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Filed under Costumbrista, Novela by Alberto on 2 septiembre 2010 at 1:21 pm
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Atención, mucha atención, porque estamos hablando de un escritor vasco que escribe en vasco, que es joven, y a quien han otorgado premios de muchísima enjundia, entre ellos el Premio Nacional de Narrativa 2009, precisamente por la obra que aquí comentamos. O sea que cuidadito con lo que se dice.
Varias personas (dos o tres, no hay por qué exagerar) me hablaron bien de este libro, pero siempre recalcando un cierto distanciamiento. Vaya, está bien, se deja leer, es agradable, no pasa nada pero es curioso, yo creo que merece la pena, original sí que es, yo no le habría dado tanto premio pero… No sé si a ustedes les sucede, pero opinando respecto a libros (o películas o cuadros o cualquier otra manifestación artística) es difícil encontrar tanta unanimidad. Lo normal es que a unos les guste y a otros no. ¿A ustedes no les pasa? Me refiero a lo de las opiniones muy encontradas. ¿No? Bueno, no importa, será que mis amistades son de lo más variadas.
Lo recomiendo. Digo lo de las amistades, no el libro. Aunque también.
Se dice de esta novela que en realidad no es una novela… y sin embargo yo les aseguro que no es una novela. También se dice que no es una autobiografía… y me atrevo a afirmar que tampoco es una autobiografía. Se trata de un conjunto de sucedidos familiares hábilmente engarzados que se dejan leer con facilidad y sin desmayo excepto cuando el autor se pone estupendo y nos describe asuntos increíblemente pedestres y que no interesan lo más mínimo porque no aportan absolutamente nada, ni siquiera la desazón del desinterés.
Digámoslo de una vez. Muchas historias de las que cuenta Kirmen no tienen la más mínima gracia, pero parece que existe una tendencia literaria hacia el minimalismo que hace que uno pueda reflejar tranquilamente las instrucciones de una azafata de vuelo y quedarse tan pancho, pensando que ha escrito algo verdaderamente magnífico por costumbrista y rompedor. Pues no señor, las instrucciones de una azafata de vuelo o el menú de un Mac Donalds pueden tener chispa dentro de un contexto, no dentro de una sucesión de acontecimientos sositos. He dicho sositos, que quede claro.
Por otra parte algunas de las mini historias que narra Kirmen son verdaderamente sensibles y estupendas. No muchas, tres o cuatro. El inicio está muy bien montado. La reflexión sobre las mentiras de la memoria es interesante, y los ejemplos muy bien traídos. Merece la pena leerse el libro por estos hallazgos que comento. Lo digo en serio. Además son 200 páginas de nada que se leen en un voleo.
Acabemos con otra de cal y otra de arena. Primero la de arena, para que quede buen sabor de boca. No me gusta nada que Kirmen se pase el libro hablando del libro que está escribiendo y que es precisamente éste que estamos leyendo. En otras novelas no me molesta tanto que un autor hable de su propia obra pero en este caso, como el libro es tan frío en sí, pues…
Y va la de cal. Te lo pasas bastante bien cuando te cuenta cosas de dos artistas vascos muy conocidos, el arquitecto Bastida y el pintor Arteta, cuya amistad viene a constituir el leit motiv de esta obra.
Resumiendo, yo le pediría al autor más mentiruscos y menos datos. Sólo me reconciliaría con esta obra si acabara averiguando que todo es mentira (lo de su familia, los de sus viajes en avión, lo de la bomba…). Ea. Se ve que el hombre babea con su familia de marinos, pero lo importante es hacernos babear a los demás. Y yo no tengo la pechera manchada, porras. ¡Kirmen, quiero babear! Tenlo en cuenta para la próxima.
Acabo pidiendo perdón por mis pecados y recomendando a ustedes que se lean esta cosa. Seguro que les gusta. A todo el mundo le gusta. Sin exagerar.
Alberto Arzua 
Filed under Clásica, HUMOR by Alberto on 28 agosto 2010 at 8:58 pm
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Toda persona culta sabe que Mark Twain se llamaba en realidad Samuel Langhorne Clemens y que se le considera el padre de la literatura norteamericana. Los menos cultos pensábamos que se trataba en realidad de un escritorzuelo conocido por sus libritos para público infantil, véase Las aventuras de Tom Sawyer o de Huckleberry Finn.
El problema de los incultos se basa evidentemente en nuestra falta de cultura. Por ejemplo, que no atinamos con el pretérito indefinido del verbo caber. ¿Cabí? Cupí suena mejor pero entonces el infinitivo sería cuper, lo que no me pega nada. En fin, que en cuanto abrimos la boca o escribimos un par de frases, se nos pilla en renuncio. Incluso cuando nos limitamos a leer.
Porque cuando me pasaron este libro de cuentos me dije a mí mismo, digo dije, vaya mierda. Y es que, además de inculto, soy bastante malhablado. Pero me puse a leerlo porque no tenía otra cosa y además era verano, estación que, como es bien conocido, admite cualquier tipo de extravagancias.
En cuanto leí un par de cuentos… ¡qué digo!, en cuanto acabé el primer párrafo, ya estaba dando saltos de alegría, felicitándome por no haber hincado antes el diente a este genio. ¿Por qué daba saltos de alegría? ¿Porque me refocilo en mi ignorancia? No, señores, no, sino porque ahora sé que tengo ante mí un buen número de horas de seguro disfrute leyendo las novelas de este hombre. Si ya digo yo que la literatura es infinita.
Estos Cuentos Selectos de Mark Twain son una obra maestra del humor, la ironía, la crítica social, la carcajada, la sorpresa… además de estar escritos con una elegancia y una modernidad sumas. Algunos de los cuentos podrían publicarse como nuevos hoy en día y ganarían todos los premios posibles. Tienen una frescura y una originalidad que sólo son posibles en un genio de la escritura, en un hombre rompedor, inventor, que arrasa con sus frases y argumentos.
Me he quedado colgado del tipo, señores. En cuanto tenga un momento voy a la biblioteca a ver si tienen los clásicos. Sí, el Tom, el Finn, Príncipe y mendigo, Un yanqui en la corte del rey Arturo… A ver si poco a poco voy amueblando mi cerebro y, de paso, me lo paso bomba. No es mal plan.
Alberto Arzua 
Filed under Léeme by Alberto on 19 agosto 2010 at 1:10 pm
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Un libro con un planteamiento inicial muy atractivo donde se van presentando los personajes protagonistas a modo de píldoras cada vez más adictivas. Las diversas historias van creciendo en interés hasta llegar al momento en el que todas convergen, lo que viene a suceder a los tres cuartos de la novela. Después el encanto de la trama va bajando puntos, llegando a un desenlace final que no es ni desenlace ni final; parece como que el autor se hubiera cansado.
Resumiendo, una obra del estilo best-seller muy bien llevada y que sigues incluso apasionadamente durante la mayor parte de su desarrollo. Lo mejor que se puede decir del autor, además de que escribe muy correctamente, es que tiene una envidiable facilidad para imaginar argumentos. Es gracias a este don que consigue mantenernos enganchados de sus variopintas ocurrencias. Existe, por lo tanto, una importante base para disfrutar con “Mar de amapolas”.
El problema es que no sabe rematar la faena. Habrá quien discrepe de esta apreciación mía (sean bienvenidos sus comentarios) pero para que se me entienda me bastará con decir que el libro consta de 573 páginas a lo largo de las cuales se nos presentan no menos de siete u ocho apasionantes aventuras personales… y que el desenlace de todas ellas ocupa un par de párrafos que no llegan ni a llenar la página final. Lo siento, Amitav, pero esto no es de recibo.
El autor parece preocuparse en exceso de problemas lingüisticos que al común de los mortales le traen al pairo. Existe una exagerada cantidad de palabras (bengalí, árabe, chino, hindú, sánscrito, laskari, jerga marinera…) que no se entienden sin recurrir a una especie de glosario final llamado “crestomatía” donde, además, suele suceder que no se encuentre lo que buscas. Este glosario, que no es tal, ocupa más de cincuenta páginas y es absolutamente ilegible (todo lo contrario a las deliciosas post-presentaciones de personajes de Borges o Nabokov). Se ve que Amitav Ghosh ha metido muchas horas investigando estos términos y se ha decidido a aprovecharlas mediante esta final masturbación mental que no conduce a nada. Mejor se hubiera ocupado en finiquitar sus propios planteamientos. Por cierto, ¿te has dado cuenta, Amitav, de que el asunto de la visión premonitoria con la que pretendes cohesionar la trama te ha quedado más que coja? Me da la impresión de que había mucha prisa por acabar y mostrar tus conocimientos lingüisticos. Una pena. Las aventuras planteadas dan, por lo menos, para otro libro.
En fin, para no acabar en plan criticón (ya digo que he disfrutado mucho durante gran parte de la novela), transcribo un párrafo donde se demuestra cómo lo que empieza siendo una simple descripción acaba mostrando todo el poderío de un buen escritor.
El sheeshmahal estaba dividido en dos partes con una cortina de terciopelo: la sección de atrás se utilizaba como comedor y estaba dotada de una mesa de delicada madera de calmander. Sin embargo, cuando apartaron las cortinas, descubrieron que la pulida superficie de la mesa se había tornado gris a causa de la falta de cuidado y que una familia de escorpiones había establecido su residencia bajo la mesa. Hubieron de convocar a una sección de paiks armados de palos para desalojar a las criaturas, y después fue necesario cazar y matar un pato para que la mesa pudiera ser pulida con su grasa.
Aviso. Después aprovechan el pato para el menú.
Alberto Arzua 
Filed under Clásica by Alberto on 12 agosto 2010 at 12:57 pm
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En todas las artes existe un número determinado de obras que suelen llamarse clásicas. Mi aproximación a dichas obras está habitualmente teñida de escepticismo o incluso de aburrimiento anticipado. ¿Por qué? Supongo que por el añejo cansancio que subyace en la expresión “clásica”. Relaciono lo clásico con lo inmóvil, con lo que no muerde, con lo insulso, con lo convencional. Por supuesto, esta actitud mía constituye un error mayúsculo puesto que si algo ha quedado como clásico es porque en su tiempo rompió con todo y quedó como marca inefable del verdadero espíritu humano… o de una exquisita manera de expresarlo, lo que viene a ser lo mismo.
El Retrato de Dorian Gray es un monumento del esteticismo post-romántico, lo que viene a significar que está lleno de paradojas elegantes, de boutades, de sublimes bellezas, de pocos escrúpulos, de pensamientos absurdos, de profundas reflexiones, de lo más alto y de lo más bajo, del horror, del desprecio y de la exaltación, de la vida y su inseparable muerte… En fin, truenos y rayos envueltos en fragancias y querubines. Algo absolutamente demodé, pero que se deja leer con distancia y asombro. Como novela no es nada (la única de su autor), apenas tres sucesos envueltos en decadencia y paganismo (algo que nos da risa hoy en día), pero sentimos que nos impacta su simple temática y la descripción psicológica de una sociedad enferma (psicología y enfermedad que arrastramos, como toda la historia pasada). En esto radica su clasicismo y por eso es interesante y recomendable su lectura.
Sin ánimo de pretender reflejar la esencia de este delicioso libro, incluyo a continuación algunos fragmentos.
