Retrato de un hombre inmaduro / Luis Landero

¿Que si me había dormido? No, qué va, cómo me
iba a dormir. Estaba acordándome, no sé por qué, de
un anuncio que leí hace unos años mientras hacía
cola en la panadería de Lucas. Decía así: «Impedido,
Óskar, silla de ruedas a motor, ultraligera, con subebordillos,
solicita asistente para manifestación guerra
Irak», y un número de móvil. Media cuartilla mal rasgada
de un cuaderno escolar, prendida con una chincheta
en el panel de corcho y escrita con torpe y concienzuda
caligrafía infantil.
Y recuerdo que al leer esas líneas, de repente sentí
la llamada, la dulce e imperiosa llamada de la virtud,
y el placer anticipado de convertirme en un hombre
ejemplar. No era ni mucho menos la primera vez
que me ocurría. Al contrario, ése ha sido siempre el
signo de mi vida: la intermitencia, la indefinición,
la mala salud psíquica, las bruscas alucinaciones de la
identidad. Eso que en otros tiempos se llamaban crisis
espirituales. Le pondré un ejemplo cualquiera, más
que nada porque mi desconfianza y mi ineptitud para
el lenguaje abstracto me impiden abordar este asunto
con cierta garantía intelectual.

Verá, fue un día de septiembre de hace ocho o diez
años. Era al final de la tarde y yo caminaba distraído,
absorto en algún vago ensueño. Imagíneselo: el ritmo
cansino, el camino aprendido, el cielo limpio, y en la
luz fresca del atardecer la promesa inminente de una
tregua en el diario laborar. Un día como tantos. Pero
de pronto el instinto me advierte de que algo extraño
está pasando a mi alrededor. Era como la sensación de
haber entrado en una isla de silencio o en un lugar sagrado,
o como sufrir uno de esos sobresaltos de las
duermevelas, cuando por un momento uno no sabe
quién es, ni qué edad tiene, ni a qué especie pertenece,
ni qué significan el mundo y la existencia.

Entonces me doy cuenta de que estoy pasando ante una comisaría.
Es una comisaría de varias plantas, que ocupa
toda una manzana, donde se expiden documentos, se
tramitan multitud de denuncias, se declara, se informa,
se solicita, se concede, y por eso a todas horas hay
muchas colas y mucho ir y venir de gente apresurada,
sólo que hoy no hay público, qué extraño, ni un
alma, y además han cortado el tráfico, y la acera y una
parte de la calzada están acordonadas por una cinta
amarilla de seguridad, y hay varios coches patrulla atravesados
en la calle y con las luces de emergencia encendidas,
y guardias con pasamontañas, uniformes de
camuflaje y subfusiles automáticos custodiando el entorno.
Gente armada, espacios abiertos, grupos a lo lejos,
expectación en el ambiente. En fin, he ahí un gran
espectáculo social: la escenificación dramática del orden.
Y resulta que sólo yo, en mi distracción, me ha-
bía aventurado por aquel territorio que, estando franco,
ahora veo que los demás viandantes prefieren darlo
por prohibido, porque todos han rehusado esa acera
y avanzan a buen paso por la contraria.

Entonces yo bajé la vista y pasé ante los guardias, y
según pasaba sentía el peso de sus miradas, y no sólo
la de ellos sino también la de los peatones del otro lado
de la calle, que habían remansado el paso, y algunos se
habían detenido y estaban de puntillas y con el cuello
asomadizo para seguir mejor aquel suceso anómalo.
¿A quién no le ha ocurrido una cosa así? De pronto
uno se convierte por casualidad en protagonista de
algo, y los demás, transformados en espectadores
esperan una buena actuación de ti, casi la exigen, y tú
por dignidad no puedes defraudarlos ni abandonar la
escena sin cumplir el papel que te asignó el destino.
«He aquí», pensé, «que por una torpeza o un descuido
me he convertido en sospechoso, en persona de
no fiar, y ahora quizá los guardias, los porteros de los
inmuebles, los meros curiosos, los niños, alguna que
otra mujer hermosa, los vejetes con sus garrotillas, las
colegialas con sus falditas de verano, los comerciantes
que por un momento han desatendido sus negocios
para asomarse a ver el espectáculo, todos, estarán pensando
quién seré yo, quién será ese que va por ahí, si
será un delincuente, o un terrorista, o sólo un gilipollas,
uno de esos ciudadanos deseosos de significarse,
un desaprensivo que, sabedor de las leyes que lo amparan,
no tiene escrúpulos en desafiar a la autoridad
con la esperanza de poder jactarse luego ante ella de
sus derechos democráticos.» Y en ese instante deseé
con toda mi alma que me echaran el alto y me pidieran
los papeles. Incluso aminoré el paso e hice por detenerme
con un gesto de ofuscación, y ya iba a llevarme
la mano a la chaqueta, cuando uno de los guardias
me disuadió con la cabeza y me indicó que siguiera
adelante.

