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Filed under Fantasía by Oz on 11 julio 2010 at 11:40 am
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La novela empieza en los preparativos de la boda de Julia.
Ella siempre había estado distanciada de su padre porque hacía muchísimos viajes de negocios y no se llevaban muy bien.
Julia envía a su padre la invitación de boda y unos días antes el asistente personal de su padre llama a Julia diciéndola que su padre no puede ir, pero esta vez no era por viajes… había muerto.
Julia, no muy dolida por la trágica noticia, entierra el día de su boda a su padre y aplaza la boda.
Estando trabajando recibe una llamada del dueño de la zapatería de debajo de su casa. El hombre dice que hay un camión enorme delante de la puerta de la zapatería y que el paquete es para ella. Julia sale del trabajo lo antes que puede y cuando va a casa se encuentra una enorma caja de dos metro de alto en medio del salón.
Al abrirla se queda anonadada, era…. su padre.
En una empresa su padre era accionista y habían empezado a hacer androides para que la gente que fallecía pudiera volver seis días más a casa para decirse con la familia las cosas que no se dijeron.
La batería sólo duraría seis días y si la famila quería podía apagar el muñeco y se lo llevaría la empresa.
La novela empieza en los preparativos de la boda de Julia.Ella siempre había estado distanciada de su padre porque hacía muchísimos viajes de negocios y no se llevaban muy bien.Julia envía a su padre la invitación de boda y unos días antes el asistente personal de su padre llama a Julia diciéndola que su padre no puede ir, pero esta vez no era por viajes… había muerto.Julia, no muy dolida por la trágica noticia, entierra el día de su boda a su padre y aplaza la boda.Estando trabajando recibe una llamada del dueño de la zapatería de debajo de su casa. El hombre dice que hay un camión enorme delante de la puerta de la zapatería y que el paquete es para ella. Julia sale del trabajo lo antes que puede y cuando va a casa se encuentra una enorma caja de dos metro de alto en medio del salón.Al abrirla se queda anonadada, era…. su padre.En una empresa su padre era accionista y habían empezado a hacer androides para que la gente que fallecía pudiera volver seis días más a casa para decirse con la familia las cosas que no se dijeron.La batería sólo duraría seis días y si la famila quería podía apagar el muñeco y se lo llevaría la empresa.
Patricia Clemente del Río 
Filed under Negra by Oz on 7 julio 2010 at 6:33 pm
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Qué mal me cae Pablo Tusset.
Pero mal mal mal… me tiene cuatro noches enganchado con el librico este que acaba de salir, el de “En el nombre del cerdo”, que yo, hábilmente, le regalé aquí a mi señora para su cumpleaños, y yo leyendo y leyendo y el tí o venga a darme con la puerta en las narices. ¡Que se empeña en que yo lea lo que él tenga a bien escribir y no lo que yo quiero leer! Porque el tí o escribe lo que le sale de las narices, como si yo le importara un pito. ¡Pues me va a oí r!
-Pringao, tú paga y lee y cállate, que el escritor soy yo.
El tí o empieza con una trama cojonuda, de crí men abyecto en plan ceeseí y yo, que me gustan las novelas con gente desmembrada y polis me froto las manos; pero de pronto cambia y me pone una historia romántica de amores tardí os y otoñales, y yo, que me gusta la novela costumbrista me froto las manos; y de repente cambia y pone una cosa de pasiones desatadas en la Niu Yor de antes de los avionazos, con chica maravillosa y cuarentón que encuentra el amor de su vida, y yo, que me gusta que Jarri encuente a Sali, me froto las manos; pero de repente sale un psicópata que asesina al personal ciegamente, y yo, que me gustan las novelas con toque gore y seriales quí ler me froto las manos; pero entonces me lleva a un pueblecito del pirineo de esos con ambiente cerrado y minimalista, y personajes cargados de historias de las que se podrí a sacar una novela (de cada uno de ellos), y yo, que me gustan los dramas carpetovetónicos de toda la vida, me froto las manos… y una después de otra, y cuando ya estaba esperando el final que aglutinase todos los dramas, la solución a tanto enigma… ¡zas! el tí o me da con la puerta en las narices, qué capullo.