Enfrente estaba la duquesa de Harley, una dama de un buen carácter y un buen humor admirables y que agradaba a todos cuantos la conocían, y cuyas amplias proporciones arquitectónicas describen como gordura los historiadores contemporáneos en las mujeres que no son duquesas. Junto a ella, a la derecha, estaba sir Thomas Burton, un miembro radical del Parlamento, que en la vida pública seguía a su líder y en la privada a los mejores cocineros, comiendo con los tories y pensando con los liberales, en acatamiento de una sabia y conocida norma. El lugar a la izquierda de la duquesa estaba ocupado por el señor Erskine de Treadley, un anciano caballero de considerable encanto y cultura, que no obstante había adquirido la mala costumbre de permanecer en silencio, pues, como había explicado a lady Agatha, antes de cumplir los treinta había dicho todo lo que tenía que decir (…)
Era una mujer curiosa, cuyos vestidos siempre parecían diseñados en un ataque de furia y puestos en medio de una tempestad. Por lo general estaba siempre enamorada de alguien, y, como su pasión nunca era correspondida, había conservado todas sus ilusiones. Trataba de resultar pintoresca, pero sólo lograba ser desaliñada. Se llamaba Victoria y tenía la manía de ir a la iglesia (…)
Querido muchacho, las personas que aman sólo una vez en la vida son las verdaderamente superficiales. Lo que llaman lealtad y fidelidad yo lo llamo la letargia de la costumbre o una falta de imaginación. La fidelidad es a la vida emocional lo que la coherencia a la vida intelectual: nada más que la confesión de unos fracasos. ¡Fidelidad! Tengo que analizarla algún día. En ella está la pasión por la propiedad. Tiraríamos muchas cosas si no temiéramos que pudieran recogerlas otros (…)
(…) Los únicos artistas personalmente encantadores que he conocido en mi vida son los malos. Los buenos artistas existen únicamente en lo que hacen, y por lo tanto carecen de todo interés en lo que son. Un gran poeta, un poeta realmente grande, es el menos poético de todos los seres. Pero los poetas inferiores son absolutamente fascinantes. Cuanto peores son sus rimas, más pintoresca es su apariencia. El mero hecho de haber publicado un libro de sonetos de segunda categoría hace que un hombre sea totalmente irresistible. Vive la poesía que no es capaz de escribir. Los otros escriben la poesía que no se atreven a vivir.
O sea que hay que elegir entre ser un genio aburrido o un simpático mediocre. Vale, Oscar, muy agudo, pero dejemos esta decisión a los escritores. Aquí nos limitamos a leer, que no es poco, y a recomendar libros morrocotudos. Con las paradojas intelectualoides los escritores se masturban mentalmente mientras que los lectores disfrutan carnalmente… con o sin preservativo. Elijan ustedes.
Y, ya puestos a elegir, decidan qué película les va más, si la de 1945 o la de 2010, recién estrenada.
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Alberto Arzua 
Filed under Ensayo by Alberto on 5 agosto 2010 at 12:53 pm
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En España, al poco de morir Franco, se instauró la democracia y, con ella, el Estado de las Autonomías. En la Comunidad Autónoma Vasca se hizo con el poder político el Partido Nacionalista Vasco. Durante casi tres decenios el pensamiento políticamente correcto pasó a ser el del nacionalismo vasco. Cualquier idea que se saliera del pequeño tiesto nacionalista pasó a ser anatemizada; sus opositores, invisibles; sus víctimas, insultadas…
En fin, que los no nacionalistas las han pasado canutas en esta Euskadi de nuestros amores. Es por ello que libros como el que aquí comento, un divertido análisis del nacionalismo vasco, resultan imprescindibles para sacudirnos tantos años de pensamiento único.
Su autor, Jon Juaristi, de familia nacionalista, confiesa haber sido educado en el Opus y haber militado en ETA, entre otros curiosos datos de una biografía muy humana por lo variado y evolutivo. Se trata de un riguroso intelectual, lingüista y poeta, que, con mucho sentido del humor y no poca mala baba, nos razona las radicales sinrazones del nacionalismo vasco. Si no te has quedado anquilosado en lo políticamente correcto (España mala, PP asesino, ETA luchadora…) disfrutarás mucho con esta obra subtitulada “El nacionalismo vasco explicado a mi padre”. Y aprenderás un montón.
Habla bastante de religión, porque la religión está muy ligada al nacimiento y posterior evolución del nacionalismo vasco. Véase parte de un análisis donde se muestran los históricos intentos de ver en el cristianismo la culminación de la religión primitiva.
El padre de todos los intelectuales populistas del siglo XVIII, Herder, era un pastor luterano, pietista, que emprendió el estudio de las culturas populares con la esperanza –común a muchos otros intelectuales de su época- de poder reconstruir la religión primitiva de la humanidad y demostrar su coincidencia con la revelación cristiana. Herder suponía que la religión primera de la humanidad debía de ser también la religión natural, esto es, aquella que todo ser humano lleva inscrita en lo más íntimo de su alma, que se confunde con su conciencia moral, y que no discrepa de las enseñanzas de Cristo (por el contrario, alcanzaría en estas su plenitud).
También habla de la bandera española. Sí, esa tan facha y tan fea. Con un par.
(…) Por supuesto, los símbolos son convencionales, no sagrados, pero hacen visible un orden que no es tan evidente. Al darnos la Constitución, nos dimos ese símbolo. La bandera nacional es el símbolo de la nación democrática. Y no se trata de gustos: los colores me podrán parecer más o menos bonitos o chillones, despertará en mí buenos o peores recuerdos; pero la necesitamos para afirmar lo que somos, gentes identificadas con un orden democrático, el de una Nación-Estado concreta, que está siendo atacado aquí, en San Sebastián o en Madrid o en Sevilla por un terrorismo totalitario.
¿Cómo reacciona un progre ante una argumentación de este tipo? Como un resistente franquista de carnaval. Lo más seguro es que diga algo como: Yo soy republicano. Mi bandera es la tricolor. La rojigualda es la bandera de la monarquía. Respóndele, por ejemplo: De acuerdo, pero vamos a dejar a un lado lo que tú eres o imagines ser, los orígenes de la bandera y todo lo demás. ¿Es o no la bandera establecida por la Constitución? Te contestará: Lo es y yo la respeto. Representa al Estado y no me parece mal que ondee en los edificios públicos; pero de ahí a llevarla yo hay un trecho. Este, de todas maneras, sería un tipo benigno y moderado de progre. La Constitución que teóricamente aprueba y defiende es, para él, una especie de menú del que sólo le incumben las disposiciones que le gustan; las demás, que las defienda la Marina de Guerra. Pero hay un tipo más radical y antisimbólico: el que sostiene que todas las banderas le repugnan, porque están manchadas de sangre. Bien, nadie va a negar a estas alturas el origen guerrero de las banderas, que fueron al principio señales para localizar el lugar de los jefes en la confusión de la batalla. (…) A mí, este pecado original de las banderas no me parece motivo suficiente para prescindir de ellas. Si rechazásemos todos los artefactos en cuya invención ha existido una motivación bélica o agresiva, tendríamos que prescindir de todos, desde la boina hasta Internet. (…) Todo lo que ha salido de las mentes y de las manos de los hombres puede ser utilizado para la guerra o para la paz, y las banderas no son la excepción.
Si te gusta lo que has leído, si el autor te parece un tipo valiente y sin pelos en la lengua, esta Tribu atribulada te va a encantar. También te recomiendo otros libros suyos con tema similar: El linaje de Aitor, El bucle melancólico, Sacra Némesis.
Si te ha cabreado la lectura de los fragmentos que aquí he copiado, lo mejor es que saques la ikurriña al balcón y cantes a voz en grito el himno del PNV, que “casualmente” coincide con el de Euskadi (de esto también habla Juaristi).
Si ni fú ni fá, puede que sea debido a que no eres ni vasco ni vasca, estado por el que te felicito sinceramente. Un problema menos.
Alberto Arzua 
Filed under Léeme by Alberto on 28 julio 2010 at 4:20 pm
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He aquí un libro raro de un autor raro. Es de esos que a ratos te encanta y a ratos te disgusta profundamente. No mentiré diciendo que conocía al escritor. En la Wiki te cuentan que forma parte de la secta de la Ciencia Cristiana y que sus obras se podrían encuadrar dentro del realismo mágico. Bueno. Hay páginas en Internet que lo tratan como a una especie de Dios. De hecho en esta novela Dios aparece con cierta frecuencia bajo diversas formas, siendo la más creíble de todas ellas un perro pachón. Pues vale.
El que sucedan cosas inverosímiles como el que un coche disminuya de tamaño hasta hacerse comestible, el que un edificio aparezca y desaparezca, o incluso el que varios personajes se presenten como ángeles guardianes no es precisamente lo que me molesta del relato. Por mí como si surgen elefantes rosas haciendo carreras en pleno vuelo. Mientras la narración sea fluida e internamente coherente, lo que suceda me la trae al pairo. De hecho me encanta que me engañen, me sorprendan y me hagan trampas, todo sea por la alegría de vivir… y de leer. Pero es que de vez en cuando en esta novela se demoran en expresar ideas más o menos esotéricas de un modo tal que te parece estar asistiendo a la lectura de una especie de Biblia moderna. Y no pega nada. Se dicen tontadas supuestamente profundas sin venir a cuento. En esos momentos es cuando cerraría el libro y lo lanzaría por la ventana de no ser porque le podría alcanzar a algún inadvertido paseante.
Sin embargo durante la mayor parte de la novela su lectura te sorprende en el sentido opuesto ya que resulta de una originalidad muy refrescante. Hay mucho sentido del humor, muchas frases frescas, mucha auténtica literatura. Capturemos al azar algunos fragmentos.
A los ocho años uno se toma con suma seriedad lo que le debe al mundo: la civilización empieza en tu cuarto y se expande a partir de ahí.
(…)
- ¿Se va a morir usted?
- Sí
- Qué raro. ¿Cómo se siente uno?
El flash que tenía en la mano se disparó. Consiguió que todos diéramos un respingo.
- Así
(…)
Cuando recorro un país de habla no inglesa, oír mi lengua de repente es un regalo y al mismo tiempo un insulto tras tanta estática verbal. ¡Bendito sea Dios! Un insulto porque, cuando te pones a escuchar, resulta mortificador oír lo que dice la gente en tu idioma. Todo son quejas, todo son comparaciones.
(…)
Mi mejor amigo cuando yo tenía diez años era un mierdecilla mezquino llamado Donald Pobliner sin sentido del humor que ya por aquel entonces tenía la irritante costumbre de hacer declaraciones en su mayoría estúpidas y siempre irrefutables, por lo que a él respectaba, siendo “el ketchup produce cáncer” una de las más memorables.
(…)
Escucha, en el Renacimiento, la gente estaba tan acojonada por las montañas que cuando las cruzaban en diligencia llegaban a vendarse los ojos para no enloquecer a causa de su peligroso poder. La gente creía realmente en esas cosas. A eso me refiero. ¿Dónde están ahora esas sensaciones, Morton? Estoy seguro de que lo único que nos hará perder la cordura ahora será el precio de las habitaciones en el hotel o el de las bebidas en el bar.
Resumiendo, que Jonathan Carroll es un escritor que merece la pena conocer aunque de vez en cuando se le vaya un poco la olla. Vamos, como a todo el mundo. Si me encuentro por ahí con alguna otra obra suya (esta formaba parte de un lote de tres libros a cinco euros) prometo leerla y comunicarles mis impresiones. A ver si la cosa mejora, empeora, o todo lo contrario.
Alberto Arzua 
Filed under Cachito, HUMOR by Alberto on 5 julio 2010 at 10:56 am
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Humor japonés de principios de siglo (veinte, claro). Casi nada. Mientras en España la generación del 98 andaba preocupada por la decadencia del país, Natsume Soseki nos deleita con las tonterías y más tonterías que se les ocurren a un puñado de amiguetes burgueses, un poco al estilo de Pío Baroja en “El árbol de la ciencia” o del Flaubert de “Bouvard y Pécuchet”. El gato de la casa (y del título) sirve de pretexto para presentarnos los desvaríos casi surrealistas de unos personajes bastante absurdos que se dedican a contarse historia tras historia, a cada cual más tonta, a cambiar de tema y a elucubrar razonamientos curiosos, desatinados o incluso inteligentes. Asomémonos un poquito a esta casa de locos.
El gato razona su derecho a entrar donde le de la gana.
Si la ley natural permite la propiedad privada de la tierra y la compraventa asignando un valor por metro cuadrado, es lógico que también se permita la partición del aire que respiramos y su venta por metro cúbico. Si no se puede negociar con la atmósfera y es ilegal la partición del firmamento, se debe deucir entonces que la propiedad de la tierra es irracional, y no algo natural. Ésa es mi convicción, y por eso entro donde me da la gana. Naturalmente, si no quiero ir a un sitio, no voy.
Diálogos para besugos.
- Pero, señora Kushami, si usted tiene cara de que le encanta la mermelada
- ¿Cómo puedes decir algo así de alguien con sólo mirarle a la cara?
