Archivo de la categoría: Ensayo

Ensayos / Montaigne

Se podría decir que este es el primer libro de ensayo de la historia. Corrían los tiempos del Renacimiento: el ser humano se estaba liberando de la religión y descubriéndose a sí mismo. Esta obra de Montaigne, uno de los hitos de la cultura mundial, representa el primer pensamiento libre de la humanidad después de tantos siglos de ocultismo. Pero lo mejor de todo es que se trata de un libro muy divertido, que se puede leer de cualquier manera (por el principio, por el final, por el medio, en la cama, en el tren, en la cocina, en el campo…) y con el cual aprendes cantidad de cosas mientras te ríes, te sorprendes y te emocionas. Recomiendo tener este libro siempre a mano. Yo lo utilizo cada vez que me quedo sin una lectura medianamente apasionante. Montaigne, que llegó a ser alcalde de Burdeos, tuvo el latín como primera lengua materna y el griego como segunda. Después le dejaron aprender francés. Sus Ensayos están literalmente plagados de citas grecolatinas (traducidas, eh), siempre muy originales y reveladoras.

Citemos algunas citas clásicas entreveradas de otras del mismo Montaigne:  El que puede decir cómo arde sólo vive una pequeña pasión (Petrarca, Sonetos. 137).  Jamás todas las gracias fueron a todos concedidas (La Boétie, Sonetos, XIV). He visto cómo relatos muy amenos volvíanse tediosos en boca de un señor, al haber bebido mil veces en ellos todo el auditorio (Montaigne). Si así como la verdad, sólo tuviese la mentira una cara, mejor nos iría. Pues consideraríamos cierto lo opuesto a lo que el mentiroso dijera. Más el reverso de la verdad tiene cien mil caras y un campo infinito (Montaigne). De nada sirve conocer el futuro. Pues en efecto es inútil atormentarse en vano (Cicerón, De la naturaleza de los Dioses, III, 6). Si de improviso estalla en mis oídos el ruido de un arcabuzazo en un lugar en el que no lo espero, no puedo dejar de pegar un respingo, cosa que he observado en otros que valen más que yo (Montaigne). Su alma permanece inmutable, sus lágrimas corren en vano (Virgilio, Eneida, IV, 449). Un condenado a muerte, habiendo pedido algo de beber, al haber bebido el verdugo primero, dijo que no quería beber después de él por miedo a coger las viruelas (Montaigne). ¿Por qué entre tantas razones para convencer de distintas maneras al hombre para que desprecie la muerte y soporte el dolor, no hallamos alguna que nos vaya bien? (Montaigne). Por mucho que digan, incluso en la virtud, el fin último de nuestra intención es la voluptuosidad. Me place golpear sus oídos con esta palabra que tanto les repele (Montaigne). Preferiría pasar por loco o por tonto con tal de que mis errores me complazcan o me pasen desapercibidos, antes de ser sabio y rabiar (Horacio, Epístolas, II. II. 126). La ardorosa juventud se acalora tanto mientras duerme, encerrada en su caparazón, que sacia en sueños sus amorosos deseos:A menudo, como si hubieran consumado el acto, derraman su savia, manchando sus vestidos (Lucrecio, IV. 1.035). Es verosímil que la fe principal en los milagros, las visiones, los encantamientos y semejantes hechos extraordinarios, venga del poder de la imaginación que actúa fundamentalmente contra las almas del vulgo, por ser más blandas (Montaigne). Decía la nuera de Pitágoras, que la mujer que se acuesta con hombre, ha de dejar la vergüenza al tiempo que la saya y recuperarla al ponerse el refajo (Montaigne). Y aun cuando para revalorizar el poder absoluto de nuestra voluntad, alegase San Agustín haber visto a alguien que ordenaba a su trasero tantos pedos como quería y aun cuando su glosador Vívez fuese más lejos con otro ejemplo de su época de pedos organizadossegún el tono de los versos que se les pronunciaba, ello no supone tampoco la pura obediencia de este miembro; pues, ¿acaso existe otro por lo común más indiscreto y escandaloso? (Montaigne). Mi collar de flores sírvele a mi nariz, mas después de habérmelo puesto tres días seguidos, sólo sirve ya a las narices de los asistentes (Montaigne). ¡Cuán difícil es conocer los íntimos pensamientos de aquéllos que nos asisten! (Montaigne).

Este clasiquísimo Michel de Montaigne es un tipo que se presenta tal y como es, que reflexiona acerca de todo y acerca de sí mismo con una sinceridad encantadora, que se te hace muy cercano, sorprendentemente contemporáneo, muy majete. Mira lo que dice en la introducción (cito justo el principio, muy conocido, y el final):

Es éste un libro de buena fe, lector (…) yo mismo soy la materia de mi libro: no hay razón para que ocupes tu ocio en tema tan frívolo y vano. Adiós pues; de Montaigne, a uno de marzo de mil quinientos ochenta.

