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En busca del tiempo perdido / Marcel Proust

En Busca del Tiempo Perdido, una lectura para quienes tienen tiempo.
La buena lectura, como los buenos vinos, merece tiempo para disfrutarse lentamente y a plenitud. Es el caso de En Busca del Tiempo Perdido, título general de la obra de Marcel Proust, quien deleita al lector a través de una serie de novelas que se inicia con “Por el Camino de Swann” y culmina con “El Tiempo Recobrado”. Quienes dominan la lengua de Víctor Hugo naturalmente gozarán con la artística prosa de Proust, como los extranjeros que saben castellano disfrutan más de Don Quijote de la Mancha. Por fortuna no es el mismo caso de otro gigante de la literatura universal: James Joyce, al que de plano, a nuestro juicio, es preciso leer en la lengua de Shakespeare. Pedro Salinas y Consuelo Berges, por decirlo así, son los primeros que realizaron una traducción masiva para el consumo del gran público, no obstante, a fines del siglo pasado y en lo que va de la presente centuria, se han multiplicado las traducciones de la obra que se comenta, basadas en los últimos textos publicados en francés.
Lo cierto es que la sinuosa prosa proustiana puede hacer que muchos lectores descarrilen a las primeras páginas y que los enfermos de insomnio recuperen su salud onírica. Así es que se recomienda paciencia para engancharse en esta enorme pieza literaria que es una mezcla de arte y psicología que al termino del largo viaje nos hace amar a Marcel Proust. No olvidamos que en la nueva era de la informática, el malhadado neoliberalismo, la competencia feroz por los puestos de trabajo, las personas, si tienen que invertir algo de su tiempo, lo hacen leyendo obras informativas, pues la diversión y el placer está en otro lado.
También es oportuno advertir a quienes se disponen abrir las páginas de esta obra maestra que lo mejor es darse una zambullida en el libro sin leer prólogos, críticas y ensayos acerca del portentoso narrador parisino, motivo hoy, a muchos años de su desaparición física, de la presente reflexión, ya que cuando alguien empieza a amar a otro, a pesar de que no cree lo que dicen del amado, se preocupa por saber todo acerca del objeto de su pasión. Por tanto primero leamos “En busca del tiempo perdido” y luego vayamos en busca de todo lo que se ha dicho y escrito en torno al autor y la obra -excepción hecha de estos renglones que no pasan de ser una mera recomendación-
Finalmente, lo que no se debe hacer es tratar de leer a Proust como beber un vaso de agua, por el contrario, hay que disfrutarlo como un coñac o el mejor brandy español a nuestro alcance.
Matías Antonio Ocampo Echalaz

Retrato de un hombre inmaduro / Luis Landero

¡Qué difícil resulta ponerse a escribir sobre algunas novelas! La gran tentación es decirle a cualquiera (adulto, con cierta sensibilidad, y un poco de cachondeo vital): “¡léela!”. Y se acabó.
Pero ese alguien tiene derecho a preguntar por qué. Así que o me callo o intento explicarme.
Mientras la he ido leyendo, en muchos momentos me parecía inmerso en un breve y ligero ensayo, o, quizás más bien, en un cúmulo de reflexiones sueltas, sobre muchos y diversos temas entrelazados (la vida y la muerte, su sentido o sinsentido, la identidad personal, el poder, el valor y uso de las palabras…).
Y todo ello con la ayuda de algunos personajes impagables: Tur, el viajante, su “tía” Cati, Sampedro, Gisbert, Chicoserio, don Obvio, don Mero, don Meramente o don Impepinable (que no son cuatro, sino el mismo)…:
Más abajo os ofrezco unas cuantas perlas, para que no perdáis ahora el hilo de discurso
La acción (que no la hay) está a veces acompañada de una cierta descripción de la realidad social, “dejada caer como quien no quiere”; y trufada de relatos cortos llenos de humos y sensibilidad. Alguno de ellos resulta delicioso, como el de sus primeros escarceos eróticos, o aquel en el que Chicoserio da sus razones para ser rico: “Así que cuando salió la conversación de lo que cada cual haría si fuese millonario, él (Chicoserio ) dijo: «Si yo fuera millonario, pero millonario de los grandes, de los de miles de millones, me dedicaría a joder al prójimo. ¿Que cómo? Pues muy fácil. Por ejemplo, 

compraría una mañana todos los churros del Maracaná y alrededores para que la gente se quedara sin churros. Compraría un fin de semana todos los condones de las farmacias del barrio y adyacentes para que la gente no pudiera follar, el pan de todas las panaderías, los periódicos y revistas de todos los quioscos, las entradas del fútbol y los toros, dejaría sin vino a los borrachos y sin putas a los puteros». «Pero, hombre…», intentamos decirle. Y él: «¡Nada, nada, que se jodan como me jodo yo!».”

Pero, lo que tenía entre mis manos no era un ensayo, sino una novela hecha y derecha. Sorprendente en sus contenidos y en su estructura: alguien, de quien vamos conociendo trocitos de vida, cuenta lo que recuerda de ella, en p rimera persona y dirigiéndose a un tú imaginario, que el lector puede creer ser él mismo, pero que no lo es y sólo al final mostrará su presencia. Todo ello en un tiempo impreciso del que antes del final sólo logramos averiguar que se trata de esos momentos en los que el protagonista sospecha muy cercana su muerte.
Es algo así como su testamento. Un testamento en el que llega a impresionar lo poco (¿con qué instrumento de medida lo valoramos?) que queda de una vida después de haberla vivido.
Habrá los que opinan que queda más o que queda menos, los que piensen que la vida trasciende en sí misma y los que proclamen que no es más que el río que da en la muerte. Habrá quien considere, desde este lado aún, que su vida es o ha sido mucho más rica y quien se de con un canto en los dientes si puede aproximarse a lo que al protagonista le queda de sus años vividos.
Pero siempre es interesante que nos coloquen ante preguntas semejantes. Y esta novela puede hacerlo y, además, de manera amena, sin ponerse seria, adusta o trascendente, sin colocarnos ante ningún abismo existencial. Con el humor implícito en esa expresión del protagonista: “Y mirando el jardín de pronto odié a Dios por no existir”.