- No puedo, por supuesto. pero dígame señora. ¿De verdad no le gusta?
- Bueno, claro que me gusta, y a veces tomo un poco. ¿Por qué no iba a hacerlo? Al fin y al cabo, es nuestra mermelada
Más pensamientos gatunos.
Desde el punto de vista de los humanos, la vida de los gatos puede parecer extremadamente simple y económica: siempre tenemos la misma cara y vestimos todas las estaciones del año el mismo traje, viejo y usado. Pero los gatos, eso os lo puedo asegurar, también sentimos el calor y el frío. Había veces en las que consideraba seriamente la posibilidad de darme un buen baño, pero secarme me habría llevado horas, así que decidí que no pasaba nada si andaba por ahí oliendo a sudor. También pensé en utilizar un abanico o un ventilador, pero al no poder sujetarlo con las patas, rechacé pronto la idea.
Curiosa explicación de lo que es la inspiración poética.
Normalmente se piensa que cuando la sangre sube a la cabeza no se obtiene ningún beneficio. Sin embargo hay al menos un contexto en que sí lo tiene. Hay oficios en los que es indispensable el frenesí que provoca la sangre cuando se sube a la cabeza. Si esto no sucediera no sería posible ejercerlos adecuadamente. El caso más interesante y destacado es el de los poetas. Igual que un barco de vapor es incapaz de ponerse en marcha sin carbón, lo mismo le sucede a un poeta: no es nadie sin el frenesí mental causado por una buena subida repentina de sangre a la cocorota. Si, por alguna circunstancia, no consiguen que esto suceda, inmediatamente se convierten en seres corrientes y molientes, sin otro quehacer en la vida que comer y quedarse de brazos cruzados mirando al techo.

Natsume Soseki
El individualismo moderno matará la belleza.
El inevitable desarrollo de la individualidad supondrá cada vez una mayor demanda de los individuos para que se reconozca su identidad particular. En un mundo en que los dos sexos insistimos constantemente en nuestra propia especialidad, ¿cómo puede perdurar el arte? El arte florece por la armonía que se establece entre el artista y el público que admira su obra. Esa armonía está también condenada a desaparecer. Puedes gritar todo lo que quieras, incluso proclamar a los cuatro vientos que eres un gran poeta modernista, pero si nadie está de acuerdo contigo y comparte esa misma concepción que tienes de las cosas, me temo que nunca te leerán. Por muchos poemas que escribas, morirán en el mismo momento en que los crees.
Un libro muy interesante para ir captando, en la medida de lo posible, la manera de ser de los japoneses. Opino que a pesar de nuestra evidente y común humanidad, los orientales y los occidentales somos bastante distintos, por lo que todo lo que nos acerque al otro deberíamos recibirlo como algo muy enriquecedor. ¡Vive la différence!
Alberto Arzua 
Filed under Histórico, Léeme by Alberto on 19 junio 2010 at 9:21 am
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Este libro empieza así:
Las cinco de la mañana. Como todos los días, suena el despertador: unos martillazos sobre el pedazo de riel colgado junto al barracón del Estado Mayor. Los irregulares golpes cruzan a duras penas los cristales y los dedos de escarcha que los cubren, y pronto cesa el ruido. Hace frío. El guardián no tiene ganas de tocar mucho rato.
Acaba así:
Ha pasado un día, un día que nada ha venido a oscurecer, un día casi feliz.
De estos días, cuando termine su condena, habrán pasado tres mil seiscientos cincuenta y tres. Los tres de más, a causa de los años bisiestos…
Y por el medio se nos cuenta un día normal de una persona muy normal en un campo especial de un país muy especial, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
La persona en cuestión es un albañil condenado a diez años de prisión por el delito de haberse dejado capturar por los
alemanes. Imagínese usted que lo envían a la guerra, que logra sobrevivir al horror, que los nazis lo meten en un campo de concentración, que logra sobrevivir al horror, y que al volver a casa tu gobierno te recibe con los brazos abiertos y te mete diez años en un penal de trabajos forzados, donde la temperatura media es de 30 grados bajo cero. Magnifique.
El país en cuestión es la URSS allá por los años cincuenta, en pleno estalinismo, cuando la vida individual valía menos que un pelo del bigote de Stalin. Te condenaban a diez años por delitos tales como haber recibido una carta del extranjero. Y menos mal, porque pronto la condena mínima pasó a ser de veinticinco años. En fin, que sobrevivir era toda una odisea.
En esta novela el autor aprovecha su experiencia de varios años en el Gulag (sistema de prisiones soviético) para narrarnos los pequeños sucedidos del día a día en uno de aquellos campos especiales.
Este libro supuso todo un acontecimiento en su país puesto que su publicación en 1962 marcó el inicio del distanciamiento oficial del estalinismo. De todos modos provocó tal controversia que se volvió a prohibir a los dos años, condenándose a su autor al ostracismo (pequeño castigo puesto que ya estaba condenado a destierro perpetuo).
En 1970 le dieron el Premio Nobel, pero no fue a recogerlo temiendo que no le dejaran volver a su país, donde se dedicó a escribir su magna obra, El archipiélago Gulag, basado en las experiencias de más de 200 supervivientes de los campos de trabajo soviéticos.
Leer “Un día en la vida de Ivan Denisovitch” merece la pena como testimonio histórico y como muestra de buena literatura, puesto que se exploran los confines del alma humana. Consta de 168 páginas y es de muy ágil lectura. Fácil no significa agradable.
Alberto Arzua 
Filed under Aventura, Clásica by Alberto on 8 junio 2010 at 7:25 pm
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No sé si esta novela se podría calificar de morrocotuda, pero lo que queda fuera de toda duda es que es tremebunda. Y quien dice tremebunda dice truculenta, aterradora, terrible, brutal, ácida, cruda, dura… Su autor la escribió a los veinticinco años y posteriormente la repudió por considerarla demasiado folletinesca.
¿Folletinesca? Por supuesto, pero en grado sumo. Digámoslo de una vez: esta novela es un PANFLETO en toda la regla. Aunque si un panfleto se define como “un escrito breve, generalmente agresivo o difamatorio”, deberíamos obviar lo de “breve”, puesto que “La araña negra” consta de dos tomos de letra apretada, con más de quinientas páginas cada uno. Este Blasco Ibáñez poseía la diarrea creativa propia del bestsellerista decimonónico.
Cosa más demodé que estos dos libros no puede existir en el mundo. Si les cuento dónde los he encontrado, no se lo van a creer. Pero como me gusta fomentar la incredulidad, se lo voy a contar. Pues sucedió el año pasado en un piso cochambroso del gótico barcelonés. Lo habían dejado desocupado una pareja de ancianos por causa de la mayor fuerza mayor existente en este mundo. Uno de ellos (de los libros, no de los ancianos, q.e.p.d.) servía para equilibrar un tosco mueble bastante cojito. El otro apareció mezclado entre ejemplares de Salgari, Julio Verne, Dumas, y algunos tomos de la Enciclopedia de la Cocina Catalana. También salieron a la luz unas pocas fotos antiguas de mucho interés histórico, a través de las cuales pude deducir que el macho de la pareja había sido militar de baja graduación. Recuerdos de ancianos difuntos que ya no le importan a nadie. Qué triste, qué truculento, qué romántico, qué tremebundo. Qué pena. Me llevé los dos tomos bajo el brazo, claro.
¿Qué hacía yo en aquel piso? Esa es otra historia, que no viene al caso. El caso es que esta obra, y por fin lo voy a decir, se dedica a poner a parir a los jesuitas. Sí señores. Si ustedes se creyeran la tercera parte de lo que aquí se cuenta, saldrían raudos a la calle con el noble objetivo de asesinar jesuitas a puñetazos, pistoletazos, puñaladas o estrangulamiento, no importa el sistema, puesto que estarían firmemente convencidos de estar realizando un bien extraordinario a la humanidad.
Son tales las burradas que don Vicente nos narra, es tal la maldad hiperconsciente de estas arañas negras (los jesuitas, por supuesto), tal su crueldad, su bajeza, su manipulación, su falsedad, su desprecio por todo lo bueno del ser humano, que la boca se nos abre casi a cada página, formando bonitos gestos de sorpresa e incredulidad. ¡Oh, ah, oh! ¡No puede ser cierto! ¡Es imposible que sean tan malvados! Ni el mayor asesino de la historia, ni el sádico más sádico de la novelas de casquería llega a la suela de los zapatos a estos negros jesuitas, puesto que hacen lo mismo que estos infrahombres, pero con un plus de premeditación, alevosía y desprecio infinito por sus víctimas.
¿Son así en realidad los jesuitas? ¿Lo han sido en algún momento de su ignaciana historia? Pues no lo sé, aunque supongo que la cosa no será para tanto. Malvados, quizá, pero los más malvados del malvadismo mundial, pues lo dudo un poco. “Jesuítico”, en el diccionario, equivale a “hipócrita”. Vale, pero de “hipócrita” a “demonios tremebundos” va más de un paso.
Paso que le cuesta poco dar a don Vicente puesto que fue un político republicano muy activo en la lucha contra los monárquicos. Y quien dice reyes dice curas (y derivados). Es innegable que los odiaba. Es seguro que los tenía como origen de casi todos los males de la patria. Es posible que escribiera esto para mostrar al mundo la realidad de la infame reacción religiosa. Lo que pasa es que se pasó un pelín.
Y este pelín es el que hace muy divertida a esta novela. ¿Nunca han disfrutado ustedes leyendo un panfleto? Pues eso. Y éste está correctamente escrito, es muy ágil y se sigue con pasmosa facilidad. Son más de mil páginas de exageraciones varias. Bueno, varias no, que todas se centran en el mismo tema: desenmascarar a los jesuitas por activa, por pasiva, y por gerundia (hasta son feos, sucios, procaces y… por cierto… ¿se acuerdan ustedes de aquello de los siete pecados capitales, a saber: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza?, ¿sí?, pues se les quedan cortos). Quedan avisados.
Aviso final. También hay personajes muy buenos y muy puros, por supuesto. Sobre alguien habrá que practicar el mal. Suelen ser republicanos, los pobres, vaya usted a saber por qué. ¿Demagogia? Pues sí. ¿Y qué? La cosa es pasárselo bien. Esto es sólo literatura, no lo olviden.
Alberto Arzua 
Filed under Léeme by Alberto on 28 mayo 2010 at 9:27 pm
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Supón, estimada joven, que un día te enrollas con un chico que te gusta mucho, descubriendo poco después que el muy julai lo ha ido contando por ahí. Seguro que montas en cólera y piensas en cómo cantarle las cuarenta.
Pues bien, Lope de Vega lo expresa así (chico: Zaide. chica: Zaida):
<<Mira, Zaide, que te aviso
que no pases por mi calle
ni hables con mis mujeres,
ni con mis cautivos trates,
ni preguntes en qué entiendo
ni quién viene a visitarme,
qué fiestas me dan contento
o qué colores me aplacen;
basta que son por tu causa
las que en el rostro me salen,
corrida de haber mirado
moro que tan poco sabe.
Confieso que eres valiente,
que hiendes, rajas y partes
y que has muerto más cristianos
que tienes gotas de sangre;
que eres gallardo jinete,
que cantas, danzas y tañes,
gentil hombre, bien criado
cuanto puede imaginarse;
blanco, rubio por extremo,
señalado por linaje,
el gallo de las bravatas,
la nata de los donaires.
Y pierdo mucho en perderte
y gano mucho en amarte,
y que si nacieras mudo,
fuera posible adorarte;
y por este inconviniente
determino de dejarte,
que eres pródigo de lengua
y amargan tus libertades,
y habrá menester ponerte
quien quisiere sustentarte
un alcázar en el pecho
y en los labios un alcaide.
Mucho pueden con las damas
los galanes de tus partes
porque los quieren briosos,
que rompan y que desgarren;
mas tras esto, Zaide amigo,
si algún convite te hacen
al plato de sus favores,
quieren que comas y calles.
Costoso fue el que te hice;
venturoso fueras, Zaide,
si conservarme supieras
como supiste obligarme.
Apenas fuiste salido
de los jardines de Tarfe
cuando hiciste de la tuya
y de mi desdicha alarde.
