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Párrafos escogidos.

Solar – Ian McEwan

He aquí uno de mis escritores favoritos, de quien se pueden recomendar como mínimo tres novelas excepcionales: Amsterdam, Expiación y Sábado. Esta que ahora nos ocupa, Solar, en mi opinión tan sólo llega a la categoría de excelente. Y es que, al igual que la materia (o la energía), los grandes escritores ni se crean ni se destruyen, sino que se transforman.

Se ha publicitado este libro hasta la saciedad afirmando que se trata de un toque de atención sobre el problema del cambio climático. Parece ser que McEwan es un experto en estos temas y aborrece de aquellos que dudan acerca de la gravedad del efecto invernadero. Me parece muy bien, pero que se sepa que el libro no es ningún panfleto, ni mucho menos, puesto que se expresan opiniones para todos los gustos. De hecho el protagonista es un premio Nobel de física, muy involucrado en el asunto, pero cuya personalidad es sencillamente lamentable. O sea que no se nos adoctrina, faltaría más.

También se ha comentado que hay parrafadas técnicas bastante aburridas. Pues es mentira, no las hay. Los comentarios técnicos, que hoy en día resultan frecuentes en muchos textos, -quizá porque los autores cada vez son más cultos e interdisciplinares-   le añaden luz y color a la literatura, ni oscurecen ni molestan.

Y hablando de literatura, que es de lo que aquí se trata, citemos tres joyitas de esta novela.

¿Cómo expresarías la idea de que, ante un cúmulo de tareas que hacer, te vienen las ganas de no hacer nada?

El olvido, la última palabra en organización, sería su único consuelo.

¿Cómo describirías una caca en una taza de water?

… el arabesco de color chocolate del excremento de otro hombre…

¿Cómo expresarías las dudas de un personaje?

En el viejo parlamente de su propio ser hubo una clamorosa división de opiniones. La voz elocuente de la experiencia se alzó en medio del alboroto para observar que negarse una liberación largo tiempo aguardada podría dañar aún más su concentración. No hizo caso de esta voz y siguió caminando.

Por cierto, la “liberación largo tiempo aguardada” es lo que llamaríamos pedestre y eufemísticamente “un encuentro sexual”.

Y acabo con algo tragicómico. Resulta que el personaje se encuentra viajando en motonieve cerca del ártico y, en su inexperiencia, se ha detenido a orinar. Al sacar el pene, éste se le congela. Vuelve a la motonieve como puede y…

Al levantar una pierna para auparse a su asiento detrás del guía, sintió, e incluso creyó que oía, un dolor en la ingle terrible, desgarrador, una rotura y una separación, como un nacimiento, como un glaciar que se desgaja. Lanzó un grito…  Algo frío y duro se había desprendido de la ingle de Beard, había caído dentro de la pernera de sus calzoncillos largos y estaba ahora alojado justo encima de la rótula. Se introdujo la mano entre las piernas y no encontró nada. Se puso la mano en la rodilla y el objeto horrendo, que medía menos de cinco centímetros, estaba tieso como un hueso. No lo sentía, o ya no lo sentía, como una parte de su cuerpo.

Alberto Arzua

Los cuentos de Julio Ramón Ribeyro

Cuentos

La molicie 2
La solución 5
Mar afuera 12
Sólo para fumadores 17
Interior L 33
La insignia 39
El banquete 42
Los gallinazos sin plumas 45
El profesor suplente 52
Espumante en el sótano 55
Los merengues 62

Sólo para fumadores

Sin haber sido un fumador precoz a partir de cierto momento mi historia se confunde con la historia de mis cigarrillos De mi período de aprendizaje no guardo un recuerdo muy claro salvo del primer cigarrillo que fumé a los catorce o quince años Era un pitillo rubio marca Derby que me invitó un condiscípulo a la salida del colegio Lo encendí muy asustado a la sombra de una morera y después de echar unas cuantas pitadas me sentí tan mal que estuve vomitando toda la tarde y me juré no repetir la experiencia.
Juramento inútil como otros tantos que lo siguieron pues (…)

No me quedó más remedio que inventar mi propia teoría Teoría filosófica y absurda que menciono aquí por simple curiosidad Me dije que según Empédocles los cuatro elementos primordiales de la naturaleza eran el aire el agua la tierra y el fuego Todos ellos están vinculados al origen de la y a la supervivencia de nuestra especie Con el aire estamos permanentemente en contacto pues lo respiramos lo expelemos lo acondicionamos Con el agua también pues la bebemos nos lavamos con ella la gozamos en ejercicios natatorios o submarinos Con la tierra igualmente pues caminamos sobre ella la cultivamos la modelamos con nuestras manos Pero con el fuego no podemos tener relación directa El, fuego es el único de los cuatro elementos empedoclianos que nos arredra pues su cercanía o su contacto nos hace daño La sola manera de vincularnos con él es gracias a un mediador Y este mediador es el cigarrillo El cigarrillo nos permite comunicarnos con el fuego sin er consumidos por .él El fuego está en un extremo del cigarrillo y nosotros en el opuesto Y la, prueba de que este contacto es estrecho reside en que el cigarrillo arde pero es nuestra boca la que expele el humo Gracias a este invento completamos nuestra necesidad ancestral de religarnos con los cuatro elementos originales de la vida (…).

¿Queréis más actualidad? Ahora que les privan hasta del lugar donde serlo, no está mal que alguien escriba sólo para ellos. Confieso que he hecho caso omiso de la orden. Nada más interesante que leer lo prohibido.
Desconocido para mí hasta hace muy poco, sus cuentos se leen en un suspiro, pero su mucha retranca permanece en un rumrum durante largo tiempo.

Julio Ramón Ribeyro es uno de los cuentistas más admirados hoy de la literatura en lengua española. Los relatos aquí reunidos constituyen algo así como la esencia misma de su extensa obra como cuentista, hoy ya convertida en obra clásica de la literatura contemporánea. Ribeyro acostumbra a colocar a sus personajes en situación, primero, de inaprensible desconcierto y, luego, de inevitable asombro. Lo fantástico se desliza casi desapercibido por detrás de escenarios y circunstancias que suelen pertenecer a la vida cotidiana, a una existencia en principio sin sorpresas pero que, en realidad, parece asentarse sobre inesperadas tierras movedizas que la condenan a un permanente, aunque latente, estado de inquietud. Nada es lo que aparenta ser, y lo que es puede dejar de serlo en cualquier instante, por cualquier capricho del azar o del escritor, quien incita así al lector a jugar con las piruetas de su propia imaginación.
Andrés López

El cementerio de Praga / Umberto Eco

Al autor de esta novela le sobran neuronas por todas partes. Su increíble inteligencia, sensibilidad y buen humor nos ha regalado magníficas obras de ficción como El nombre de la rosa y estupendos ensayos como Apocalípticos e integrados. En muchas otras ocasiones, sin embargo, su fértil cerebro y amplísimos conocimientos tan sólo han le servido para parir obras retorcidas y pretenciosas de difícil digestión.

Con este Cementerio de Praga, absurdamente criticado por antisemita (como si a Nabokov le tildaran de pedófilo), me da la impresión de que Umberto Eco ha encontrado la justa medida de sus posibilidades, divirtiéndose a placer al tiempo que nos divierte a los demás.

Es una novela rara, extraña, sin una línea argumental que apasione, creada en torno a diferentes episodios que suceden a lo largo de la vida de su protagonista, un falsificador italiano que se pone al servicio del antisemitismo y de todo aquel que se avenga a pagarle. Se trata de un tipo que carece absolutamente de moral y que justifica sus acciones de un modo tan absurdo como entretenido. En este sentido le encuentro cierto parecido con el Bravo soldado Schweik. Porque, a pesar de su tenebroso argumento, de sus intrigas, asesinatos y múltiples traiciones, esta novela es francamente graciosa. Me imagino perfectamente las carcajadas de Umberto escribiéndola.

Un nombre que me vino a la mente al leerla es el del ínclito Borges, puesto que el lenguaje está cuidado hasta el delirio, cada frase bordea la exquisitez, el gusto por el detalle, la paradoja (atinada y menos plúmbea que en el caso de Cabrera Infante), el amor a las palabras y a sus significados (no en vano Umberto es catedrático de Semiótica)… En fin, que una lectura atenta permite sacar un dulcísimo jugo a este libro. De hecho se exponen en procesión tantas ideas y tantos aciertos literarios que para un aficionado a la literatura pura sería una pena perderselo.

Sin ánimo de ejemplificar sino de traer a colación un simple ejemplo (hay miles), transcribo a continuación lo que experimenta el protagonista cuando se ve obligado a practicar sexo por primera vez en su vida.

Diana llega a mí, jadeando sobre mí, o Dios mío, la pluma me tiembla, la mente me vacila, lagrimeante de disgusto, puesto que soy (ahora como entonces) incapaz de gritar porque me ha invadido la boca algo no mío, me siento rodar por los suelos, los perfumes me están aturdiendo, ese cuerpo que busca confundirse con el mío me provoca una excitación preagónica, endemoniado, como si fuera una histérica de La Salpetriére, estoy tocando (con mis manos, ¡como si lo quisiera!) esa carne ajena, penetro esa herida suya con insana curiosidad de cirujano, ruego a la hechicera que me deje, la muerdo para defenderme y ella me grita que lo vuelva a hacer, echo la cabeza hacia atrás pensando en el doctor Tissot, sé que estos desmayos acarrearán el adelgazamiento de todo mi cuerpo, la palidez térrea de mi rostro ya moribundo, la vista nublada y los sueños tumultuosos, la ronquera de las fauces, los dolores de los bulbos oculares, la invasión mefítica de manchas rojas en la cara, el vómito de materias calcinadas, las palpitaciones del corazón y, por último, con la sífilis, la ceguera.

