No hay que dejar los libros en manos de los intelectuales
El retrato de Dorian Gray / Oscar Wilde
Clásica / 12 Agosto 2010

En todas las artes existe un número determinado de obras que suelen llamarse clásicas. Mi aproximación a dichas obras está habitualmente teñida de escepticismo o incluso de aburrimiento anticipado. ¿Por qué? Supongo que por el añejo cansancio que subyace en la expresión “clásica”. Relaciono lo clásico con lo inmóvil, con lo que no muerde, con lo insulso, con lo convencional. Por supuesto, esta actitud mía constituye un error mayúsculo puesto que si algo ha quedado como clásico es porque en su tiempo rompió con todo y quedó como marca inefable del verdadero espíritu humano… o de una exquisita manera de expresarlo, lo que viene a ser lo mismo. El Retrato de Dorian Gray es un monumento del esteticismo post-romántico, lo que viene a significar que está lleno de paradojas elegantes, de boutades, de sublimes bellezas, de pocos escrúpulos, de pensamientos absurdos, de profundas reflexiones, de lo más alto y de lo más bajo, del horror, del desprecio y de la exaltación, de la vida y su inseparable muerte… En fin, truenos y rayos envueltos en fragancias y querubines. Algo absolutamente demodé, pero que se deja leer con distancia y asombro. Como novela no es nada (la única de su autor),…

La araña negra / Vicente Blasco Ibáñez

No sé si esta novela se podría calificar de morrocotuda, pero lo que queda fuera de toda duda es que es tremebunda. Y quien dice tremebunda dice truculenta, aterradora, terrible, brutal, ácida, cruda, dura… Su autor la escribió a los veinticinco años y posteriormente la repudió por considerarla demasiado folletinesca. ¿Folletinesca? Por supuesto, pero en grado sumo. Digámoslo de una vez: esta novela es un PANFLETO en toda la regla. Aunque si un panfleto se define como “un escrito breve, generalmente agresivo o difamatorio”, deberíamos obviar lo de “breve”, puesto que “La araña negra” consta de dos tomos de letra apretada, con más de quinientas páginas cada uno. Este Blasco Ibáñez poseía la diarrea creativa propia del bestsellerista decimonónico. Cosa más demodé que estos dos libros no puede existir en el mundo. Si les cuento dónde los he encontrado, no se lo van a creer. Pero como me gusta fomentar la incredulidad, se lo voy a contar. Pues sucedió el año pasado en un piso cochambroso del gótico barcelonés. Lo habían dejado desocupado una pareja de ancianos por causa de la mayor fuerza mayor existente en este mundo. Uno de ellos (de los libros, no de los ancianos, q.e.p.d.) servía…

Poemas a la muerte / Emily Dickinson
Clásica , Estrenos , Poesía / 22 Febrero 2010

Este libro es una selección de aquellos poemas escritos por Emily Dickinson sobre el tema de la muerte. “En la obra de Dickinson hay una modernidad tan radicalmente alejada de sus contemporáneos que sus mejores poemas parecen flechas lanzadas hacia nuestro presente, o más allá. La suya es una poesía del pensamiento, cuya valentía conduce a indagar en lo que literalmente no puede ser pensado o figurado. De ahí que el tema de la muerte, en el que se centra esta selección de poemas, sea para ella una obsesión ineludible, hasta el punto de formar el campo semántico más amplio de su variado corpus. Hay, en este libro, una Emily Dickinson bien distinta a la imagen dulcificada que de ella se ofrece en ocasiones. Está la Dickinson más oscura, nihilista a veces, silenciada o marginal en otras antologías de su obra, pero también la más atrevida, aquélla cuyo lenguaje es más eléctrico, implacable y visionario: esos ojos destinados a ver lo invisible, más allá de todas las barreras, adornos o disfraces. Los ojos de Emily Dickinson y los nuestros que leen sus palabras, tan asombrosamente lúcidas y nuevas, un siglo y medio después”. RUBÉN MARTÍN Bartleby editores Poesía 1ª Edición…

Odysea, de Homero
Clásica , Léeme / 28 Septiembre 2005

Cuando la vi, todo se convirtió en bruma a su alrededor. Ya sólo pude mirar esos profundos ojos como el mar profundo, esos labios carnosos y brillantes de lasciva saliva, ese mentón fino y altivo cual majestuosa reina, ese cuello esbelto digno de la hija de Afrodita, y esos pechos desnudos y lujuriosos. ¡Oh dioses, que con semejante brusquedad me ofertáis tan precioso manjar! ¿Será tanta vuestra crueldad que me neguéis su sabor? Cómo pudieran mis ojos no ser esclavos por siempre de esas copas de néctar, cómo apartarse de esos deleites si no es para mirar tan grácil talle, tan libidinosas caderas, tanta mujer, al fin, que me llama con deseo. Todo fue bruma a mi alrededor, porque estaba ella, y no podí­a apartar mi mirada de la suya, no si habí­a de fijarla en algo trivial. Y el mundo entero, no siendo esa diosa que deseaba, fue futilidad pura. Acerqué cuanto pude mi rostro a la mujer de pechos codiciados, desoyendo lo que todos me decí­an, mis oí­dos no escuchaban más que tan dulce voz como aladas criaturas entonaban por su boca, y su voz era música que acicalaba la escena, la revestí­a de amor y ensoñamiento, y…