A un morito mal nacido
me dicen que le enseñaste
la trenza de los cabellos
que te puse en el turbante.
No quiero que me la vuelvas
ni quiero que me la guardes,
mas quiero que entiendas, moro,
que en mi desgracia la traes.
También me certificaron
cómo le desafiaste
por las verdades que dijo,
que nunca fueran verdades.
De mala gana me río;
¡qué donoso disparate!
No guardas tú tu secreto
¿y quieres que otri le guarde?
No quiero admitir disculpa;
otra vez vuelvo a avisarte
que ésta será la postrera
que me hables y te hable.>>
dijo la discreta Zaida
a un altivo bencerraje
y al despedirle repite:
<<Quien tal hace, que tal pague.>>
Alberto Arzua 
Filed under Léeme by Alberto on 18 mayo 2010 at 8:23 pm
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¡Ya tenía yo ganas de pillar un libro que me enganchara! Llevaba tiempo sin aparecer por estos lares porque mis últimas lecturas no llegaban a la categoría de “morrocotudas”. Y se me ha comunicado, por pasiva y por lectiva, a través del POM (Presidencia Omnisciente y Morrocotuda), que tan sólo comente libros verdaderamente “morrocotudos”, como su propio nombre de página indica.
Lo último que he leído ha sido “Bambú”, del mismo William Boyd (una serie de interesantes y variopintos artículos), e “Inglaterra, Inglaterra”, de Julián Barnes (una novela tan inteligente como pedantesca, aunque puntualmente excelente, por supuesto), pero, fiel a la norma recibida, no los voy a recomendar (los paréntesis no cuentan). También ando enfrascado en la saga naturalista de Zola, “Los Rougon-Macquart”, una serie de veinte novelas tremebundas que quizás comente cuando la acabe… calculo que dentro de un año más o menos. Por lo demás leo la prensa todos los días (siempre se logra capturar algo morrocotudo), los subtítulos de las películas subtituladas (cada vez hay menos) y los avisos de tráfico (para reducir mi cuota de multas), pero a ustedes todo esto no les importa lo más mínimo, o sea que vayamos al asunto.
“Tormentas cotidianas” es una novela de suspense (thriller), con vitola populista (bestseller), firmada por un ESCRITOR. El protagonista es un tipo normal que se ve metido en un lío sin comerlo ni beberlo. La protagonista es la ciudad de Londres, a la que acabamos conociendo, en la medida de lo posible, como al sudor de nuestras propias axilas. Los personajes secundarios están diseñados con mimo y coherencia. Los hay malvados malvadísimos, malvados a medias, tontitos, científicos, asesinos, desgarramantas, policías parvos, policía hermosa, hippie antiguo, predicadores misteriosos (la apabullante secta de los Juancristo merecería un capítulo aparte), perro cochino, parterres, río, puta, chorizos, niño estupefacto… Una panoplia de actores magníficos que te hace saltar de alegría entre líneas.
El argumento se sigue con una facilidad resbaladiza. No hay trampas de ningún tipo. La acción avanza a plena lógica, con sus cambios de escenario en los momentos justos, sin exigir mayor esfuerzo al lado izquierdo del cerebro (el pensante), permitiendo que el otro lado (el sintiente) se solace en el butacón de la lectura. Cierto es que estas características las comparte en alguna medida con los más famosos bestsellers (ejemplo, el “Código Da Vinci”) pero no se me confundan ustedes porque ya he mencionado antes que el autor de esta novela es un ESCRITOR.
Y respecto a este ESCRITOR, William Boyd, no me voy a repetir porque ya tengo consignado lo que opino de él en anteriores comentarios a sus novelas Armadillo y Sin respiro.
Resumiendo, un excelente libro para llevarse a la playa. Desconectarán ustedes de su vida cotidiana, pero con un plus de calidad que les hará muy felices. Son 444 páginas.
Alberto Arzua 
Filed under Cachito, Poesía by Alberto on 29 abril 2010 at 8:09 am
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En un libro de poesía se puede uno hundir como en un pozo sin fondo. Tienes la posibilidad de disfrutar con una poesía entera, con unas cuantas frases, con una frase, con un extracto de frase, con unas pocas palabras… Todo ello a condición de leer sin prisas y sin prejuicios. Abre los ojos, abre el corazón, y que entre lo que quiera.
Este volumen es un recopilatorio de poesía europea dirigido y comentado por un ilustre humanista español, Francisco Rico, filólogo, académico de la lengua, catedrático de literaturas hispánicas medievales, premio nacional de investigación… la persona ideal para dejarse tomar del brazo y adentrarse en el apasionante mundo de la poesía.
Lo que desde este foro haremos de vez en cuando será publicar algunos extractos del libro para deleite de quien desee deleitarse. Aquí va la primera selección.
Fuga de muerte Paul Celan (rumano, 1920-1970)
Leche negra del alba la bebemos al atardecer
la bebemos al mediodía y a la mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
cavamos la fosa en los aires allí no hay estrechez
En la casa vive un hombre que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu cabello de oro Margarete
lo escribe y sale a la puerta de casa y brillan las estrellas silba
llamando a sus perros
silba y salen sus judíos manda cavar una fosa en la tierra
nos ordena tocad ahora música de baile.
(…)
Para celebrar una infancia Saint-John Perse (francés, 1887-1975)
¡Palmeras…!
Entonces te bañaban en el agua-de-hojas-verdes; y era también
Al agua verde sol, y las sirvientas de tu madre, altas mozas lucientes,
Meneaban sus cálidas piernas cerca de tu temblor…
(Hablo de una alta condición, antaño, entre los trajes, en el reino de
gigantes claridades.)
(…)
Espacio Juan Ramón Jiménez (español, 1881-1958)
(…) Entramos por los robles melenudos; rumoreaban su vejez cascada, oscuros, rotos, huecos, monstruosos, con colgados de telarañas fúnebres; el viento les mecía las melenas, en medrosos, estraños ondeajes, y entre ellos, por la sombra baja, honda, venía el rico olor del azahar de las tierras naranjas, grito ardiente con gritillos blancos de muchachas y niños. (…)
Alberto Arzua 
Filed under Ensayo by Alberto on 20 abril 2010 at 8:18 pm
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Julian Barnes es el novelista británico que dejó turulato a medio mundo con la aparición de su novela El loro de Flaubert (1986), donde mezclaba tan alegremente géneros literarios que le dieron el título de posmodernista. Vaya cosa.
En su última novela, Arthur y George (2005) que no he tenido el gusto de leer porque uno no puede estar a todo aunque les prometo a ustedes que la leeré y pronto y que se la comentaré puntualmente colocando alguna coma más de las que utilizo en esta misma frase para que ustedes no se queden sin aliento y puedan proseguir sus labores cotidianas sin necesidad de entablar demandas contra el autor de estas líneas, digo, parece ser que narra los sucesos acontecidos en la pequeña localidad inglesa de Great Wyrley en 1906 cuando un joven abogado de origen parsi fue condenado a siete años de trabajos forzados por supuestamente destripar a un caballo. Punto y sigo. Perdón por la tontería acómica pero uno tiene sus días. Nos ocuparemos de este tema a su debido tiempo.
El libro que nos ocupa, Nada que temer, trata de la muerte. Una vez sabido se hace evidente que el título le va muy bien, ¿verdad? Positivo y tal. Pero no es todo tan sencillo. Transcribo el primer párrafo:
No creo en Dios, pero le echo de menos. Es lo que digo cuando se aborda el asunto. Pregunté a mi hermano, que ha enseñado filosofía en Oxford, Ginebra y la Sorbona, qué le parecía esta declaración, sin revelarle que era mía. Contestó con una sola palabra: “Sensiblera”.
Con un estilo autobiográfico, remotamente heredero de Montaigne (a quien adora, como a casi todo lo francés), Barnes reflexiona a calzón quitado acerca de la muerte y lo hace con naturalidad, a nivel de suelo, sin pedanterías, de un modo tal que todos pudiéramos pensar que aquello que leemos ya se nos había ocurrido a nosotros… Vamos, que yo lo catalogaría de excelente libro de filosofía. Aunque el filósofo sea su hermano.
Es una pena que su hermano de verdad sea filósofo de verdad (lo he comprobado en la Wikipedia) porque merecería haberse quedado en ficticio y estupendo coprotagonista de esta novela que no es novela. Me explico. Para desarrollar su pensamiento acerca de la muerte y sus numerosas consecuencias incógnitas, Barnes nos remite, lógicamente, a su infancia, familia, estudios, amigos, lecturas y demás influencias que conforman en gran medida el ideario personal de cada cual. Discute con todos, da argumentos a favor y en contra de sí mismo, desgrana una bonita cantidad de citas suculentas, nos cuenta un porrillo de anécdotas interesantísimas, avanza reptando a través de una prolífica moribundia de reflexiones y… no concluye nada. A menos que el título en sí constituya un resumen. Yo diría que no.
Y ya que queda un poco de sitio al fondo, citemos algunas citas:
Tres de Jules Renard
Renard dijo: “Que te horrorice lo burgués es burgués”. Dijo: “¡Posteridad! ¿Por qué la gente habría de ser mañana menos estúpida de lo que es hoy?”. Dijo: “La mía ha sido una vida feliz, teñida de desesperación”.
La muerte de Toulouse-Lautrec.
El padre del pintor, un conocido excéntrico, fue a visitar a su hijo y, en vez de atender al enfermo, se puso inmediatamente a intentar atrapar a las moscas que circulaban por la habitación. El pintor, desde la cama, profirió: “¡Viejo estúpido de mierda!”, y a continuación reclinó la cabeza y murió.
Una más.
¿Por qué envidiar a los dioses?, pregunta Herbert, y contesta, irónico: “por las sequías celestiales, / por una administración chapucera, / por una lujuria insaciable, / por un bostezo gigantesco”.
Alberto Arzua 
Filed under Cachito by Alberto on 13 abril 2010 at 9:46 am
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Me resulta casi obligatorio comentar este libro porque en más de una ocasión he manifestado mi fanática admiración por Philip Roth. Quizá fanática no sea la expresión más adecuada puesto que de su extensa producción (ha publicado casi 30 novelas) me han desilusionado bastante sus últimas obras, precisamente las que más fama le han conseguido en España. En este país las noticias culturales suelen volar despacio.
Supongo que es normal que a una cierta edad (se acerca a los 80) el ímpetu creativo vaya moderándose. Es lo que ha sucedido con Milan Kundera, lo que sucedió en menor medida con John Updike o Vargas Llosa, y lo que de momento no llega a suceder con J.M. Coetzee, cuatro de los más grandes novelistas de nuestro tiempo.
Con Philip Roth el caso es más sangrante puesto que la mayor parte de su extraordinaria obra destila una potentísima intensidad iconoclasta que asombra y deleita por igual, mientras que lo que está haciendo estos últimos años es dejarse llevar. Cuando un genio se deja llevar lo normal es que no produzca genialidades, sino buen producto de la huerta.
Y esto es lo que es este libro, un buen producto. Se queda en eso. Si no tienes referencias del autor, puede que lo saborees, incluso muchísimo, pero a mí se me queda corto. Lo comento un poquito: la primera parte no decepciona. Un actor mayor piensa que ha perdido el talento y se recluye en un sanatorio. Allí conoce a una mujer que le habla de cierto caso de pedofilia. La historia se desarrolla con naturalidad, va ganando en tensión y acaba dejándote con una sorprendente duda que te atenaza la garganta. Tragas saliva y piensas: bueno, muy bueno. A ver cómo sigue, a ver cómo sale de ésta
La segunda parte narra la relación sentimental del actor maduro con la hija de unos amigos suyos. Aquí aprovecha para meter alguna escena sexual muy explícita, marca de la casa, y para reflexionar acerca de las relaciones entre personas de diferentes edades de un modo exhaustivo, inteligente y empático, también marca de la casa. Pero no sorprende en ningún momento, no nos enseña nada que no sepamos, no saltan chispas por ningún lado… y el argumento de la primera parte queda semiolvidado en el limbo de los justos.
