Pedro Páramo – Juan Rulfo

Esta última quincena he leído (y releído por segunda vez) “Pedro Páramo” de Juan Rulfo.  Declarada una de las mejores novelas en castellano del siglo XX, ha hecho correr ríos de tinta.  La entrada en Google “Juan Rulfo” da 426.000 resultados; “Pedro Páramo” 577.000  Si alguien quiere leerla, en la edición que yo he manejado hay una introducción de Volpi muy interesante, que yo recomendaría releer tras la novela. Pero aquí y ahora, como siempre, dejo mi impresión personal.  Es una novela de difícil comprensión, de una bran belleza, y tan interesante como para dedicarle varias relecturas  De difícil comprensión: Está contada por un muerto, por un muerto enterrado, no “regresado”, no “revivido”, no… Es un muerto de miedo, o sea, que el miedo lo ha matado. Y que, por no reconocerlo, explica su muerte así: “No había aire. Tuvo que sorber el mismo aire que salía de mi boca, deteniéndolo con las manos antes de que se fuera. Lo sentía ir y venir, cada vez menos: hasta que se hizo tan delgado que se filtró entre mis dedos para siempre”

En algunos pasajes no consigo saber quién es el que habla o de qué lo hace.  Cambia el narrador múltiples veces, pasando de la tercera persona omnisciente a la primera (con distintos “yo”)  El tiempo interno de la novela es confuso: la cronología de los sucesos deja paso a una forma mucho más personal y humana de seguir su rastro en la vida real.  El espacio no es nítido: todo se mezcla: lluvia y tierra; campo y pueblo; casa y campo; tumba y plaza.  De gran belleza formal: gritos teñidos de azul; abrir los sollozos; llanto delgado

“- Mi madre-dije-, mi madre ya murió.

– Entonces esa fue la causa de que su voz se oyera tan débil, como si hubiera tenido que atravesar una distancia muy larga para llegar hasta aquí.”

“Ella se dio la vuelta. Apagó la llama de la vela. Cerró la puerta y abrió sus sollozos”

“La difunta madre de D. Pedro espera que usted vista sus ropas”

“- ¿Ya murió? ¿Y de qué?

– No supe de qué. Tal vez de tristeza. Suspiraba mucho

– Eso es malo. Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace”

Ese cinismo inteligente que asoma a sus páginas:

“Nadie me hará caso – pensé. Soy algo que no le estorba a nadie”

“Lo único que quiero de usted es a su hija. Ese ha sido su mejor trabajo”

“-Ella tiene que quedarse huérfana. Estamos obligados a amparar a alguien”

Ah! Qué bonitas exageraciones!: la tierra de Comala es tan caliente que cuando uno de sus habitantes va al infierno vuelve a casa a buscar la manta.

“No, no era posible calcular la hondura del silencio que produjo aquel grito. Como si la tierra se hubiera vaciado de su aire”

“Es tan violento y vive tan de prisa que a vecs se me figura que va jugando carreras con el tiempo”

Imágenes visuales “impresionantes” en las descripciones

“ Mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecían teñirse de azul en el cielo del atardecer”

“Entonces oyó el llanto. Eso lo despertó: un llanto suave, delgado, que quizá por delgado pudo traspasar la maraña del sueño, llegando hasta el lugar donde anidan los sobresaltos.”

“Lo que pasa con estos muertos viejos es que en cuanto les llega la humedad comienzan a removerse. Y despiertan”

“Allá afuera se oía el caer de la lluvia sobre las hojas de los plátanos, se sentía como si el agua hirviera sobre el agua estancada en la tierra”

“No muy de prisa por lo pesado que era; pero corrió. Lo mataron corriendo. Murió con una pata arriba y otra abajo”

De una o varias relecturas.

Así presenta Jorge Volpi la novela: Comala es “un sitio intermedio, una orilla, una especie de trampa en la que algunas almas continúan penando, incapaces de encontrar consuelo o, de menos, la certidumbre del castigo eterno. Como su cacique (Pedro Páramo), Comala es un terreno baldío, una zona en la ya nada puede crecer, en la cual los vivos tampoco son admitidos y de la cual tampoco es posible escapar.

En realidad en Comala no hay nadie [….] sólo fragmentos de seres vivos, lamentos y aullidos, retazos y piezas sueltas de sus antiguos moradores.

[…] Al leer Pedro Páramo por primera vez, es como si un vendaval –el viento de la muerte- hubiese arrancado páginas y episodios a un libro mucho mayor: para recuperar el sentido de la historia, el lector debe realizar un ingente esfuerzo para recolocar las partes, para rearmar las historias particulares, para completar las vidas truncas de todos esos muertos.”

Andrés López

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