Archivo de la categoría: Aventura

Dune – Frank Herbert

Algunos dicen que este libro, publicado en 1965, es uno de los grandes hitos de la ciencia ficción (léase futurista). Otros opinan que se trata de un tostón insoportable. Lo cierto es que estamos ante una de las novelas más vendidas de la historia. ¿Este dato presupone algo acerca de su calidad? En absoluto, pero he de decir que a mí me ha gustado. De hecho he disfrutado como un enano, sobre todo en su primera parte.

Esta es la típica obra épica, muy épica, que tanto atrae a los aficionados al género fantástico (y a los grupos heavy metal, ya puestos), enraizado en la cultura new age y trufado de todo lo que esto implica: misticismo, ecología, ciencia ficción… Hasta aquí ninguna especial originalidad, pero resulta que la dimensión heroica de esta novela es brutal, mayúscula, hiperdimensionada. O aceptas los múltiples desarrollos técnico psicológicos del complejo y detallado artefacto espacio temporal diseñado por Herbert… o le mandas a freír espárragos, como es natural.

Pero si te limitas a quitártelo de encima mediante tan grasiento truco culinario, te perderás lo mejor de este largo relato, la tremenda diversión que destila a raudales al leerlo como un simple libro de aventuras. Y no están los tiempos como para desdeñar aventuras y aventuras y más aventuras, personajes y personajillos y personajotes magníficos, imbricaciones y complicaciones y resoluciones sorpresa, ideas estupendísimas, origínalísimas, amores y batallas, buenos y malos, evolución de almas y hechos… Vamos, todo lo que forma la base de una buena novela, de una novela de disfrute y enganche. Por lo menos en toda su primera parte.

En la segunda parte se demora en exceso describiendo religiones, tecnologías y pensamientos profundos. Es el precio que tienen que pagar, al parecer, los escritores de ciencia ficción, que se meten tanto en el mundo que han creado que se trasforman en frikis de sí mismos… y te explican sus ideas por delante, por detrás y por la izquierda. Y te argumentan por la derecha y por el centro. Y te aburren un poquito. Sólo un poquito.

Porque siguen sucediendo cosas, por supuesto, continua la juerga argumental con idéntico entusiasmo, se lo sigue uno pasando bien… pero como un poquitín frenado. Me he enterado de que existen varias continuaciones de esta macronovela. Cómo no, el hombre no paró de imaginar su megamundo hasta que la palmó, no lo podía evitar. Pero no sé por qué me temo que incidirá en teorías varias, intentando redondearlo todo (manía de friki) y dejando menos espacio a los sucesos. O a lo mejor no. Ojalá no.

Un último comentario antes de pasar brevemente a las citas. Uno de los mayores logros argumentales, desde mi punto de vista, es el de que el grupo de presión que se atisba siempre por encima de héroes y emperadores, y de quien no se nos da mucha información, resulta ser una tal Cofradía, que viene a representar el poder económico regido por una especie de humanos mutados. Vaya con los banqueros. Estarán ustedes conmigo en que tiene su intríngulis la cosa, y no creo que mucha gente se haya percatado de ello.

Artículos para gordos.

Los sutiles movimientos de sus protuberancias bajo los pliegues de su oscura ropa revelaban que sus grasas estaban sostenidas parcialmente por suspensores portátiles anclados a sus carnes.

Expresiones elegantes y originales

Las llanuras funerales

Comparaciones para releer lentamente.

Miró su elevada estatura, su piel oscura que le recordaba el verde de los olivos bajo un sol dorado reflejado en un agua azul.

Curiosa visión religiosa

La religión debe seguir siendo un medio que permita a la gente decirse a sí misma: “No soy el tipo de persona que querría ser”.

Tecnología de la época de Super Agente 86.

Cono de silencio: campo distorsionador que limita el poder de difusión de la voz o de cualquier otra vibración mecánica, sofocando las ondas con una contravibracion desfasada en 180 grados.

ver también
Dune – Frank Herbert / David Lynch
Notas entre capí­tulos de la saga DUNE, de Frank Herbert

Alberto Arzua

La araña negra / Vicente Blasco Ibáñez

No sé si esta novela se podría calificar de morrocotuda, pero lo que queda fuera de toda duda es que es tremebunda. Y quien dice tremebunda dice truculenta, aterradora, terrible, brutal, ácida, cruda, dura… Su autor la escribió a los veinticinco años y posteriormente la repudió por considerarla demasiado folletinesca.