Resumiendo, que mejor si hubiera publicado tan sólo la primera parte como un excelente cuento. Pero esta es mi opinión, que tengo demasiadas líneas de prejuicios metidas en el coco. Si ustedes están más sanos, que no lo dudo, disfruten con la novelita.
Alberto Arzua 
Filed under Aventura, Histórico by Alberto on 5 abril 2010 at 8:24 pm
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He aquí tres libros en la mejor tradición de la novela de aventuras que tienen el aliciente de
estar basados en hechos reales. Si esto se hace con elegancia, sobriedad, sentido del ritmo y un hálito narrativo diestramente medido, podemos decir que nos encontramos ante una gran novela histórica. Nada que ver con las decenas de publicitados bodrios que pueblan nuestras librerías (véase Peter Berling y otros griales varios).
Son tres novelas gordas, de aproximadamente 800 páginas cada una, que tienen como característica diferencial más destacada la facilidad de su lectura, no sólo por su sintaxis sencilla y sin alharacas, sino sobre todo porque con frecuencia se nos recuerda en pocas palabras lo hasta entonces acontecido. Es decir, que la dejas de leer un par de días y no tienes ningún problema en retomar contacto con situaciones y personajes. Se ve que el autor tiene la poco habitual destreza de colocarse en la mente del lector. Y se agradece.
Las tres obras, organizadas cronológicamente según el esquema de crecimiento, apogeo y decadencia, son: Africanus, Las legiones malditas y La traición de Roma. En ellas se narra la vida de Publio Cornelio Escipión, el general romano a quien siempre se recordará por ser quien derrotó a Anibal, uno de los estrategas militares más valorados de la historia. El mismo de los elefantes alpinos. Ahí es ná.
A mi entender los méritos más sobresalientes de esta trilogía son:
Interés argumental que no decae nunca.
Fidelidad a los hechos históricos (dentro de lo que cabe).
Tratamiento de las féminas sin cursilerías.
Ponderada descripción de batallas (con esquemas incluidos).
Insignes loas a la amistad (como tiene que ser).
Resumiendo, el típico libraco del que se suele decir que parece el guión de una estupenda película… si no estuviéramos hartos de ver malísimas películas basadas en excelentes libros. A disfrutar, que da para muchas horas.
Se pueden leer algunos cachitos en la página del autor: http://www.santiagoposteguillo.es/libros-publicados/
Alberto Arzua 
Filed under Léeme by Alberto on 18 marzo 2010 at 8:50 pm
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Este es un libro que debería leer todo aquél que tenga –o haya tenido- un padre. El autor expresa en estos retazos autobiográficos, tan apasionantes como la mejor novela, el profundo amor que siente por su padre.
En la casa vivían diez mujeres, un niño y un señor (…). El niño, yo, amaba al señor, su padre, sobre todas las cosas. Lo amaba más que a Dios. Un día tuve que escoger entre Dios y mi papá, y escogí a mi papá.
Así empieza.
- Su papá se va a ir para el Infierno.
- ¿Por qué? –le pregunté yo.
- Porque no va a misa
- ¿Y yo?
- Usted va a irse para el Cielo, porque reza todas las noches conmigo.
Así continúa.
- No voy a volver a rezar.
- ¿Ah, no? – me retó ella.
- No. Yo ya no quiero ir para el Cielo. A mí no me gusta el Cielo sin mi papá. Prefiero irme para el Infierno con él.
Y todo esto en el primer capítulo, de tres páginas, titulado “Un niño de la mano de su padre”. En el resto del libro va
explicando las razones de este amor tan incombustible, a la vez que revive su entorno familiar y las vivencias político-sociales de su infancia y adolescencia en Medellín (Colombia). El padre era un médico racionalista, esforzado luchador en favor de los derechos humanos, fundador de organizaciones humanitarias y profesor de universidad que, para explicar las enfermedades más comunes, hacía que sus alumnos pasearan por las zonas pobres de la ciudad. Pensaba que era un error centrarse en curar los síntomas cuando los orígenes de las dolencias eran tan flagrantes como la carencia de agua, de alcantarillado, o las enormes desigualdades sociales. A este padre amantísimo, educador heterodoxo, luchador pacifista y demócrata incombustible -no se casaba con nadie- lo asesinó la derecha, como a tantos otros en ese desgraciado país.
El autor, además de hacernos llorar con detalles sensibles (nunca se lo agradeceré bastante) nos ilustra acerca del sinsentido de la violencia –y vileza- política colombiana. Una joyita amorosa magníficamente escrita y muy, muy sincera. Comenta Manuel Rivas en la contraportada “Por momentos me he preguntado cómo ha tenido la valentía de escribirlo”.
Agradezco a Mario Vargas Llosa el haberme hecho conocer a este escritor por medio de su artículo La amistad y los libros.
Alberto Arzua 
Filed under Léeme by Alberto on 7 marzo 2010 at 11:14 am
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Vaya por delante que no soy ningún especialista en historia. Tan sólo me gusta mucho, al igual que me pueden gustar las croquetas. Lo que pasa es que la fritanga de las croquetas no me sienta bien mientras que los intríngulis de la historia te otorgan un conocimiento de la vida y, por tanto, de ti mismo, muy interesante para manejarte con mayor felicidad por este mundo de dioses. Al final todo es cuestión de felicidad. ¿Disfrutas, vida? ¿Sí? Pues sigue, sigue.
Y vaya lo anterior como justificación de lo que voy a decir a continuación. “Un espejo lejano” es el mejor libro de historia que he leído en toda mi vida. Sin dudarlo ni un instante. Trata de la Europa del siglo XIV. ¿Apasionante? ¿Manido? ¿Soso? Ya saben ustedes si me han seguido un poquito en este espacio morrocotudo que el argumento de los libros me suele traer mayormente al pairo. Que hablen de lo que quieran mientras logren atraparme como a un pez tropical desubicado, aterido y súbitamente lanzado por mano diestra a una pecera calentita. ¡Qué gustito! ¡Qué fluir de neuronas desatadas y jocundas!
La genial escritora, neoyorkina nacida en 1912, resulta ser una humanista de primer orden, una comunicadora excelsa,
una escritora innata, una originalísima divulgadora… lo más granado de la insuperable raza de ensayistas anglosajones que tienen a bien amenizar nuestras veladas teóricas. Una delicia. Lo que se le ha ocurrido para mostrarnos cómo se vivía y se pensaba en la Edad Media es de una sencillez y de una originalidad apabullantes: sigue paso a paso la vida de un relativamente oscuro noble francés, Enguerrand VII, señor de Coucy. Y lo sigue casi como en una novela, con las necesarias y oportunas digresiones aclaratorias.
El resultado es un libro extremadamente fácil de leer, de una densidad teórica poderosa, que se disfruta desde su primera página hasta su final en la quinientos y pico… en letra pequeña, sí, es una pena… pero no todo el mundo está tan cegato como yo. El típico libro que te dan ganas de recomendar a todo quisqui. Pues eso es lo que estoy haciendo. No sé lo que opinarán los historiadores de carrera pero alguno que conozco ha quedado tan maravillado como yo mismo.
Alberto Arzua 
Filed under Cachito by Alberto on 21 febrero 2010 at 10:48 am
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Uno de los más finos estilistas de la prosa castellana bien se merece que le leamos algún cachito de vez en cuando, algunos detalles exquisitos. Por aprender, digo. Por disfrutar, me refiero. Por babear un poco.
NUESTRO PADRE SAN DANIEL
En la quietud se vio resplandecer crudamente entre los dedos de Monera la naranja de su gordo reloj de oro, y al cerrar la hojuela crujió tanto el muelle que don Manuel se asustó.
EL HUMO DORMIDO
Y nuestras manos sienten la ternura olorosa de la primera palma, recta y fina, con su ramo de olivo; la que oímos crujir y desgarrarse contra los hierros de nuestro balcón una noche de lluvia, de vendaval y de miedo (…)
No eran melocotones, ciruelas, peras, manzanas… clasificadamente, sino fruta por emoción de fruta (…)
Y del humo dormido sube siempre el clamor de la lisiada entre alegría de los chicos que salen del colegio, las cinco y media de la tarde de entonces (…)
(frases capturadas por Gepunto Alonso, colaborador inhabitual)
(crudo aviso: “El humo dormido” está descatalogado)
Alberto Arzua 
Filed under Léeme by Alberto on 18 febrero 2010 at 8:40 pm
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Madrid. Las en punto y pico de la tarde. Llevo equis horas andando y me duelen las lumbares. Hace un frío invernal. El parque del Retiro está lleno de gente. Me han propuesto sucesivamente ramitas de romero para la buena suerte, muñequitos peludos que saltan y asustan, boinas para echar monedas, espectáculos de polichinela, mimo, magia o malabares, leerme la mano, hacerme una caricatura, descubrir mi verdadero yo interior y, finalmente, jugar un partidillo de fútbol con unos chavales colombianos a los que les faltaba el portero.
He dicho a todo que no menos a esto último. Cuando me han metido el tercer gol me he escapado corriendo, perseguido por gritos racistas. He llegado a las cuesta de Moyano agotado, sudoroso y helado, a punto de coger una pulmonía. La cuesta en cuestión bordea el parque por el exterior, frente a la estación de Atocha. Está repleta de casetas donde se venden libros antiguos. No todos son antiguos.
Tengo frío. Tengo prisa. Dentro de algunos minutos tengo que coger el autobús interurbano en la otra punta de la ciudad. Para coger el autobús primero tomaré el metro, después otro metro, luego andaré por los horribles bajos del metro, llegaré a la espantosa estación de autobuses, buscaré el mío, me sentaré y abriré el libro que me acabo de comprar. ¿No lo he dicho?
Por un euro me acabo de comprar un libro de segunda mano. Mientras bajaba la cuesta sin
prisa y echaba una hojeada a lo allí expuesto, con la peregrina idea de encontrar algo parecido a aquel glorioso Vladimir Sirin (primer pseudónimo de Nabokov) que saltó a mis ojos en una feria similar, coma, resaltó a mis ojos este libro o, mejor dicho, este autor: Robert Littell.
Lo sé todo acerca de Robert Littell. Mejor dicho, no sé nada. Lo poco que sé quedó transcrito en este mismo foro morrocotudo. Busquen. Todo lo que necesito saber acerca de este menda es que se trata de uno de los mejores escritores de novelas de espías que conozco. Inteligente, hábil, fino, apasionante, directo. Estoy ansioso por llegar al autobús. El libro me quema en la mano. Es una pena que no quepa en el bolsillo. Tengo la mano helada.
Salto en el tiempo. He llegado a destino. Me he leído medio libro. Todavía me falta un autobús y media caminata para llegar a casa. ¡Lo que voy a disfrutar cenando!
Salto en el tiempo. Fin. Qué bonito.
Aviso. El Rizo está totalmente descatalogado. Observen la portada y la contraportada que he escaneado para ustedes. De nada.
Alberto Arzua 
Filed under Léeme by Alberto on 4 febrero 2010 at 7:47 pm
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He aquí un best seller estupendo, bien escrito, divertido y… gordo, como tiene que ser. La cosa va de narcotraficantes despiadados, policías corruptos, agentes antidroga impresentables, putas infames, gángsteres crueles, políticos putrefactos y un largo etcétera de personajes que se desenvuelven con desenvoltura en el caos de asesinatos, salvajismo y destrucción que ellos mismos han montado… hasta que acaban muriendo casi todos. Como tiene que ser.
No les cuento el final más que nada por ser coherente con mis propios principios, pero la verdad es que el final es lo de menos, aunque no decepciona en absoluto. Todo lo que sucede a lo largo de las más de 700 páginas de esta novela está bien traído, bien llevado, bien contado, bien manejado, bien liado y bien redondeado, porque el argumento es de una perfección totalmente inusual. Tanto lo que sucede como los protagonistas siguen en su evolución una lógica apabullante y demoledora, a la vez que sorprendente. Esto es un verdadero best seller y no las cosas del Dan Brown.
Por cierto, que la acción se desarrolla sobre todo en el México más lamentablemente auténtico. Incluso aparecen personajes reales. La información que recibimos del autor acerca del mundo del narcotráfico y de la corrupción política y policial es extraordinaria. Tan sólo por estos conocimientos, trasmitidos de primera sangre, merece la pena leerse. Y no piensen que la cosa va de que los malos son todos mexicanos. No, ni muchísimo menos. No digo más, pero hacía el final aparecen unos nuevos malvados que les van a encantar.