-¡Te jodes! Eso te pasa por querer avanzar lo que va pasando conforme a tu lógica, como si fuera una pelí cula americana, que en cuanto empiezan ya sabe uno en qué va a parar todo, pues no señor, las cosas son como son y no como tú esperas.
-Pues sepa usted, señor mí o, que lo que le hace a la señora Mercedes no tiene nombre, eso no se lo perdono, eso es pa mear y no echar gota.
-Eso sale todos los dí as en el periódico y tú no te das cuenta, melón.
-¿Y el final, eh, qué me dice del final? Yo ya me esperaba un final como el del cruasán, que es algo parecido a lo que le pasaba a la Castroforte del Baralla de “La saga-fuga de J.B.”, un final estratosférico (no de esos que acaban en agua de borrajas, como los finales de las novelas de Pérez Reverte, o de Humberto Eco, no) un final que te deja pasmao. Joder, y me pone usted un final de una historia que yo no sabí a que también la estaba leyendo, no me daba cuenta.
-Yo acabo mis libros con un par de huevos, coño. Y si no te das cuenta de lo que lees, pon más atención.
-Usted le abre a uno una puerta, y cuando uno se quiere colar dentro, se la cierra en las narices y le lleva a otra, y tres cuartos de lo mismo. Le pone usted a uno la miel en la boca y luego se la quita. ¡Yo quiero enterarme de lo que pasó con la chica de los mohines! ¡Y con el trí o de plumí feros cárnicos! ¡Y con la pobre rusita! ¡Y con la seguramente zozobrante vida interior de la Susi, o el Malacaí n, el Betoven o la Heidi!
-Bah… todo eso no viene al caso, tú a leer lo que yo te ponga, que para eso soy el escritor, y con lo otro te puedes montar tus propias pelí culas ¿o es que voy a tener que hacértelo yo todo?
-¿Y por qué no escribe todas esas historias?
-Porque no me sale de los cojones.
-Me cae usted muy mal.
-Sí , eso me dices ahora, pero cuando saque otro libro seguro que corres a comprarlo.
-Como loco.
Oz 
Filed under Léeme, Novela by Oz on 10 abril 2008 at 3:50 pm
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Desconfío mucho de los libros (o novelas) en las que se antepone en primerísimo lugar el nombre del autor. Supongo que es lo mismo cuando veo anunciada una película con un actor de renombre sin hacer mención al titulo de la película, aunque no dude que dicho protagonismo dé categoría o sea sinónimo de garantía para pagar una entrada y ver la película, creo que cualquier actor que se aprecie de serlo, debería bastarle o enorgullecerle que su trabajo hable y lo defina por sí solo.
La semana pasada, cuando fui a la Biblioteca Pública por algún libro que leer (he descubierto que ése lugar, ha sido una salvación a mis escasos euros destinados a proveerme de mi vicio por la lectura) me topé con ésta novela que a continuación voy a hablar. El nombre de Guillermo Martínez se anteponía al título del libro con un tipo de letra y color, que a todas luces, estaban muy por encima de lo que el ufanado escritor se proponía a contar. Aunque no conocía al autor (perdón por no identificar de momento, a uno de los escritores más importantes de su generación de la literatura hispana) me sonaba muchísimo un libro que viene en la micro biografía de G. Martínez, que son Los Crímenes de Oxford (días después he visto anunciada la película, basada en dicho libro). Así que bueno, digamos que empezamos con mal pie. Aunque todo sea dicho, me sorprendió gratamente saber que el buen Guillermo se había doctorado en Lógica Matemática a la edad de 23 años.
