Lo que tarda en morir un idiota / José Manuel Aguilar

 lo-que-tarda-en-morir1 El edificio de oficinas del número tres de la plaza

de San Miguel se compone de tres plantas. Como
vértebras que lo articulan, en cada una hay un largo pasillo
blanco, iluminado por fluorescentes dispuestos cada
dos metros. Pasillos largos de más de veinte metros sin
ventanas, apenas quebrados por las escaleras que los comunican
con el mundo exterior, que cruzan de parte a parte
el edificio. Pasillos estrechos cuyo albor únicamente es
roto por las puertas de una clínica dental, dos escuelas de
idiomas, una gestoría y seis despachos de abogados.
Durante todo el año la escalera huele a cloro. El olor
asciende desde la piscina del sótano e inunda los pulmones
de los vecinos, con los que rara vez te cruzas. Sólo tus
pasos y su eco. Únicamente la luz blanca que rebota en la
blanca pared y el suelo blanco, devolviendo la claridad sin
merma al aire que lo llena todo. Luz que ausenta sombras,
que se derrama por igual, inerte en un mundo en continuo
cambio.
 
En esta soledad, un fuerte golpe es algo que hace que
todo el edificio se gire sobre sí mismo, como un atleta inquieto
por un chasquido en una de sus articulaciones. Un
fuerte golpe que abre una de aquellas puertas, al fondo del
pasillo, por la que un hombre sale corriendo, con las manos
agarrándose el vientre. El hombre sangra por una herida
que no deja ver, en un esfuerzo vano para que no estalle
contra la pared y rompa la pátina inmaculada de aquel
lugar.
 
Sin ruido, el herido vuelve la cabeza, nadie a sus espaldas,
y prosigue de inmediato su huida. Al llegar al recodo,
ya jadeante, las fuerzas le abandonan y dobla una
rodilla. Por un segundo queda quieto, con la mirada en el
suelo. Busca aire, mientras su rostro se contrae por el dolor.
Su ojo izquierdo comienza a cerrarse y de una pequeña
brecha en la sien fluye un hilillo rojo que ya ha comenzado
a coagularse. Unos segundos de tranquilidad tras el
infierno que acaba de soportar. Unos metros de distancia.
 
Mira hacia atrás. Nadie le sigue. Las escaleras frente a él
le llevarán a la calle. Allí podrá pedir ayuda.
Empieza a levantarse con dificultad, pero un sonido
al fondo le espolea, aportándole energías renovadas para
proseguir la marcha. En tres pasos dobla la esquina, mira
las escaleras por un instante, y comienza a bajar a trompicones.
Al apartarse deja ver la silueta grande y silenciosa
de un desconocido que ha surgido del final del corredor.
 
El hombre observa con parsimonia el reguero de sangre
que deja su víctima. Es de color rojo oscuro, por lo que
sabe que no cuenta con más de diez minutos si quiere vol-
ver a preguntarle. Levanta la mirada y deja ver las salpicaduras
de sangre en su rostro. De las escaleras le llega el ruido
que delata que su presa ha trastabillado. Con paso ágil
y silencioso inicia la persecución, cuidando de no pisar
ningún resto. En diez zancadas llega al arranque de la escalera.
 
Su zigzag le permite ver los dos pisos que cubre
hasta el vestíbulo. Un piso más abajo su víctima comienza
a incorporarse de nuevo. En ese momento sus miradas
se cruzan. Cada uno de ellos sabe qué piensa el otro.
El hombre herido reinicia su huida. Al llegar al vestíbulo
el olor del cloro es agobiante, pero en esta ocasión
sus sentidos no reparan en ello. Huye hacia la calle, buscando
una figura que le pueda prestar ayuda. Al apoyarse
en el quicio de la puerta la madera gruñe bajo su peso. Toma
aire con dificultad una vez más y murmura una blasfemia.
Sus manos se escurren sobre la camisa, como si estrujaran
una bayeta empapada y jabonosa, haciendo inútil su intento
de retener la vida que se le escapa en cada latido.
 
Al alcanzar la plaza siente el calor del mediodía. Un
coche pasa oculto por un edificio a su derecha. Frente a él,
la iglesia de San Miguel le devuelve el ocre remozado de
su mirada. En cinco pasos más llega al centro del pequeño
espacio, junto a una fuente cubierta de pintadas. Únicamente
el sonido del agua rompe el silencio somnoliento
de la siesta. Todas las puertas están cerradas. Con terror
escucha de nuevo el gruñido de la puerta que acaba de superar.
Con terror siente que sus rodillas ya no pueden más.
Con terror mira, una vez más, en derredor, y comprueba
que hace ya muchos años que le abandonó la suerte.
 
El cazador se detiene en el umbral del edificio y apoya
su cuerpo sobre el portón de madera. En la mano izquierda,
semioculto por la manga del traje una talla mayor,
asoma un cuchillo de caza. Con calma, repasa las ventanas
de los edificios que forman aquel lugar. Todo está en silencio.
A su derecha, el rumor de coches ocasionales, más
allá del edificio que oculta la vista de la calle contigua. El resto,
postigos cerrados y persianas bajadas, barreras frente
a la luz del mediodía del sur. Su quehacer acaba de derrumbarse
junto a la pequeña fuente de la que bebió antes de
subir. Un rayo de inquietud y prisa le atraviesa sin oposición.
Aún no ha logrado lo que deseaba, aquello por lo que
ha viajado tan lejos, lo que tantas noches adelantó y ahora
está tan cerca.
 

 

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