Hay chica guapa y hay chico listo, cierto, pero también hay dosis masivas de crueldad gratuita, como en la misma vida. Lo comento por si no les apetece leer una barbaridad tras otra. Todas bien traídas, eso sí.
Resumiendo, una novela de calidad y apasionante, ¿qué más se puede pedir? Yo la he leído en cuatro días. Y no es que me sobre el tiempo, sino que voy mucho en metro. Se lo recomiendo.
Alberto Arzua 
Filed under Cachito, Novela by Alberto on 29 enero 2010 at 9:59 pm
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Andrés Neuman es uno de los más prometedores jóvenes (1977) escritores de la literatura castellana. Con decir que El País y El Mundo se han puesto de acuerdo en designar a esta novela como una de las cinco mejores del año pasado… Abundando en lo mismo, el genial, exquisito y prematuramente desaparecido Roberto Bolaño tuvo a bien opinar lo siguiente: “Tocado por la gracia. Ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que sólo es dable encontrar en la alta literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos. La literatura del siglo XXI pertenecerá a Neuman y a unos pocos de sus hermanos de sangre“.
Pero no se me emocionen ustedes porque ya se sabe que los críticos son gente muy rarita que lo mismo te destrozan una divertidísima y original novela que se complacen en subir a los altares cualquier bodrio estomagante. Antes de empezar a leerla aportemos otro dato objetivo: El viajero del siglo ha recibido el Premio Alfaguara de Novela 2009. Como esto de por sí tampoco nos dice nada más allá de ocultos –o no tan ocultos- intereses comerciales, creo que ya va siendo hora de echarle un ojo a este volumen de 531 páginas, mientras aventuramos si este chico será un genio o un pesado.
Lo primero que me viene a la cabeza al leerle es cierta similitud con Luis Landero. Te da la impresión de que tiene una máquina hacedora de frases en el sótano de su casa, una máquina que engrasa todas las mañanas con sintaxis y que alimenta con palabras. Como a Landero, le salen niqueladas, tan sutilmente académicas que resulta muy fácil entenderle. Asimismo, al igual que sucede con Landero, deja flotando por todas partes un poso de melancolía, una especie de nube poco voluntariosa donde tropiezan blandamente buenas intenciones, amores sordos, éxitos y fracasos. Pero el tristemente perfecto Landero me acaba aburriendo, mientras que Andrés Neuman me divierte casi en cada página. La distinción es importante.
Lo que distingue a Neuman es que se trata de un poeta que sabe aplicar la poesía en su justa medida para que nos sorprenda, nos alegre la vista y nos incite a proseguir la lectura con una sonrisa entre los labios. Quedas atrapado. Y te vas dando cuenta de que los personajes también son poéticos, así como los escenarios, las situaciones y las opiniones. Sin embargo siempre están pasando cosas. Cosas que te interesan. Salvando las distancias y, en el sentido que acabo de expresar en las tres últimas frases, se podrían establecer suculentas analogías de este libro con El Quijote.
Y dicho esto, pasemos a los ejemplos, a las citas, a los muchos cachitos.
La luz de la calle era tan débil que, más que alumbrar la habitación, se sumó a la penumbra como un
gas.
Entre las telarañas un insecto asistió al sueño de Hans, hilo por hilo.
En el catre, con la boca medio abierta como si esperase una gota del techo, Hans se escuchó pensar.
Cuando el señor Gottlieb soltaba una de sus carcajadas se miraba los extremos del bigote, como asombrado de su envergadura.
Encima de Wandernburgo, en el suelo del cielo, se oían movimientos de muebles.
… a mí lo que me extraña es que usted, que tanto nos habla de libertades individuales, se resista a admitir que los nacionalismos expresan la individualidad de los pueblos. Eso habría que verlo, dijo Hans, a veces pienso que los nacionalismos son otra forma de suprimir a los individuos.
Junto a cada portal la basura se licua con la noche, en torno a su hedor se reúnen perros y gatos a devorar al compás de las moscas.
Y la torre puntiaguda de la iglesia pinchando el borde de la luna, que sigue perdiendo líquido.
(el siguiente párrafo necesita explicación; se trata de la respuesta de un empresario que considera más que suficientes las doce horas libres que tienen sus trabajadores -tras trabajar doce horas-, ante la observación del amigo del protagonista de que pasarán gran parte de ese tiempo “libre” durmiendo”)
Ah, pero, (…) nosotros no podemos ser intervencionistas, no, en eso no me meto, ¡cada trabajador hace lo que le da la gana con su tiempo de ocio, sólo faltaría! No sé cómo serán las cosas en su país, pero una de las normas de mi empresa, sépalo, es la absoluta libertad del empleado fuera del recinto de trabajo. ¡Supongo que en eso estaremos de acuerdo!
A lo lejos, tras los pastos cercados, las ovejas terminaban de amamantar a sus crías, que se aferraban a las ubres como a un rastro de luz. La lana de la noche se tejía rápido.
La lengua de Franz, colgante y mansa, parecía lamer la miel del mediodía.
(como ya habrán supuesto ustedes, Franz es un perro)
Frente al camino del puente la luz se adelgazaba. Las veladuras del sol difundían minúsculas vibraciones en la hierba. Extendida alrededor de la ciudad, amortiguando sus ruidos, la pradera no era verde ni dorada. Los molinos braceaban dispersando la tarde. Los carruajes volvían por el camino principal.
Más allá de los cercos los jornaleros tardíos terciaban la tierra.
Antes incluso de que el sol asomara, amanecían las calderas y arrancaban los ruidos de la fábrica: el enjuague de las lavadoras de lana, los latigazos de las cardadoras, los giros de las Spinning Mary, el tableteo de las contadoras, la digestión carbónica de la Steaming Eleanor.
Lamberg miraba la máquina y le parecía estar contemplando su propio organismo. Las válvulas volaban, vibraban las bobinas, los pistones se empinaban, botaban los tubos, el regulador rugía, crujían los engranajes, las rótulas corrían.
Los restos del calor se deshacían en la cueva como en un estómago que digiriera su sopa.
Ambos prestaban atención de una manera muy distinta. La expresión de Hans ante la inmensidad del firmamento sugería inquietud, alternativas, un porvenir incierto. El organillero asistía al horizonte como se mira un abrigo, un límite protector, un presente completo.
¿Qué hacías con esa máscara? (…) Sólo quería carnaval.
Alrededor, arriba, abajo, como falos diurnos, las cabezas espiaban asomadas a las ventanas.
(…) donde hojeaban la prensa y conversaban siempre de lo mismo, siempre de otra cosa.
A ella Hans la veía poco y no dejaba de verla nunca (…)
Atardece con pesadez caliente sobre los campos cercados. El rebaño de ovejas retrocede ante la sombra como si fuera pasto quemado. El aire huele raro, humedece los hocicos deformes. Las ovejas pasean su recelo. Una rueda de balidos interroga el horizonte.
La boca de la oveja se abre en un balido más agudo, rebotando en catarata.
Como se puede observar no hay tan sólo poesía, sino también muchas más cosas. Humor, por ejemplo. Y lo que ustedes tengan a bien encontrar. Sí, tienen razón, este es un libro para paladear.
Y acabo con una de arena. En mi opinión la novela es demasiado larga para el desarrollo de una trama muy simple. Este exceso de páginas se sustenta en excesivas reiteraciones y en larguísimas disquisiciones literarias, filosóficas y políticas que sólo tienen sentido como exponente de la “cultura” y “originalidad” de los puntos de vista del escritor. Supongo que es un defecto de principiante, el querer mostrarlo todo en cada obra. Se le perdona y se le espera a ver si se enmienda.
Alberto Arzua 
Filed under Léeme by Alberto on 21 enero 2010 at 8:26 am
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Tengo una especie de prevención hacia los libritos pequeños y bien encuadernados. Más que prevención debería llamarlo prejuicio pues las pocas veces que he catado tales manjarcillos (bien sea por préstamo obligado o bienintencionado regalo) no he salido disgustado, ni mucho menos.
José Emilio Pacheco (1939) es uno de los más afamados escritores mexicanos (poeta, ensayista, traductor, novelista y cuentista). En esta novela breve, muy breve, tan breve que se lee en un trayecto de metro, nos cuenta con su habitual estilo nítido y sin alharacas, los recuerdos de infancia de un chaval de la capital.
Utiliza al niño antiguo a través del adulto actual para describirnos las miserias del México de los años 40, no muy alejadas de las coetáneas desdichas españolas. Nos describe la cultura popular, la problemática social, la doble moral… Nada que no sepamos, pero narrado con una calidez que se nos hace cercana. Queda un poco extraño que un niño adopte puntos de vista de un progresista de hoy en día, pero en eso reside parte de la gracia de la novela
Todo lo que sucede se siente recubierto, cual cariñoso abrigo, de amor y de amistad. El narrador es un niño sano en todos los aspectos. El odio y la falsedad se adivinan un poco más lejanos. Con esto quiero decir que el regusto amargo de la época, muy bien dibujado, se compensa generosamente mediante grandes dosis de entusiasmo juvenil.
Libro ideal para ser comentado en una tertulia de damas literarias.
Como este hombre es universalmente conocido como poeta eximio, acabemos con un poema eximio del tal hombre:
Alta traición
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
y tres o cuatro ríos.
Alberto Arzua 
Filed under Léeme by Alberto on 17 enero 2010 at 11:49 am
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Justo cuando estaba a punto de regalarme el tercer tomo de El Archipiélago Gulag, cae bajo mis gafas esta obra póstuma de Vasili Grossman, el gran periodista y escritor ruso que tan espléndidamente documentó en su novela Vida y destino las atrocidades nazis y soviéticas.
Este libro, cortito y fácil de leer, es una especie de documento con muy poco de ficción que resultará útil para todo aquél que desee informarse acerca de la verdadera cara de los regímenes dictatoriales. Garantizo horror a raudales sin necesidad de ir a ver ninguna película de miedo.
A veces me pregunto por qué estaré tan interesado en el lado más oscuro del ser humano. Supongo
que es por curiosidad. Pretendo comprender en la medida de lo posible el sentido de tanta maldad pasada, presente y me temo que futura. De momento voy concluyendo que cualquier persona en peligro de perder la vida es capaz de las mayores atrocidades. Usted y yo también. He dicho “de las mayores atrocidades”, y no me retracto.
Ejemplo. ¿Por qué en la Edad Media se practicaban tan horribles torturas, a todas luces innecesarias? Para amedrentar al enemigo, señores: no eran tan innecesarias. Con la intención de defendernos nos comportamos peor que animales, peor que amebas, mucho peor, ya que utilizamos nuestro cerebro hipertrofiado. Así son las cosas. Pero ustedes, por favor, como si nada. Sigan leyendo.
Alberto Arzua 
Filed under Léeme by Alberto on 6 enero 2010 at 9:26 pm
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Esto es lo que se llama un novelón. Novelón tanto en calidad como en cantidad. Algo tremendo. Se trata de un conjunto de ocho novelas –escritas entre 1922 y 1940- donde se narran las vivencias de dos jóvenes parisinos antes y durante la Primera Guerra Mundial. Su ambición descriptiva, tanto en lo que respecta a los hechos como a las ideas y personalidades, hace que podamos compararla con las grandes obras de Tolstoi o de Pérez Galdós. A su autor le concedieron el Premio Nobel de Literatura en 1937, hecho que yo desconocía perfectamente (lo que no quiere decir nada, por supuesto).
En estos ocho relatos (que publicó en su tiempo Alianza Editorial) se desarrolla la historia de una familia tratada tanto desde un punto de vista clásico como a través de las más exquisita penetración psicológica, tan moderna que la hubiera firmado el mismo Shakespeare. Los dos personajes protagonistas, hijos de un burguesote muy del antiguo régimen, se enfrentan a la vida en una época especialmente convulsa, posicionándose ante los retos de su tiempo mediante dos estilos diferentes: mientras el mayor centra sus esfuerzos en mejorar su futuro profesional como médico, el pequeño, más inconformista, se dedica a poner en cuestión el sistema político y social que le ha tocado vivir.