Y mientras ya he dejado de ver, de golpe siento la sensación más lacerante, indecible e insoportable de mi vida, como si toda la sangre de mis venas brotara de golpe de una herida de cada uno de mis miembros tensos hasta el espasmo, de la nariz, de las orejas, de las puntas de los dedos, incluso del ano; socorro, socorro, creo entender qué es la muerte, de la que todo ser vivo huye aunque la busque por instinto innatural de multiplicar su simiente…

Y así todo, ya digo, un estupendo cúmulo de desmadres controlados.

Alberto Arzua

Antología española de literatura fantástica / Selección de Alejo Martínez Martín

Hay que reconocer una cosa bastante tonta que pasa con esto de la literatura. Y ello es que los libros te entran también por la vista. Las editoriales se esfuerzan en que las portadas sean atractivas, además de aderezarlas con los típicos comentarios de “la mejor novela del año”, “imprescindible” y otras zarandajas mentirosonas. Nada que objetar, la función de los mercaderes es la venta (Dios único y verdadero del capitalismo) y para ello utilizan todas las artimañas posibles. Es necesario estar muy atentos para que no te metan gato por liebre. Sí, igualito que al comprar una lavadora (o mismamente una liebre para el guisote).

Si utilizáramos libros electrónicos este problema no existiría, por supuesto, porque ya no serían necesarias las portadas para envolver las páginas (aunque no veo por qué no nos iban a alegrar la vista con algunas imágenes, fotillos, o incluso animaciones y vídeos). Pero de momento yo, por lo menos, sigo fiel al papel, a la celulosa, a la deforestación y al cambio climático inducido. ¿Soy malo? No, soy pobre y vago. Mis pecunios y mis piernas me dan justo para llegar a la biblioteca del barrio y observar, admirado, portadas como la que aquí les presento.

¿A que es fea de narices? Es de la editorial Valdemar y la he tenido que escanear porque no se atreven a ponerla en Internet. Nada más ver el libro allí expuesto me dije, digo, vaya cosa más horrorosa, seguro que lo de dentro es una porquería… ¿Me siguen ustedes el razonamiento idiota? Porque como razonamiento idiota, es de los más idiotas que conozco. ¿Por qué? Porque, en el caso de los libros, el contenido no tiene nada que ver con el continente. Vaya cosa más tonta acabo de decir. Pero es verdad.

Todo lo cual me sirve como preámbulo para afirmar que este volumen de pequeños cachitos de literatura fantástica española es FANTÁSTICO. Fantástico en el sentido de estupendo, muy bueno, cañón, chachi piruli. Se trata de una recopilación de aquellos fragmentos o cuentos en lo que los autores no nos presentan una realidad conocida sino una realidad imaginaria, fantaseada, fantástica, producto de su artística fantasía.

Pero atentos, esto no es ciencia ficción, sino algo previo y/o tangencial. Y tampoco se reduce todo a historias de fantasmas o aparecidos, sino que va mucho más allá. Va tan allá como lo permite la imaginación de los autores, que es mucha y muy variada. A pesar de que en la historia de la literatura española la constante abrumadora es el realismo, por un lado existen unos pocos escritores que han practicado con fruición y destreza el no-realismo, y por otro agrada descubrir que también entre los afamados realistas se han dado fantásticas veleidades, cómo no.

Este tomo empieza con Alfonso X el Sabio, no se lo pierdan, y va pasando por Cervantes, Quevedo, Espronceda, Becquer, Galdós, Unamuno, Baroja, Sánchez Ferlosio… y muchos otros conocidísimos que no mencionamos por no alargar el listado (con decir que nos hemos dejado a Lope de Vega y a Valle Inclán…) hasta acabar en el ínclito Pere Gimferrer. ¡Más de 50 escritores seleccionados! ¡Cientos de obras consignadas! ¡Parezco un vendedor de feria!

Pero así es, este libro tiene muchísimo para descubrir y disfrutar. Además los trozos son bastante cortitos y se pueden leer con mucha comodidad. Y por supuesto que también aparecen los pocos escritores que han practicado la fantasía en España, por ejemplo Alvaro Cunqueiro (un autor sencillamente excepcional) y Juan Perucho, además de tener la posibilidad de descubrir a otros de cuya existencia simplemente sospechaba o acerca de los cuales claramente no tenía ni idea (Ros de Olano, Sawa, Insúa, Dieste…). ¡Grandes descubrimientos, pardiez! ¡Recomendable de todas todas!

Vamos a poner algún cachito, venga, no seamos rácanos.

El humor es una constante en la fantasía. Rus de Olano lo practica.

Aquel que crea que miss Tintin era inglesa, caerá en error.

Miss Tintin era de la isla, y la isla era de la mar; porque la mar puso la isla como una gallina pone un huevo.

A más de que si todo lo que empieza por llamarse mis fuera necesariamente anglosajón, no hubiera gato que no fuese inglés y no habría español que se atreviera a decir de sus narices mis narices, por temor de declararlas ajenas y extranjeras.

Pedro Antonio de Alarcón nos habla de un ingeniero de caminos muy racional y valiente, pero que tiene un miedo muy peculiar.

No sé si por fatalidad innata de mi imaginación, o por vicio adquirido al oír alguno de aquellos cuentos de vieja con que tan imprudentemente se asusta a los niños en la cuna, el caso es que desde mis tiernos años no hubo cosa que me causase tanto horror y susto, ya me la figurara mentalmente, ya me la encontrase en realidad, como una mujer sola, en la calle, a altas horas de la noche.

Personaje galdosiano al canto.

La familia de Pacorrito Migajas no podía ser más ilustre. Su padre, acusado de intentar un escalo por la alcantarilla, fue a tomar aires a Ceuta, donde murió. Su madre, una señora muy apersonada que por muchos años tuvo puesto de castañas en la Cava de San Miguel, fue también metida en líos de justicia, y después de muchos embrollos y dimes y diretes con jueces y escribanos me la empaquetaron para el penal de Alcalá.

Leopoldo Alas Clarín nos presenta a un difunto escuchando a su mujer rezándole mentalmente.

Padre nuestro (¡cómo tarda el otro!) que estás en los cielos (¿habrá otra vida y me verá éste desde allá arriba?), santificado (haré los lutos baratos, porque no quiero gastar mucho en ropa negra) sea el tu nombre; venga a nos el tu reino (el entierro me va a costar un sentido si los del partido de mi difunto no lo toman como cosa suya), y hágase tu voluntad (lo que es si me caso con el otro, mi voluntad ha de ser la primera y no admito ancas de nadie –ancas, pensó mi mujer, ancas, así como suena) así en la tierra como en el cielo (¿estará ya en el purgatorio este animal?).

El clásico Fendetestas de Wenceslao Fernández Flórez

Cuando Fendetestas abandonó sus tareas de jornalero en Armental para emprender la higiénica vida de ladrón de caminos no disponía más que de un pistolón probado algunas veces en las reyertas de romería, y cuyo cañón, enmohecido y atado con cuerdas, parecía casi el cañón de un trabuco. Fendetestas llevó también a la fraga un ideal: robar la casa de algún cura. No hubo ni hay en el campo gallego un solo ladrón que no haya robado a un cura o soñado en robarle.

Rafael Dieste nos presenta a un personaje que no se atreve a decir (por vergüenza) que el “muerto” del ataúd está vivo. El relato empieza así:

Fue cerca del camposanto cuando sentí removerse dentro de la caja al pobre Bieito. (De los cuatro portadores del ataúd yo era uno). ¿Lo sentí o fue aprensión mía? Entonces no podía asegurarlo. ¡Fue un rebullir tan suave…! Como la tenaz carcoma que roe, roe en la noche, roe desde entonces en mi magín enfervorizado aquel suave rebullir.

Pero es que yo, amigos míos, no estaba seguro, y por tanto –comprendedme, escuchadme-, por tanto no podía, no debía decir nada.

Felipe Ximénez de Sandoval propone un intercambio de almas entre hombre y loro. Obsérvese el aspecto del alma del loro:

A la luz prodigiosa de los rayos se dibujaba junto al corazón trepidante del loro su alma. Era un cilindro pequeñísimo de sustancia oscura y compacta, llena de estrías como un rollo de fonógrafo.

De todos los autores incluye el recopilador Martínez Martín una breve reseña biográfica. La de Álvaro Cunqueiro, el más fantástico de los escritores españoles, empieza así:

Descendiente por la línea paterna del paladín Roldán y una sirena, tuvo por tío a don Ramón del Valle-Inclán, y ha sido alguna vez Ulises y Simbad, el ciego Abdalá y el errante Ashaverus. Cuando aún era niño, pasaba muchas horas en la farmacia de su padre…

Juan Perucho, uno de los más gamberros y cultos escritores españoles, de quien recomiendo cualquier escrito, cita un fragmento de una supuesta Historia natural y geográfica del principado de Cataluña:

Sin embargo del elogio muy cumplido de los pezes en lo moral y en lo physico, no les disimula una propiedad muy vergonzosa y reprehensible que es comerse unos a otros, y lo peor es que los grandes se comen a los pequeños. Si los pequeños se comiesen a los grandes, un solo Pez grande bastaría para muchos millares de los pequeños; pero, comiéndose los grandes a los pequeños, muchos millares de estos no bastan para saciar el hambre y llenar el buche de aquellos, y eso en lo moral y en lo physico tiene malísimas consequencias.

Acabemos con una réplica de Gonzalo Suarez (sí, el director de cine):

-¿Causas que provocaron la defunción?
-Los días, al sucederse unos a otros sin interrupción

Y con la última frase de Pere Gimferrer (sí, el poeta), que resulta ser asimismo la que cierra el libro:

En los jardines se cometen muchas irregularidades, y a menudo quien más debería saberlo no tiene de todo ello la menor noticia.

Vaya, de lo que se entera uno…

Alberto Arzua

Figuras de la Pasión del Señor / Gabriel Miró (2)

Segunda y última parte de cachitos extraidos de esta magnífica obra de arte. Disfruten ustedes.

Observando un cocodrilo sagrado.