 

Y ahora os dejo con algunas perlas:
“Luego me enteré de que don Obvio murió esa misma noche. ¿Y sabe cuáles fueron sus últimas palabras? Habló del calentamiento global, del efecto invernadero, de la capa de ozono, del futuro incierto del planeta. Y concluyó diciendo: «Por lógica, algún día nuestros descendientes no tendrán flores para llevarnos a la tumba». Y se murió. Aquélla fue su última obviedad.”
“No entiendo ese afán de conocerse uno a sí mismo y andar hurgando y como hozando en las entrañas inmundas de la identidad, a veces incluso con ayuda de profesionales. ¿Qué espera uno encontrar en ese estercolero? ¿Se imagina un epitafio que diga «Aquí yace uno que logró conocerse a sí mismo»? No, a mí lo que me parece interesante es el mundo, el asistir gratis al espectáculo de los demás. Bastante tiene uno con llevarse a sí mismo encima todos los días del año y las horas del día. ¿No cree? Bah, a la mierda el yo y sus circunstancias.”
“¿Sabe lo que me hubiera gustado ser a mí? No periodista ni comerciante, ni hombre casado ni soltero. No, a mí lo que 

me hubiera gustado es ser pastor. Un pastor que lee, que va al teatro y al cine, que juega al ajedrez, que hace tertulia en el Maracaná, o que no hace nada, que va y viene como caminando sobre las aguas, que habla con unos y con otros, que viaja de vez en cuando (pastor viajero, pues), que se queda en casa los días de lluvia y frío, y sobre todo que no tiene responsabilidades con sus ovejas. Es decir, que me gustaría ser pastor sin ovejas. Pastor sin nada que guardar. O, en su defecto, jubilado joven, o sheriff sin cuatreros, o enfermo sin dolencias o pobre sin miserias, casi sin necesidad. Encontrar la dulzura de la esperanza en una madurez sin ambiciones. Ganas de comer miel sobre pan blanco y beber del agua clara del arroyo.”

“Ya he vuelto a perder el hilo de la historia. Bueno, si es que esto es una historia, porque al fin y al cabo mi vida es el cuento de los que nada tienen que contar. Y es que a mí me han ocurrido muchas cosas, sí, pero ninguna de importancia, y por eso sólo puedo contar episodios nimios y dispersos. ¿Le he dicho ya que mi vida, como tantas otras, carece de argumento? Yo no veo que haya habido en ella una evolución, un decurso, y aún menos un planteamiento, un nudo, un desenlace, sino que todo han sido piezas sueltas, perlas sin hilo, naipes sin casar, agua que no hace cauce. Un salpicón de nombres, de rostros, de sucesos aislados. Pero detrás de todo ese vivir desarreglado supongo que estoy yo, y que esos sucesos me contienen y me definen. ¡Ah, ya me acuerdo de qué estaba hablando! De lo sombríos que son los pensamientos por la noche.”.

Andrés López

El gatopardo / Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Escrita entre 1954 y 1957 Año de publicación: 1958 (póstumamente) Novela histórica con un humor fino y mordaz, una buena dosis de ironía crítica, de sabiduría política y de conocimiento del amor-relaciones hombre-mujer (vistas desde el hombre). Se vuelve un pelín espesa en algunos momentos, precisamente por la riqueza de su descripción.

Me ha dejado estas breves lindezas:
En la presentación de la que habrá de ser “princesa”, no siendo más que la hija de un adinerado campesino: “Por lo demás, es guapa, y una vez haya aprendido a lavarse… “Para que todo quede tal cual.” Tal cual, en el fondo: tan sólo una imperceptible sustitución de castas.”
Hablando de la aristocracia con un jesuita: “Vivimos en una realidad móvil a la que tratamos de adaptarnos como la algas se doblegan bajo el impulso del mar. A la santa Iglesia le ha sido explícitamente prometida la inmortalidad; a nosotros, como clase social, no. Para nosotros un paliativo que promete durar cien años equivale a la eternidad”.
“El amor. Evidentemente, el amor. Fuego y llamas durante un año, cenizas durante treinta.”
“… la voluntad de gritar “siempre lo dije”, al ser la más fuerte que puede gozar una criatura humana, había trastornado todas las verdades y sentimientos”

“Los sicilianos no querrán nunca mejorar por la sencilla razón de que se creen perfectos” ¿Podríamos cambiar sicilianos por otro topónimo más cercano? (Quede claro que yo soy de Sestao, no de Bilbao)
Sobre la matanza innecesaria de animales: “Mientras los piadosos pulgares acariciaban el mísero hocico (de la presa), el animal tuvo un postrer estremecimiento y murió. Pero don Fabrizio y dos Ciccio habían tenido su pasatiempo. El primero había experimentado además del placer de matar el goce tranquilizador de compadecer.”
“Cada vez que uno se encuentra con un pariente, tropieza con una espina.”
“Comprendíase en seguida que Vicenzino era “hombre de honor”, uno de esos imbéciles violentos capaz de cualquier barbaridad”

Sobre la obra:
La novela narra las vivencias de Don Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina, y su familia, entre 1860 y 1910, en Sicilia. Este noble es el último representante de una aristocracia siciliana de larga tradición que asiste de forma entre estoica e irónica a las postrimerías del mundo al cual pertenece, marcadas por el ascenso de nuevos ricos de origen plebeyo al tiempo que por la unificación de Italia bajo el reinado de Víctor Manuel II. La obra consigue transmitir de forma incomparable, gracias a su peculiar ‘tempo’ narrativo, la esencia no sólo de una época de finitud y de cambio, sino también del singular carácter de Sicilia: de su insularidad, su paisaje, su luz y su aire, que consigue expresar hasta unos límites que los hacen casi palpables.

Sobre el autor:
Novelista italiano nacido en 1896. Rico príncipe siciliano, tras una juventud inquieta, durante los años de su madurez se dedicó al estudio y a las composiciones literarias. Sin embargo, su reconocimiento llegó tras su muerte y se debe, básicamente, a su obra El gatopardo (1958), en cuya escritura empleó tres años. La novela está inspirada en su bisabuelo y se enmarca en la época del desembarco de Garibaldi en Marsala. La versión cinematográfica que realizó Luchino Visconti (1963) contribuyó a aumentar la fama de la obra. Asimismo escribió otros libros como Relatos (1961) y El profesor y la sirena y otros relatos (1961). Falleció en 1957.

El gatopardismo o lo lampedusiano es, en ciencias políticas, el “cambiar algo para que nada cambie”,

Andrés López

Años lentos / Fernando Aramburu

Fernando Aramburu nació en San Sebastián en 1959. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Zaragoza y desde 1985 reside en Alemania. Fue miembro del Grupo CLOC de Arte y Desarte. Considerado ya como uno de los narradores más destacados de su generación, es autor de tres libros de relatos: No ser no duele (1997), Los peces de la amargura (2006) y El vigilante del fiordo (2011), y de cinco novelas: Fuegos con limón (1996), Los ojos vacíos (2000), El trompetista del Utopía (2003), Bami sin sombra (2005) y Viaje con Clara por Alemania (2010), títulos que han sido distinguidos con el Premio Ramón Gómez de la Serna 1997, el Premio Euskadi 2001, el XI Premio Mario Vargas Llosa NH, el Dulce Chacón y el Premio Real Academia Española en 2008. Ha escrito también libros para niños, como Vida de un piojo llamado Matías (2004). Con Años lentos mereció el VII Premio Tusquets Editores de Novela.