¿Folletinesca? Por supuesto, pero en grado sumo. Digámoslo de una vez: esta novela es un PANFLETO en toda la regla. Aunque si un panfleto se define como “un escrito breve, generalmente agresivo o difamatorio”, deberíamos obviar lo de “breve”, puesto que “La araña negra” consta de dos tomos de letra apretada, con más de quinientas páginas cada uno. Este Blasco Ibáñez poseía la diarrea creativa propia del bestsellerista decimonónico.

Cosa más demodé que estos dos libros no puede existir en el mundo. Si les cuento dónde los he encontrado, no se lo van a creer. Pero como me gusta fomentar la incredulidad, se lo voy a contar. Pues sucedió el año pasado en un piso cochambroso del gótico barcelonés. Lo habían dejado desocupado una pareja de ancianos por causa de la mayor fuerza mayor existente en este mundo. Uno de ellos (de los libros, no de los ancianos, q.e.p.d.) servía para equilibrar un tosco mueble bastante cojito. El otro apareció mezclado entre ejemplares de Salgari, Julio Verne, Dumas, y algunos tomos de la Enciclopedia de la Cocina Catalana. También salieron a la luz unas pocas fotos antiguas de mucho interés histórico, a través de las cuales pude deducir que el macho de la pareja había sido militar de baja graduación. Recuerdos de ancianos difuntos que ya no le importan a nadie. Qué triste, qué truculento, qué romántico, qué tremebundo. Qué pena. Me llevé los dos tomos bajo el brazo, claro.

¿Qué hacía yo en aquel piso? Esa es otra historia, que no viene al caso. El caso es que esta obra, y por fin lo voy a decir, se dedica a poner a parir a los jesuitas. Sí señores. Si ustedes se creyeran la tercera parte de lo que aquí se cuenta, saldrían raudos a la calle con el noble objetivo de asesinar jesuitas a puñetazos, pistoletazos, puñaladas o estrangulamiento, no importa el sistema, puesto que estarían firmemente convencidos de estar realizando un bien extraordinario a la humanidad.

Son tales las burradas que don Vicente nos narra, es tal la maldad hiperconsciente de estas arañas negras (los jesuitas, por supuesto), tal su crueldad, su bajeza, su manipulación, su falsedad, su desprecio por todo lo bueno del ser humano, que la boca se nos abre casi a cada página, formando bonitos gestos de sorpresa e incredulidad. ¡Oh, ah, oh! ¡No puede ser cierto! ¡Es imposible que sean tan malvados! Ni el mayor asesino de la historia, ni el sádico más sádico de la novelas de casquería llega a la suela de los zapatos a estos negros jesuitas, puesto que hacen lo mismo que estos infrahombres, pero con un plus de premeditación, alevosía y desprecio infinito por sus víctimas.

¿Son así en realidad los jesuitas? ¿Lo han sido en algún momento de su ignaciana historia? Pues no lo sé, aunque supongo que la cosa no será para tanto. Malvados, quizá, pero los más malvados del malvadismo mundial, pues lo dudo un poco. “Jesuítico”, en el diccionario, equivale a “hipócrita”. Vale, pero de “hipócrita” a “demonios tremebundos” va más de un paso.

Paso que le cuesta poco dar a don Vicente puesto que fue un político republicano muy activo en la lucha contra los monárquicos. Y quien dice reyes dice curas (y derivados). Es innegable que los odiaba. Es seguro que los tenía como origen de casi todos los males de la patria. Es posible que escribiera esto para mostrar al mundo la realidad de la infame reacción religiosa. Lo que pasa es que se pasó un pelín.

Y este pelín es el que hace muy divertida a esta novela. ¿Nunca han disfrutado ustedes leyendo un panfleto? Pues eso. Y éste está correctamente escrito, es muy ágil y se sigue con pasmosa facilidad. Son más de mil páginas de exageraciones varias. Bueno, varias no, que todas se centran en el mismo tema: desenmascarar a los jesuitas por activa, por pasiva, y por gerundia (hasta son feos, sucios, procaces y… por cierto… ¿se acuerdan ustedes de aquello de los siete pecados capitales, a saber: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza?, ¿sí?, pues se les quedan cortos). Quedan avisados.

Aviso final. También hay personajes muy buenos y muy puros, por supuesto. Sobre alguien habrá que practicar el mal. Suelen ser republicanos, los pobres, vaya usted a saber por qué. ¿Demagogia? Pues sí. ¿Y qué? La cosa es pasárselo bien. Esto es sólo literatura, no lo olviden.