Las aguas rebramaron. Lejos, en un remanso, comenzaron a palpitar, rajándose sus costras verdes. Se oía un profundo crujir. De súbito se descuajó un trozo de la laguna; estalló sangre, cieno y un hedor de moho y carne manida. Fue asomando lerdamente una coraza viscosa, nauseabunda, de cartílagos vidriados que soltaban pringues y cuajadas almizcleñas. Y cerróse el agua con un hervor de burbujas enrojecidas.

Claudia, la de Pilato, describe la mirada de Jesús.

¡Dejan sus ojos un pesar que va resbalando con la blandura de un ungüento precioso, y queda nuestra vida tan delgada que parece que vuele encima de sí misma, como un ave cerniéndose sobre su nido!

Poncio se viste de exquisitas sonoridades.

Poncio sonreía, y decidióse. Trocó la levísima suela por el calceus patricio, múleo de cuero escarlata y bridas negras que se cruzan y abrochan en el tobillo con una media luna de marfil; se vistió la túnica íntima y corta de hilo de Egipto; encima, la laticlavia, y colgóse sobre los hombros, dejando libre el brazo diestro, la toga pretexta, blanca, franjada de púrpura, de gordos pliegues y caída ampulosa; enjoyó sus muñecas, tomó su insignia, y bajo el dintel del sicómoro esculpido, recibió el salve de sus invitados.

Y se presenta ante el pueblo.

Cruzó Poncio el inmenso patio. Un aire tibio le abría un ala blanca de su toga. Su jabalina de marfil señaló hacia la gran arcada; y ocho númidas hercúleos, de piel callosa de elefante, pasaron los horcones por las argollas del púlpito, arrastrándolo a los portales. Avanzó el centurión con una escuadra de caballería. Gritó la muchedumbre.

El pueblo insulta a Jesús.

Estalló el enojo de la multitud con un clamor de injurias, injurias rebañadas de los muladares de la lengua, con el goce de lo hediondo que siempre habita en las entrañas de la plebe y engendra el aborrecimiento, sin fijarse en el aborrecido, y se desea ciegamente el mal.

(…) y ya todos rugían la maldición con un ahínco que les rasgaba las bocas y les inflaba las fauces como gañiles de perro.

Simón de Cirene cuenta un episodio sucedido en sus tierras cuando “un viejo giboso y desnudo” chupaba las ubres de las camellas “y después se iba, volcándose, beodo del hartazgo”. Aquello no podía ser y decidieron ponerle fin.

Amenazónos el amo con la tortura; cobramos ímpetu, y una tarde caímos sobre el viejo, arrojándole piedras y escombros. Un canto le quebró los hinojos. Los alaridos del lisiado sacaron de la muralla a la gente. Y todos se holgaban apedreándole, y decían:

“¡Es vampiro, vampiro de la enjundia de las hembras”!

Y el viejo bramó: “¡La sed os seque las entrañas y os pesen más que estos guijarros, porque matáis al dios de vuestra agua!”

Muchos se asustaron; pero el rabadán de nosotros gritó:

“!Rematadle, que ya se hiende y sangra por todo el cuerpo! Rematadle aunque sea dios, que alguna vez habíamos de poder nosotros”.

Vendiendo el vino de misericordia.

Un árabe hercúleo, de muslos de oso, con una camisa azul y una hoz rota atada a su frente como un asta, vendía en una cántara bermeja vino de misericordia, el mesek, vino con granos de mirra, que aturde a los reos. Por un óbolo, la gente regocijada podía catar el último sabor que queda en la lengua del crucificado.

Le llamó una moza, vestida de un oleaje de colores; y desde un portal le avisaban:

¡Engaño, engaño, porque la libra de mirra vale más de veinte denarios!

Y el árabe rugió:

¡No beberíais lo que cabe en el cuenco de las dos manos sin desfallecer!

Le cayó entre los ojos una plasta de estiércol.

¡Raka! ¡Pones amargo tu vino con aguas de asno!

Los judíos, las esposas y la sal.

(…) y se dividen sus pareceres comentando un repudio, porque los partidarios de la doctrina de Schammai sólo lo aprueban si la mujer cometió adulterio y consienten el divorcio para que le varón busque prole en esposa fecunda; más los que siguen la escuela de Hillel lo tienen por justo, siquiera se funde en servir al esposo un manjar desaborido.

Las mujeres también quieren ver el espectáculo desde sus casas.

Y dentro, las mujeres encerradas, ansiosas en la penumbra y sofocación de los aposentillos, que huelen fuertemente a ropas almizcladas, a humo de braseros, a hierbas de virtud, a cedro del tálamo y de los arcaces, a miel de cofines de frutas… La voz, la risa del arroyo las empuja a la herida de luz de las rejas avaras. Imaginan peligros; suspiran, se besan, se oprimen, disputan, resplandecen las almendras de sus ojos, vibran sus cuerpos enjoyados. Y cuando la audacia de una frente o de una mano abre la estera de juncos de la celosía estalla el susto y el enojo de todas, mezclados con el regocijo de mirar.

Acabemos con una pequeña pulla al Dios de hombres y abejas.

Josef sonrió del afán de las abejas, afán sin angustias, afán que participaba del corpezuelo de estas criaturas como sus alas, sus palpos, su vello sudoroso… ¡Cómo debieron vibrar los dedos del Criador cuando hiciesen el germen de la abeja!… Y la mano divina, después que tocó en los orígenes de las cosas los sufrimientos de la creación, hizo al hombre… En todos los seres era posible lo que apetecieran para su bien. Y el más grande bien de los hombres: vivir, vivir sin dolor, no se hallaba en su voluntad.

Alberto Arzua

Figuras de la Pasión del Señor / Gabriel Miró (1)

Este es un libro para leer en verano. De hecho yo me lo leo casi todos los veranos. Es un libro de verano y de Mediterráneo, pero también te lo puedes leer en invierno y en el Mar del Norte. Es un libro del que no voy a hablar mucho porque casi me lo sé de memoria y porque para qué decir nada pudiendo citarlo. Tan sólo un par de apuntes.

Recrea los momentos finales del Nuevo Testamento, ya saben, cosas de la vida de Jesús, cómo le prenden y le matan y todo eso. Pero lo que sucede no tiene casi ninguna importancia, porque se da por sabido. El puntazo está en la manera de contarlo, que es insuperable. IN SU PE RA BLE. Puro zumo poético, rítmico y plácido que te envuelve y te explica sensitivamente las cosas mucho mejor que mil fotografías. Adoro este libro, por si nadie se había dado cuenta. Les voy a regalar con unas cuantas citas, ale (valórese el esfuerzo que hago por no citar el libro entero). Hoy va la primera parte.

Describiendo a un joven sanote.

Regocijábase en su hacienda y entendía hasta del gobierno de las yuntas y de escoger el pasto de más frescura y crasitud para sus ganados, y avisaba prudentemente al mayordomo. Nunca secó sus huesos en los lupanares ni atendió las supercherías de la cortesana, huyendo de sus dejos, amargos como el ajenjo y agudos como la espada de dos filos.

Palabra de Dios

Y habló Jesús en su dialecto arameo, con una sonoridad cálida, de arranques y blandezas provincianas, que se insinuaba, que parecía tener la fuerza de los ojos que miran muy de cerca.

A los sumos sacerdotes no les gustan los vagos.

El prefecto del Templo había aplicado la llama de su antorcha al custodio de la leñera que fue hallado dormido.

Sosegóse el sumo sacerdote; prosiguieron los ancianos las recitaciones del Éxodo, del Levítico y de los Números; y fuera, el hombre que ardía bramaba, golpeándose contra los cornijales del altar, y se precipitó enloquecido en el baño de bronce.

El gusto por las palabr(ot)as.

Y fuera de los muros, junto a las puertas, los ganaderos aúllan sus injurias entre el balar fatigoso de las ferias de ovejas y cabrones…

El Efecto de los machos en las mujeres encerradas.

Los campos de Samaria se truecan en jardines de aquella humanidad fastuosa y placentera. Y las samaritanas palpitan contemplándola; y vuelven a la sencillez patriarcal de sus hogares pálidas y tristes. Se ha cerrado de nuevo el silencio que abrió, como la faz de un lago, la proa de oro de la galanía. Y queda para ellas un aroma de felicidad que ya se aparta, como si la hubiese dejado un hombre hermoso.

El carácter galileo, moldeado por el paisaje.

Toda la Galilea está gozosa de pueblos tan juntos que se oyen uno a otro, y todos se cogen como de los brazos de sus veredas y de la cintura de sus huertas. El alma y la mano del galileo se abren pronto a la confianza y a la largueza. Allí la viuda queda amparada en el hogar del esposo muerto.

La tortura, humana debilidad.

Más algún decreto de muerte había de cumplirse para que no fuesen enteramente menoscabados los libros mosaicos, y no careciese la Pascua de uno de los más gustosos regodeos de los hombres.

El miedo a la masa.

Y aún temió Annás. El Rábbi no era el Cristo; pero por escondidas fuerzas de magia podía realizar un prodigio o decir una palabra, y tener un gesto gallardo y audaz que removiese de su silencio y quietud de grey a la muchedumbre, dócil para recibir todo fermento de rebelión.

Alegrías pecadoras.

Una bandada de siervas quitó rápidamente la escombra de las orgías.

(…) Avanzó el centurión.

Pero Herodes resbalóse del sitial para asomarse a los tapices.

A través de los aposentos próximos venía un rebullicio femenino. Y vio a Herodías desnuda, gozosa, infantil, atravesando estancias, derribando trípodes, saltando sobre escabeles y braserillos; y sus esclavas la seguían, tendiendo los cobertores que ella apartaba en su carrera.

Pilatos se enfada con la plebe.