SINOPSIS

A finales de la década de los sesenta, el protagonista, un niño de ocho años, se va a San Sebastián a vivir con sus tíos. Allí es testigo de cómo transcurren los días en la familia y el barrio: su tío Vicente, de carácter débil, reparte su vida entre la fábrica y la taberna, y es su tía Maripuy, mujer de fuerte personalidad pero sometida a las convenciones sociales y religiosas de la época, quien en realidad gobierna la familia; su prima Mari Nieves vive obsesionada por los chicos, y el hosco y taciturno primo Julen es adoctrinado por el cura de la parroquia para acabar enrolado en una incipiente ETA. El destino de todos ellos –que es el de tantos personajes secundarios de la Historia, arrinconados entre la necesidad y la ignorancia– sufrirá, años después, un quiebro. Alternando las memorias del protagonista con los apuntes del escritor, Años lentos ofrece además una brillante reflexión sobre cómo la vida se destila en una novela, cómo se trasvasa el recuerdo sentimental en memoria colectiva, mientras su escritura diáfana deja ver un fondo turbio de culpa en la historia reciente del País Vasco.

 

Transcribo una entrevista que LUIS PRADOS realizó en Guadalajara  (México) a Fernando Aramburu y que apareció en el  Suplemento “Cultura” en el país el 30  de noviembre del 2011.

Sirva de introducción a una novela bien escrita que se lee con suma facilidad, original, y que, sin duda, habrá levantado ya muchas disputas y seguirá levantándolas porque toma partido claramente.

La entrevista es la siguiente:

Fernando Aramburu gana el premio Tusquets de novela 2011 con una obra que analiza el peaje que la sociedad de Euskadi ha pagado por su relación con ETA

El escritor Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) ganó el martes la séptima edición del Premio Tusquets por su novela Años lentos, en la que, a través de las experiencias de un niño, recrea el nacimiento del grupo terrorista ETA. El fallo del premio, dotado con 20.000 euros, se hizo público en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México).

El jurado del premio, formado por Juan Marsé, Almudena Grandes, Juan Gabriel Vásquez, Rafael Reig (ganador en 2010) y Beatriz de Moura, valoró “la narración dickensiana de una infancia en los años 60 en el País Vasco”, y el que Aramburu ofrezca una brillante reflexión en la que el recuerdo personal y la memoria colectiva se unen en un turbio trasfondo de complicidades con la violencia etarra. Años lentos se editará simultáneamente en México, Argentina y España en febrero de 2012. El escritor, que reside en Alemania desde 1985, anticipa que la novela podría ser la primera pieza de una serie sobre el País Vasco.

En conversación con EL PAÍS, Aramburu no tiene pelos en la lengua en señalar esas complicidades, empezando por la Iglesia católica, y en criticar el silencio de tantos escritores vascos sobre la violencia de ETA: “Están subvencionados, no son libres”,

Pregunta. Nació en 1959 el mismo año que ETA. En Años lentos habla del papel de los curas de barrio en el origen de todo aquello.

Respuesta. Desde pequeño me he confrontado con el fenómeno de ETA. Los curas de barrio de los que hablo, trasunto de otros que he conocido, aprovechaban su poder sobre las conciencias de los vecinos para introducir ciertas semillas políticas que germinaban en determinados chavales. Había una selección previa. Yo, por ejemplo, no cumplía los requisitos. Empecé a aprender a tocar el txistu pero el cura me retiró del grupo de forma sibilina sugiriendo a mis padres que aprendiese a tocar el tamboril, lo cual era un descenso de categoría. Los que sabían euskera podían aprender a tocar la guitarra.

P. ¿La Iglesia es responsable de lo que vino después?

R. La responsabilidad de la Iglesia es grande. Hay una tarea de esclarecimiento y de explicación por hacer. La Iglesia tiene una pregunta pendiente que aún no ha respondido, la de su implicación en la ideologización de unos jóvenes que acabarían empuñando las armas.

P. ¿Cómo eran los sicarios, como se dice aquí en México, de ETA?

R. Había dos tipos diferenciados. El primero es el independentista de casa, al que su familia alienta el odio hacia lo español desde pequeño y está imbuido de la idea de que el pueblo vasco es una víctima. Pero hay otro tipo de sicario que es el inmigrante o hijo de inmigrante que trata de integrarse mediante la militancia. Hay muchos de estos: basta con ver la nómina de ETA.

P. La novela transcurre en la San Sebastián de los años 60. ¿Cómo era la ciudad entonces?

R. En aquellos años quienes vivíamos en San Sebastián teníamos la ventaja de que en media hora estabas al otro lado de la frontera y podías comprar libros, prensa o música prohibida en España. Era una ciudad con orgullo cosmopolita que mantuvo el festival de cine, inauguró el de jazz… Tenía el deseo de ocupar un lugar en el planeta. Luego esto se perdió, sobre todo en la década 1977-1987, y el nacionalismo tuvo una responsabilidad en esa pérdida.

P. Al recibir el premio ha dicho que los escritores vascos nos son libres. ¿Por qué?

R. No lo son porque están subvencionados, forman parte de la campaña de promoción del idioma. En el País vasco se mantiene la ficción de que existen lectores en euskera y por tanto es necesario el apoyo oficial. La subvención tiene un doble peligro: te permite ser escritor pero sabes que si te sales del camino te pierdes parte del pastel. A Bernardo Atxaga le tengo un gran afecto, es una excelente persona, pero ha tocado el tema de ETA de manera metafórica, sin nombrar lo evidente: el sufrimiento y la sangre. No es un hombre libre y trata de complacer a unos y a otros.

P. Años lentos coincide con el final de lucha armada anunciado por ETA.

R. ETA es una organización creada para ejercer la violencia. Esa violencia perdura aunque no actúe. Ahora se nos pide que tengamos confianza en personas que han matado a 800 seres humanos, y yo me niego. ETA no se disuelve porque es su única carta para presionar por la liberación de los reclusos. Disolución a cambio de presos es la clave del final.

P. ¿Cree necesario una especie de proceso de desnazificación en el País Vasco?

R. Sería útil, pero difícil porque primero hay que derrotar a ETA y eso aún no ha ocurrido. Ahora parece que la izquierda abertxale quiere participar en el juego democrático, lo que es un paso en esa desnazificación.

