No hay que dejar los libros en manos de los intelectuales

22-11-63 / Stephen King

11 Octubre 2012

Primer libro que leo del ínclito Stephen King, maestro del terror y de otras hierbas. Precisamente esta novela pertenece a esas otras hierbas, pues en ella se nos narran las peripecias de un profesor que emprende una serie de viajes al pasado, siempre al mismo punto del pasado, con la intención de arreglar ciertas maldades que por allí se produjeron, a ver si así mejora nuestro presente. Noble intención. Uno de sus principales objetivos estriba en impedir un asesinato que se cometió el día del título (véase portada).

Y le empiezan a pasar cosas al tal profesor. Y descubre maravillado las características del pasado. Y aborrece del humo de cigarrillos que apesta cualquier lugar cerrado. Y se enamora antes de haber nacido. Y esas cosas de la imaginación que suelen bordar los buenos escritores. Porque… ¡Atención!…

Stephen King es un excelente narrador. Excelente, y no quito ni una equis. El libro tiene más de 800 páginas y no te aburres en ningún momento, siempre estás pendiente de lo que va a pasar a continuación. Además, todo lo que sucede es interesante. Incluso la historia de amor donde, a pesar del tópico convencionalismo de la chica perfecta, el autor logra que sueltes alguna lagrimita.

Cuando un libro es bueno, es bueno. Y hay que decirlo. Aunque sea un best seller. Además de deleitarnos con las variadas aventuras de su protagonista, Stephen King se explaya en multitud de opiniones, comentarios y descripciones subjetivas que siempre tienen algún interés. Este tío no tiene un pelo de tonto. Gusta leerle, de verdad.

Como el tema es un poquillo de ciencia ficción sería lógico comparar el juego que le da al viaje en el tiempo con lo que podrían hacer especialistas en tales cuestiones. Pasas parte del libro pensando si no se podría haber exprimido el tema mucho más. Pero luego te das cuenta de que no, de que el Stephen le ha pillado a la cosa de modificar el pasado para modificar el presente (absurda y, por tanto, con infinito juego) el punto justo. Ni más ni menos; lo que necesita su narración. Justo de sal.

Y voy a colocar aquí dos citas de un tono poco frecuente en la novela, muy lindas, para que se vea su amplitud de registros.

Amor mayor.

Mimi y yo pasamos muchas noches agradables en los Candlewood. A veces lo único que hacíamos era ver la tele en pijama antes de acostarnos, pero a cierta edad eso puede ser tan bueno como todo lo demás- -Esbozó una sonrisa llena de tristeza-. O casi. Nos dormíamos escuchando a los grillos. A veces algún coyote aullaba, muy en la distancia, en las praderas de salvia. A la luna, ¿sabes? De verdad que lo hacen. Aúllan a la luna.

El prota está de bajón.

Por un momento todo estuvo claro, y cuando eso pasa uno ve que el mundo apenas existe en realidad. ¿No lo sabemos todos en secreto? Es un mecanismo perfectamente equilibrado de gritos y ecos que se finjen ruedas y engranajes, un reloj de sueños que repica bajo un cristal de misterio que llamamos vida. ¿Detrás de él? ¿Por debajo y a su alrededor? Caos, tormentas. Hombres con martillos, hombres con navajas, hombres con pistolas. Mujeres que retuercen lo que no pueden dominar y desprecian lo que no pueden entender. Un universo de horror y pérdida que rodea un único escenario iluminado en el que los mortales bailan desafiando a la oscuridad.

Libro muy, muy recomendable como lectura veraniega. ¡Pero no esperes al próximo verano, hombre (o mujer)!

Alberto Arzua

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