La mano armada, de Carlos Pérez Merinero

Imagínense ustedes un policía en tiempos francoides cuyos atributos principales fueran los siguientes: asqueroso, mentiroso, violento, rijoso, inmoral, machista, putero, torturador, egotista, egoísta (estos dos conceptos los distinguirán fácilmente ustedes, o no, al leer el libro), ladrón, asesino, ludópata, borracho, violador… en este orden o en cualquier otro, y seguro que me olvido de unos cuantos. Una auténtica joya, señores, ante la cual el famoso Torrente del cine patrio palidece cual virginal doncella.

Si entre los presentes lectores alguno se sintió ofendido con las “pajillas” y otras manifestaciones de humor basto del ínclito Santiago Segura, le aconsejo salir corriendo cada vez que la palabra Merinero aparezca en la portada de un libro. El tal escritor desmadrado, Carlos Pérez y lo otro, una figura eximia del borderío (aprovecho que “border” en inglés significa frontera, límite, para no tener que escribir “underground”… aunque a veces parezco tonto, podía haber puesto “marginal”) español, es autor de más de una docena de novelas brutales, de varias colecciones de cuentos, de obras de teatro, de guiones de cine, de películas como director, y de no sé qué más porque no le dio tiempo. Aprovechen ustedes este momento de relax para ir y descubrir su careto en la típica foto que ponen por el interné. Flipante. Yo me he hecho fan nada más verlo. También hay una entrevista por Youtube de mucho provecho. Lo malo de todo esto es que está muerto el muy idiota. Espero que no me lo tenga en cuenta, pero menuda faena nos ha hecho. Joder.

Al Merinero le gusta jugar con frases hechas, con verbosidades mentales, con alharacas sonoras, todo ello para rebozarse en el sexo más cochino y asqueroso (también aprenderán a distinguir ustedes estas dos categorías) que se haya visto. Solo con esta frase pedorra que acabo de soltar se percatarán ustedes de que he disfrutado como un simio… aunque al final quizás acabe uno cansado de tanto plátano. No importa, se lee uno un libro pijo, para desengrasar, pongamos por ejemplo “Departamento de especulaciones”, de Jenny Offill, y vuelta a empezar con Merinero hasta que reviente uno de los dos… y les recuerdo que él… ya me callo. Uno se contagia, sí; yo soy muy influenciable.

Observemos la lógica del policía en cuestión:

  • Pero ¿van a ponerme un policía en la puerta para que no me viole?

¿Para que no la viole quiere ponerlo detrás de la puerta? Esta enana desvaría.

Lo siguiente tiene algo que ver con el orto, por si no se entendiere:

No tardé nada, lo que se dice nada, en alcanzar la meta y le regué las acequias para que los mojones le salieran a partir de entonces con rosales florecidos.

Si no se pilla, no pasa nada; quizás mejor. Vamos con la última cita, muy relajante.

… la forma en que me miraba en el espejo, la manía que me había entrado últimamente de hablar solo por la calle, el gusto por llevarme la pistola a la sien y apretar el gatillo para comprobar si me había olvidado de descargarla…

En resumen, que esta es una novela sin resumen. Va saltando uno de burrada en burrada, de parida en parida, de hallazgo en hallazgo… hasta llegar al final, que es cuando uno se apena… y respira. Una gozada bárbara.

Alberto Arzua

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