Liquidación final / Petros Márkaris

Dios mío! Lean, lean, vds.
Liquidación final no es novela para sujetos impresionables, débiles de carácter o pusilánimes.
Pero, los indignados, hastiados, cabreados, sufridores de esta y otras crisis, vapuleados, etc. tienen aquí la novela que se merecen.
La cosa empieza tal que así:
Le avisan a Jaritos de que han encontrado a cuatro mujeres de avanzada edad (entre 63 y 70 años, luego no tan avanzada) muertas.
En el primer contacto ocular, aparece una nota que dice algo así como esto: nos han rebajado la pensión; cuando hemos ido al médico, estaba de huelga (porque a él también le afectaban los recortes); hemos tenido que ir al privado, nos ha hecho una receta y, cuando la hemos presentado en la farmacia, el farmacéutico nos ha dicho que ya no fiaban más dinero a la seguridad social, que no les paga y que si queríamos la medicina teníamos que pagarla.
Hemos decidido dejar de ser una carga para la sociedad, para la seguridad social y para todos, así que ahora mismo nos suicidamos.
Impresionante, ¿verdad?.
Pues éste es el comienzo de la última novela de Petros Márkaris, la segunda de una trilogía que va a dedicar a la crisis helena.
Jaritos (el comisario) se multiplica esta vez por tres (el mismo se llega a preguntar dónde termina el policía y dónde empieza el “ciudadano que se siente siempre estafado”. No puede menos que enfrentarse con su triple condición de policía, de ciudadano y de padre.
Es testigo sufriente de lo que está ocurriendo en su país, en el nuestro, en Europa, en el mundo; de esa realidad monstruosa que llamamos crisis, con tentáculos económicos, políticos, sociales y hasta morales (sobre todo, morales).
Sufre en su propio trabajo los recortes económicos que la crisis –dicen- obliga a imponer. Y, como padre que es, debe pasar el tormento de ver cómo su hija decide emigrar. Como en otros tiempos, como siempre lo han hecho los griegos, aunque ahora el tipo de emigrante ha variado: se trata de una mujer, con estudios universitarios, que debe partir a África. Pero, el dolor es el mismo.
En ese clima se va tejiendo la intriga policíaca con un final (como siempre) injusto porque no debió existir el principio. Porque el principio nunca está en el primero de los asesinatos.
Podrís seguir comentando la novela y podría traer aquí muchas más “perlas” que las que aparecerán a continuación. Pero no quiero dar pistas sobre la historia.
“- Papá, sé muy bien cuántos sacrificios te costaron mis estudios. Sé que contabas hasta los céntimos para que yo pudiera terminar mi doctorado. No soporto que vosotros (los padres) y Fanis (su marido) sigáis manteniéndome. Ya no soporto acostarme cada noche y levantarme cada mañana sintiéndome culpable. Tú me lo has dado todo, pero este oaís no me ofrece nada.”
“Si fuéramos por ahí cargándonos a los que defraudan al fisco, la población de Grecia quedaría reducida a los empleados públicos, a los asalariados privados, a los desempleados y a las amas de casa”.
“Somos Marina y Yannis. Marina hizo el doctorado en psicología y yo tengo un máster en historia. Hace cinco años que estamos juntos. Queremos casarnos, pero ninguno de los dos tiene trabajo. Marina trabajaba como colaboradora externa en una fundación hasta que la despidieron. Yo nunca pude encontrar un empleo. Nuestros padres ya no pueden ayudarnos. Mi padre tuvo que cerrar la zapatería[…] y el padre de Marina perdió su empleo cuando la empresa quebró. No encontramos trabajo, no podemos vivir juntos y nuestros padres no pueden mantenernos. Sólo nos queda[…] ¿Qué es lo único que les queda? Ese será el camino que sigan.
“Si a vosotros (los policías) os han recortado los sueldos y os han quitado los suplementos, ¿te imaginas cómo debe ser la comida en la cárcel?”
“- ¿Qué pensabas, que te ganarías el ascenso por tus méritos? ¿Acaso has conseguido así alguno?
Al final me convencerá de que la única manera de conseguir un ascenso en la administración pública griega es no hacer nada, y eso el ministro acaba de servírmelo en bandeja”
“- Cogeré el autobús.
– Sé que hoy no están de huelga, porque es domingo.

Andrés López

Rock Springs / Richard Ford

Hay gente chalada por la literatura que lee en cualquier momento y lugar: comiendo, descomiendo, viajando, lavándose los dientes… cada uno conoce su perversión favorita. Pues bien, a este tipo de gente y a otros que gustan de leer a  poquitos, les recomiendo que lean CUENTOS (también se suelen llamar relatos, por no confundir con los infantiles). En diez minutos o media horita ya has disfrutado de un artefacto literario completo. Y los hay muy buenos, buenísimos, geniales, maravillosos.

Estos relatos de Richard Ford, magnífico autor de novelas (El periodista deportivo, Incendios, El día de la independencia…) entran dentro de la categoría de “buenos”. ¡Para qué más! Son relatos de perdedores, más o menos simples, a quienes el escritor otorga su voz, para que, a través de ellos, comprobemos cómo nosotros mismos somos, también, más o menos simples. Filosofías aparte, se trata de unas historias muy disfrutables, ligeramente optimistas y con un poso de candidez que las hace especialmente atractivas. No llega al nivel de Raymond Carver, pero ni falta que hace.

Y, antes de que ustedes lo pasen bien, una pequeña y curiosa reflexión fordiana:

Cuando se llega al terreno de las discusiones, ha quedado ya atrás la posibilidad de lograr que alguien cambie de opinión, aunque suela pensarse que es justo lo contrario, y tal vez lo sea para cierto tipo de gente, pero nunca con la gente que yo trato.

Alberto Arzua

La literatura nazi en América / Roberto Bolaño

La muerte prematura de este hombre, a los 50 años, ha sido una desgracia para la literatura mundial, ya que nos privó de un enorme talento literario. Sus novelas más conocidas, Los detectives salvajes y 2666, son dos exquisitas obras de arte de la narrativa moderna. Su manejo del lenguaje, su originalidad, su sentido del humor, su insultante inteligencia sudamericana, su sacerdocio literario, sus prodigiosas dotes… nunca nos dejarán de asombrar y siempre serán fuentes de placer para lectores de todos los tiempos.

Esta novela que nos ocupa, La literatura nazi en América, es especialmente divertida. Yo he soltado más de una carcajada. Está planteada como un listado borgiano (se le ha comparado con Borges; desde luego, en este libro, las similitudes son evidente) de personajes imaginados, pero con todas las posibilidades de ser reales. De hecho mezcla realidad con ficción constantemente y yo reconozco que muchas veces no sé dónde está la frontera, lo que hace al asunto mucho más hilarante.

El libro consta sencillamente de una serie de biografías de personajes marginales, todos con veleidades literarias, todos con aberrantes ideales derechosos. Nos haremos mejor una idea si consigno aquí un par de inicios de esas vidas:

Silvio Salvático (Buenos Aires, 1901-Buenos Aires, 1994)

Entre sus propuestas juveniles se cuenta la reinstauración de la Inquisición, los castigos corporales públicos, la guerra permanente, ya sea contra los chilenos o contra los paraguayos o bolivianos como una forma de gimnasia nacional, la poligamia masculina, el exterminio de los indios para evitar una mayor contaminación de la raza argentina, el recorte de los derechos de los ciudadanos de origen judío, la emigración masiva procedente de los países escandinavos para aclarar progresivamente la epidermis nacional oscurecida después de años de promiscuidad hispano-indígena, la concesión de becas literarias a perpetuidad, la exención impositiva a los artistas, la creación de la mayor fuerza aérea de Sudamérica, la colonización de la Antártida, la edificación de nuevas ciudades en la Patagonia.

