El olor de la noche / Andrea Camilleri

  Cuando hablamos de novela negra no nos referimos a libros sucios, ni a los que están protagonizados por africanos, ni siquiera a los que nos auguran una suerte o un futuro más bien oscuro, sino que hacemos alusión a las obras literarias, habitualmente breves, que tratan de policía y ladrones. Esto es así porque así lo han sentenciado los yankees, vía Chandler y Hammet… y, como dijo aquél, palabra de dios…
     
     Cierto es que los policías se desenvuelven en ambientes sórdidos, pero el paso del tiempo y la inevitable búsqueda de originalidad del ser humano han hecho que los investigadores de ficción y sus entornos cada vez sean más variados y… divertidos.
     
     Andrea Camilleri creó a su comisario Montalbano con resabios de gourmet  local (se comenta que influido por Montalbán y su policía tragaldabas), gruñón, dulce, desobediente, intuitivo y enamorado. Un tipo bastante atractivo para el lector, que se desenvuelve en la Italia meridional del presente, un lugar no menos caótico que cualquier otro.
     
     Pero el principal atractivo de las novelas de Camilleri, a mi modo de ver, se funda en su habilidad para la ironía y en la construcción de frases redondas, marca de la casa de la novela negra de toda la vida. Los argumentos de estas novelas me suelen dar bastante igual. De hecho los libros siempre pierden de la mitad hacia delante que es cuando el escritor empieza a pretender encajar las piezas.
     
     El desenlace de esta novela tan sólo ocupa una mínima parte del final. Será por eso que la recomiendo. Y porque es muy entretenida.
     
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– ¿Quién es? –preguntó una voz de mujer mayor.
– Soy Montalbano, comisario de policía.
– ¿Un comisario? ¿Estamos seguros?
– Por mi parte, estoy seguro de que soy un comisario.

     (…)
     
     Trató de abrir la ventanilla, pero no lo consiguió.
     
– Déjeme a mí –dijo Montalbano-. De vez en cuando, se atasca.

     Se inclinó hacia la chica y comprendió demasiado tarde su error.

     
     Michela le rodeó de repente el cuello con sus brazos. Montalbano abrió la boca, sorprendido. Y fue su segundo error. La boca de Michela se apoderó de la otra boca entreabierta y empezó a explorarla a conciencia con la lengua. Por un instante, Montalbano cedió, pero enseguida se recuperó y llevó a cabo una dolorosa  maniobra de despegue.
     

 

– Quieta –ordenó.
– Sí, papá –dijo Michela con un pícaro brillo en sus ojos violeta.

     Montalbano puso el vehículo en marcha y arrancó.
     
     Pero el “quieta” de Montalbano no se refería a la chica sino a aquella parte de su cuerpo que, obedeciendo a un estímulo, no sólo había reaccionado de inmediato sino que incluso había empezado a entonar con voz vibrante un himno patriótico: “Se abren las tumbas, se levantan los muertos…”.
     
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Editorial: Salamandra
Precio: 12, 98 euros
Págs.: 223
ISBN: 978-84-7888-580-0

Alberto Arzua

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