No hay que dejar los libros en manos de los intelectuales

Paisaje de otoño / Leonardo Padura

20 Noviembre 2012

Cuando termino de leer una novela negra, en la que la “trama detectivesca” marca la tensión de la lectura, y pienso en escribir en el blog una pequeña “reseña”, siempre me asaltan las dudas de qué decir sin descubrir al posible futuro lector ni un ápice de lo que va a ocurrir. Vamos, sin darle ni una sola pista de quién es el asesino.
Así que he revuelto un poco en Internet y he encontrado este pequeño texto que resume muy bien y brevemente lo que yo hubiera podido escribir. Os lo trascribo:
“Mario Conde ha decidido dejar su trabajo como investigador policial en los días que un devastador huracán recorre el Caribe con la intención de atravesar la isla. Mientras, un exdirigente cubano, exiliado en Miami, regresa por unos días a Cuba y su cadáver, mutilado, aparece a la orilla del mar.
La condición para que la renuncia del Conde sea aceptada es que esclarezca el asesinato de Miguel Forcade y, en la búsqueda del criminal, se ve envuelto en turbias historias de tráfico de influencias, de malversación de obras de arte y de diversos niveles de corrupción. Un magnifico cuadro de Matisse, “Paisaje de otoño” parece ser la clave que se esconde detrás de la muerte del exiliado y tras esa pista Conde descubre alarmantes verdades y un inesperado asesino, mientras el esperado huracán atraviesa la Habana.
Paisaje de otoño cierra la tetralogía “Las cuatro estaciones” y es el último caso que trabajará Mario Conde como investigador policial. Ganadora del premio Hammet de 1998 a la mejor novela policial de lengua española, también mereció en Francia el premio de las Islas y en Cuba el premio Nacional de la Crítica.”

Y, dicho esto, ahora viene lo importante. Padura sigue gustándome un montón. En la novela está la investigación del crimen y la denuncia de la sociedad en que se comete. Pero también está una naturaleza animada, con vida propia, desde el ciclón que va a limpiar la isla hasta los árboles capaces de sentir a quien los cuida y ama, lo cotidiano y lo festivo, las ilusiones y la melancolía, y el miedo, y la guerra, y la injusticia del mundo, y la desilusión, y la amistad, y la búsqueda de lo que uno es y lo que quiere ser, la renuncia, el amor, el sexo y el miedo (otra vez), la religión, las relaciones con la madre porque el padre casi nunca existe (aunque sí el abuelo), y, y, y…
Vamos que deberíais leerla.

Algunas citas… para disfrutar y pensar:

“— Me gusta eso de que alguno de nosotros mande todo a la mierda y se decida a esperar que venga lo que quiera venir.
—Un ciclón —susurró el Conde, después de un trago, pero su amigo continuó, como si no lo hubiera oído.
— Porque tú sabes que somos una generación de mandados y ése es nuestro pecado y nuestro delito. Primero nos mandaron los padres, para que fuéramos buenos estudiantes y buenas personas. Después nos mandaron en la escuela, también para que fuéramos muy buenos, y nos mandaron a trabajar después, porque ya todos éramos buenos y podían mandarnos a trabajar donde quisieran mandarnos a trabajar. Pero a nadie se le ocurrió nunca preguntarnos qué queríamos hacer: nos mandaron a estudiar en la escuela que nos tocaba estudiar, a hacer la carrera que teníamos que hacer, a trabajaren el trabajo en que teníamos que trabajar y siguieron mandándonos, sin preguntarnos ni una cabrona vez en la repuñetera vida si eso era lo que queríamos hacer… Para nosotros ya todo está previsto, ¿no? Desde el círculo infantil hasta la tumba del cementerio que nos va a tocar, todo lo escogieron, sin preguntarnos nunca ni de qué mal nos queríamos morir. Por eso somos la mierda que somos, que ya no tenemos ni sueños y si acaso servimos para hacer lo que nos mandan.”

“Pero en los últimos tiempos algo había ocurrido en el cerebro de Andrés. Aquel hombre a quien admiraron primero cuando había sido el mejor jugador de pelota del Pre, aupado por losa plausos de sus compañeros, con el mérito viril de haber perdido la virginidad con una mujer tan hermosa y tan loca y tan envolvente que todos hubieran deseado perder con ella hasta la vida, aquel mismo Andrés que luego sería el médico eficiente al cual todos acudían, el único que había logrado un matrimonio envidiable, con dos hijos incluidos, y había recibido el privilegio de tener casa propia y auto particular, se estaba revelando como un ser lleno de frustraciones y rencores, capaces de amargarlo y de envenenar el ambiente que lo rodeaba. Porque Andrés no era feliz, ni se sentía satisfecho con su vida y se encargaba de que todos sus amigos lo supieran: algo en sus proyectos más íntimos había fallado y su camino vital —como el de todos ellos—, se había torcido por rumbos indeseables aunque ya trazados, sin el consentimiento de su individualidad.”

