El Ocho / Katherine Neville

     Este es un libro que salió a principios de los 70 en EEUU y a finales de los 80 en SPAIN. Recomendado por el sistema boca a boca entre la gente que acostumbra a recomendar libros mediante dicho sistema (y que suele ser la misma que te comenta cuando te ve leer: anda, si estás leyendo un libro, a mí también me gusta mucho leer, oye, ¿es bueno?, ¿de qué va?, ¿me lo dejas?, yo también acabo de leer uno estupendísimo, te lo traigo mañana…), se ha convertido en uno de los mayores best (y long) sellers a nivel mundial. Su autora es una tal Katherine Neville, nacida en San Louis, Missouri, que es un lugar estupendo para nacer y que queda muy bien, porque a ver a quién le digo yo que he nacido en Bilbao, Vizcaya, o en Bilbo, Bizkaia… que, para el caso, resulta igual de pedestre.
     El Ocho
     Me percato de que estoy dando la impresión de que no aprecio mucho este libro. Impresión cierta. Pero tengo mis razones. Una, acabo de volver de vacaciones. Dos, he perdido mis gafas en un aeropuerto alemán (donde, por cierto, yo diría que no se me había perdido nada… pero es que estaba de paso hacia el país donde duermen los dioses). Tres, tengo muchas ganas de leer algo bueno. Cuatro, pasemos a la argumentación propiamente dicha.
     
     He leído veinte páginas de este book y estoy hasta el colodrillo. No sé si seguir. Razones:
     
     La escritura es excesivamente elemental, casi de bachillerato. Ya sé que se trata de un best seller y que no se pueden pedir peras al olmo, pero hoy en día hay best sellers con una muy digna calidad literaria. Se hace difícil leer un tocho como si corrigieras la redacción de un adolescente.
     
     Los personajes son de brocha gordísima. De momento van apareciendo dos monjas monísimas pero sin vocación y una superiora vieja pero listísima. Ya me voy contagiando del depurado estilo de Katherine.
     
     Hay incongruencias casi desde el principio. Me salto la conversación inicial entre las dos monjitas porque, aunque es de enmarcar, dura demasiado. Citaré, en primer lugar, el llamado “Relato de la abadesa”. Resulta que la tal abadesa se levanta en una reunión monjil de gran importancia para contar un secreto muy importante. Y resulta que la tal abadesa lo narra de esta guisa:
     
    … El rey había invitado a todos los nobles del imperio. El patio central, con su cúpula de mosaico, escaleras circulares y balcones, estaba repleto de palmeras traídas de tierras lejanas y festoneado con guirnaldas de flores. En los grandes salones, entre lámparas de oro y plata, sonaban arpas y laúdes
     
     Si esta es la manera de hablar de alguien que cuenta una cosa, que baje chus y lo vea. Porque en una novela nos pueden decir de todo, hasta que los elefantes vuelan, pero ha de hacerse de forma tal que nos creamos el mundo que el escritor ha inventado. No digo que nos creamos su realidad efectiva, sino la realidad que ha pergeñado el artista. De esto trata el arte. No de la realidad, sino de las sensaciones. Y, a menos que se trate de una obra de humor, poética… o voluntariamente cachonda (lo que no es el caso), debe de mantener una potente coherencia interna para que el lector la viva. He dicho. Pero… silencio, que sigue hablando la monjota:
     
    … Ocho criados negros vestidos de librea mora entraron a hombros el tablero de ajedrez. (…) El tablero, forjado en plata y oro, medía un metro de lado
     
     ¡Leches! (como diría Bernardo Marín). Pues a ver cómo caben ocho negros vestidos de moro en un metro cuadrado…
     
     Un poco después sale nada menos que Carlomagno, a quien no se le ocurre nada mejor que prometer a un soldado experto en ajedrez que si le gana una partida, le dará la mano de su hija y “la parte de mi reino que va de Aquisgrán a los Pirineos vascos”. ¡Releches! Si son ustedes capaces de determinar de algún modo cuál es dicha parte del reino (entre Alemania y Roncesvalles), me lo comunican, porque queda un poco impreciso…
     
     Empezando la partida de ajedrez, resulta que al soldado le tocan las blancas. ¡Sorpresa! Un poco antes nos habían explicado, con todo lujo de detalles, que “las piezas eran de metales preciosos afiligranados, estaban tachonadas de rubíes, zafiros, diamantes y esmeraldas sin tallar pero perfectamente lustrados…”. ¿Cómo distinguen las blancas de las negras entre tanto brillo maravilloso?
     
     En fin, que para leer un libro que te cortocircuita las neuronas cada pocas páginas (ya digo que voy por la 20… y son 650), mejor me aplico los electrodos directamente.
     
     Si me sigo torturando con esta lectura y con las gafas que me han prestado hasta que me hagan unas nuevas, amenazo con comunicárselo a ustedes. O a lo mejor no, que está la vida muy cansada. 

Alberto Arzua

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