Y Poncio se arrebata; surge encima de un friso de desnudos; su brazo hiende el azul; y el huracán de la legión siriana se precipita, chafa y desgarra la multitud, que solloza por el oprobio de sus piedras venerables, y tiende impávida su cuello a la cuchilla. El primer centurión avanza hundiéndose y amoratándose en el lagar humano; saltan dedos, pechos y frentes al tajo de su espada goteante; tiemblan en su casco jirones de sudarios, de sayales, de cíngulos, de cabelleras con piel que aún sangra…

(…) Y apartóse goteando de sangre los senderos. Sobre los hombros de los fuertes se iban pudriendo los hermanos heridos. El aire crepitaba de salmos…

Chismes de Claudia, la mujer de Poncio Pilato.

No tiene medidas el poder de Claudia. Tampoco ella las tuvo para sus gracias y travesuras como pececillo del aquárium de César. Porque fue del cortejo de delicias, niños-peces que se bañaban con el Emperador, deslizándose entre sus muslos, mordiendo sus pechos blancos y afeitados como los de una cortesana, mientras seis vírgenes presentaban el cuadro lúbrico de Parrhasio.

Un inciso. He buscado el significado de “cuadro lúbrico de Parrhasio” y lo que encontrado ha sido una historia de la disputa entre dos pintores, Zeuxis y Parrhasio, por ver cuál de ellos era el mejor. Zeuxis pinta unas uvas de un modo tan realista que los pájaros se lanzan a picotearlas. Parrhasio, como respuesta, reta a Zeuxis a que descorra la cortina de lo que él ha pintado, si se atreve. Al ir a hacerlo, Zeuxis se percata de que la cortina era en sí la pintura y, por tanto, se declara vencido. Es decir que de esta historia no se deduce nada lúbrico del cuadro de Parrhasio. Conclusión, Miró era un cachondo. Literal.

Sigamos con las distracciones de José de Arimatea.

Josef leía entre sus naranjos y rosales. A veces dejaba el estudio de la Thora o de los papiros de Alejandría por remediar de su violencia una rama doblada, por ver la obra de su sepulcro, que iban cavando sus fellaths en una peña roja como un pecho en carne viva.

El César Tiberio escribe advertencias a Pilatos.

Retorcióse Pilato de temor y odio.

Tiberio no le tocaba en sus avisos; parecía aconsejar con anchura doctrinaria. Pero nunca sus escritos exigieron ni castigaron con exactos contornos; y al leerlos, siempre se sentía la mordedura de una escondida ponzoña y la proyección de una oscuridad de desgracia…

Uno de los amiguetes romanos de Pilatos.

Y Celio. Curioso de todo origen de experiencia de sensibilidad. El tacto de un suave tejido, el goce de un perfume nuevo, de un sabor aún no catado, producíanle un placer que le demacraba rápidamente. Supo la invitación de Poncio en el segundo día de haberse abandonado a morir de hambre. Ocurriósele el suicidio sin apetecerlo. No fue suya la voluntad de la muerte. Sintió que se le posaba como una avecita ligera que descansa en una rama, sin doblarla. (…) Y la carta de Poncio le oxeó de pronto su designio de suicida… Le llamaba un amigo desde lugares vírgenes para sus ojos… Y se incorporó como si mirara un vuelo que se le fuera apartando. Después dijo: “¡Quizá vuelva algún día!”. Y aparejó sus galas.

El jueves que viene, más.

Alberto Arzua

Soy un gato / Natsume Soseki

Humor japonés de principios de siglo (veinte, claro). Casi nada. Mientras en España la generación del 98 andaba preocupada por la decadencia del país, Natsume Soseki nos deleita con las tonterías y más tonterías que se les ocurren a un puñado de amiguetes burgueses, un poco al estilo de Pío Baroja en “El árbol de la ciencia” o del Flaubert de “Bouvard y Pécuchet”. El gato de la casa (y del título) sirve de pretexto para presentarnos los desvaríos casi surrealistas de unos personajes bastante absurdos que se dedican a contarse historia tras historia, a cada cual más tonta, a cambiar de tema y a elucubrar razonamientos curiosos, desatinados o incluso inteligentes. Asomémonos un poquito a esta casa de locos.

El gato razona su derecho a entrar donde le de la gana.

Si la ley natural permite la propiedad privada de la tierra y la compraventa asignando un valor por metro cuadrado, es lógico que también se permita la partición del aire que respiramos y su venta por metro cúbico. Si no se puede negociar con la atmósfera y es ilegal la partición del firmamento, se debe deucir entonces que la propiedad de la tierra es irracional, y no algo natural. Ésa es mi convicción, y por eso entro donde me da la gana. Naturalmente, si no quiero ir a un sitio, no voy.

Diálogos para besugos.

– Pero, señora Kushami, si usted tiene cara de que le encanta la mermelada
– ¿Cómo puedes decir algo así de alguien con sólo mirarle a la cara?
– No puedo, por supuesto. pero dígame señora. ¿De verdad no le gusta?
– Bueno, claro que me gusta, y a veces tomo un poco. ¿Por qué no iba a hacerlo? Al fin y al cabo, es nuestra mermelada

Más pensamientos gatunos.

Desde el punto de vista de los humanos, la vida de los gatos puede parecer extremadamente simple y económica: siempre tenemos la misma cara y vestimos todas las estaciones del año el mismo traje, viejo y usado. Pero los gatos, eso os lo puedo asegurar, también sentimos el calor y el frío. Había veces en las que consideraba seriamente la posibilidad de darme un buen baño, pero secarme me habría llevado horas, así que decidí que no pasaba nada si andaba por ahí oliendo a sudor. También pensé en utilizar un abanico o un ventilador, pero al no poder sujetarlo con las patas, rechacé pronto la idea.

Curiosa explicación de lo que es la inspiración poética.

Normalmente se piensa que cuando la sangre sube a la cabeza no se obtiene ningún beneficio. Sin embargo hay al menos un contexto en que sí lo tiene. Hay oficios en los que es indispensable el frenesí que provoca la sangre cuando se sube a la cabeza. Si esto no sucediera no sería posible ejercerlos adecuadamente. El caso más interesante y destacado es el de los poetas. Igual que un barco de vapor es incapaz de ponerse en marcha sin carbón, lo mismo le sucede a un poeta: no es nadie sin el frenesí mental causado por una buena subida repentina de sangre a la cocorota. Si, por alguna circunstancia, no consiguen que esto suceda, inmediatamente se convierten en seres corrientes y molientes, sin otro quehacer en la vida que comer y quedarse de brazos cruzados mirando al techo.

Natsume Soseki

Natsume Soseki

El individualismo moderno matará la belleza.

El inevitable desarrollo de la individualidad supondrá cada vez una mayor demanda de los individuos para que se reconozca su identidad particular. En un mundo en que los dos sexos insistimos constantemente en nuestra propia especialidad, ¿cómo puede perdurar el arte? El arte florece por la armonía que se establece entre el artista y el público que admira su obra. Esa armonía está también condenada a desaparecer. Puedes gritar todo lo que quieras, incluso proclamar a los cuatro vientos que eres un gran poeta modernista, pero si nadie está de acuerdo contigo y comparte esa misma concepción que tienes de las cosas, me temo que nunca te leerán. Por muchos poemas que escribas, morirán en el mismo momento en que los crees.

Un libro muy interesante para ir captando, en la medida de lo posible, la manera de ser de los japoneses. Opino que a pesar de nuestra evidente y común humanidad, los orientales y los occidentales somos bastante distintos, por lo que todo lo que nos acerque al otro deberíamos recibirlo como algo muy enriquecedor. ¡Vive la différence!
Alberto Arzua

Mil años de poesía europea / Francisco Rico (1)

En un libro de poesía se puede uno hundir como en un pozo sin fondo. Tienes la posibilidad de disfrutar con una poesía entera, con unas cuantas frases, con una frase, con un extracto de frase, con unas pocas palabras… Todo ello a condición de leer sin prisas y sin prejuicios. Abre los ojos, abre el corazón, y que entre lo que quiera.

Este volumen es un recopilatorio de poesía europea dirigido y comentado por un ilustre humanista español, Francisco Rico, filólogo, académico de la lengua, catedrático de literaturas hispánicas medievales, premio nacional de investigación… la persona ideal para dejarse tomar del brazo y adentrarse en el apasionante mundo de la poesía.

Lo que desde este foro haremos de vez en cuando será publicar algunos extractos del libro para deleite de quien desee deleitarse. Aquí va la primera selección.

Fuga de muerte Paul Celan (rumano, 1920-1970)

Leche negra del alba la bebemos al atardecer
la bebemos al mediodía y a la mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
cavamos la fosa en los aires allí no hay estrechez
En la casa vive un hombre que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu cabello de oro Margarete
lo escribe y sale a la puerta de casa y brillan las estrellas silba
llamando a sus perros
silba y salen sus judíos manda cavar una fosa en la tierra
nos ordena tocad ahora música de baile.
(…)

Para celebrar una infancia Saint-John Perse (francés, 1887-1975)

¡Palmeras…!
Entonces te bañaban en el agua-de-hojas-verdes; y era también
Al agua verde sol, y las sirvientas de tu madre, altas mozas lucientes,
Meneaban sus cálidas piernas cerca de tu temblor…
(Hablo de una alta condición, antaño, entre los trajes, en el reino de
gigantes claridades.)
(…)

Espacio Juan Ramón Jiménez (español, 1881-1958)

(…) Entramos por los robles melenudos; rumoreaban su vejez cascada, oscuros, rotos, huecos, monstruosos, con colgados de telarañas fúnebres; el viento les mecía las melenas, en medrosos, estraños ondeajes, y entre ellos, por la sombra baja, honda, venía el rico olor del azahar de las tierras naranjas, grito ardiente con gritillos blancos de muchachas y niños. (…)
Alberto Arzua

La estrategia del agua / Lorenzo Silva

Bevilacqua y Chamorro reaparecen tras cinco años de silencio


Nuestros guardiaciviles favoritos nos cuentan cómo se realiza un trabajo de investigación, detallado y exhaustivo, sobre la víctima de un asesinato, sus circunstancias y las personas implicadas. Silva logra, como siempre, encandilar al lector sin que se dé cuenta de que le está contando una investigación casi totalmente de oficina, llena de las rutinas habituales de la práctica policial, y sin excesivas sorpresas en el argumento. Y lo consigue dotando a sus personajes de alma, de auténtica personalidad, de vida propia no muy distinta de la de cada quisque, evitando al héroe de tebeo y convirtiéndolo en otro, quizá no menos heróico, pero más real y de andar por casa.
Y lo consigue, entre otras cosas, con diálogos a la vez entretenidos y llenos de humor, de malicia, de picardía, de sana y clara filosofía.


