Manón Lescaut / Abate Prévost

Andando los caminos de la disipación y el placer, Antoine-Francois Prévost, más conocido mundialmente como El Abate Prévost, nacido el 1 de abril de 1697 en Artois, Francia; habrá conocido a la hermosa y fatal Manón Lescaut, eso pienso. ¿O será que su encantador personaje femenino lo formateó de varias damas proclives al amor fácil y muy generosas con los hombres, a quienes suelen convertir en sus esclavos al fuego lento de su pasión. En realidad los propios caballeros son los culpables de aquello que critican en la mujer, como con todo acierto pensaba la dulce Sor Juana Inés de la Cruz. Además la divina Manón es víctima de su propia belleza. Ella no tiene la culpa de que los varones la acosen y se peleen por ella hasta la misma muerte y la sigan al fin del mundo, allí donde terminan los caminos.
El Abate Prévost llevó una vida llena de aventuras, podría decirse que la mitad de su existencia la pasó en los monasterios y la otra mitad en el desenfreno de un hombre libre, a quien gustan las mujeres y agrada meterse en líos por ellas. Inclusive, de amplio criterio, como para preferirlas compartidas como dice la canción. Así pues, juglar, benedictino, hombre pasional, novelista, historiador, filósofo y traductor, con todas sus virtudes, sus defectos y sus vicios, el Abate Prévost fue capaz de crear una mujer increíble: Manón Lescaut.
El Abate Prévost cerró sus ojos para siempre un día antes de la Nochebuena de 1763, en Chantilly, Francia.
¿Qué pasaría por su mente si el Cielo diera permiso a este hombre de convento y burdel, el Abate Prévost, de volver a este mundo. Encontraría que Manón Lescaut es inmortal, que su obra cumbre ha sido puesta en escena numerosas veces en muchos teatros del planeta, que ha sido la base de argumentos para óperas como las de Jules Émile Massenet y Gaicomo Puccini, que ha inspirado ballets como el de Jacques Fromental. En fin, no daría crédito -al estar sentado en una sala de cine- ver con vida al tormento del chevalier Des Grieux- simplemente se asombraría.
Y en eso de los sueños imposibles, yo daría media vida por besar la punta del pie de Manón.
Matías Antonio Ocampo Echalaz

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