Alberto Arzua

EL ORIGEN PERDIDO – Matilde Asensi

Cuando mi hermano Arnau Queralt, cayó enfermo, todos quedamos consternados. La familia sufrió enormemente, pocos veían posible una solución para la Ilusión de Cotard, una enfermedad mental que postró a mi hermano en cama prácticamente en coma y repitiendo monosílabos por toda conversación. Realmente fue desolador. Pero en mí aún ardía mi amor por él, y la necesidad fraternal de intentar ayudar. Haciendo acopio de valor y con la ayuda de mis dos mejores amigos hackers: Lola y Marc, logramos curar a mi hermano quien hoy es feliz junto a Ona, su mujer y la familia.

¿Cómo lo conseguimos? Revolvimos tierra, cielo y ciberespacio buscando pistas que nos guiaran hacia la fuente del problema para poder solucionarlo, Lola y Marc, mis amigos, a los cuales sigo viendo y con quienes tengo una relación aún más estrecha que al principio de las investigaciones, lograron dar con el código que cerraba el ordenador de mi hermano, pues nuestro punto de partida era una pista que nos dio Ona, la mujer de mi hermano: estaba en un proyecto de investigación del pueblo Inca y los aymara y extrañas anotaciones y software relacionado con el lenguaje. Investigaron hasta la última pista relativa a la extraña artesanía en la que estos pueblos dejaban escrita su historia. Así fuimos penetrando en los diferentes misterios y crípticas leyendas de estas tribus y pueblos que perpetuaron algunas de las mayores maravillas de la humanidad.
Sin embargo, no estábamos solos, y no lo digo sólo por los insectos, reptiles y felinos.
Más de un peligro nos acechaba en el camino, y aún más cuanto más cerca estábamos del milagro. Lenguas muertas, códigos, escaleras, trampas… todo parecía diabólicamente trazado para evitar su encuentro, así se las gastaban los antiguos conquistadores, de los cuales y su periplo haremos recuento en las páginas de la novela.

Cuando conseguimos lo necesario para poder visitar la tierra de los incas, emprendimos vuelo a Suramérica, y visitamos Tiahuanaco y la Amazonia en busca del remedio para mi hermano, pero las sorpresas se fueron sucediendo a lo largo del viaje; apareció por allí Doña Mercè, una mujer que no nos puso las cosas nada fáciles pero sin cuyos conocimientos arqueológicos jamás habríamos podido triunfar en nuestra empresa. Así, poco a poco dimos con la solución y pudimos volver a España con el remedio para la curación de Arnau. Hoy somos todos felices, aunque aún nos pique algún que otro granito traído de la Amazonia.

J.F. Verdamir

La trilogía de Escipión / Santiago Posteguillo

He aquí tres libros en la mejor tradición de la novela de aventuras que tienen el aliciente de estar basados en hechos reales. Si esto se hace con elegancia, sobriedad, sentido del ritmo y un hálito narrativo diestramente medido, podemos decir que nos encontramos ante una gran novela histórica. Nada que ver con las decenas de publicitados bodrios que pueblan nuestras librerías (véase Peter Berling y otros griales varios).

Son tres novelas gordas, de aproximadamente 800 páginas cada una, que tienen como característica diferencial más destacada la facilidad de su lectura, no sólo por su sintaxis sencilla y sin alharacas, sino sobre todo porque con frecuencia se nos recuerda en pocas palabras lo hasta entonces acontecido. Es decir, que la dejas de leer un par de días y no tienes ningún problema en retomar contacto con situaciones y personajes. Se ve que el autor tiene la poco habitual destreza de colocarse en la mente del lector. Y se agradece.

Las tres obras, organizadas cronológicamente según el esquema de crecimiento, apogeo y decadencia, son: Africanus, Las legiones malditas y La traición de Roma. En ellas se narra la vida de Publio Cornelio Escipión, el general romano a quien siempre se recordará por ser quien derrotó a Anibal, uno de los estrategas militares más valorados de la historia. El mismo de los elefantes alpinos. Ahí es ná.

A mi entender los méritos más sobresalientes de esta trilogía son:

Interés argumental que no decae nunca.
Fidelidad a los hechos históricos (dentro de lo que cabe).
Tratamiento de las féminas sin cursilerías.
Ponderada descripción de batallas (con esquemas incluidos).
Insignes loas a la amistad (como tiene que ser).

Resumiendo, el típico libraco del que se suele decir que parece el guión de una estupenda película… si no estuviéramos hartos de ver malísimas películas basadas en excelentes libros. A disfrutar, que da para muchas horas.