Chamorro se extraña de que Bevilacqua diga que se va ver una tertulia en la tele mientras cena un yogur:

El yogur es sano. Facilita el tránsito intestinal, una función que a las personas de edad nos coviene mantener a pleno rendimiento. Y las tertulias de la tele me parecen estupendas. No sé lo que cobran los tertulianos, pero todo lo que les paguen me parece poco. Porque ellos solos cubren, en una labor casi heroica, la cuota de sandeces de toda la población. Les someten cualquier cuestión, y todas las abordan con esa mezcla fascinante de ignorancia, demagogia e irresponsabilidad que los convierte en una encarnación perfecta de la estupidez colectiva. Verlos durante media hora es una especie de anestesia. A mí me deja con un encefalograma casi plano, en el colmo de la placidez. Ninguna benzodiacepina es la mitad de potente que sus majaderías.

Otro párrafo en el que hablan de mafiosos y banqueros:

-¿Sabes qué es lo que más me pudre de esta gente?
-Qué
-Su vulgaridad. En el fondo no hay mucha diferencia entre un narcotraficante y un banquero. Son dos seres cuya vida y cuya conducta se explican en torno a una única pulsión: la codicia. Para impedir que el flujo de pasta se detenga, cuando hay algún riesgo, el banquero ejecuta hipotecas, o soborna al político financiándole la campaña o cualquier otro de sus caprichos. El narco, si puede, unta también, a políticos, a polis o a lo que se le ponga a tiro; pero como no puede ejecutar ninguna hipoteca, rompe piernas, pincha barrigas o destapa sesos. No hay, ni en la violencia legal del banquero ni en la ilegal del mafioso, nada de los nobles y naturales impulsos que mueven a un animal a meterle una dentellada o una cornada a otro. Es sólo el puto dinero, y la red de pasiones miserables que se tejen alrededor de él. Desentrañar una muerte en este contexto es algo tan fascinante y tan emocionante como hacer una auditoría de las cuentas de una sucursal.
-Oye, deberías patentar esa analogía, si es tuya.
-Sólo a media. La teoría de la criminalidad de los banqueros viene de antiguo. Ya la tenía Thomas Jefferson. Lo leí en internet.

En fin, que es otro estupendo libro recomendable a todo el que guste de la novela policiaca, o simplemente de la buena literatura costumbrista.

Página de Lorenzo Silva
Página de Bevilacqua y Chamorro
La Reina sin espejo
El alquimista impaciente
Oz

La montaña mágica / Thomas Mann

No he podido resistirme a traer esta curiosa, e intensa, declaración amorosa, que recoge Thomas Mann en su obra cumbre. Está traducido, porque en el original, aunque hablan en alemán, todas estas frases están expresadas en francés por el hombre que requiere a la dama, quizá porque el francés sea el idioma del amor, incluso cuando se trata de este amor no sé si tan carnal o tan descarnado como este con el que nos ilustra. Si “La montaña mágica” es una obra que no puede dejar a nadie indiferente, esta página es el clásico botón de muestra.

—Hablas como Settembrini. ¿Y mi fiebre? ¿De qué procede?
—Vamos, es un incidente sin consecuencias que pasará pronto.
—No, Clawdia, sabes perfectamente que lo que dices no es verdad, lo dices sin convicción, estoy seguro. La fiebre de mi cuerpo y las palpitaciones de mi corazón enjaulado y el estremecimiento de mis nervios son lo contrario de un incidente, se trata —y su rostro pálido, de labios estremecidos, se inclinó hacia el rostro de la mujer—, se trata nada menos que de mi amor por ti, ese amor que se apoderó de mí en el instante en que mis ojos te vieron, o más bien, que reconocí cuando te reconocí a ti, y es él evidentemente el que me ha conducido a este lugar…
—¡Qué locura!
—¡Oh! El amor no es nada si no es la locura, una cosa insensata, prohibida y una aventura en el mal. Si no es así es una banalidad agradable, buena para servir de tema a cancioncitas tranquilas en las llanuras. Pero que yo te he reconocido y que he reconocido mi amor hacia ti, sí, eso es verdad; yo ya te conocí, antiguamente, a ti y a tus ojos maravillosos oblicuos, y tu boca y la voz con que me hablas; una vez ya, cuando era colegial, te pedí tu lápiz para entablar contigo una relación social, porque e amaba sin razonar, y es por eso, sin duda, por mi antiguo amor hacia ti, por lo que me quedan esas marcas que Behrens ha encontrado en mi cuerpo y que indican que en otro tiempo yo estaba ya enfermo…
Sus dientes rechinaron. Había sacado un pie de debajo del asiento de la silla, que crujía, mientras iba divagando y, al avanzar ese pie, con la otra rodilla tocaba casi el suelo, de manera que se arrodillaba delante de ella con la cabeza inclinada y temblando todo su cuerpo.
—Te amo —balbuceó—, te he amado siempre, pues tú eres el Tú de mi vida, mi sueño, mi destino, mi deseo, mi eterno deseo.
—¡Vamos, vamos! —dijo ella—. ¡Si tus preceptores te viesen!
Pero él meneó la cabeza con desesperación, inclinando el rostro hacia el suelo, y contestó:
—Me tendría sin cuidado, me tienen sin cuidado todos esos Carducci, la República elocuente, el progreso humano en el tiempo, pues ¡te amo!
Ella acarició dulcemente con la mano los cabellos cortados al rape en la nuca.
—Pequeño burgués —dijo —. Lindo burgués de la pequeña mancha húmeda. ¿Es verdad que me amas tanto?
Y exaltado por este contacto, ya sobre las dos rodillas, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, él continuó hablando:
—Oh, el amor, ¿sabes…? El cuerpo, el amor, la muerte, esas tres cosas no hacen más que una. Pues el cuerpo es la enfermedad y la voluptuosi dad, y es el que hace la muerte; sí, son carnales ambos, el amor y la mue te, ¡y ése es su terror y su enorme sortilegio! Pero la muerte, ¿ comprendes?, es, por una parte, una cosa de mala fama, impúdica, que hace enrojecer de vergüenza; y por otra parte es una potencia muy solemne y majestuo sa (mucho más alta que la vida risueña que gana dinero y se llena la panza; mucho más venerable que el progreso que fanfarronea por los tiempos) porque es la historia y la nobleza, la piedad y lo eterno, lo sagrado, que hace que nos quitemos el sombrero y marchemos sobre la punta de los pies… De la misma manera, el cuerpo también, y el amor del cuerpo, son un asunto indecente y desagradable, y el cuerpo enrojece y palidece en la superficie por espasmo y vergüenza de sí mismo. ¡Pero también es una gran gloria adorable, imagen milagrosa de la vida orgánica, santa maravilla de la forma y la belleza, y el amor por él, por el cuerpo humano, es también un interés extremadamente humanitario y una potencia más educadora que toda la pedagogía del mundo…! ¡Oh, encantadora belleza orgánica que no se compone ni de pintura al óleo, ni de piedra, sino de materia viva y corruptible, llena del secreto febril de la vida y de la podredumbre! ¡Mira la simetría maravillosa del edificio humano, los hombros y las caderas y los senos floridos a ambos lados del pecho, y las costillas alineadas por parejas y el ombligo en el centro, en la blandura del vientre, y el sexo oscuro entre los muslos! Mira los omóplatos cómo se mueven bajo la piel sedosa de la espalda, y la columna vertebral que desciende hacia la doble lujuria fresca de las nalgas, y las grandes ramas de los vasos y de los nervios que pasan del tronco a las extremidades por las axilas, y cómo la estructura de los brazos corresponde a la de las piernas. ¡Oh, las dulces regiones de la juntura interior del codo y del tobillo, con su abundancia de delicadezas orgánicas bajo sus almohadillas de carne! ¡Qué fiesta más inmensa al acariciar esos lugares deliciosos del cuerpo humano! ¡Fiesta para morir luego sin un solo lamento! ¡Sí, Dios mío, déjame sentir el olor de la piel de tu rótula, bajo la cual la ingeniosa cápsula articular segrega su aceite resbaladizo! ¡Déjame tocar devotamente con mi boca la «Arteria femoralis» que late en el fondo del muslo y que se divide, más abajo, en las dos arterias de la tibia! ¡Déjame sentir la exhalación de tus poros y palpar tu vello, imagen humana de agua y de albúmina, destinada a la anatomía de la tumba, y déjame morir con mis labios pegados a los tuyos!
No abrió los ojos después de haber hablado. Permaneció sin moverse, con la cabeza inclinada, las manos que sostenían el pequeño lapicero de plata separadas, temblando y vacilando sobre sus rodillas. Ella dijo:
—Eres, en efecto, un adulador que sabe solicitar de una manera profunda, a la alemana.
Y le puso el gorro de papel.
—¡Adiós, príncipe Carnaval! ¡Esta noche la linea de tu fiebre será muy mala, estoy segura!
Al decir esto se levantó de la silla, se dirigió a la puerta, dudó un momento en el umbral, dio media vuelta elevando uno de sus brazos desnudos, con la mano en el pestillo y, por encima del hombro, dijo en voz baja:
—No olvides devolverme el lápiz.
Y salió.
Oz

Gabriel Miró

Uno de los más finos estilistas de la prosa castellana bien se merece que le leamos algún cachito de vez en cuando, algunos detalles exquisitos. Por aprender, digo. Por disfrutar, me refiero. Por babear un poco.

