes, en tierras de León, hasta las Vascongadas, para que le den garrote. Andando, sí­ señor. El preso es Juan Dí­az de Garayo y Argandoña, por mal nombre “El Sacamantecas” y también “El Zurrumbón”. Lo llevamos atado de manos, y uno a cada lado, con los naranjeros cargados y con órdenes extrictas en caso de que se dé a la fuga.
Yo, sabe usted, sólo quiero acabar el servicio lo antes posible y sin problemas, por eso duermo con un ojo abierto, que para el nuevo es su primera conducción y tiene mucho que aprender aún. Y para el preso es la última y no tiene nada que perder, si no es antes de tiempo. Ya ve usted qué linda excursión serí­a si no tuviera que compartir uno camino con un asesino, que a saber lo que estará discurriendo para escabullí­rsenos o hacernos algún daño. Encima, claro, hay que evitar las carreteras principales, que esto no es un espectáculo público, así­ que aquí­ vamos, tragando polvo de varias provincias, durmiendo cada dí­a en un municipio, de cuartelillo en cuartelillo, de ayuntamiento en ayuntamiento, y recibiendo la etapa que nos dan de rancho, y alguna cosa que siempe cae porque las buenas gentes se apiadan del reo y sus conductores. …(sigue) Sigue leyendo

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Mujeres de ojos grandes, de Ángeles Mastretta


Habí­a una luna a medias la noche que desquició para siempre los ordenados sentimientos de la tí­a Inés Aguirre. Una luna intrigosa y ardiente que se reí­a de ella. Y era más negro el cielo que la rodeaba que adivinar por qué no pensó Inés en escaparse de aquel embrujo…

Mi madre llegó un buen dí­a, lo mismo que suele llegar otros tantos, con un libro y preguntándome si lo habí­a leí­do. Tenemos costumbre de intercambiar lecturas. “¿Tienes algo nuevo?”, “¿Has comprado algún libro”?, “¿Conoces éste?”,…
Ella traí­a consigo una edición que forma parte de una colección, Escritoras de Hoy, y de una tal Mª Ángeles Mastretta. Concretamente, Mujeres de ojos grandes.
Es curioso esto de asociar. Mi primera impresión fue que serí­a una novela sin más. Un novelón sobre matriarcados de la belle époqueo de heroí­nas principiosiglares. Lo cierto es que esta grata sorpresa que tuve conforme me iba adentrando en los pequeños y pequeñí­simos relatos, me obligaba irremediablemente a pasar páginas al igual que vas mirando con ansias las fotos recién reveladas una por una.
Gracias al descubrimiento de singularí­simas personalidades de las protagonistas mujeres y ciudadanas de Puebla – México – es posible extraer, no reivindicaciones evidentes feminiles, sino visiones variopintas de la situación mujeril en ese contexto, con un lirismo refinado y en donde el sentido del humor no es incompatible con el dramatismo de las historias de vida. Las chanzas y las anécdotas sobresalen con ingeniosa alevosí­a.
Tí­a Daniela, tí­a Eugenia, tí­a Pilar y Marta, tí­a Jose Rivadeneña, …
Mujeres de ciencia de ojos grandes.

Tautina

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La amistad vista por “El Principito” de Antoine de Saint-Exupèry

De El principito de Antoine de Saint-Exupéry, una cándida y acertada descripción de la amistad incondicional.

”No ”dijo el principito”. Busco amigos. ¿Qué significa «domesticar»?
”Es una cosa demasiado olvidada ”dijo el zorro”. Significa «crear lazos».
”¿Crear lazos?
”Sí ”dijo el zorro”. Para mí no eres todaví a más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…
”Empiezo a comprender ”dijo el principito”. Hay una flor… Creo que me ha domesticado…
”Es posible ”dijo el zorro”. ¡En la Tierra se ve toda clase de cosas…!
” ¡Oh! No es en la Tierra ”dijo el principito. El zorro pareció muy intrigado:
”¿En otro planeta?
”Sí .
”¿Hay cazadores en ese planeta?
”No.
” ¡Es interesante eso! ¿Y gallinas?
”No.
”No hay nada perfecto ”suspiró el zorro. Pero el zorro volvió a su idea:
”Mi vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo…
El zorro calló y miró largo tiempo al principito:
”¡Por favor… domestí came! ”dijo.
”Bien lo quisiera ”respondió el principito”, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.
”Sólo se conocen las cosas que se domestican ”dijo el zorro”. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!

Tautina

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Gracias, Jeeves (y otros) de P.G. Wodehouse


-Caramba, Jeeves, es un compromiso eso de describir uno de los libros que escribió el tal Wodehouse sobre usted.
-Lo lamento mucho señor, ese hecho es algo que excede mis competencias.
-No es como si tuviera que vender sus excelencias para colocarle en casa de algún otro caballero, se supone que he de describir sus méritos y su comportamiento, y aunque lleva usted varios años a mi servicio, y reconozco que ha conseguido evitarme algunos daños memorables; como cuando quise casarme con aquella Gladys que coleccionaba mastines, o cuando me empeñé en llevar un chaleco verde con cuadros morados a las carreras de Ascot, no todo serí­a poner guirnaldas a su paso, Jeeves.
-Sirvo al señor lo mejor que sé, señor.
-Ciertamente un valet de chambre como usted es el contrapunto ideal para un joven licencioso y dado a la molicie como yo en estos tiempos victorianos que corren y en este imperio británico. Ya ve, un socio del “Club de los Zánganos”, tan selectivo, ha de mantener una cierta imagen de disipación y vacuidad. No quiero que me confundan con uno de esos petimetres de la city. Hay que vivir la vida, Jeeves, es un consejo que le doy. ¿Tiene ya ese té y esos sandwiches de pepino, Jeeves?
-Sí­ señor, me he permitido añadir un trozo de tarta de la cocina de mistress Travers.
-Ah, excelente idea, Jeeves. ¿Está usted en buenos términos con el cocinero francés de mi tí­a Dahlia, o más bien le atrae a su cocina cierta criadita de la casa?
-Ciertamente una visita a Brinkley Court en mi tarde libre no carece de atractivo, señor, monsieur Anatole es un generoso anfitrión en el ala del servicio, y la presencia de la doncella a que se refiere el señor contribuye a estimularme a frecuentar aquella mansión.
-Sé a lo que se refiere, Jeeves, yo mismo me he visto en algún momento de mi vida interesado por una cara bonita. Vaya con cuidado, Jeeves, suelen ocultar pérfidamente los más ingeniosos mecanismos a fin de acabar con la vida bohemia, feliz y despreocupada de los más cándidos solteros. Desdichado el que sucumbe bajo sus garras enguantadas en fina seda.
-Agradezco mucho su advertencia, señor.
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