Doctor Zhivago / Boris Pasternak

El 10 de febrero de 1890 nació en Moscú Borís Pasternak.
Poeta lírico de gran aliento, traductor de emociones; un buen día Boris Pasternak decidió emplear la prosa para narrar tiempos idos, añoranzas que este artista -acusado por el poder soviético de antisociable e insignificante- hizo volver a la vida: hechas poema. Un poema épico.
En efecto, en esta narración del Premio Nobel de Literatura 1958 se funden, se mezclan la guerra, el amor -especialmente el triangulo amoroso entre Yuri, Antonina y Lara-, la ambición, la intriga, la cobardía, la nobleza, la religión, el amor a Cristo y la traición. En muchos sentidos es una novela que se plasma dentro de un simbolismo tardío. A pesar de ser concebida y escrita en la oscuridad de un régimen dictatorial, inasible, escapa a las manos de los censores, aflora luminosa, libre y triunfal al mundo occidental, y en los Estados Unidos de América es acogida con gran entusiasmo. Pasternak, pues, es en la literatura un anticipo de Gorbachov en la política. Y se convierte en ídolo, en plena guerra fría, del odiado país capitalista. Todo un pecado que impedirá a Pasternak gozar de la fama mundial y de las regalías respectivas, las cuales, según Stephen Vizincsey en su libro Verdad y mentiras en la literatura, las gozó un editor italiano.
Las grandes obras literarias siempre han sido fuente argumental de peliculas: Don Quijote de la Mancha, Los Tres Mosqueteros, Los Miserables, Madame Bovary, Anna Kerenina, Naná y mil más; pero El Doctor Zhivago, recreado en el Séptimo Arte, alcanza un lugar preponderante en la historia del cine. El Tema de Lara, fondo musical de la cinta, se asocia a las bellas imágenes: rostros y paisajes, pero cobra vida propia e independiente. Desde luego, siempre quedará flotando en el aire la pregunta: ¿Qué es mejor: el libro o la película? A mí, en lo personal, me gustan ambos, pero creo que el final del libro de Pasternak es muy superior al The End de Hollywood, sobre todo, porque a pesar de que el texto se va construyendo como un fresco en el que uno puede comenzar a observarlo desde cualquier ángulo, tiene unas premisas que el escritor construyó con lógica, a la que le corresponde el final magistral que logra el autor moscovita.
Pero el lector siempre será libre y soberano para decidir estas cuestiones.

Matías Antonio Ocampo Echalaz

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