La novela (Editorial Destino, 2007) trascurre relatada de una manera muy ágil y sencilla de leer, la propuesta de la historia está bien sustentada en el suspenso y la acción que se desarrolla sin contratiempos, transcurre ante nuestros ojos de manera natural, la historia en sí, es un relato de una lucha intelectual entre un “maestro†y un aprendiz, también noté un paralelismo entre el personaje de Luciana y de Kloster, en el que ambos, atrapados en vida (Kloster en alemán, convento) â€han dejado de pertenecer a toda comunidad y a todo tiempo futuroâ€, muertos en vida, atrapados en un espiral, de muertes y asesinatos que son el enigma clave para el desarrollo de la intriga. Pero nadie sabe… nadie se entera.
En fin, que La muerte lenta de Luciana B, satisface plenamente las dos condiciones de una buena lectura, que es el de mantener el interés sobre una trama bien cimentada y un lenguaje natural y expresivo, haciendo la inversión de tiempo invertido, algo que valga la pena.
Y también hay un concurso para sus lectores: Si has disfrutado de la novela, participa y danos tu versión de los hechos.
Luisa 
Filed under Aventura, HUMOR by Oz on 1 abril 2008 at 10:49 pm
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He estado leyendo estos últimos días, a Eduardo Mendoza, La aventura del tocador de señoras, y no sé, a veces tengo parar para poder reírme de nuevo de lo que acabo de leer y así no se puede, muchas veces a trompicones y a carcajada abierta (ayer que venía en el tren un tipo se me acercó para preguntarme que qué leía porque parecía que me la estaba pasando bomba, me dijo que al bajar, buscaría el libro en la primera librería que encontrara) y como te digo, no avanzo en nada la lectura y mis arrugas de risa se marcan más y más, y no sabes la alegría que me da eso, si al fin y al cabo una va a terminar como uva pasa, por lo menos que sean delineando bien ésos pliegues que cada vez que me vea al espejo, puedan recordarme lo mucho que me he reído. No todo van a ser heridas de guerra ¿no?.
Te cuento, el libro retoma las aventuras de un personaje muy singular, una especie de pícaro (como personaje) que está internado en un manicomio por error (o no), en una Barcelona atípica de los años ochenta. í‰se internamiento, ha estado aderezado con salidas o escapadas esporádicas cuando alguien necesita que hagan el trabajo sucio por él (un chivo expiatorio) para después regresarlo cuando ha terminado dicha empresa al manicomio nuevamente (es un personaje recurrente en otras novelas anteriores de Mendoza, como El Misterio de la Cripta Embrujada y otro más que si no recuerdo mal, se llama El Laberinto de las Aceitunas) . En éste libro le dan la salida definitiva porque derrumbarán el manicomio para hacer un bloque comercial. Quizás lo mejor que tiene el libro, es que se aleja mucho a ésa moda (que ya cansa) de enigmas medievales, libros de terror o recetas para vivir una vida plena, que están en los primeros sitios de venta por semanas, no es un best sellers, pero créeme, el tiempo se pasa pronto cuando estás leyendo dichas aventuras que se pasa volando y encima, pasándotelo muy bien.
Lo curioso es, cómo Don Eduardo Mendoza (el don bien merecido) puede escribir de ésa manera tan ágil y peculiar (a veces utilizando palabras y construcciones narrativas muy complejas), situaciones absurdas y surrealistas que están a la orden del día, hilvanando de manera ágil y fresca una parodia de la realidad de manera brillante, rayando en el humor negro y hasta un poco corrosivo (quita el “rayando” y “poco” y cámbialo por “totalmente”) el personaje narra en primera persona (nunca sabemos su nombre) sus aventuras, en tono detectivesco, es adicto a la pepsi cola y tal pareciera que de verdad está rematadamente loco, pero es una locura casi ingenua y tan carismática que no puedes más que sentir empatía con él a medida que se va desarrollando la trama llena de personajes tan locos como él. Quisiera mostrarte un poco de lo que tan inútilmente trato de explicar:
“La carta elogiaba nuestra conducta…para acabar recomendando que el erial que solíamos usar como campo de fútbol fuera convertido en un centro polideportivo más acorde con los tiempos, para lo cual,
concluía diciendo la carta, en breve nos sería enviado el equipamiento necesario. Como primera providencia, aquella misma tarde nos quitaron la pelota…” “¿Me has entendido, escoria?-Me parece que sí…No trate de volver a entrar: por su bien hemos electrificado las rejas -me dijo desde dentro- Tenga, un poco de dinero para los primeros gastos. Ya me lo devolverá cuando haya hecho fortuna. Tiene toda la vida por delante. Y también por detrás. Ay, quién pudiera volver a ser joven.