Fue jugador de fútbol y futurista (…)

Luiz Fontaine da Souza (Río de Janeiro, 1900-Río de Janeiro, 1977)

Autor de una temprana Refutación de Voltaire (1921) que le valió elogios en los círculos literarios católicos del Brasil y la admiración del mundo universitario dada la vastedad de la obra, 640 páginas, el aparato crítico y bibliográfico y la manifiesta juventud del autor. En 1925, como para confirmar las expectativas creadas por su primer libro, aparece la Refutación de Diderot (530 páginas) y dos años después la Refutación de D’Alembert (590 páginas), obras que le colocan a la cabeza de los filósofos católicos del país.

En 1930 se publica la Refutación de Montesquieu (620 páginas) y en 1932, Refutación de Rousseau (605 páginas).

En 1935 pasa cuatro meses internado en una clínica para enfermos mentales en Petrópolis.

Ustedes la gocen bien. Yo ya estoy en trámites de conseguir toda la obra de este genio.

Alberto Arzua

La comedia humana / William Saroyan

Si tenéis ganas de leer algo sencillo, casi ingenuo, de fácil y agradable lectura, sin muchas complicaciones porque para nosotros no es ninguna novedad la maldad absoluta de la guerra, ésta es vuestra novela.
No le pidáis más. Está bien escrita y se lee en muy poco tiempo.
“La comedia humana” data de 1943. Quizás interesa saber que Saroyan trabajó en la Compañía de Telégrafos de San Francisco, por lo que la novela (como debe ser lo habitual en sus escritos) se nutre de sus propias experiencias vitales.
Homer Macauley trabaja como mensajero para una compañía de telégrafos y se convierte en testigo de la vida cotidiana de los habitantes de Ithaca, una pequeña población del valle de San Joaquin, en California, que ve como muchos de sus soldados, en plena Segunda Guerra Mundial, no regresan del frente. Cada telegrama que entrega es el nuevo anuncio de una nueva víctima, una ventana que se cierra en el entorno familiar del desaparecido y, a la vez, un paso más en su conocimiento del mundo y del comportamiento humano. La comedia humana es la más célebre de las novelas de Saroyan y, en ella, la vitalidad y la candidez dibujan un inolvidable alegato contra lo absurdo de todas las guerras.

Escena de la película de 1943, Homer Macauley (Mickey Rooney) entregando un telegrama

Andrés López

El informe de Brodeck / Philippe Claudel

Este autor utiliza una pluma suave, morosa, detallista, introspectiva, triste, ligera, saltarina, para describir un mundo duro, hosco, seccionado, donde la felicidad tan solo se encuentra en algunos breves instantes del pasado. Las palabras son siempre sencillas, el ritmo lento, hacia delante y hacia detrás incesantemente, desvelándote historias al tiempo que te las va velando, jugando con las piezas de un rompecabezas cuyo aspecto general, cuyo sentimiento, se te revela muy nítido desde el principio.

Hay mucha tristeza, mucha nostalgia, pero de esa que te atrapa el corazón dándote razones para vivir, como si atisbaras a través de la puerta entornada de un bar de carretera, emocionado, sin atreverte a entrar, la actuación de una cantante de fados. Hay bondad en quien cuenta la historia, tranquilidad, resignación, empatía, y también indignación. Indignación en voz baja, que resuena mucho más. Indignación porque lo que más hay en esta historia es maldad, una maldad áspera e inevitable, la única maldad posible, la maldad de los hombres.

Y también hay buena literatura, comparaciones originales, frases muy interesantes, manejo de los tiempos… Pero antes de pasar a las citas me gustaría hacer notar que esta novela no es perfecta porque no puede serlo y porque, además, el argumento es demasiado sencillo y conocido casi desde el principio. Eso le resta bastante interés a la lectura, estoy de acuerdo con lo que dice Andrés López en su artículo Almas grises. Pero de esto hablaré después de las citas, abundosas pero breves. Aquí van.

…en algún rincón de su pequeña iglesia de muros tan anchos como la envergadura de un águila.

… esos dientes ennegrecidos, que huelen a vendaje sucio.

La noche había extendido su manto sobre el pueblo como un carretero su capa sobre las últimas brasas de una hoguera de camino.

… Recuerdo que miré el cielo y, al ver todas aquellas estrellas tan apretujadas, como pajarillos asustados que buscan compañía…

… una gota de sudor, minúscula y brillante como un cristal de roca, le resbalaba por la nariz con una lentitud pasmosa.

Se produjo un murmullo, un ruido de bestia de carga a la que le aflojan los varales y gruñe de gusto.

Siempre la he visto torcida y encorvada, arrugada como un níspero olvidado en la bodega durante tres estaciones.

… la última tajada de tocino, una gruesa loncha cuya grasa, casi traslúcida tras la cocción, resbalaba por el plato como las lágrimas de cera por el cuerpo de una vela.

Tengo la sensación de que no estoy hecho para mi vida. Me refiero a que me viene grande por todas partes, que no es de la medida de un hombre como yo, que se llena de demasiadas cosas, de demasiados hechos, de demasiadas miserias, de demasiados fallos.

… me conoce como si fuera un bolsillo en el que ha metido la mano miles de veces.

Lo cierto es que la muchedumbre en sí es un monstruo, un enorme cuerpo que se engendra a sí mismo, compuesto de miles de otros cuerpos pensantes. Y también sé que no hay muchedumbre feliz. Detrás de las sonrisas, las risas, las músicas y los eslóganes hay sangre que se calienta, sangre que se agita, sangre que gira y enloquece al verse revuelta y removida en su propio torbellino.

… para acabar soltando una carcajada, una risotada que, mitad bramido mitad ejercicio de vocalización…

¿Quién decidió hurgar en mi oscura existencia, hacer añicos mi frágil tranquilidad, arrancarme de mi gris anonimato, para lanzarme como a una bola enloquecida en un inmenso juego de petanca? ¿Dios? Entonces, si existe, si existe de verdad, que se esconda. Que se eche las manos a la cabeza y que la agache.

Alrededor flotaba el olor a excrementos y plumas de gallina, repugnante y persistente como el de los tallos podridos de unas flores olvidadas durante días en un jarrón.

Era una hermosa noche, fría y clara, una noche que, además, no parecía querer acabar, que se arrebujaba en su negrura, dando vueltas y más vueltas, como quien holgazanea en la cama por la mañana, al calor de las sábanas.