“Ejercitar su independencia era uno de los privilegios de su nueva situación. Se dirigió deprisa hacia la cocina y puso al fuego la cafetera, dispuesto a beber la infusión mañanera capaz de engañar a su organismo y devolverle la vitalidad necesaria para lo que deseaba hacer: sentarse a escribir. Pero ¿de qué coño vas a escribir, tú? Pues de lo que había dicho Andrés: escribiría una historia de la frustración y el engaño, del desencanto y la inutilidad, del dolor que produce el descubrimiento de haber trastocado todos los caminos, con y sin culpa. Aquella era su gran experiencia generacional, tan bien plantada y alimentada que seguía creciendo con los años, y concluyó que valdría la pena ponerla en blanco y negro, como único antídoto contra el más patético de los olvidos y como vía factible para llegar, de una vez, al núcleo difuso de aquella equivocación inequívoca: ¿cuándo, cómo, por qué, dónde había empezado a joderse todo? ¿Cuánta culpa tenían (si es que la tenían) cada uno de ellos? ¿Cuánta él mismo?”

“— Si puede volver a ser sincero conmigo, respóndame otra pregunta: ¿no le parece realmente bochornoso tener en esa pared de esta casa un cuadro millonario, comprado con su cargo, mientras allá abajo hay gentes que se pasan la semana comiendo arroz y frijoles después de trabajar ocho o diez horas y a veces no tienen ni una pared para colgar un almanaque?
Gerardo Gómez de la Peña volvió a alisar la triste cobertura de su calva vergonzante y miró rectamente a los ojos del teniente investigador:
— ¿Por qué debía abochornarme, precisamente yo, que soy un viejo retirado al que le gusta mirar ese cuadro? Por lo que veo, teniente, usted no conoce muy bien este barrio, donde en casas tan confortables como ésta hay otros cuadros tan bellos como ése y adquiridos por caminos más o menos similares y donde se acumulan además esculturas de marfil y de maderas preciosas africanas, donde están de moda los muebles nicaragüenses, donde a las sirvientas se les llama«compañeras» y se crían perros de razas exóticas que comen mejor que el sesenta por ciento de la población mundial y que el ochenta y cinco de la nacional… No, claro que no me abochorno. Porque la vida es como dijo el viejo congo: al que le tocó, le tocó… Y al que no le tocó, lástima, pero ése se jodió, ¿no?”

Diálogo entre el exteniente, recién jubilado, y el Conde:

“— Mi mujer quiere que hoy arregle el jardín, ¿qué tú crees?
— Que estás loco si lo haces… Por ahí se empieza: después va a querer que pintes la casa, que limpies la cisterna y hasta que bañes al perro feo ese que tienen ustedes. Entonces vas a estar jodido para siempre, porque te va a dar una jaba con la libreta de la comida y te voy a ver en la cola de la bodega, cogiendo el pan todos los días y averiguando en la carnicería si vino el pollo o el pescado. Y ya no vas a tener salvación: vas a ser lo que mundialmente se conoce como un viejo de mierda.”

Y sigue el diálogo:

“— Es del carajo —admitió el teniente—. Tú que te pasaste la vida mandando a los demás… ¿Extrañas no tener ese poder, verdad, Viejo?
Rangel miró la tabla limpia de su buró y tosió antes de responder.
— Eso de mandar es como una enfermedad. Después que te acostumbras casi que prefieres vivir con ella, aunque sepas que te lleva a la tumba, ¿no…? Creo que es un vicio terrible, que no te lo puedes quitar así como así.
— ¿Pero te gustaba?
— En cierta forma sí, lo disfrutaba, aunque tú sabes que nunca fui injusto con los demás. Les exigía igual que me exigía a mí mismo. ¿Quieres saber una cosa, ya que estoy soltando todo esto? Hace veintiocho años que no me acuesto con otra mujer que no sea Ana Luisa. Y no fue por falta de proposiciones, no te creas. Fue por falta de tiempo, por no querer complicarme, por no ser vulnerable, para seguir siendo jefe… Fue como si cogiera todas las otras cosas de la vida y las metiera en un saco y las tirara en el fondo de un closet: y dejé fuera nada más que las que necesitaba para ser un buen jefe…”

La gran verdad:

“Miguel sabía que contra su ascenso estaba el tiempo: ya tenía casi cincuenta años y, como él decía, todavía no conocía a una persona que trabajando honradamente hubiera llegado a hacerse rica…”

“Desde que se había aficionado a la lectura y sintió aquella envidia corrosiva hacia las personas capaces de imaginar y contar historias, el Conde aprendió a respetar la literatura como una de las cosas más hermosas que podía engendrarla vida.”

Y, para acabar:

—. Usted me ha demostrado que es un excelente policía, y eso yo lo voy a elevar, claro que sí.
—No insista, coronel. Quiero mi baja y no mi elevación. Esto se acabó para mí.
Y Molina seguía sin entender.
—Pero, ¿por qué?
El Conde abrió en su mente el abanico de posibilidades y decidió escoger las menos agresivas.
—Porque no me gusta resolver casos como éste: la persona más limpia de toda la historia resultó ser el que va a pudrirse en la cárcel… Porque no quiero seguir revolviéndome en la mierda, en la mentira, en la falsedad. Porque no resisto la idea de que la mitad de los policías que fueron mis compañeros durante diez años, entre los que había gentes en las que yo creía, hayan sido expulsados justa o injustamente. Y porque quiero tener una casa frente al mar para ponerme a escribir. Quiero escribir una historia escuálida y conmovedora.
— ¿Escuálida?
—Y conmovedora —agregó el Conde, respondiendo— Porque quiero hablar de ese amor entre los hombres. Eso es lo que quiero. Por favor, coronel.
—Por mi madre que no entiendo. ¿Amor entre los hombres, teniente?”

Andrés López

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