Son tiempos de cambio y las personas sensibles al devenir de la historia, como los personajes de Roger Martin du Gard, reflexionan acerca de los grandes temas de la vida de una manera extensa, profunda y sincera, enriqueciendo nuestro argumentario y ayudándonos, por lo tanto, a pensar, como siempre lo hacen las grandes obras literarias. La lista de las cuestiones que se abordan en la obra, todas de candente actualidad, es amplia y significativa: religión, socialismo, amor, profesión, juventud, guerra, política, historia…
Podríamos concluir diciendo que no es una narrativa que apasione por lo que sucede, sino por el modo en que se cuenta, iluminándonos acerca del ser humano, tanto en su compleja individualidad y capacidad de autorreflexión como en su complicada vida en sociedad. Un novelón en toda la regla, ya digo. Altamente recomendable para quienes gusten de disfrutar con calma de la buena literatura de todos los tiempos. Sólo tiene una pega y es que hoy en día es muy difícil de encontrar en castellano. Busquen por Internet.
Alberto Arzua 
Filed under Cachito by Alberto on 18 diciembre 2009 at 7:57 pm
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Jonathan Littell es el escritor de Las Benévolas, una novela imposible de escribir y de muy difícil lectura. En ella asistimos a la vida y pensamientos de un alto cargo del ejército nazi encargado de controlar y organizar el asesinato de judíos –con todos los problemas técnicos que ello implica- en diversos países de Europa durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial. La novela rezuma un conocimiento tan profundo de los entresijos de la política nazi que dudas muy seriamente de que se trate de ficción. Lo más insoportable es la frialdad técnica con la que se narran las aberraciones, crueldades y miserias humanas. La mayor parte de la gente que conozco no ha sido capaz de acabar el libro. Y no por falta de interés ni porque sea muy voluminoso, no, sino por no poder aguantar tanto horror objetivo. Hablo de la novela Las Benévolas, de Jonathan Littell, Premio Goncourt 2006. No se la recomiendo.
Robert Littell es el padre de Jonathan. Con esto ya está dicho casi todo, porque de algún sitio salen los hijos. Adquiero esta información en la contraportada de la novela Leyendas. Se supone que se trata de un thriller. Vale, qué más da. Paso a leer el primer párrafo.

Por fin se habían decidido a asfaltar el ramal de tierra de siete kilómetros que comunicaba Prigorodnaia con la autovía de cuatro carriles entre Moscú y San Petersburgo. El sacerdote del pueblo, tras resurgir de una juerga de una semana, encendió velas de cera de abeja por Inocencio de Irkustk, el santo que en la década de 1720 había reparado la carretera a China y ahora estaba a punto de llevar la civilización a Prigorodnaia en forma de banda de macadán con una raya blanca recién pintada en medio. Los campesinos, que tenían una idea más acertada sobre el funcionamiento de la Madre Rusia, opinaban que esta muestra de progreso, si podía llamarse así, guardaba relación más probablemente con la compra, varios meses antes, de la amplia dacha de madera del difunto y poco llorado Lavrenti Pavlovich Beria, adquirida por un hombre identificado sólo como el Oligarkh. Apenas se sabía nada de él. Iba y venía a horas intempestivas en un reluciente Mercedes S-600 negro, su mata de pelo cano y sus gafas de sol, una fugaz aparición detrás de las lunas tintadas. Se decía que una lugareña contratada para hacer la colada lo vio tirar la ceniza de un puro desde el mirador de la dacha, semejante a una torrecilla, antes de volverse para dar instrucciones a alguien. La mujer, que estaba aterrorizada por la nueva lavadora, el último grito en electrodomésticos, y lavaba la ropa en el trecho menos profundo del río, se encontraba demasiado lejos para distinguir más que unas pocas palabras <<Enterrado, eso quiero, pero vivo…>>; aún así, sintió un escalofrío, tanto por las propias palabras como por el tono brutal del Oligarkh, y todavía ahora se estremecía cada vez que lo contaba. Dos campesinos que cortaban leña al otro lado del río habían alcanzado a ver al Oligarkh de lejos: con la ayuda de unas muletas de aluminio y visible esfuerzo, recorría el camino que iba desde detrás de su dacha hasta la ruinosa fábrica de papel, cuyas gigantescas chimeneas arrojaban humo de un blanco sucio catorce horas diarias, seis días por semana, y más allá, hasta el cementerio del pueblo y la pequeña iglesia ortodoxa con desconchones en las deslucidas cúpulas bulbosas. Un par de borzois se revolcaban por el suelo ante el Oligarkh mientras él, al andar, adelantaba una cadera y arrastraba la pierna, y repetía luego el movimiento con la otra cadera. Lo seguían tres hombres con vaqueros Ralph Lauren y telnyashki –las características camisas a rayas que los paracaidistas a menudo continuaban poniéndose después de abandonar el ejército-, con escopetas bajo el brazo, apoyadas en la sangría del codo. Los campesinos estuvieron muy tentados de acercarse a ver mejor al recién llegado, un hombre rechoncho y cargado de espaldas, pero descartaron la idea cuando uno de ellos recordó al otro lo que había proclamado desde el púlpito el metropolitano venido de Moscú para celebrar la Navidad ortodoxa en enero hacía dos años: <<Si sois tan tontos como para cenar con el demonio, usad al menos una cuchara larga, por el amor de Dios>>.
No sé a ustedes, pero a mí me han entrado unas ganas tremendas de seguir leyendo. Perdonen que les abandone, que tengo que hacer.
Alberto Arzua 
Filed under Léeme by Alberto on 10 diciembre 2009 at 7:24 pm
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Julio Cortázar es un escritor que descubres cuando tienes 15 años… o cuando tienes 20… o 30, o 40, o a cualquier otra edad, pero lo que es indudable es que se trata de un escritor que descubres, del mismo modo que descubrirías un tesoro, una novia perfecta o un trébol de cuatro hojas. Y si no lo descubres nunca, te has quedado sin tesoro.
Porque este autor es como un pozo sin fondo. El libro que comento y recomiendo se publicó 20 años después de su muerte y está compuesto, como quien dice, de un fondo de armario, es decir, de cositas que sobraban por ahí y que nunca se habían publicado. Da igual. La calidad es la misma (por cierto que el adjetivo que más se utiliza al mencionar a Cortázar es el de perfecto). Idéntica maravilla en cada una de sus obras.
Maestro de cuentos. Argentino (culto). Humorista. Sorprendente. Inteligente. Esto de inteligente viene a cuento de que le he visto en algunas entrevistas y es una de esas poquísimas personas que son capaces de hablar del tema más complejo con una sencillez y una claridad asombrosas.
Hablo en presente porque la esencia de este escritor está presente y lo seguirá estando mientras existan sus obras. En esta su nueva presencia 20 años después de muerto podemos disfrutar de la multiplicidad de sus intereses. Veamos algunos de ellos.
Se pone serio educando a futuros maestros:
El maestro debe llegar a la cultura mediante un largo estudio. Estudio de lo exterior y estudio de sí mismo (…) Ambas cosas no se logran por separado. Nadie se conoce a sí mismo sin haber bebido la ciencia ajena en inacabables horas de lectura y de estudio; y nadie conoce el alma de los semejantes sin asistir primero al deslumbramiento de descubrirse a sí mismo (…) La cultura no es una cosa, sino que es una visión; se es culto cuando el mundo se nos ofrece con la máxima amplitud; cuando los problemas menudos dejan de tener consistencia, cuando se descubre que lo cotidiano es lo falso, y que sólo en lo más puro, lo más bello, lo más bueno, reside la esencia que el hombre busca.
Nos cuenta también cómo un limpiabotas de Delhi le sorprendió al limpiarle sus zapatos de gamuza (yo vencido de antemano por esa ansiosa extorsión y por el masoquismo del prever el empaste, las chorraduras, las inútiles maniobras posteriores para reparar los efectos del betún en la preciosa gamuza vienesa de mis zapatos) con una perfección inaudita. Como él mismo comenta, un altísimo exponente del mundo desarrollado en el subdesarrollo de un mediodía indio.
Nos informa, maravillado, de cómo, un atardecer en Deyà, consiguió ver el mítico rayo verde de Julio Verne. Era una chispa intensamente verde, era un rayo verde aunque no fuera un rayo, era el rayo verde, era Julio Verne murmurándome al oído: “¿Lo viste al fin, gran tonto?”.
Nos habla de política sudamericana y cubana; por supuesto bajo su muy particular perspectiva comunista y liberal. Es decir, haciendo los equilibrios típicos de aquellos progres años setenta. No se lo tengamos en cuenta, ha pasado mucho tiempo.
Escribe acerca cualquier tema, al más puro estilo Cortázar. Nada es demasiado pequeño para atraer su interés. Como en aquella ocasión en una gran plaza de Mexico, noche profunda, cuando observó sorprendido cómo había unos funcionarios fregando animosamente el tejado de la catedral. ¿Por qué? Al día siguiente recibían visita de la reina de Inglaterra. Y todos contentísimos. Y Cortázar más, claro, que esos detalles le alegran (definen) la vida.
También hay poesía. De la formalmente poética:
(…)
Porque el ayer es nunca
Y el mañana mañana
Y de la típicamente prosaica:
Se puede partir de cualquier cosa, una caja de fósforos, un golpe de viento en el tejado, el estudio número 3 de Scriabin, un grito allá abajo en la calle, esa foto del Newsweek, el cuento del gato con botas,
el riesgo está en eso, en que se puede partir de cualquier cosa pero después hay que llegar, no se sabe bien a qué pero llegar. (…)
Acabemos este imposible recorrido infinito por uno cualquiera de los libros de Cortázar (recomiendo también cualquier otro, todos igual de im-perfectos: Historias de cronopios y de famas; El perseguidor y otros cuentos; Rayuela; Último round…) mediante una vulgar carta:
Rufino Bustos
Escribano público
De mi distinguida consideración:
Tengo a honor comunicarle que habiéndose vencido el plazo para el pago del alquiler del departamento ocupado por usted, y no obstante los siete avisos sucesivos que han quedado sin respuesta de su parte, cúmpleme la obligación de intimar el abono del susodicho alquiler más la multa del 5% fijada por la ley, siendo el último plazo el día jueves 16 de marzo de 1977. En caso de no comparecencia o comunicación epistolar, seráme preciso apelar al procedimiento de desalojo judicial, con las costas a su cargo.
Quedo de usted muy atentamente
Rufino Bustos
P.D. Anoche me creció otro dedo en cada pie.
Alberto Arzua 
Filed under Poesía by Alberto on 1 diciembre 2009 at 8:05 pm
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El ser humano europeo aficionado a la literatura oye hablar de Martín Fierro y automáticamente se acuerda de Borges, ya que el genial argentino lo mencionaba con frecuencia. Los lectores adolescentes no sabíamos bien si se trataba de un autor, de un libro, de un concepto… Pues bien, se trata de un poema narrativo bastante populachero. Vaya sorpresa.
Borges lo ha citado, parafraseado y criticado en muchas ocasiones, pero quedémonos con esta postrera cita de su ensayo El Martin Fierro: “Expresar hombres que las futuras generaciones no querrán olvidar es uno de los fines del arte; José Hernández lo ha logrado con plenitud”.
La edición que me he agenciado por un euro (alianza Editorial, nº 798), comentada por un tal Santiago M. Lugones (personaje difícil, trasunto real del imaginario borgiano) es, en palabras y estilo del indómito Borges, “acaso la mejor”. Es probable, pero me importa un bigudí. Acaso.
Yo, sin saber lo que me iba a encontrar, abrí el tomito y leí:
EL GAUCHO MARTIN FIERRO
Aquí me pongo a cantar
al compás de la vigüela;
que el hombre que lo desvela
una pena extraordinaria
como la ave solitaria
con el cantar se consuela.
Y me dije, ahí va, qué bonito, qué gracioso, qué bien me lo voy a pasar. Y efectivamente, así fue. Tiene el autor una tremenda facilidad para el pareado.
