No hay que dejar los libros en manos de los intelectuales

Berlin Alexanderplatz / Alfred Döblin

6 Septiembre 2012

Dice el epílogo de esta novela, escrito por su editor alemán:

Es una negación de la literatura, poésie brute que, heréticamente somete el arte a la vida, y no quiere ser literatura sino la vida misma.

 Este Alfred Döblin era una especie de intelectual, filósofo, periodista, médico, psiquiatra, que se empeñó en escribir novelas para describir la realidad de su tiempo, el período de entreguerras en la Alemania prenazi. Sus intenciones son tan profundas que se me escapan y el medio para conseguirlas es una escritura a veces coloquial, a veces tontorrona, popular, insertando canciones, pensamientos de uno y otro, reflexiones grandes y pequeñas, historias que no vienen a cuento, chistecillos, constantes cambios de puntos de vista, disquisiciones gigantes… un poco al estilo de El Ulises de James Joyce, otro libro que ha podido conmigo. Aunque este he conseguido acabarlo.

 No sé cómo se denomina a este tipo de literatura, ni maldita la falta que hace, pero el resultado es algo que funciona a cachos, no como una novela. Quiero decir que hay trozos buenos, trozos sorprendentes, trozos muy vivos que incluso te hacen disfrutar. Las supuestas libertades literarias que se toma (hoy en día nada rupturistas) consiguen momentos frescos y divertidos. Pero estos retazos están inmersos (y, según avanza la novela, acaban ahogados) en una narración incoherente donde los personajes parecen o tontos, o tontísimos, o irreales. Las mujeres, de hecho, se describen (?) todas como algo muy parecido a trozos de carne puestos a secar. El argumento no es, no lo hay. Las historias secundarias no se desarrollan, tampoco son. El protagonista no solamente carece de sentido común sino de la más mínima coherencia humana. A lo mejor el autor pretende describirnos al tipo de gente (?) que hizo posible el nazismo. Pues vale.

 En fin, que la cosa es un caos, pero un caos cada vez más aburrido, que te hace desear que se acabe pronto. Y no, porque dura 400 páginas. Entiendo que haya gente a quien le guste, pero no lo entiendo bien del todo.

 Vaya por detrás una cita de una típica disquisición poético-moderna-divertida:

 La luz del sol, sin embargo, que cubre silenciosamente las mesas delanteras y el suelo, dividida en dos masas claras por el anuncio “Löwenbräu Patzenhofer”, es antiquísima y, mirándola, todo lo demás parece perecedero y sin importancia. Viene desde x millas, ha pasado junto a la estrella y, brilla desde hace millones de años, mucho antes de Nabucodonosor, antes de Adán y Eva, antes del ictiosaurio, y ahora brilla en la pequeña cervecería a través del cristal de la ventana, es partida en dos por un anuncio de hojalata: “Löwenbräu Patzenhofer”, se extiende por las mesas y el suelo, avanza imperceptiblemente. Se extiende sobre ellas y ellas lo saben. Es alígera, ligera, ligerísima, del cielo he bajado.

 Y si quieren ustedes comprobar si me he equivocado en este comentario, ya saben, a leer, a leer, que es muy sano.

Alberto Arzua

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