No hay que dejar los libros en manos de los intelectuales
EL CÓDICE MAYA, de Douglas Preston.
Aventura , Léeme , Novela / 8 Marzo 2006

¿Quién me iba a decir a mí­ que iba a terminar metido hasta las cejas en el corazón de la selva Hondureña?Soy veterinario y me iba bien con mi vida hasta que recibí­ la carta de mi padre, Maxwell Broadbent, para reunirnos en su casa con mis hermanos, Philip y Vernon. Y, ¿para qué? Cuando llegamos allí­ mi padre y toda su fortuna acumulada durante años, grandes tesoros adquiridos legal e ilegalmente, habí­an desaparecido. Solo quedaba una cinta de video, que nos dejó asombrados y boquiabiertos, habí­a decidido enterrarse en una tumba junto con todos sus tesoros, así­ que si querí­amos nuestra herencia… ‘¡¡¡Tení­amos que ir a buscarla!!!!Vernon y yo no tení­amos el más mí­nimo interés en ir a buscar a mi padre y su herencia, pero Philip, ese era otro cantar, ansiaba el dinero que podrí­a aportarle la venta de aquellos tesoros. Lo que yo no sabí­a, y Sally me hizo ver, es que entre aquellos tesoros, habí­a un Códice maya entre aquellos tesoros, que podí­a revolucionar la industria farmacéutica. Así­ que, evidentemente, nosotros no éramos los únicos que querí­amos aquella pieza. Se convirtió en una carrera hacia Honduras y selva.¿Conseguirí­amos encontrar la tumba de mi padre? o, por…

Shögun, de James Clavell
Aventura , Histórico , Léeme , Novela / 29 Agosto 2005

Llegué a este maldito paí­s de los dioses, o del sol naciente, ya hace años, y aunque convivo (a la fuerza) con los japoneses, y he conseguido hablar su idioma, sigo sin entenderlos y me parece empresa inalcanzable para un occidental como yo. En el camino nos dejamos a casi toda la tripulación del Erasmus, mi buque, un bergantí­n holandés, del que soy piloto y capitán accidental, ya que el capitán también pereció a poco de llegar aquí­. Separado de los pocos marineros que quedaban vivos, me cupo en suerte, o en desgracia, incorporarme a la vida japonesa, pasando a formar parte del séquito de uno de los más importantes daimí­os, o señores feudales, del Japón. Me entretienen enseñando a las tropas a manejar los mosquetes, pero la verdadera razón de que conserve el pellejo es que soy usado como un peón más en este ajedrez que juegan los señores feudales en sus luchas por el poder. El poder siempre va ligado al dinero, y el dinero aquí­ va ligado al comercio de la seda con China, monopolio de los jesuí­tas, españoles y portugueses y enemigos de mi reina. Cada año llenan hasta arriba un gran barco, el barco negro,…