Traté de improvisar una frase a sus buenos deseos, pero el ruido de las apisonadoras, la excavadoras y los dinamiteros hicieron inútil mi esfuerzo. Por lo demás, el doctor Sugrañes ya había escupido en mi sombra, dado media vuelta y emprendido el camino de regreso…”
En fin, que tiene todo para pasarlo bien y sin más pretensiones, que no es poco.
La aventura del tocador de señoras.
Eduardo Mendoza
Seix Barral 2001
382 pgs
Luisa 
Filed under Aventura, Léeme by Oz on 8 marzo 2006 at 1:27 pm
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¿Quién me iba a decir a mí que iba a terminar metido hasta las cejas en el corazón de la selva Hondureña?Soy veterinario y me iba bien con mi vida hasta que recibí la carta de mi padre, Maxwell Broadbent, para reunirnos en su casa con mis hermanos, Philip y Vernon. Y, ¿para qué? Cuando llegamos allí mi padre y toda su fortuna acumulada durante años, grandes tesoros adquiridos legal e ilegalmente, habían desaparecido. Solo quedaba una cinta de video, que nos dejó asombrados y boquiabiertos, había decidido enterrarse en una tumba junto con todos sus tesoros, así que si queríamos nuestra herencia… ‘¡¡¡Teníamos que ir a buscarla!!!!Vernon y yo no teníamos el más mínimo interés en ir a buscar a mi padre y su herencia, pero Philip, ese era otro cantar, ansiaba el dinero que podría aportarle la venta de aquellos tesoros. Lo que yo no sabía, y Sally me hizo ver, es que entre aquellos tesoros, había un Códice maya entre aquellos tesoros, que podía revolucionar la industria farmacéutica. Así que, evidentemente, nosotros no éramos los únicos que queríamos aquella pieza. Se convirtió en una carrera hacia Honduras y selva.¿Conseguiríamos encontrar la tumba de mi padre? o, por el contrario ¿Era todo una broma pesada de esas que a él tanto le gustaban, para hacernos ser “dignos hijos de Maxwell Broadbent?
nuska
Filed under Léeme by Oz on 8 marzo 2006 at 1:26 pm
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¿Quién no ha oído hablar del í‰bola o del Marburgo? ¿Estamos realmente informados del peligro real que corremos? ¿Son virus que han surgido repentinamente o una vez más un virus de laboratorio se ha escapado al control de las manos que lo crearon?Richard Preston, catedrático y escritor especializado en temas científicos, ha investigado a fondo la amenaza de los filovirus, reuniendo una serie de datos escalofriantes que saca a la luz por primera vez en este libro.Partimos de el continente Africano, a la sombra del Monte Elgón, frontera entre Uganda y Kenia. Monet, un francés vivía allí, y decidió un día visitar la cueva de Kitum, en ella vivía una comunidad de murciélagos numerosísima, además de ser visitada por cantidad de elefantes, como resultado el suelo estaba lleno de excrementos y suciedad de murciélago y elefantes, además de muchos otros animales. No se sabe bien que ocurrió entre ellos en la cueva. Lo único cierto que se sabe es que Monet comenzó con un dolor de cabeza a los siete días, que anduvo deambulando en busca de un hospital con capacidad para atenderle. Llega al hospital de Nairobi y mientras está en la sala de espera tiene su “ataqueâ€, el agente (virus) una vez destruido por completo el organismo anfitrión, sale por todos los orificios, en busca de otro organismo. Un médico que atendió a Monet, a los nueve días, también empezó a sentirse mal, terminando de la misma manera que Monet, el virus destruye por completo el organismo. El Ejército de Estados Unidos tiene una unidad dedicada especialmente a tratar con virus de gran peligro biológico en laboratorios con nivel de bioseguridad 4. El más alto que existe, donde antes de entrar hay que ponerse un traje espacial, y para salir hay que descontaminarse totalmente. También en EEUU, dentro de una reserva de monos para experimentación, es detectado repentinamente un brote de í‰bola, este equipo, en una operación ultra secreta, se dirige a la reserva para exterminar a todos los monos, y tomar muestras del organismo letal. Una y otra vez, salen casos en cualquier parte del mundo, aunque realmente no los conocemos todos. El virus í‰bola, con una potencia destructiva capaz de acabar con la especie humana, ha salido de su escondite natural y está llamando a nuestra puerta.