Y aquí no acaba mi comentario porque, tras leer El informe de Brodeck (2007), me he lanzado a devorar Almas grises (2003) y lo que he encontrado me ha dejado bastante patidifuso… porque es el mismo libro. El mismo. Los mismos malos, los mismos buenos, la misma niñita, la misma mujer, la misma guerra, los mismos hechos violentos, los mismos sentimientos, el mismo ambiente, los mismos odios y amores… los mismos o parecidos. Es como si aquella primera novela hubiera sido un ensayo. Porque la primera es un poquito peor, con más agujeros, menos cocinada, aunque supongo que si se lee en primer lugar sorprenderá tanto como a mí me ha sucedido con esta segunda.

Así que quiero dejar aquí constancia de mi decepción. ¿Es un escritor de una sola novela que irá puliendo y puliendo hasta el fin de sus días? Es una posibilidad, está en su derecho, pero resulta un poco raro, desazonante. Tiene un cuento, La nieta del señor Linh, delicioso, que me gustó mucho, pero que también adolece de indefinición. ¿Será un escritor de sentimientos y no de historias? Será. Ustedes lo disfruten y lo descubran a su propio ritmo. Consignemos, para finalizar, algunas citas de Almas grises:

Primer lunes de diciembre. En nuestra ciudad. 1917. frío siberiano. La tierra crujía bajo los pies y el ruido resonaba hasta en la nuca.

Sus antepasados habían luchado en Crécy. Como todo el mundo, seguramente, pero ni lo sabemos ni nos importa.

Poco después se lo llevaron dos enfermeros, vestido con una camisa de fuerza que le daba aspecto de esgrimista.

Los fieles se dispersaron como estorninos sobre un trigal verde.

¿De qué sirve todo esto que escribo, tantas líneas apretadas como ocas en invierno y todas las palabras que coso a ciegas?

Iba a hacer un calor como para curtir todos los deseos.

Las campanas cortaban el tiempo como si fuera el tronco de un árbol muerto.

Las escopetas tienen un gusto curioso. Se te pega a la lengua. Pica. Sabe a vino y a tierra.

Alberto Arzua

La tía Tula / Miguel de Unamuno

La reciente muerte de Aurora Bautista ha propiciado la programación televisiva de la estimable película de Miguel Picazo La tía Tula (1964). Comentando la película (uno de los grandes placeres del cine por TV) se me dijo que el libro no contenía en absoluto toda la carga sexual que destila el film. Decidido a comprobarlo, me leí el libro en cuestión. La portada que aquí aparece es una, como se dice ahora, vintage.

Tula viene de Gertrudis, pero esto no tiene nada que ver, es un apunte cultural gratuito. Unamuno no sabemos de dónde viene, y que no se me mosquee nadie, lo digo porque el tío resulta un poco confuso, no sé ya si en sus filosofías o en la expresión de las mismas. Escribiendo se hace, en general, bastante pesadete.

En mi opinión los guionistas de la película hicieron muy bien no ciñéndose estrictamente a la trama del libro y centrándose en la autorrepresión sexual. Los desvaríos unamunianos soróricos (propugna cosas tales como la sororidad frente a la fraternidad…) resultan infumables y, sobre todo, infilmables. Las escenas de tensión larvada entre los dos protagonistas, por el contrario, son de lo mejor del cine español, absolutamente buñuelianas.

Pero vamos al libro, que ya me cuesta. Y me cuesta porque las truculencias del autor hablando de religión, muerte y sexo, te acaban cansando. El tema en sí es mítico, de acuerdo, profundísimo, muy bien, pero el arte novelístico brilla por su ausencia. Se puede leer, pero se aburre uno. ¡Y todo es tan antiguo, tan pasado, tan apolillado…! Lo siento, pero no he logrado interesarme por las aventuras de una mujer con, en mi opinión, un trueno considerable.

Es posible que este hombre fuera un excelente filósofo y un magnífico profesor, no lo sé, carezco de los conocimientos necesarios, pero como novelista no vale mucho. Ya decía él que hacía nívolas, una manera, supongo, de disculpar su poca habilidad narrativa. Aunque los diálogos no le salen mal. Y vayamos con las citas, que hay unas cuantas.

En el prólogo ya nos va iluminando con algunas explicaciones.

Aristóteles le llamó al hombre zoon politicon, esto es, animal civil o ciudadano –no político, que esto no es traducir- animal que tiende a vivir en ciudades, en mazorcas de casas estadizas, arraigadas en tierra por cimiento, y ese es el hombre y, sobre todo, el varón.

Morbo en zona equívoca.

Gertrudis tomó a su sobrinillo, que no hacía sino gemir; encerrose con él en un cuarto y sacando uno de sus pecho secos, uno de sus pechos de doncella, que arrebolado todo él le retemblaba como con fiebre. Le retemblaba por los latidos del corazón –era el derecho-, puso el botón de ese pecho en la flor sonrosada pálida de la boca del pequeñuelo. Y éste gemía más estrujando entre sus pálidos labios el conmovido pezón seco.

Habla del amor y lía la frase.

Pues el que profesara a su mujer y a ella le apegaba veía bien ahora en que ella se le fue, que se llegó a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que lo había respirado en las mil naderías y frioleras del vivir doméstico, que le fue como el aire que se respira y al que no se le siente sino en momentos de angustiosos ahogo, cuando nos falta.

No olvidemos que escribe un hombre antiguo. Habla de los dolores de parto.

Cuando la vio gozar, sufriendo al darle su primer hijo…

No sutilicemos. Curiosa respuesta.

-…Y es que queremos a los muertos en los vivos

– ¿Y no, acaso, a los vivos en los muertos?

– No sutilicemos

Morbo moribundo y divino.

Y luego se figuraba que a aquella pobre hospiciana, cuyo sentido de vida no comprendía, le quitó Dios la vida de un beso posando sus infinitos labios invisibles, los que se cierran formando el cielo azul, sobre los labios, azulados por la muerte, de la pobre muchacha, y sorbiéndole el aliento así.

Otra frase lianta.

De Ramirín, del mayor, una voz muy queda, muy sumisa, pero de un susurro sibilante y diabólico, que Gertrudis solía oír que brotaba de un rincón de las entrañas de su espíritu –y al oírla se hacía, santiguándose, una cruz sobre la frente y otra sobre el pecho, ya que no pudiese taparse los oídos íntimos de aquella y de éste-, de Ramirín decíale ese tentador susurro que acaso cuando le engendró su padre soñaba más en ella, en Gertrudis, que en Rosa.

Aprendiendo palabras. Redargüir.

“No hay leche como la de la madre”, repetía y al redargüir su cuñado: “Sí, pero es tan débil…”

Aprendiendo palabras. Pisgo.