NUESTRO PADRE SAN DANIEL

En la quietud se vio resplandecer crudamente entre los dedos de Monera la naranja de su gordo reloj de oro, y al cerrar la hojuela crujió tanto el muelle que don Manuel se asustó.

EL HUMO DORMIDO

Y nuestras manos sienten la ternura olorosa de la primera palma, recta y fina, con su ramo de olivo; la que oímos crujir y desgarrarse contra los hierros de nuestro balcón una noche de lluvia, de vendaval y de miedo (…)

No eran melocotones, ciruelas, peras, manzanas… clasificadamente, sino fruta por emoción de fruta (…)

Y del humo dormido sube siempre el clamor de la lisiada entre alegría de los chicos que salen del colegio, las cinco y media de la tarde de entonces (…)

(frases capturadas por Gepunto Alonso, colaborador inhabitual)

(crudo aviso: “El humo dormido” está descatalogado)
Alberto Arzua

El viajero del siglo / Andrés Neuman

Andrés Neuman es uno de los más prometedores jóvenes (1977) escritores de la literatura castellana. Con decir que El País y El Mundo se han puesto de acuerdo en designar a esta novela como una de las cinco mejores del año pasado… Abundando en lo mismo, el genial, exquisito y prematuramente desaparecido Roberto Bolaño tuvo a bien opinar lo siguiente: “Tocado por la gracia. Ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que sólo es dable encontrar en la alta literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos. La literatura del siglo XXI pertenecerá a Neuman y a unos pocos de sus hermanos de sangre“.

Pero no se me emocionen ustedes porque ya se sabe que los críticos son gente muy rarita que lo mismo te destrozan una divertidísima y original novela que se complacen en subir a los altares cualquier bodrio estomagante. Antes de empezar a leerla aportemos otro dato objetivo: El viajero del siglo ha recibido el Premio Alfaguara de Novela 2009. Como esto de por sí tampoco nos dice nada más allá de ocultos –o no tan ocultos- intereses comerciales, creo que ya va siendo hora de echarle un ojo a este volumen de 531 páginas, mientras aventuramos si este chico será un genio o un pesado.

Lo primero que me viene a la cabeza al leerle es cierta similitud con Luis Landero. Te da la impresión de que tiene una máquina hacedora de frases en el sótano de su casa, una máquina que engrasa todas las mañanas con sintaxis y que alimenta con palabras. Como a Landero, le salen niqueladas, tan sutilmente académicas que resulta muy fácil entenderle. Asimismo, al igual que sucede con Landero, deja flotando por todas partes un poso de melancolía, una especie de nube poco voluntariosa donde tropiezan blandamente buenas intenciones, amores sordos, éxitos y fracasos. Pero el tristemente perfecto Landero me acaba aburriendo, mientras que Andrés Neuman me divierte casi en cada página. La distinción es importante.

Lo que distingue a Neuman es que se trata de un poeta que sabe aplicar la poesía en su justa medida para que nos sorprenda, nos alegre la vista y nos incite a proseguir la lectura con una sonrisa entre los labios. Quedas atrapado. Y te vas dando cuenta de que los personajes también son poéticos, así como los escenarios, las situaciones y las opiniones. Sin embargo siempre están pasando cosas. Cosas que te interesan. Salvando las distancias y, en el sentido que acabo de expresar en las tres últimas frases, se podrían establecer suculentas analogías de este libro con El Quijote.

Y dicho esto, pasemos a los ejemplos, a las citas, a los muchos cachitos.

La luz de la calle era tan débil que, más que alumbrar la habitación, se sumó a la penumbra como un gas.

Entre las telarañas un insecto asistió al sueño de Hans, hilo por hilo.

En el catre, con la boca medio abierta como si esperase una gota del techo, Hans se escuchó pensar.

Cuando el señor Gottlieb soltaba una de sus carcajadas se miraba los extremos del bigote, como asombrado de su envergadura.

Encima de Wandernburgo, en el suelo del cielo, se oían movimientos de muebles.

… a mí lo que me extraña es que usted, que tanto nos habla de libertades individuales, se resista a admitir que los nacionalismos expresan la individualidad de los pueblos. Eso habría que verlo, dijo Hans, a veces pienso que los nacionalismos son otra forma de suprimir a los individuos.

Junto a cada portal la basura se licua con la noche, en torno a su hedor se reúnen perros y gatos a devorar al compás de las moscas.

Y la torre puntiaguda de la iglesia pinchando el borde de la luna, que sigue perdiendo líquido.

(el siguiente párrafo necesita explicación; se trata de la respuesta de un empresario que considera más que suficientes las doce horas libres que tienen sus trabajadores -tras trabajar doce horas-, ante la observación del amigo del protagonista de que pasarán gran parte de ese tiempo “libre” durmiendo”)

Ah, pero, (…) nosotros no podemos ser intervencionistas, no, en eso no me meto, ¡cada trabajador hace lo que le da la gana con su tiempo de ocio, sólo faltaría! No sé cómo serán las cosas en su país, pero una de las normas de mi empresa, sépalo, es la absoluta libertad del empleado fuera del recinto de trabajo. ¡Supongo que en eso estaremos de acuerdo!

A lo lejos, tras los pastos cercados, las ovejas terminaban de amamantar a sus crías, que se aferraban a las ubres como a un rastro de luz. La lana de la noche se tejía rápido.

La lengua de Franz, colgante y mansa, parecía lamer la miel del mediodía.

(como ya habrán supuesto ustedes, Franz es un perro)

Frente al camino del puente la luz se adelgazaba. Las veladuras del sol difundían minúsculas vibraciones en la hierba. Extendida alrededor de la ciudad, amortiguando sus ruidos, la pradera no era verde ni dorada. Los molinos braceaban dispersando la tarde. Los carruajes volvían por el camino principal.

Más allá de los cercos los jornaleros tardíos terciaban la tierra.

Antes incluso de que el sol asomara, amanecían las calderas y arrancaban los ruidos de la fábrica: el enjuague de las lavadoras de lana, los latigazos de las cardadoras, los giros de las Spinning Mary, el tableteo de las contadoras, la digestión carbónica de la Steaming Eleanor.

Lamberg miraba la máquina y le parecía estar contemplando su propio organismo. Las válvulas volaban, vibraban las bobinas, los pistones se empinaban, botaban los tubos, el regulador rugía, crujían los engranajes, las rótulas corrían.

Los restos del calor se deshacían en la cueva como en un estómago que digiriera su sopa.

Ambos prestaban atención de una manera muy distinta. La expresión de Hans ante la inmensidad del firmamento sugería inquietud, alternativas, un porvenir incierto. El organillero asistía al horizonte como se mira un abrigo, un límite protector, un presente completo.

¿Qué hacías con esa máscara? (…) Sólo quería carnaval.

Alrededor, arriba, abajo, como falos diurnos, las cabezas espiaban asomadas a las ventanas.

(…) donde hojeaban la prensa y conversaban siempre de lo mismo, siempre de otra cosa.

A ella Hans la veía poco y no dejaba de verla nunca (…)

Atardece con pesadez caliente sobre los campos cercados. El rebaño de ovejas retrocede ante la sombra como si fuera pasto quemado. El aire huele raro, humedece los hocicos deformes. Las ovejas pasean su recelo. Una rueda de balidos interroga el horizonte.

La boca de la oveja se abre en un balido más agudo, rebotando en catarata.

Como se puede observar no hay tan sólo poesía, sino también muchas más cosas. Humor, por ejemplo. Y lo que ustedes tengan a bien encontrar. Sí, tienen razón, este es un libro para paladear.

Y acabo con una de arena. En mi opinión la novela es demasiado larga para el desarrollo de una trama muy simple. Este exceso de páginas se sustenta en excesivas reiteraciones y en larguísimas disquisiciones literarias, filosóficas y políticas que sólo tienen sentido como exponente de la “cultura” y “originalidad” de los puntos de vista del escritor. Supongo que es un defecto de principiante, el querer mostrarlo todo en cada obra. Se le perdona y se le espera a ver si se enmienda.
Alberto Arzua

Retrato de un hombre inmaduro / Luis Landero

¿Que si me había dormido? No, qué va, cómo me
iba a dormir. Estaba acordándome, no sé por qué, de
un anuncio que leí hace unos años mientras hacía
cola en la panadería de Lucas. Decía así: «Impedido,
Óskar, silla de ruedas a motor, ultraligera, con subebordillos,
solicita asistente para manifestación guerra
Irak», y un número de móvil. Media cuartilla mal rasgada
de un cuaderno escolar, prendida con una chincheta
en el panel de corcho y escrita con torpe y concienzuda
caligrafía infantil.
Y recuerdo que al leer esas líneas, de repente sentí
la llamada, la dulce e imperiosa llamada de la virtud,
y el placer anticipado de convertirme en un hombre
ejemplar. No era ni mucho menos la primera vez
que me ocurría. Al contrario, ése ha sido siempre el
signo de mi vida: la intermitencia, la indefinición,
la mala salud psíquica, las bruscas alucinaciones de la
identidad. Eso que en otros tiempos se llamaban crisis
espirituales. Le pondré un ejemplo cualquiera, más
que nada porque mi desconfianza y mi ineptitud para
el lenguaje abstracto me impiden abordar este asunto
con cierta garantía intelectual.

Verá, fue un día de septiembre de hace ocho o diez
años. Era al final de la tarde y yo caminaba distraído,
absorto en algún vago ensueño. Imagíneselo: el ritmo
cansino, el camino aprendido, el cielo limpio, y en la
luz fresca del atardecer la promesa inminente de una
tregua en el diario laborar. Un día como tantos. Pero
de pronto el instinto me advierte de que algo extraño
está pasando a mi alrededor. Era como la sensación de
haber entrado en una isla de silencio o en un lugar sagrado,
o como sufrir uno de esos sobresaltos de las
duermevelas, cuando por un momento uno no sabe
quién es, ni qué edad tiene, ni a qué especie pertenece,
ni qué significan el mundo y la existencia.