Se pueden leer algunos cachitos en la página del autor: http://www.santiagoposteguillo.es/libros-publicados/
Alberto Arzua

La Aventura del tocador de Señoras, Eduardo Mendoza

tocador de señoras He estado leyendo estos últimos dí­as, a Eduardo Mendoza, La aventura del tocador de señoras, y no sé, a veces tengo parar para poder reí­rme de nuevo de lo que acabo de leer y así­ no se puede, muchas veces a trompicones y a carcajada abierta (ayer que vení­a en el tren un tipo se me acercó para preguntarme que qué leí­a porque parecí­a que me la estaba pasando bomba, me dijo que al bajar, buscarí­a el libro en la primera librerí­a que encontrara) y como te digo, no avanzo en nada la lectura y mis arrugas de risa se marcan más y más, y no sabes la alegrí­a que me da eso, si al fin y al cabo una va a terminar como uva pasa, por lo menos que sean delineando bien ésos pliegues que cada vez que me vea al espejo, puedan recordarme lo mucho que me he reí­do. No todo van a ser heridas de guerra ¿no?.

Te cuento, el libro retoma las aventuras de un personaje muy singular, una especie de pí­caro (como personaje) que está internado en un manicomio por error (o no), en una Barcelona atí­pica de los años ochenta. í‰se internamiento, ha estado aderezado con salidas o escapadas esporádicas cuando alguien necesita que hagan el trabajo sucio por él (un chivo expiatorio) para después regresarlo cuando ha terminado dicha empresa al manicomio nuevamente (es un personaje recurrente en otras novelas anteriores de Mendoza, como El Misterio de la Cripta Embrujada y otro más que si no recuerdo mal, se llama El Laberinto de las Aceitunas) . En éste libro le dan la salida definitiva porque derrumbarán el manicomio para hacer un bloque comercial. Quizás lo mejor que tiene el libro, es que se aleja mucho a ésa moda (que ya cansa) de enigmas medievales, libros de terror o recetas para vivir una vida plena, que están en los primeros sitios de venta por semanas, no es un best sellers, pero créeme, el tiempo se pasa pronto cuando estás leyendo dichas aventuras que se pasa volando y encima, pasándotelo muy bien.

Lo curioso es, cómo Don Eduardo Mendoza (el don bien merecido) puede escribir de ésa manera tan ágil y peculiar (a veces utilizando palabras y construcciones narrativas muy complejas), situaciones absurdas y surrealistas que están a la orden del dí­a, hilvanando de manera ágil y fresca una parodia de la realidad de manera brillante, rayando en el humor negro y hasta un poco corrosivo (quita el “rayando” y “poco” y cámbialo por “totalmente”) el personaje narra en primera persona (nunca sabemos su nombre) sus aventuras, en tono detectivesco, es adicto a la pepsi cola y tal pareciera que de verdad está rematadamente loco, pero es una locura casi ingenua y tan carismática que no puedes más que sentir empatí­a con él a medida que se va desarrollando la trama llena de personajes tan locos como él. Quisiera mostrarte un poco de lo que tan inútilmente trato de explicar:

“La carta elogiaba nuestra conducta…para acabar recomendando que el erial que solí­amos usar como campo de fútbol fuera convertido en un centro polideportivo más acorde con los tiempos, para lo cual,
concluí­a diciendo la carta, en breve nos serí­a enviado el equipamiento necesario. Como primera providencia, aquella misma tarde nos quitaron la pelota…”
“¿Me has entendido, escoria?-Me parece que sí­…No trate de volver a entrar: por su bien hemos electrificado las rejas -me dijo desde dentro- Tenga, un poco de dinero para los primeros gastos. Ya me lo devolverá cuando haya hecho fortuna. Tiene toda la vida por delante. Y también por detrás. Ay, quién pudiera volver a ser joven.

Traté de improvisar una frase a sus buenos deseos, pero el ruido de las apisonadoras, la excavadoras y los dinamiteros hicieron inútil mi esfuerzo. Por lo demás, el doctor Sugrañes ya habí­a escupido en mi sombra, dado media vuelta y emprendido el camino de regreso…”

En fin, que tiene todo para pasarlo bien y sin más pretensiones, que no es poco.

La aventura del tocador de señoras.

Eduardo Mendoza

Seix Barral 2001

382 pgs

Luisa

¡Asústate, Merche!, de Fina Casalderrey

Asústate Merche” es un libro indicado para adolescentes entre 13/16 años cuya autora es Fina Casalderrey.

Esta historia se inicia cuando, a través de una nota necrológica de un periódico, Auria descubre una terrible y misteriosa razón que la empuja hacia el suicidio. Por medio de Merche, el diario de Auria, y de un narrador, revivimos un viaje por Europa. El presente y el pasado avanzan paralelos. Los capí­tulos del pasado van dando claves para descifrar su situación actual. El descubrimento del amor, el sexo, el aborto, la amistad, las relacións familiares… surgen de este hilo argumental que resulta ser el viaje.