Y entonces ocurrió. Quiero decir que en ese momento
sentí lo mismo que sentiría unos años después
al leer en la panadería el anuncio de Óskar: la dulce,
la embriagante exhortación de la virtud, y el placer de
saberme inocente. Y también la necesidad de que los
demás supieran que, en efecto, lo era, y de que me
apreciaran, y hasta me admiraran por ello. ¿Cómo decir?
Es un sentimiento que nada tiene que ver con la
religión, porque yo soy ateo, aunque no practicante,
pero son como raptos místicos, que me ocurren muy
de vez en cuando. Ardientes anhelos de perfección y
trascendencia.Ansias de purificación. Ebriedad moral.
Impresión milagrosa de caminar sobre las aguas.
Fanatismo y candor confundidos en uno. Apetito desordenado
de amor al prójimo y a uno mismo.
Y bien. En ese estado de beatitud abandoné la escena
y pasé a ser espectador. Engrosé un corro de curiosos.
Recibí sonrisas, parabienes, miradas de simpatía,
gestos de adhesión. Me sentí feliz de volver a ser
miembro reconocido de la tribu. Es más, por haber
estado en entredicho, ahora mi inocencia valía más
que las otras. Y también mi opinión. Algunos creyeron,
en su sed de saber, que yo poseía algún tipo de
información privilegiada. ¿Qué pasa?, ¿qué ocurre?,
¿por qué ese despliegue?, ¿un aviso de bomba?, ¿la visita
de alguna autoridad? Y hasta mi silencio era acogido
como un modo prudente de callar, y entre esos
agasajos me fui retirando, repartiendo saludos, recibiendo
palmadas en el hombro, convertido poco menos
que en un líder moral.

Mientras proseguía mi camino, me llené de proyectos
edificantes. Y es que pocos negocios hay tan
prósperos como el de la buena conciencia cuando se
asocia con la fantasía. Y así, durante un tiempo, un
mes o dos, o a veces sólo una quincena o unas horas,
me transformaba en un hombre ejemplar. Me levantaba
emprendedor y deportivo, cantaba en la ducha,
me despedía de mi mujer con un beso soplado,
salía de casa oloroso y amable, y muy saludador, la
mano lista siempre para ceder el paso, la sonrisa fácil,
el don de gentes pintado en el rostro. A lo mejor me
encontraba en el ascensor con un vecino. «Está tristón
el día», decía uno de los dos, y esa frase servía
para ponernos de acuerdo en todo. «Si está triste, por
lo menos que llueva.» Evocábamos los campos, los
pantanos, la contaminación, la aridez general de España.
En un instante establecíamos lazos de afinidad.
Las clases sociales quedaban anuladas. Los lemas de la
Revolución Francesa tutelaban beatíficamente nuestro
jovial y mínimo coloquio. Nos deseábamos buen
día, orgullosos de nuestra civilización, de nuestra especie.
Y yo continuaba mi camino y sentía en el alma
una hambruna de concordia que me llevaba a ser
humilde con los soberbios, sincero con los farsantes,
solidario con las causas perdidas, beligerante en la defensa
de los débiles contra los desafueros de los poderosos.
¡Y qué íntimo gozo sentía cuando entregaba
un donativo a una ONG o a un pordiosero!, o cuando
encontraba a algún ciego o impedido a quien ofrecer
mis servicios, o a algún inmigrante a quien tratar
con deferencia, como a un igual, si es que no como a
un superior. Y me encantaba pasar ante los juzgados,
las comisarías, los cuarteles, los ministerios, o entrar
en los supermercados y grandes almacenes donde había
cámaras de vigilancia y acortar el paso y demorarme
ante ellas mientras examinaba algún artículo valioso
para que mi inocencia quedara bien grabada, un
documento para la posteridad, y a veces hasta me imaginaba
que una severa comisión de ciudadanos notables,
reunida al efecto, analizaba y juzgaba cada uno
de mis gestos, de mis palabras, de mis actos, por nimios
que fueran, para poder medir luego el alcance de
mi rectitud. Y yo iba por la calle actuando ante ellos,
jugando a adivinar sus comentarios, sus juicios, sus
elogios. «He ahí un hombre en verdad intachable», decían
finalmente de mí, rendidos ante las evidencias.
Y lo era, créame. No haga caso de mi tonillo irónico,
que exagera a propósito las pequeñas hipocresías
que conlleva siempre toda empresa humana radical y
ambiciosa. Yo quería ser bueno, íntegro, valiente,
comprometido con mi tiempo. Porque, ¡qué de iniquidades
había en el mundo! En el mundo remoto y
aquí mismo, en mi barrio, que es el de Chamberí, dicho
sea al paso. ¡Cuántos motivos para indignarse y
perseverar furiosamente en la virtud!

Retrato de un hombre inmaduro

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