Limpiaba los botellines, cocía los pisgos cada vez que los había empleado… Cuando ponía el pisgo de caucho en la boquita de la pobre criatura, sentía que le palpitaba y se le encendía la propia mama.

Aprendiendo palabras. Lagoterías.

Para que dejéis de andar así, de bracete por la casa, y con cuentecitos al oído y carantoñas, arrumacos y lagoterías.

Y acabamos con uno de sus temas favoritos, la muerte.

Y se apagó como se apaga una tarde de otoño cuando las últimas razas del sol, filtradas por nubes sangrientas, se derriten en las aguas serenas de un remanso del río en que se reflejan los álamos –sanguíneo su follaje también que velan sus orillas.

Resumiendo, véanse la película.

Alberto Arzua

Han matado a un hombre, han roto un paisaje (2) / Francisco Candel

Ver otra recomendación de este mismo libro aquí.

Este escritor catalán, fallecido hace menos de cinco años, dedicó buena parte de su talento literario a describir la situación de los barrios marginales de Barcelona durante los años 30, 40 y 50 del siglo XX.

 Chabolismo extremo (el mismo Candel vivió sus primeros años en una barraca de Montjuic), pobreza ulcerante, incultura total, barbarismo, animalismo… todos los ismos que una persona reducida a sus instintos primarios desarrolla con absoluta (a)normalidad. Candel nos describe este mundo a golpe de martillo, plon, plon, plon, burrada tras burrada, con una naturalidad y una ligereza que te dejan sin aliento.

 Las historias se suceden inmisericordemente, vemos crecer al protagonista desde sus primeras maldades infantiles hasta sus postreras bestialidades adultas, recibiendo y dando, recibiendo y dando, completamente ciego, absolutamente ajeno a cualquier connotación emocional. Los demás personajes no le van a la zaga. ¿La situación del mundo circundante? Un putiferio abyecto donde los pocos que se salvan no son mejores que los demás.

 Esto se llama novela realista. De la fetén. Me recuerda a La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa, también altamente recomendable. Pero es que lo que se describe tan frescamente ha sucedido aquí mismo hace un par de días, como quien dice. Y, si nos atrevemos a leer los periódicos, sigue sucediendo en muchísimos lugares de este santo mundo. Y hay que saberlo. Eso es realismo.

 Además Francisco Candel es un escritor de raza, con un estilo propio, con una gran facilidad para meterte en su mundo, que no se anda con chiquitas, que te cuenta lo que hay que contar y siempre algo más, que te lleva de la oreja desde el principio hasta el final como en una alfombra mágica… llena de mugre y de dolor. Según la vas leyendo te das cuenta de que eso es la vida, esa vida que menos mal que te has perdido.

 Es una novela denuncia. Sí, ¿y qué? Es una novela excelente porque te enseña la realidad de una manera artística. Por cierto, una pequeña reflexión: el arte no es solo lo “bonito”. Dicho de otra manera, lo “bonito” no es solo lo formalmente agradable a la vista. Para mí esta es una novela muy bonita. Preciosa. Léanla sin falta después de estas citas.

 La madre del prota se mete a puta, trabajando por las inmediaciones de la Atarazanas.

Cuando el 97 pasaba, jadeando y despidiendo luz por sus tronadas ventanas, se echaban al suelo, o la mujer se colocaba de espaldas, frente al hombre, tapando las apariencias, sin dejar de trabajar.

La política real está siempre muy presente.

La gente, aquel día, gritaba como loca: “¡Viva la República! ¡Viva la República!” porque había entrado la República, decían. El Grúa no sabía qué era esto de entrar la República. Se imaginaba a una mujer gorda entrando en algún sitio.

El pueblo, con nombres y atributos.

Las bandas, por escala de valores, eran: la del Grúa, sanguinarios; la del Mediaceja, bárbaros; la del Chinilla, bravucones; la del Alberto, feroces guerreros; la del Martos, tontos. El Rogelio, a su mujer, la Rogelia, que era jorobada, le atizaba cada palo en la chepa que medio la enderezaba. La banda del Grúa la fromaban: los Gallardos, el Soga, el hijo del tío Costipao, el Bata, el Dientes, el Matarile, etc.

Reflexión intemporal.

Ahora que el mundo está tan mal repartido que no hay una piedra que no sea de alguien…

Gesto definitorio.

Los amigos del Gafas en torno a la mesa de mármol, lo miraban con aire de suficiencia, que es como decir con cara de sí, siendo no.

Alberto Arzua

Berlin Alexanderplatz / Alfred Döblin

Dice el epílogo de esta novela, escrito por su editor alemán:

Es una negación de la literatura, poésie brute que, heréticamente somete el arte a la vida, y no quiere ser literatura sino la vida misma.

 Este Alfred Döblin era una especie de intelectual, filósofo, periodista, médico, psiquiatra, que se empeñó en escribir novelas para describir la realidad de su tiempo, el período de entreguerras en la Alemania prenazi. Sus intenciones son tan profundas que se me escapan y el medio para conseguirlas es una escritura a veces coloquial, a veces tontorrona, popular, insertando canciones, pensamientos de uno y otro, reflexiones grandes y pequeñas, historias que no vienen a cuento, chistecillos, constantes cambios de puntos de vista, disquisiciones gigantes… un poco al estilo de El Ulises de James Joyce, otro libro que ha podido conmigo. Aunque este he conseguido acabarlo.

 No sé cómo se denomina a este tipo de literatura, ni maldita la falta que hace, pero el resultado es algo que funciona a cachos, no como una novela. Quiero decir que hay trozos buenos, trozos sorprendentes, trozos muy vivos que incluso te hacen disfrutar. Las supuestas libertades literarias que se toma (hoy en día nada rupturistas) consiguen momentos frescos y divertidos. Pero estos retazos están inmersos (y, según avanza la novela, acaban ahogados) en una narración incoherente donde los personajes parecen o tontos, o tontísimos, o irreales. Las mujeres, de hecho, se describen (?) todas como algo muy parecido a trozos de carne puestos a secar. El argumento no es, no lo hay. Las historias secundarias no se desarrollan, tampoco son. El protagonista no solamente carece de sentido común sino de la más mínima coherencia humana. A lo mejor el autor pretende describirnos al tipo de gente (?) que hizo posible el nazismo. Pues vale.

 En fin, que la cosa es un caos, pero un caos cada vez más aburrido, que te hace desear que se acabe pronto. Y no, porque dura 400 páginas. Entiendo que haya gente a quien le guste, pero no lo entiendo bien del todo.