Entonces me doy cuenta de que estoy pasando ante una comisaría.
Es una comisaría de varias plantas, que ocupa
toda una manzana, donde se expiden documentos, se
tramitan multitud de denuncias, se declara, se informa,
se solicita, se concede, y por eso a todas horas hay
muchas colas y mucho ir y venir de gente apresurada,
sólo que hoy no hay público, qué extraño, ni un
alma, y además han cortado el tráfico, y la acera y una
parte de la calzada están acordonadas por una cinta
amarilla de seguridad, y hay varios coches patrulla atravesados
en la calle y con las luces de emergencia encendidas,
y guardias con pasamontañas, uniformes de
camuflaje y subfusiles automáticos custodiando el entorno.
Gente armada, espacios abiertos, grupos a lo lejos,
expectación en el ambiente. En fin, he ahí un gran
espectáculo social: la escenificación dramática del orden.
Y resulta que sólo yo, en mi distracción, me ha-
bía aventurado por aquel territorio que, estando franco,
ahora veo que los demás viandantes prefieren darlo
por prohibido, porque todos han rehusado esa acera
y avanzan a buen paso por la contraria.

Entonces yo bajé la vista y pasé ante los guardias, y
según pasaba sentía el peso de sus miradas, y no sólo
la de ellos sino también la de los peatones del otro lado
de la calle, que habían remansado el paso, y algunos se
habían detenido y estaban de puntillas y con el cuello
asomadizo para seguir mejor aquel suceso anómalo.
¿A quién no le ha ocurrido una cosa así? De pronto
uno se convierte por casualidad en protagonista de
algo, y los demás, transformados en espectadores
esperan una buena actuación de ti, casi la exigen, y tú
por dignidad no puedes defraudarlos ni abandonar la
escena sin cumplir el papel que te asignó el destino.
«He aquí», pensé, «que por una torpeza o un descuido
me he convertido en sospechoso, en persona de
no fiar, y ahora quizá los guardias, los porteros de los
inmuebles, los meros curiosos, los niños, alguna que
otra mujer hermosa, los vejetes con sus garrotillas, las
colegialas con sus falditas de verano, los comerciantes
que por un momento han desatendido sus negocios
para asomarse a ver el espectáculo, todos, estarán pensando
quién seré yo, quién será ese que va por ahí, si
será un delincuente, o un terrorista, o sólo un gilipollas,
uno de esos ciudadanos deseosos de significarse,
un desaprensivo que, sabedor de las leyes que lo amparan,
no tiene escrúpulos en desafiar a la autoridad
con la esperanza de poder jactarse luego ante ella de
sus derechos democráticos.» Y en ese instante deseé
con toda mi alma que me echaran el alto y me pidieran
los papeles. Incluso aminoré el paso e hice por detenerme
con un gesto de ofuscación, y ya iba a llevarme
la mano a la chaqueta, cuando uno de los guardias
me disuadió con la cabeza y me indicó que siguiera
adelante.

Y entonces ocurrió. Quiero decir que en ese momento
sentí lo mismo que sentiría unos años después
al leer en la panadería el anuncio de Óskar: la dulce,
la embriagante exhortación de la virtud, y el placer de
saberme inocente. Y también la necesidad de que los
demás supieran que, en efecto, lo era, y de que me
apreciaran, y hasta me admiraran por ello. ¿Cómo decir?
Es un sentimiento que nada tiene que ver con la
religión, porque yo soy ateo, aunque no practicante,
pero son como raptos místicos, que me ocurren muy
de vez en cuando. Ardientes anhelos de perfección y
trascendencia.Ansias de purificación. Ebriedad moral.
Impresión milagrosa de caminar sobre las aguas.
Fanatismo y candor confundidos en uno. Apetito desordenado
de amor al prójimo y a uno mismo.
Y bien. En ese estado de beatitud abandoné la escena
y pasé a ser espectador. Engrosé un corro de curiosos.
Recibí sonrisas, parabienes, miradas de simpatía,
gestos de adhesión. Me sentí feliz de volver a ser
miembro reconocido de la tribu. Es más, por haber
estado en entredicho, ahora mi inocencia valía más
que las otras. Y también mi opinión. Algunos creyeron,
en su sed de saber, que yo poseía algún tipo de
información privilegiada. ¿Qué pasa?, ¿qué ocurre?,
¿por qué ese despliegue?, ¿un aviso de bomba?, ¿la visita
de alguna autoridad? Y hasta mi silencio era acogido
como un modo prudente de callar, y entre esos
agasajos me fui retirando, repartiendo saludos, recibiendo
palmadas en el hombro, convertido poco menos
que en un líder moral.

Mientras proseguía mi camino, me llené de proyectos
edificantes. Y es que pocos negocios hay tan
prósperos como el de la buena conciencia cuando se
asocia con la fantasía. Y así, durante un tiempo, un
mes o dos, o a veces sólo una quincena o unas horas,
me transformaba en un hombre ejemplar. Me levantaba
emprendedor y deportivo, cantaba en la ducha,
me despedía de mi mujer con un beso soplado,
salía de casa oloroso y amable, y muy saludador, la
mano lista siempre para ceder el paso, la sonrisa fácil,
el don de gentes pintado en el rostro. A lo mejor me
encontraba en el ascensor con un vecino. «Está tristón
el día», decía uno de los dos, y esa frase servía
para ponernos de acuerdo en todo. «Si está triste, por
lo menos que llueva.» Evocábamos los campos, los
pantanos, la contaminación, la aridez general de España.
En un instante establecíamos lazos de afinidad.
Las clases sociales quedaban anuladas. Los lemas de la
Revolución Francesa tutelaban beatíficamente nuestro
jovial y mínimo coloquio. Nos deseábamos buen
día, orgullosos de nuestra civilización, de nuestra especie.
Y yo continuaba mi camino y sentía en el alma
una hambruna de concordia que me llevaba a ser
humilde con los soberbios, sincero con los farsantes,
solidario con las causas perdidas, beligerante en la defensa
de los débiles contra los desafueros de los poderosos.
¡Y qué íntimo gozo sentía cuando entregaba
un donativo a una ONG o a un pordiosero!, o cuando
encontraba a algún ciego o impedido a quien ofrecer
mis servicios, o a algún inmigrante a quien tratar
con deferencia, como a un igual, si es que no como a
un superior. Y me encantaba pasar ante los juzgados,
las comisarías, los cuarteles, los ministerios, o entrar
en los supermercados y grandes almacenes donde había
cámaras de vigilancia y acortar el paso y demorarme
ante ellas mientras examinaba algún artículo valioso
para que mi inocencia quedara bien grabada, un
documento para la posteridad, y a veces hasta me imaginaba
que una severa comisión de ciudadanos notables,
reunida al efecto, analizaba y juzgaba cada uno
de mis gestos, de mis palabras, de mis actos, por nimios
que fueran, para poder medir luego el alcance de
mi rectitud. Y yo iba por la calle actuando ante ellos,
jugando a adivinar sus comentarios, sus juicios, sus
elogios. «He ahí un hombre en verdad intachable», decían
finalmente de mí, rendidos ante las evidencias.
Y lo era, créame. No haga caso de mi tonillo irónico,
que exagera a propósito las pequeñas hipocresías
que conlleva siempre toda empresa humana radical y
ambiciosa. Yo quería ser bueno, íntegro, valiente,
comprometido con mi tiempo. Porque, ¡qué de iniquidades
había en el mundo! En el mundo remoto y
aquí mismo, en mi barrio, que es el de Chamberí, dicho
sea al paso. ¡Cuántos motivos para indignarse y
perseverar furiosamente en la virtud!

Retrato de un hombre inmaduro

Leyendas / Robert Littell

Jonathan Littell es el escritor de Las Benévolas, una novela imposible de escribir y de muy difícil lectura. En ella asistimos a la vida y pensamientos de un alto cargo del ejército nazi encargado de controlar y organizar el asesinato de judíos –con todos los problemas técnicos que ello implica- en diversos países de Europa durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial. La novela rezuma un conocimiento tan profundo de los entresijos de la política nazi que dudas muy seriamente de que se trate de ficción. Lo más insoportable es la frialdad técnica con la que se narran las aberraciones, crueldades y miserias humanas. La mayor parte de la gente que conozco no ha sido capaz de acabar el libro. Y no por falta de interés ni porque sea muy voluminoso, no, sino por no poder aguantar tanto horror objetivo. Hablo de la novela Las Benévolas, de Jonathan Littell, Premio Goncourt 2006. No se la recomiendo.

Robert Littell es el padre de Jonathan. Con esto ya está dicho casi todo, porque de algún sitio salen los hijos. Adquiero esta información en la contraportada de la novela Leyendas. Se supone que se trata de un thriller. Vale, qué más da. Paso a leer el primer párrafo.