Edicións Xerais, Vigo, 1994
Fóra de xogo – Nº3
ISBN: 84-7507-843-5
Nº de páxinas: 216
Formato: 13 x 21
12ª edición: 2006
El original es en gallego, y se puede encontrar también en Catalán: Ostres, tu, saps quí¨? (Editorial Cruí¯lla, Barcelona, 1996) Castellano:¡Pásmate, Merche! (Ediciones SM, Madrid, 1997) y Portugués: Nem te passa! (Contemporí¢nea Editora, Matosinhos-Portugal, 1998)

^_Shiki_^

EL CÓDICE MAYA, de Douglas Preston.

¿Quién me iba a decir a mí­ que iba a terminar metido hasta las cejas en el corazón de la selva Hondureña?Soy veterinario y me iba bien con mi vida hasta que recibí­ la carta de mi padre, Maxwell Broadbent, para reunirnos en su casa con mis hermanos, Philip y Vernon. Y, ¿para qué? Cuando llegamos allí­ mi padre y toda su fortuna acumulada durante años, grandes tesoros adquiridos legal e ilegalmente, habí­an desaparecido. Solo quedaba una cinta de video, que nos dejó asombrados y boquiabiertos, habí­a decidido enterrarse en una tumba junto con todos sus tesoros, así­ que si querí­amos nuestra herencia… ‘¡¡¡Tení­amos que ir a buscarla!!!!Vernon y yo no tení­amos el más mí­nimo interés en ir a buscar a mi padre y su herencia, pero Philip, ese era otro cantar, ansiaba el dinero que podrí­a aportarle la venta de aquellos tesoros. Lo que yo no sabí­a, y Sally me hizo ver, es que entre aquellos tesoros, habí­a un Códice maya entre aquellos tesoros, que podí­a revolucionar la industria farmacéutica. Así­ que, evidentemente, nosotros no éramos los únicos que querí­amos aquella pieza. Se convirtió en una carrera hacia Honduras y selva.¿Conseguirí­amos encontrar la tumba de mi padre? o, por el contrario ¿Era todo una broma pesada de esas que a él tanto le gustaban, para hacernos ser “dignos hijos de Maxwell Broadbent?
nuska

Shögun, de James Clavell


Llegué a este maldito paí­s de los dioses, o del sol naciente, ya hace años, y aunque convivo (a la fuerza) con los japoneses, y he conseguido hablar su idioma, sigo sin entenderlos y me parece empresa inalcanzable para un occidental como yo. En el camino nos dejamos a casi toda la tripulación del Erasmus, mi buque, un bergantí­n holandés, del que soy piloto y capitán accidental, ya que el capitán también pereció a poco de llegar aquí­. Separado de los pocos marineros que quedaban vivos, me cupo en suerte, o en desgracia, incorporarme a la vida japonesa, pasando a formar parte del séquito de uno de los más importantes daimí­os, o señores feudales, del Japón. Me entretienen enseñando a las tropas a manejar los mosquetes, pero la verdadera razón de que conserve el pellejo es que soy usado como un peón más en este ajedrez que juegan los señores feudales en sus luchas por el poder. El poder siempre va ligado al dinero, y el dinero aquí­ va ligado al comercio de la seda con China, monopolio de los jesuí­tas, españoles y portugueses y enemigos de mi reina. Cada año llenan hasta arriba un gran barco, el barco negro, con los tesoros que mandan a su paí­s, pero que serí­a presa fácil para un ágil bergantí­n bien armado como el mí­o, si es que un dí­a me dan una tripulación y me dan via libre. Pero no todo son desventuras, también he aprendido cosas de ellos. He aprendido a ir limpio, esta gente es limpí­sima, no entran en sus casas con los zapatos llenos de barro como en mi tierra, ni las tienen llenas de excrementos animales, ni son sucias, oscuras y mal ventiladas, no. Aquí­ la pieza que no puede faltar en una casa es el gran baño caliente, una delicia desconocida en Europa, y las casas son de papel. Al principio no entendí­a por qué las hacen tan frágiles, pero en mi primer terremoto, cuando unas cayeron y muchas se incendiaron, lo comprendí­: por la noche estaba todo reparado y como nuevo. Su organización social es simple y funciona a la perfección, no hay apenas leyes y el único castigo para todos los delitos es la muerte. Hay campesinos, que poseen y trabajan la tierra y la pesca; “eta” que son gente de í­nfima condición, comen carne, y son dedicados a trabajos penosos; y comerciantes. …(sigue) Sigue leyendo