 Vaya por detrás una cita de una típica disquisición poético-moderna-divertida:

 La luz del sol, sin embargo, que cubre silenciosamente las mesas delanteras y el suelo, dividida en dos masas claras por el anuncio “Löwenbräu Patzenhofer”, es antiquísima y, mirándola, todo lo demás parece perecedero y sin importancia. Viene desde x millas, ha pasado junto a la estrella y, brilla desde hace millones de años, mucho antes de Nabucodonosor, antes de Adán y Eva, antes del ictiosaurio, y ahora brilla en la pequeña cervecería a través del cristal de la ventana, es partida en dos por un anuncio de hojalata: “Löwenbräu Patzenhofer”, se extiende por las mesas y el suelo, avanza imperceptiblemente. Se extiende sobre ellas y ellas lo saben. Es alígera, ligera, ligerísima, del cielo he bajado.

 Y si quieren ustedes comprobar si me he equivocado en este comentario, ya saben, a leer, a leer, que es muy sano.

Alberto Arzua

Diez mujeres / Marcela Serrano

Podría muy bien tratarse de un libro de relatos cortos. Al fin y al cabo se trata de diez narraciones en primera persona (salvo la última) realizada por mujeres que no tienen en común ningún momento de su historia, ningún paisaje, ningún personaje.
Sólo las une el hecho de que todas ellas acuden a terapia con la misma terapeuta.
El hecho de que ella las ha citado para reunirse en un fin de semana es el artificio literario que sirve para encadenar los relatos.
Pero todas ellas, diferentes en edad, clase social, nivel de estudios u orientación sexual, tienen algo que las identifica en profundidad: deben intentar reconstruirse. Cada una de ellas necesita reconocerse personalmente, aceptarse, restablecer sus relaciones y sentirse conforme consigo misma.
Cada uno de los relatos, supongo, podrá ser descalificado (o calificado de simplista y maniqueo) por quienes entienden de esto último. Cada uno de los relato, digo yo, daría tanto como para una novela como para un sesudo tratado de siquiatría.
El conjunto, para mí, lego en la materia, resulta muy interesante. Está muy bien escrito (aunque abunden los americanismos que dificultan a veces la comprensión), se sigue con atención y su lectura es, muchas veces, merecedora de una reflexión sosegada porque todos, sigo suponiendo, tenemos algo de cada una de las mujeres que van desgranando sus historias.
Es una novela dura, para adultos. Si ya lo sois, os la aconsejo. “al final todas, de un modo u otro, tenemos la misma historia que contar”.
Colección: Hispánica Alfaguara
Páginas: 312
Publicación: 14/09/2011

Andrés López

Historias de Plinio / Francisco García Pavón

Hago saber que este volumen, que contiene dos aventuras de Plinio, jefe de la policía municipal de Tomelloso, ha obrado en mi poder largos meses antes de que me decidiera a leerlo. ¿Por qué? Supongo que porque me recordaba a los años duros del franquismo.

En 1972 la única televisión existente en España produjo una serie de ocho capítulos basados en las aventuras de Plinio, personaje creado por el escritor Francisco García Pavón. Quizá debería volver a verlos, ya que la impresión que conserva mi memoria es lamentable. Supongo que en ello tuvo que ver la aversión juvenil a la autoridad, el rechazo a todo lo que oliera a oficial… y quizá también un poco el que su actor principal no resultara demasiado… atractivo (por decir algo). En fin, dejemos a aquella vetusta serie durmiendo el sueño de los justos.

García Pavón, estimable escritor de relatos, quiso con este personaje españolizar la novela negra. En aquellos tiempos era una tarea muy estimable. Y la verdad es que lo consiguió. Su manera de escribir tan clásica, casi cervantina, y su entorno, personajes e historias son inequívocamente nativas (de Castilla). La mezcla, aventurada para su época, le salió bastante bien. Se leen grata y cómplicemente, se paladea la idiosincrasia de los lugares, el cazurrismo, la parsimonia, se disfruta con el constante fumeteo y bebeteo de todo quisqui… Efectivamente, eran otros tiempos, para bien y para mal.

En las pocas citas que siguen se observará su fraseo rítmico, jugoso y disfrutable. Empecemos con una clarísima declaración de intenciones del prólogo:

Yo siempre tuve la vaga idea de escribir novelas policíacas muy españolas y con el mayor talento literario que Dios se permitiera prestarme. Novelas con la suficiente suspensión para el lector superficial que solo quiere excitar sus nervios y la necesaria altura para que al lector sensible no se le cayeran de las manos.

Sigamos con un detalle de clase:

Las gentes que querían tomar el primer tren, venían calle arriba, cargadas de maletas, hablando con la voz fría y sin matices de los recién levantados.

Y acabemos con un toque prolongado y eficaz:

Plinio, que amaba el vino tomado en la bodega, en la misma “halda de la madre”, como él decía, echó un trinque prolongado y eficaz.

En mi opinión este Plinio es un muy digno precursor de los actuales “héroes a pie de pista” españoles de la novela policiaca. Merece la pena leerse como un clásico.

Alberto Arzua

Sostiene Pereira / Antonio Tabucchi

Tendría yo poco que añadir a lo que sigue y que he tomado de la web de Anagrama:
Con esta novela, una de las cumbres de la literatura de esta década, Antonio Tabucchi logró la unanimidad de la crítica, los más prestigiosos galardones y la respuesta masiva de los lectores. Lisboa, 1938. La opresiva dictadura de Salazar, el furor de la guerra civil española llamando a la puerta, al fondo el fascismo italiano. En esta Europa recorrida por el virulento fantasma de los totalitarismos, Pereira, un periodista dedicado durante toda su vida a la sección de sucesos, recibe el encargo de dirigir la página cultural de un mediocre periódico, el Lisboa. Pereira tiene un sentido un tanto fúnebre de la cultura: prefiere la literatura del pasado, dedicarse a la elegía de los escritores desaparecidos, preparar necrológicas anticipadas. Necesitado de un colaborador, contacta con un joven, Monteiro Rossi, quien a pesar de haber escrito su tesis acerca de la muerte está inequívocamente comprometido con la vida. Y la intensa relación que se establece entre el viejo periodista, Monteiro y su novia Marta, cristalizará en una crisis personal, una maduración interior y una dolorosa toma de conciencia que transformará profundamente la vida de Pereira. En esta novela, Tabucchi ha conseguido crear un inolvidable personaje que sin duda dejará una profunda huella en el lector, Pereira. Y con la historia de este periodista, Tabucchi nos ofrece también una espléndida historia sobre las razones de nuestro pasado que pueden ser perfectamente las razones de nuestro incierto presente.

Como mucho añado que se lee con mucha facilidad, que hay, en la forma de narrar, descubrimientos sorprendentes y que os la recomiendo.
Como perla, ésta:
“Perdóneme, señor director, pero quisiera preguntarle una cosa, nosotros originariamente éramos lusitanos, luego vinieron los romanos y los celtas, después estuvieron los árabes, ¿qué raza podemos conmemorar los portugueses?…”

Andrés López

Y de paso una escena de la excelente película protagonizada por Marcello Mastroiani