nuska
Filed under Exlibris by Oz on 24 febrero 2006 at 11:14 pm
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Filed under Cachito by Oz on 24 febrero 2006 at 9:32 pm
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-…Repito que es un hombre de suerte. Porque si no lo fuera ya estaría fusilado.
-¿Y fusilado por qué?
-Por lo de Franco. ¿Tü no sabes que el Amores ya era periodista con Franco? í‰l es un periodista viejo.
-¿Y qué le pasó con Franco?
Pues que le acompañó para hacer información en uno de sus viajes. Eran un grupo, claro – dijo el Florindo Chico alzando los brazos-, y en ese grupo había un fotógrafo que se llamaba Verdugo-no-sé-qué. En fin, Verdugo a secas. Todo el mundo le llamaba Verdugo
-Bueno, ¿y eso qué tiene de malo?
-Nada, excepto que en ese viaje, y normalmente en todos, los periodistas y los fotógrafos salían para la próxima etapa un poco antes que Franco, para recoger todo el entusiasmo delirante con que se le esperaba, etcétera, y estar ya allí cuando Franco se presentase con todo su rito bizantino. Y fíjate que estaban ya todos a punto en el coche, listos para salir pitando, y el Verdugo que seguía sacando fotos y no venía. Y entoces el Amores va y le llama.
-Tampoco veo que eso tenga nada de malo.
-Cojones que no. Imagínate a cien o doscientos mamones berreando todos a la vez “¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!” y de pronto va el amores y grita al lado mismo del dictador “¡Verdugo!”
…/…
Méndez recordaba las malas leches pequeñas y usadas, leches de segunda teta, cuando le hizo un interrogatorio a Amores, uno de esos “interrogatorios psicológicos” que él había aprendido de los hermanos Creix en los buenos tiempos de la Brigada Social barcelonesa, cuando la bofia sí que era la bofia. Los Creix, cuando te dejaban suelto porque eras un pájaro de poca importancia (pero que podía llegar a ser importante) te citaban por teléfono a lo mejor un mes más tarde, pero siempre un viernes por la noche o sábado por la mañana, y te decían: “Oye, tú, preséntate aquí el lunes con una muda al menos, porque esta vez sí que te has caído. Después de todo lo que acabo de saber, vas dao”. Con lo cual el pájaro podía hacer dos cosas: o tratar de escapar y refugiarse en casa de algún amigo, con lo cual los Creix averiguaban de propina quién era aquel amigo, o presentarse el lunes hecho un saco, hecho una filfa, hecho un condón usado. En ese último caso el hermano Creix que estaba de turno – y que realmente no había averiguado nada- le decía: “Te tenemos bien atrapado, macho, y en cuanto compruebe un par de datos que ya estamos investigando se te va a caer el pelo. Pero como tienes familia, quiza te siga dando un poco de cuerda, no sé… Tú mismo verás lo que haces”.
Incluso los tíos de más aguante, después de haber pasado un fin de semana angustioso, a punto de hacer testamento, y de romperse los sesos pensando qué diablos sabría la Brigada Social, iban apartándose de sus compañeros por si acaso. Los contactos quedaban rotos, los grupos se deshacían. Jamás los teléfonos y los fines de semana hicieron tanto por lo que los periódicos llamaban la paz de España.

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