Y aunque yo por mi ignorancia
con gran trabajo me explico,
cuando llego a abrir el pico,
tengaló por cosa cierta:
sale un verso y en la puerta
ya asoma otro el hocico
Todo son quejas y desgracias con un punto inocentón.
Es triste a no poder más
el hombre en su padecer,
si no tiene una mujer
que lo ampare y lo consuele;
mas pa que otro se la pele
lo mejor es no tener
No me gusta que otro gallo
le cacaré a mi gallina.
yo andaba ya con la espina
hasta que en una ocasión
lo pillé junto al jogón
abrazandomé a la china
Siempre con el toque chulesco del auténtico gaucho. Así empieza la segunda parte (publicada en 1879), que procreó dado el enorme éxito conseguido por la primera (1872):
Atención pido al silencio
y silencio a la atención,
que voy en esta ocasión,
si me ayuda la memoria,
a mostrarles que a mi historia
le faltaba lo mejor
Tiene bastantes encuentros con indios, siempre con las de perder. Y no es de extrañar, porque…
Allá no hay misericordia
ni esperanza que tener:
el indio es de parecer
que siempre matar se debe;
pues la sangre que no bebe
le gusta verla correr.
También entra unas cuantas veces, más o menos injustamente, en cárceles tremebundas y desoladoras.
Ningún consuelo penetra
detrás de aquellas murallas.
El varón de más agallas,
aunque más duro que un perno,
metido en aquel infierno
sufre, gime, llora y calla.
Donde le infligen castigos de una crueldad infinita:
El mate no se permite,
no le permiten hablar
no le permiten cantar
para aliviar su dolor,
y hasta el terrible rigor
de no dejarlo fumar.
El peor de los cuales, para tan verborréico (y altanero) personaje, es el silencio:

Pues que de todos los bienes,
en mi inorancia lo infiero,
que le dio al hombre altanero
Su Divina Majestá,
la palabra es lo primero,
el segundo es la amistá.
Y es muy severa la ley
que por un crimen o un vicio
somete al hombre a un suplicio
el más tremendo y atroz,
privado de un beneficio
que ha recebido de Dios.
Y así hasta el final, a lo largo de tropecientas y pico sextinas (hay en el poema, además de 1063 sextinas, 74 redondillas, 48 cuartetas, una décima y cuatro romances), a cada cual más desgarrada, quejosa y chusca.
Propongo la diversión de buscar, entre tanto alarde rimado, los versos que más te lleguen. Es una buena proposición para hacer a los amigos. En la Wikiquote encontrarás más citas, pero nosotros tenemos el librito gratis para ti si lo quieres leer, en nuestro apartado de “Libros Gratis 0€”, arriba a la derecha. Pincha aquí.
Alberto Arzua 
Filed under Léeme by Alberto on 21 noviembre 2009 at 1:03 pm
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Cuando lees en la contraportada de un libro que un tal Kafka opinó de su autor que “En el improperio no tiene par. A su lado, los profetas nos parecen mancos. Si les aventaja, será porque se nutre del estercolero de nuestro tiempo”, una oscura fuerza interior te impulsa a robarlo, más que a comprarlo o pedirlo prestado. Léon Bloy está empezando a socavar tu frágil moralidad. Es su especialidad. Conste que yo lo saqué de la Biblioteca con mi carnet en regla.
Estas Historias Impertinentes son una colección de 30 cuentos, a cada cual más salvaje, extraño y desasosegante. Este Léon Bloy (1846-1917) era un francés de cuidado, con fama de ultracatólico, enemigo declarado del burgués y del espíritu moderno (progreso, democracia, ciencia), y a quien se suele relacionar con los artistas más contestatarios de fines del siglo XIX (Nietzsche, Dostoyevsky, Kierkegaard, Baudelaire). Vaya elemento, dirán ustedes. Efectivamente.
El libro tiene una especie de prólogo, escrito por él mismo, que empieza así:
Nos han enseñado en la infancia, me decía Apemantus, que diez son las partes del discurso. La gramática profunda del futuro dirá que el silencio es la undécima y la más temible, al haber sido concebida para devorar a todas las demás, así como la serpiente de Arón devoró a las demás serpientes.
Lo lees y te dices, anda, qué bien, he descubierto a un nuevo (más bien viejo) Borges. Sigues leyendo el prólogo, a ver si te enteras de qué va, por lo menos.
(…) Todos le dirán que soy un monstruo y que no hay forma de escapar a mis feroces garras. De nada sirve acariciarme, cubrirme de flores, decirme las más amorosas palabras, ofrecerme dinero y exquisiteces, todo resulta inútil. (…) Cuando no masacro, tengo que ser impertinente. Es mi sino. Soy un fanático de la ingratitud. (…) Llevan intentando matarme de hambre desde hace treinta años y por esa vía han conseguido liquidar a dos de mis hijos. Al carecer de corazón, me lo he tomado con admirable desenvoltura. (…) Quédese usted tranquilo, Apemantus. Los conspiradores del silencio, los “silenciarios”, como se decía en Bizancio, no son más que pobres ujieres que yerran del todo si creen ver en mí a un ruidoso perturbador. Usted ha sido mi huésped varias veces y sabe que soy de mandíbula silenciosa. Incluso mi risa, cuando devoro a los contemporáneos, no despertaría ni a una araña tejedora. (…) Y ya no me hable más de esos imbéciles.
Pues va de que este tío es un salvaje tipo Céline, rodeado de fantasmas que le odian y a quienes desprecia. Por cierto que vivió y murió casi en la indigencia.
Y, con este prólogo, ya me dirán ustedes qué se puede esperar uno de los cuentos en cuestión. Nada. No esperas nada. Te colocas la mente en blanco y empiezas a leer, totalmente ganado para la causa.
Y el autor no falla. Historia tras historia te va dando mazazos en el cráneo con la precisión de un quebrantahuesos. Aunque no me suele gustar destripar los argumentos, en este caso me veo precisado a hacerlo para que el lector se haga una idea más o menos fiel de lo que se va a encontrar.
Contaré muy brevemente los primeros cuentos. En el primero, llamado La tisana, un hijo se entera por casualidad de que su amorosa madre, que le profesa un cariño y fervor verdaderos y le cuida con dulce solicitud, tiene la intención de matarle. Y le mata, claro,
En el segundo cuento, El viejo de la casa, una pelandusca de cuidado se ve obligada a acoger en su casa (de pelanduscas) a su padre, a quien odia con toda su alma. Al final consigue que otros le maten.
El tercer cuento, La religión del señor Llantina, empieza así:
Aquel viejo abonaba la mugre con su aspecto. El estercolero de su alma se traslucía hasta tal punto en las manos y en el rostro que no habría podido imaginarse un contacto más horripilante. Cuando iba por la calle, los arroyos más fangosos, temiendo reflejar su imagen, parecían querer volver a su nacimiento.
Y no digo cómo acaba porque el final es de una belleza tan gloriosa que merece ser visitada en secreto.
El cuarto cuento y los demás… están escritos por este mismo ser prodigioso. ¿Qué importa de lo que traten? ¡A por ellos! ¡Devorémoslos!
Por cierto que este libro empieza, ya desde la dedicatoria (A mi querido amigo Eugene Borel) con la siguiente declaración: En recuerdo de Notre-Dame d’Éphèse, que tanto nos aleja de las ordinarieces contemporáneas. Esto me da pie a acabar el artículo con una foto del citado templo turco, situado a unos 20km. de Éfeso. Glosamos así la admiración que sentía Léon Bloy por San Pablo.

Alberto Arzua 
Filed under Léeme by Alberto on 15 noviembre 2009 at 12:57 am
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En mi opinión Raymond Carver (1939-1988) es uno de los más grandes escritores del siglo XX. Un genio, un mago, un maestro, un artista de orden superior. Escribió cuatro libros de cuentos y algunos más de poesía. Tan sólo he leído sus cuentos, y sólo me faltaba este volumen, Catedral. Por supuesto, no me ha decepcionado. Todos los cuentos son magníficos, todos los párrafos son excelentes, todas las frases son bellísimas.
Suelen adscribirle al movimiento llamado “realismo sucio”, y también al “minimalismo”. Para entendernos, las cosas que suceden en sus cuentos son suciamente reales, los pensamientos, vulgares, los personajes, anodinos, los sucesos, sin importancia, los pensamientos, vacíos. Como la vida misma. Tan como la vida misma que le añadieron el calificativo de “sucio”, a saber por qué. Lo de minimalista viene de su obsesión por no adornarse innecesariamente. Si puedes usar un adjetivo, no utilices dos. Mejor todavía, no utilices ninguno. Observa lo que sobra. Y quítalo. Así todo queda mejor explicado. Claro, es más fácil decirlo que hacerlo.
Queda así advertido el lector que persiga florilegios verbales o argumentos retorcidos. Este no es su hombre. Sin embargo quien apetezca conocer algunos aspectos del alma de la sociedad actual, quien busque verse crudamente reflejado, quien no haga ascos a la tristeza o al vacío, quien disfrute de la sublime belleza de lo sencillo, encontrará en cada cuento de Carver una fuente inagotable y sorprendente de íntimo placer literario. No lo sé explicar mejor.
En vez de desgranar algunas citas he preferido esta vez colocar directamente los inicios de todos los cuentos. Allá van.
PLUMAS. Ese amigo mío del trabajo, Bud, nos había invitado a cenar a Fran y a mí. Yo no conocía a su mujer y él no conocía a Fran. Así que estábamos a la par…
LA CASA DE CHEF. Aquel verano Wes le alquiló una casa amueblada al norte de Eureka a un alcohólico recuperado llamado Chef. Luego me llamó para pedirme que olvidara lo que estuviese haciendo y que me fuese a vivir con él. Me dijo que no bebía. Yo ya sabía qué era eso de no beber. Pero él no aceptaba negativas…
CONSERVACIÓN. El marido de Sandy se había instalado en el sofá desde hacía tres meses, cuando le despidieron…
EL COMPARTIMIENTO. Myers recorría Francia en vagón de primera clase para visitar a su hijo, que estudiaba en la universidad de Estrasburgo. Hacía ocho años que no le veía… La última vez que vio a su hijo, el chico se abalanzó sobre él durante una violenta disputa. La mujer de Myers estaba junto al aparador, rompiendo platos de porcelana, uno tras otro, contra el suelo del comedor. Luego se había dedicado a las tazas…
PARECE UNA TONTERÍA. El sábado por la tarde fue a la pastelería del centro comercial. Después de mirar las fotografías de pasteles pegadas en las páginas de una especie de álbum, escogió uno de chocolate, el preferido de su hijo…
VITAMINAS. Yo tenía empleo y Patti no. Trabajaba unas horas de noche en el hospital. No hacía nada. Trabajaba un poco, firmaba la tarjeta por ocho horas y me iba a beber con las enfermeras…
CUIDADO. Tras mucho discutir –lo que su mujer, Inez, llamaba considerar la situación- Lloyd se marchó de casa y se fue a vivir solo…
DESDE DONDE LLAMO. J.P. y yo estamos en el porche del establecimiento de desintoxicación de Frank Martin. Como todos nosotros en la casa de Frank Martin, J.P. es ante todo y sobre todo un borracho. Pero también es deshollinador. Ha venido por primera vez y está asustado…
EL TREN. La mujer se llamaba Miss Dent, y aquella tarde había encañonado a un hombre con una pistola. Le había obligado a arrodillarse en el polvo suplicando que le perdonara la vida…
FIEBRE. Carlyle estaba en apuros. Así había estado todo el verano, desde que le dejó su mujer a principios de junio…
LA BRIDA. Una camioneta vieja con matrícula de Minnesota se detiene en un espacio vacío frente a la ventana. Hay un hombre y una mujer en el asiento delantero, dos chicos en el trasero. Esa gente parece agotada…
CATEDRAL. Un ciego, antiguo amigo de mi mujer, iba a venir a pasar la noche en casa…
¿Qué sencillo, verdad? ¿Qué fácil, no? ¿Qué borrachuzo, a que sí? Pues no señor, que el señor Raymond Carver, alcohólico, permaneció sobrio los últimos diez años de su vida. No me extraña que no llegara a los cincuenta.
Alberto Arzua 
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