Leyendas / Robert Littell

Por fin se habían decidido a asfaltar el ramal de tierra de siete kilómetros que comunicaba Prigorodnaia con la autovía de cuatro carriles entre Moscú y San Petersburgo. El sacerdote del pueblo, tras resurgir de una juerga de una semana, encendió velas de cera de abeja por Inocencio de Irkustk, el santo que en la década de 1720 había reparado la carretera a China y ahora estaba a punto de llevar la civilización a Prigorodnaia en forma de banda de macadán con una raya blanca recién pintada en medio. Los campesinos, que tenían una idea más acertada sobre el funcionamiento de la Madre Rusia, opinaban que esta muestra de progreso, si podía llamarse así, guardaba relación más probablemente con la compra, varios meses antes, de la amplia dacha de madera del difunto y poco llorado Lavrenti Pavlovich Beria, adquirida por un hombre identificado sólo como el Oligarkh. Apenas se sabía nada de él. Iba y venía a horas intempestivas en un reluciente Mercedes S-600 negro, su mata de pelo cano y sus gafas de sol, una fugaz aparición detrás de las lunas tintadas. Se decía que una lugareña contratada para hacer la colada lo vio tirar la ceniza de un puro desde el mirador de la dacha, semejante a una torrecilla, antes de volverse para dar instrucciones a alguien. La mujer, que estaba aterrorizada por la nueva lavadora, el último grito en electrodomésticos, y lavaba la ropa en el trecho menos profundo del río, se encontraba demasiado lejos para distinguir más que unas pocas palabras <<Enterrado, eso quiero, pero vivo…>>; aún así, sintió un escalofrío, tanto por las propias palabras como por el tono brutal del Oligarkh, y todavía ahora se estremecía cada vez que lo contaba. Dos campesinos que cortaban leña al otro lado del río habían alcanzado a ver al Oligarkh de lejos: con la ayuda de unas muletas de aluminio y visible esfuerzo, recorría el camino que iba desde detrás de su dacha hasta la ruinosa fábrica de papel, cuyas gigantescas chimeneas arrojaban humo de un blanco sucio catorce horas diarias, seis días por semana, y más allá, hasta el cementerio del pueblo y la pequeña iglesia ortodoxa con desconchones en las deslucidas cúpulas bulbosas. Un par de borzois se revolcaban por el suelo ante el Oligarkh mientras él, al andar, adelantaba una cadera y arrastraba la pierna, y repetía luego el movimiento con la otra cadera. Lo seguían tres hombres con vaqueros Ralph Lauren y telnyashki –las características camisas a rayas que los paracaidistas a menudo continuaban poniéndose después de abandonar el ejército-, con escopetas bajo el brazo, apoyadas en la sangría del codo. Los campesinos estuvieron muy tentados de acercarse a ver mejor al recién llegado, un hombre rechoncho y cargado de espaldas, pero descartaron la idea cuando uno de ellos recordó al otro lo que había proclamado desde el púlpito el metropolitano venido de Moscú para celebrar la Navidad ortodoxa en enero hacía dos años: <<Si sois tan tontos como para cenar con el demonio, usad al menos una cuchara larga, por el amor de Dios>>.

No sé a ustedes, pero a mí me han entrado unas ganas tremendas de seguir leyendo. Perdonen que les abandone, que tengo que hacer.

Alberto Arzua

El siglo de las luces / Alejo Carpentier

 

El siglo de las lucesAlejo Carpentier (1904-1980) nos narra las revueltas y avatares de la Revolución Francesa en el Caribe, su onda expansiva en islas de aventureros, esclavitud y pirateos. Esto de por sí ya es bastante fascinante, pero lo que nos atrapa en su literatura es la exquisitez de su prosa. Frases que son ritmo, palabras que hacen música, descripciones que te hunden en la más placentera lucidez.

 La lectura de este clásico de la literatura llamada hispanoamericana resulta muy recomendable para todo aquél que busque disfrutar sin prisas de los juegos que el idioma castellano sugiere a un cubano barroco y genial.

 Y, como obras son amores, y ejemplos hay mil, consignemos a continuación algunos bonitos fragmentos (léanse mayormente como si fuera poesía).

 … rejas diluidas en volutas tan ajenas al barrote que eran como claras vegetaciones de hierro prendidas de las ventanas…

 … muchos asistentes al velorio habrían tenido que cruzar las esquinas caminando sobre tablas atravesadas en el fango, o saltando sobre piedras grandes, para no dejar encajado el calzado en las profundidades de la huella.

 … Apenas el coche enfiló la primera calle, arrojando lodo a diestro y siniestro, quedaron atrás los olores marítimos, barridos por el respiro de vastas casonas repletas de cueros, salazones, panes de cera y azúcares prietas, con las cebollas de largo tiempo almacenadas…

 … se encarnizaba malignamente en hacer de Inés de Castro, Juana la Loca o la Ilustre Fregona, acabando por afearse en lo posible, torciendo la cara, embobando la expresión, para animar un personaje inidentificable que resultó ser, en medio de las protestas de los demás, “cualquier infanta de Borbón”.

 … determinó una semana de aderezos medievales, donde cualquier solomo hacía figura de pieza de alta venatoria.

 … entre mansiones que la noche acrecía en honduras, altura de columnas, anchura de tejados cuyas esquinas empinaban el alero…

 … Extrañamente desierta lucía, con sus comercios cerrados, sus arcadas en sombras, la fuente muda y los fanales de las naves mecidas en las copas de los mástiles, que, con apretazón de selva, se alzaban tras el malecón.

 … Iban hombres de todas trazas y colores hacia el fondo de las tabernas, con alguna mano calada en masa de nalgas.

 … el caisimón, aclimatado con enorme trabajo, que servía para curar todo lo que dañaba las entrepiernas del hombre, cuando la aplicación de sus hojas se acompañaba de la oración a San Hermenegildo, torturado en sus partes por el Sultán de los Sarracenos…

 … Las palabras estaban divorciadas de los pensamientos. Cada cual hablaba por boca que no le pertenecía, aunque sonara sobre el mentón de la propia cara.

 … Ahora, el frescor del mar. La gran sombra de los velámenes. La brisa norteña que, después de correr sobre las tierras, cobraba nuevo impulso en la vastedad, trayendo aquellos olores vegetales que los vigías sabían husmear desde lo alto de las cofas, reconociendo lo que olía a Trinidad, a sierra Maestra o a Cabo Cruz.

 … Según Ogé, el Pecado Original, en vez de perpetuarse en el acoplamiento, era lavado por él cada vez. Empleando discretos eufemismos, afirmaba que la pareja realizaba un regreso a la inocencia primaria, cuando de la total y edénica desnudez del abrazo surgía un aplacamiento de los sentidos; un jubiloso y tierno sosiego que era figuración, eternamente repetida, de la pureza del Hombre y de la Mujer antes de la Culpa…

 … Un molesto sudor mojaba sus medias mal recogidas, sus pechos oprimidos por el estiramiento de la blusa ladeada, su piel toda irritada por la aspereza de la manta de lana…

 … transcurrió un día interminable, y una noche de luna tan clara que Esteban, en el medio sueño de un mal descanso al pie del mástil, creyó veinte veces que amanecía.

 … y sus noches caídas del cielo en lo que tardábase en traer las lámparas –largas noches alargadas por el silencio de quienes entraban en el sueño antes del oír la voz del sereno cantando las diez por María Santísima, sin pecado concebida en el primer instante de su Ser Natural.

 … Un percherón fantasmal hacía tremolar los belfos, de pronto, en el fondo de un patio donde una carreta alzaba las barras de tiro, en un rayo de luna, con la inquietante inmovilidad del insecto que se dispone a disparar los dardos.

 Pero algo se había decepcionado de las gentes, al conocerlas mejor: esos vascos de gestos pausados, con cuellos de toro y perfiles caballunos, grandes levantadores de piedras, derribadores de árboles y navegantes dignos de codearse con aquellos que, buscando la ruta de Islandia, fueron los primeros en ver el mar endurecido en témpanos, eran tenaces en la conservación de sus tradiciones. Nadie los aventajaba en urdir tretas para oír misas clandestinas, llevar hostias en las boinas, ocultar campanas en pajares y hornos de cal, y armar altares a hurtadillas…

 … Para el erizo sus dardos morados, cerrábase la ostra medrosa, encogíase la estrellamar ante el paso humano, en tanto que las esponjas, prendidas de algún peñasco inmerso, se mecían en un vaivén de reflejos.

 … O bien, con la barbilla reclinada en el frescor de una hoja de uvero, abismábase en la contemplación de un caracol –de uno solo erguido como monumento que le tapara el horizonte, a la altura del entrecejo. El caracol era el Mediador entre lo evanescente, lo escurrido, la fluidez sin ley ni medida y la tierra de cristalizaciones, estructuras y alternancias, donde todo era asible y ponderable. De la Mar sometida a ciclos lunares, tornadiza, abierta o furiosa, ovillada o destejida, por siempre ajena al módulo, el teorema y la ecuación, surgían esos sorprendentes carapachos, símbolos en cifras y proporciones de lo que precisamente faltaba a la Madre.

 … Y creía, sobre todo, que el incumplimiento de un encargo o, en ciertos casos, el mero hecho de no molestarse en ayudar a quien fuese desdichado podía producir una paralización de energías o corrientes favorables a la propia persona, culpable de egoísmo o dejadez ante alguna Fuerza Desconocida, Pesadora de actos.

 … Maravilla pensar… que los negros de Haití se negaron a aceptar la guillotina. Sothonax sólo pudo alzarla una vez. Los negros acudieron en masa para ver cómo con ella se decapitaba a un hombre. Entendido su mecanismo, se arrojaron todos sobre la máquina enfurecidos y la hicieron pedazos.

 … Y supo el joven con horror que esos esclavos, convictos de un intento de fuga y cimarronada, habían sido condenados por la Corte de Justicia de Surinam a la amputación de la pierna izquierda. Y como la sentencia había de ejecutarse limpiamente, de modo científico, sin usarse de procedimiento arcaicos, propios de épocas bárbaras… los nuevos esclavos eran traídos al mejor cirujano de Paramaribo para que procediera, sierra en mano… “¡Que pase el siguiente!”.

 … “Hacer la felicidad de un hombre”… Era pavoroso pensar que un segundo cerebro, situado en la matriz, emitía ahora sus ideas por boca de Sofía… orgullosa de que su marido estuviese emparentado con una oligarquía que debía su riqueza a la secular explotación de enormes negradas.

 … “Ustedes saben lo que aborrecen. Nada más. Y por saberlo ponen su confianza, sus esperanzas, en cualquier otra cosa”.

 Espero que te hayan gustado los cachitos. Si no te has derretido ante exquisiteces tales como “vegetaciones de hierro”, “las profundidades de la huella”, “solomo” “apretazón de selva” “mano calada en masa de nalgas”… si no te has reconocido en pijama con lo del “estiramiento de la blusa ladeada”… si no te has abismado en la filosofía sublunar del caracol… si no has parpadeado ante la "Fuerza Desconocida, Pesadora de Actos"… este no es tu libro. Disfrútalo.

Alberto Arzua