No hay que dejar los libros en manos de los intelectuales

Bullet Park / John Cheever

22 Noviembre 2012

Cheever está considerado como uno de los mejores cuentistas norteamericanos. Sin embargo este libro es una novela, y una novela superlativa. El ambiente es el que ya conocemos los fanáticos de la buena literatura yanki contemporánea: barrio residencial, jardines, barbacoas, familias normales (es decir, raras), relaciones comunes (es decir, curiosísimas), introspección leve y profundísima… El argumento es suave y explosivo. El estilo es como si decenas de cuentos se juntaran solazándose. Cañero.

Algunas citas

La primera, larga y de final glorioso.
Ella… seguramente destacaría en todos sus papeles: ardiente, despierta, prudente y afectuosa. El matrimonio parecía inventado para las de su clase… Alguien… lo habría catalogado a él como el típico hombre que, en la cúspide de la perfección, es descubierto como el autor de un desfalco de dos millones de dólares en las cuentas que le han sido confiadas, para financiar la práctica de sus salvajes y antinaturales apetitos sexuales y los chantajes derivados. El mismo crítico habría visto en ella a una mujer aburrida, vengativa y bebedora clandestina de jerez, que sueña todas las noches con darse al libertinaje con un harén de hombres. Pero a Nailles, en aquella mañana lluviosa, le parecieron invencibles. Su honor, su pasión y su inteligencia eran genuinos. Sus vidas no estarían exentas de riesgo, pero ellos aportarían a sus decepciones y a sus éxitos una forma inmutable de sentido común.

La segunda, de severa presencia.
Se afeitó, se bañó, se dirigió al lado de la cama de Nellie y, cogiéndola entre sus brazos pensó que parecía una mujer mucho más joven de lo que él sabía que era. Era como si en su amar y ser amados hubiesen contenido la acumulación del tiempo, como si sus cualidades más bajas, como una severa presencia, se hubiesen ausentado durante más o menos una hora, dejándoles libertad para solazarse y juguetear.

La tercera, con manta de lana
¿Sabes qué, papá?… Voy a dejar el colegio. Me pillo con la guardia baja. Me quedé estupefacto. La idea nunca se me había pasado por la mente. Lo primero que pensé fue que no debía perder los estribos. Tenía que ser razonable, paciente y todo eso. El chico sólo tenía diecisiete años. Compuse un personaje razonable y paciente, como el personaje de una obra de teatro, e intenté atenerme al papel. En realidad, me sentía como si la paciencia fuera una enorme manta de lana con la que yo me envolvía, pero que no dejaba de caerse.

Y, en la cuarta, alguien tiene que observar el mundo
Arces, abedules, tulipaneros y robles. ¿De qué le sirve ese conocimiento a él o a su hijo? Alguien tiene que observar el mundo. El constante crepúsculo parece una nota sostenida, perfecta en su tono.

Dicen que este tipo tan exquisito ha escrito más novelas: Esto parece un paraíso, Falconer, La geometría del amor… ¡A por ellas!

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