No hay que dejar los libros en manos de los intelectuales

El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas / Haruki Murakami

20 Septiembre 2013

Hubo una época en mi vida en la que leí bastante ciencia ficción (s-f). Eran los tiempos de Asimov, de Bradbury, de Philip K. Dick y sus androides y ovejas eléctricas (“Blade Runner”, en el cine) de Arthur Clarke, Aldous Huxley, Orwell, H.G. Wells, y algunos otros.
Creo que la literatura no hay otro género que se aproxime tanto a la novela negra como la s-f. La s-f es otra manera de encarar los problemas de la actualidad y algunos temas de hondo calado filosófico.
Sobre todo, dos grandes temas: el de los universos paralelos y el del tiempo.
Ahora, en este mismo instante, mientras escribo esta entrada de mi blog, ¿me encuentro en el único mundo “real”?; ¿no hay más realidad que ésta? o ¿quizás existen “dimensiones paralelas” en las que yo mismo estoy viviendo otras vidas reales?; ¿sueño cuando digo que estoy soñando, o estoy escribiendo en un sueño del que despertaré y que me abandonará en ese momento?
Y el tiempo, ¿es lineal o circular?, ¿puedo volver al pasado y cambiarlo para hacer que sea distinto este presente desde el que vuelvo?; ¿cuando lo haya cambiado, llegaré a una realidad desde la que no sea posible el retorno al pasado?. (Es el tema de Robocop?)
Haruki Murakami me ha llevado otra vez al recuerdo de todos estos temas. Creo que “El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas” es una historia fundamentalmente de s-f, una historia (¿o dos?) que se sigue con interés, que está narrada con un estilo propio de las novelas de aventuras, que engancha y que, por momentos, fascina.
Entiendo que no es una novela para “leer en el metro”. Puedo decir, sin rubor, que yo ya la dejé (seguro que porque se me caía de las manos) en una ocasión y que esta era la segunda vez que le hincaba el diente.
Es una novela larga y, a veces, difícil. Allí donde quiere explicar “científicamente” la ficción (como toda novela de s-f) se vuelve complicada y, supongo, discutible. Pero esa es la parte menos importante. Siempre lo ha sido, desde un punto de vista literario. No importa nada a la historia, si ese proceso científico es posible o no.
Os incluyo estos textos que no son míos, pero me parecen interesantes de leer.
Tomado de la solapa:
“Novela aderezada con imaginativas tramas y personajes excéntricos, destila un lirismo contenido y un sutil sentido del humor. […] Combina cyberpunk, novela negra, relato fantástico y reflexión moral a un ritmo trepidante, para devolvernos a un mundo de desolación, ternura e identidades ambiguas”.
Algunos textos entresacados de la novela:
“Recuerda bien lo que voy a decirte: lo que puedan enseñarte los demás acaba en sí mismo, lo que aprendes por tu propia cuenta forma parte de ti”
Qué metáfora para hablar de esos momentos en los que repetimos, por moda, situaciones del pasado (por ejemplo, esta vuelta a la iconografía del Ché)
“En aquella época, todo el mundo llevaba el pelo largo, los zapatos sucios, escuchaba rock psicodélico, llevaba una chaqueta de combate del ejército americano con el signo de la paz pegado a la espalda y se creía Peter Fonda. Vamos, una historia tan antigua que parecía que los dinosaurios fueran a aparecer en ella de un momento a otro”
“Tras devolverme el cambio, el dueño siguió desmontando la batidora. Había un montón de tornillos, clasificados por tamaños, en unos pulcros platitos de color blanco. Allí colocados, los tornillos negros parecían realmente felices.
[…] Di vueltas a la idea de por qué los tornillos parecían tan felices dentro de los platitos. Quizás fuese porque habían dejado de formar parte de la batidora y habían recobrado su independencia como tornillos. O quizás fuese porque consideraban que, con aquellos platitos blancos, les había tocado en suerte un lugar magnífico. En todo caso, era muy agradable contemplar la felicidad ajena”.

Andrés López

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