No hay que dejar los libros en manos de los intelectuales

EL ORIGEN PERDIDO – Matilde Asensi

27 Abril 2010

Cuando mi hermano Arnau Queralt, cayó enfermo, todos quedamos consternados. La familia sufrió enormemente, pocos veían posible una solución para la Ilusión de Cotard, una enfermedad mental que postró a mi hermano en cama prácticamente en coma y repitiendo monosílabos por toda conversación. Realmente fue desolador. Pero en mí aún ardía mi amor por él, y la necesidad fraternal de intentar ayudar. Haciendo acopio de valor y con la ayuda de mis dos mejores amigos hackers: Lola y Marc, logramos curar a mi hermano quien hoy es feliz junto a Ona, su mujer y la familia.

¿Cómo lo conseguimos? Revolvimos tierra, cielo y ciberespacio buscando pistas que nos guiaran hacia la fuente del problema para poder solucionarlo, Lola y Marc, mis amigos, a los cuales sigo viendo y con quienes tengo una relación aún más estrecha que al principio de las investigaciones, lograron dar con el código que cerraba el ordenador de mi hermano, pues nuestro punto de partida era una pista que nos dio Ona, la mujer de mi hermano: estaba en un proyecto de investigación del pueblo Inca y los aymara y extrañas anotaciones y software relacionado con el lenguaje. Investigaron hasta la última pista relativa a la extraña artesanía en la que estos pueblos dejaban escrita su historia. Así fuimos penetrando en los diferentes misterios y crípticas leyendas de estas tribus y pueblos que perpetuaron algunas de las mayores maravillas de la humanidad.
Sin embargo, no estábamos solos, y no lo digo sólo por los insectos, reptiles y felinos.
Más de un peligro nos acechaba en el camino, y aún más cuanto más cerca estábamos del milagro. Lenguas muertas, códigos, escaleras, trampas… todo parecía diabólicamente trazado para evitar su encuentro, así se las gastaban los antiguos conquistadores, de los cuales y su periplo haremos recuento en las páginas de la novela.

Cuando conseguimos lo necesario para poder visitar la tierra de los incas, emprendimos vuelo a Suramérica, y visitamos Tiahuanaco y la Amazonia en busca del remedio para mi hermano, pero las sorpresas se fueron sucediendo a lo largo del viaje; apareció por allí Doña Mercè, una mujer que no nos puso las cosas nada fáciles pero sin cuyos conocimientos arqueológicos jamás habríamos podido triunfar en nuestra empresa. Así, poco a poco dimos con la solución y pudimos volver a España con el remedio para la curación de Arnau. Hoy somos todos felices, aunque aún nos pique algún que otro granito traído de la Amazonia.

J.F. Verdamir

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