CATEDRA. Letras universales. Edición de Bolsillo. Dos tomos Precio aprox. por tomo: 11 euros ISBN 9788437605395 

Alberto Arzua

Mal de escuela

Este es un ensayo acerca de los alumnos de escuela más atrasados, los tontos tontísimos, los que nunca entienden nada. En francés se llaman “cancres”, expresión que dicen que no tiene traducción al español. Vaya. Yo creo que “zote” quedaría bien.

Resulta que el escritor de este libro fue él mismo en su infancia y juventud un zote tremendísimo. Después se curó del zotismo y se hizo profesor y escritor de éxito
(vende cientos de miles de ejemplares en la dulce Francia). Parece ser que su madre todavía no se cree el cambio y cada vez que le comentan algún éxito de su hijo, suspira, ay, ay, ay, como si temiera que se fuera a descubrir todo el pastel. Zote una vez, zote para siempre.

Contra este determinismo negativista lucha Pennac a lo largo de su libro. Es un hombre muy pero que muy convencido de los beneficios de la enseñanza; se trata de un profesor profundamente vocacional que nos explica toda la cuestión de los zotes, los padres, los profesores… de una manera muy amena a la par que profunda y educativa (no lo puede evitar).

Las madres le llaman, preguntándole, desesperadas:

– ¿Pero, en qué se va a convertir mi hijo?

Entonces, intento contarles algo divertido:

– ¿Conoce usted la única manera de hacer reír a Dios?

Dudan al otro lado del teléfono.

– Cuéntele usted sus proyectos

(…)

Un padre muy estirado afirma, categórico:

– A mi hijo le falta madurez

Se trata de un hombre joven, bien vestido, muy rígido. Pennac pregunta la edad del niño.

– Once

Le respondo:

– Tengo la solución

Ah, bien. Mirada de profesional a profesional. ¿Y?

– Espere

No le gusta. Se va. Al día siguiente se cruza con él por la calle. El señor estirado, el padre del niño inmaduro va en patinete.

Y acabo con una cita larga pero muy interesante de un tal Ali, antiguo zote, actualmente profesor especializado en fracaso escolar:

Cojo a los jefecillos de quince o dieciséis años, los aíslo provisionalmente del grupo, porque siempre es el grupo quien los mata, quien los impide constituirse, les pongo una cámara en la mano y les digo que hagan una entrevista a uno de sus colegas. Hacen la entrevista solos en un rincón, lejos de otras miradas, vuelven y vemos la película todos juntos, con el grupo. Nunca falla: el entrevistado hace el tonto como siempre delante del objetivo, y el que le filma le sigue el juego. Hacen gestos, exageran el acento, repiten sus palabrejas de tres al cuarto lo más fuerte posible, igual que yo cuando tenía su edad, como si se dirigieran al grupo, como si el único espectador posible fuera el grupo, y durante la proyección sus colegas se ríen muchísimo. Vuelvo a echar la película dos, tres, cuatro veces. Las risas se espacian, son menos seguras. El entrevistador y el entrevistado sienten que está pasando algo raro, que no llegan a identificar. A la quinta o sexta proyección se observa una verdadera incomodidad entre ellos y el público. A la séptima u octava vez (te lo aseguro, a veces he tenido que proyectar nueve veces la misma peli) ya lo han comprendido todos, sin explicarles nada, que lo que sube a la superficie de lo que se ve es lo ridículo, lo falso, su comedia habitual, sus mímicas de grupo, todas sus habituales escapatorias y que todo eso no tiene ningún interés, cero, ningún atisbo de realidad. Cuando han llegado a ese estado de lucidez paro las proyecciones y les hago repetir la entrevista, sin ninguna explicación adicional.. Esta vez se obtiene algo más serio, relacionado con la vida real (…) poco a poco va apareciendo la adolescencia en los adolescentes, dejan de ser jóvenes que se divierten asustando (…) su adolescencia atraviesa su apariencia, se impone, su ropa, sus gorras se convierten en accesorios, sus gestos se atenúan, instintivamente el que está filmando acerca la cámara, ahora es la cara lo importante…
Este es un libro escrito desde el amor a la educación, desde la creencia de que prácticamente todas las personas pueden llegar a cultivarse y a crecer como tales personas. Muy interesante para quien se sienta atraído por el mundo de la educación.

Por cierto, en el último capítulo habla del amor. Leído por alguien con más de 20 años de experiencia en la enseñanza y escrito por alguien que… también ha pasado lo suyo… pues… emociona. Snif. Habla del amor mediante una metáfora preciosa que no pienso desvelar.

 

 

Mal de escuela, de Daniel Pennac
Editorial: Mondadori

256 páginas; 20,90 euros
ISBN: 9788439721291

Daniel Pennac (Casablanca, 1944) es conocido sobre todo por una serie de novelas negras y gamberras que giran en torno a la Familia Malaussène. Son invariablemente divertidas y sorprendentes, muy recomendables.

 

 

Alberto Arzua