Tiempos de gloria / David Brin

He cometido el error de leer de seguido dos libros de David Brin. El primero me pareció excelente y este segundo me ha parecido insoportable. Me da la impresión de que este escritor es un hombre de ideas magníficas, pero cuyo desarrollo resulta pelín (o melenón) pesado.

Aquí nos plantea un matriarcado extrañísimo, lleno de clones y con los hombres haciendo el habitual papelón asignado históricamente a las mujeres (débiles, veletas, irracionales…). Argumento muy prometedor, es cierto, ya digo que a David le sobran las magnas ocurrencias.

Sin embargo la manera de contarnos las cosas es DESESPERANTE. La acción se demora una y otra vez en descripciones inútiles, pensamientos pesadísimos, vueltas atrás inacabables, conversaciones explicativas… y venga a explicar una cosa, y otra vez la misma, y otra vuelta de tuerca, y otra, y dale… para llegar a ningún lado. Pretensiones, todas, eso sí, que no falte. Confieso que he acabado por saltarme las páginas, es decir, leer una o dos palabras, ver de qué va y seguir sufriendo a por la página siguiente. Y eso no es manera de leer, desde luego. Pero es que este libro es un… (rellene cada cual la línea de puntos a su gusto).

Veo en comentarios por la red que la gente flipa con este feminista. Pues a mi me da igual, como si es machista. Que haga el favor de controlar sus excesos teóricos y escriba algo divertido (bueno) si es capaz. En “Gentes de Barro” le salió muchísimo mejor, aunque ya se atisbaban algunos excesos, sobre todo en descripciones que no aportan nada.

Estos científicos-filósofos-escribanos, no sé yo, no sé yo… De momento voy a dejar de leer ciencia ficción, que vaya empacho que llevo. Necesito cambiar de aires.

De todos modos voy a poner cuatro citas, por el qué dirán.

Más vale que os acostumbréis, les dijo. La aventura es un noventa por ciento de dolor y aburrimiento… y un diez por ciento de terror absoluto.

En los antiguos días, en las viejas tribus, los hombres obligaban a sus mujeres e hijas a adorar a un dios masculino de ceño fruncido, a una deidad vengadora de relámpagos y reglas bien ordenadas cuya costumbre era gritar y tronar para luego dejarse llevar por arrebatos de sentimentalismo y de perdón. Era un dios como los propios hombres: un señor de extremos. Sacerdotes vocingleros interpretaban las interminables y complejas reglas de su Creador. Disputas abstractas conducían a la persecución y a la guerra.

Si debemos incluir hombres en nuestro nuevo mundo, diseñemos las cosas de tal modo que se interpongan en nuestro camino lo menos posible.

Desde vuestro veloz carro, dominaréis este océano de la pradera, buscando cualquier cosa que rompa la ondulante monotonía, destacando cualquier punto o protuberancia que pudiera ser llamado imaginativamente topografía.

Alberto Arzua

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