La estación de la calle perdido – China Mieville

Al leer este libro te da la impresión de estar metido dentro de un cómic imposible, un cómic que ningún dibujante sería capaz de reflejar, un cómic tan monstruoso, tan enorme, tan desaforado, que muchas veces tienes ganas de dejar la lectura por no seguir compartiendo unos horrores que sobrepasan con mucho la capacidad emocional del ser humano. Porque aquí no se trata solo de seres humanos sino de monstruos de toda calaña, muchos de ellos sencillamente inimaginables, cuyas motivaciones te cuesta llegar a entender y cuyas crueldades sin límite quizá lleguen a divertir al típico adolescente mitómano. Pero yo ni soy adolescente ni mitómano, o sea que lo que siento es que me rebasa la grumosa y desmesurada magnitud de este proyecto posmoderno.

Y eso que el libro es bueno. Aunque exagerado, sí, muy exagerado, excesivo… Y no es que la exageración esté mal en sí, pero una exageración tan exagerada, truculenta y en cierta medida repetitiva acaba colapsando la capacidad receptiva del lector. Veamos algunos de los adjetivos favoritos del autor:

Obsceno, mohoso, mórbido, hediondo, mezquino, podrido, cavernoso, babeante, coagulante, ajado, descompuesto, inconcluso, turbio, polvoriento, destartalado, precario, titánico, abrupto, impío, exhumado, pugnaz, humanoide, terrorífico, despreciable, cavernícola, patético, herrumbroso, híbrido, salvaje, horrendo, tortuoso, ofídico, oleoso, siseante, exhausto, indigno, peligroso, venenoso, esquelético, mugriento, grotesco, hirsuto, deforme, doliente…

Adjetivos que, utilizados convenientemente:

Lechosos conglomerados de flema, fría mucosidad blanca, masa de mortero y esputo, gruesas sombras depredadoras, mugre orgánica, eructos clorados, ampolladas erectas como una ola ósea…

forman expresiones en general bastante conseguidas. Lo que sucede es que tanta oscuridad supurante, deforme e infecta va haciendo mella en el lector, dejándolo casi tan exhausto como a sus propios protagonistas.

Sin embargo merece la pena leerse, aunque tan solo sea porque el escritor salpica las páginas con frecuentes ramalazos de genio. Veamos algunos ejemplos.

Un profesor frustrado:
Había abandonado la universidad hacía diez años, pero solo porque, para su desgracia, comprendió que era un pésimo profesor. Había visto las expresiones confusas, había oído los frenéticos gimoteos de los estudiantes aterrados…

Amor entre distintos.
Desde debajo de su sombra extendió sus hermosas, pequeñas, inútiles alas de escarabajo. Lin acercó la mano de Isaac a las alas, invitándole a acariciar su fragilidad, totalmente vulnerable, en una expresión de confianza y amor sin parangón entre las khepri. El aire entre ellos se cargó y el pene de Isaac se endureció.

Viviendo entre agua contaminada.
Se sabía de golfillos que, rebuscando en este tremedal descolorido en busca de tesoros, habían comenzado a hablar lenguas muertas hacía mucho, o habían encontrado langostas en su pelo, o se habían difuminado lentamente hasta volverse traslúcidos y desaparecer.

La ley rehace a los malvados.
Era un desvalijador frustrado que se había negado a testificar contra su banda; el magistrado había ordenado que su silencio fuera permanente, por lo que le habían quitado la boca, sellándola con carne inmaculada. Para no tener que comer purés absorbidos por la nariz, Joshua se había abierto otra vez la boca, pero el dolor le había hecho temblar y lo que tenía ahora era una herida fláccida, rasgada, inconclusa.

Bonita descripción de un viento simple y cotidiano
Las corrientes de aire se ajustaban a su presencia, lo investigaban como tentáculos y provocaban remolinos de polvo a su alrededor.

Curiosa comparación.
Pasaron por una puerta de la que de repente emergió un sonido enervante, como la angustia apagada de las máquinas.

Calor-pequeño: elegante.
Algunos eran rehechos orgánicos, con garras, cornamenta y retales de músculo injertado, pero en su mayoría se trataba de mecánicos; el calor de sus calderas hacía que la sala se empequeñeciera.

Si no puedes mirar directamente al enemigo, usa espejos.
Shadrach estaba mirando fijamente sus espejos. Tenía el brazo izquierdo alargado hacia atrás, apuntando con el arma taumatúrgica a la polilla asesina.

Escena típica (de este libro):
Derkhan apartó la mirada, asqueada, mientras el avatar ignoraba placidamente el modo en que el afilado metal provocaba profundos desgarrones en su carne y la sangre espesa y gris se derramaba en espesos borbotones sobre su piel putrefacta.

Diré que en su primera parte, planteamiento, personajes y argumento, la novela me fascinó. Y como los logros argumentales e imaginativos, al igual que los puramente literarios, se mantienen a lo largo de la trama, hay motivos para congratularse con este escritor… si no fuera por el cansancio, repito, a riesgo de cansar.

De todos modos creo que intentaré leer los siguientes volúmenes de esta trilogía (que lo es). Para ver qué pasa y para seguir descubriendo buenos y brillantes momentos en los tochazos (éste, de más de 600 páginas).

(perdonen por la longitud de este comentario; algo se me debe de haber pegado… gangrenosamente).

Alberto Arzua

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