Algo que contarte / Hanif Kureishi

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ALGO QUE CONTARTE 
 
Bajé hasta el cruce,
caí de rodillas.
ROBERT JOHNSON
 
 
 
Los secretos son mi moneda particular: trafico con ellos
para vivir. Los secretos del deseo, de lo que la gente quiere de
verdad, y de lo que más miedo le da. Los secretos de por qué el
amor es difícil, el sexo complicado, la vida un dolor y la muerte
tan cercana y no obstante aparcada bien lejos. ¿Por qué el placer
y el castigo están estrechamente relacionados? ¿Cómo hablan
nuestros cuerpos? ¿Por qué nos ponemos enfermos? ¿Por
qué deseas fracasar? ¿Por qué es tan difícil soportar el placer?
Una mujer acaba de salir de mi consulta. Dentro de veinte
minutos llegará otra. Arreglo los cojines del diván analítico y me
relajo en la butaca entre un silencio diferente, tomando un té,
sopesando imágenes, frases y palabras de la conversación y también
las vinculaciones y pausas entre ellas.
 
Como hago con frecuencia estos días, empiezo a pensar en
el trabajo, los problemas a los que me enfrento, y cómo todo
esto se convirtió en mi vocación, mi disfrute y mi sustento. Me
resulta todavía más misterioso al pensar que mi trabajo empezó
con un crimen –hoy es el aniversario, pero ¿cómo se señala una
cosa así?–, seguido de la marcha definitiva de Ajita, mi primer
amor.
 
Soy psicoanalista. En otras palabras, lector de mentes y de
símbolos. Algunas veces me llaman loquero, curandero, detective,
abrepuertas, rebuscabasuras, o simplemente charlatán de feria o
farsante. Trabajo como un mecánico de coches, tumbado sobre la
espalda, manejando las cosas de abajo, lo que hay bajo la historia:
fantasías, deseos, mentiras, sueños, pesadillas…, el mundo debajo
del mundo, las palabras verdaderas bajo las falsas. Me tomo en
serio las cosas intangibles más extrañas; me meto en sitios donde
el lenguaje no puede entrar, o donde se detiene –lo «indescriptible
»–, y además lo hago a primera hora de la mañana.
 
Llamando al dolor con otras palabras, escucho a personas
que hablan de cómo el deseo y la culpa les incomodan y aterrorizan,
de los misterios que perforan un agujero en el yo y deforman
e incluso dejan el cuerpo impedido, las heridas de la experiencia
reabiertas por el bien del alma al ser reconstruida.
 
En lo más profundo, la gente está más loca de lo que se
quiere creer. Descubres que tienen miedo de ser comidos y que
les alarma su deseo de devorar a otros. También imaginan, en el
curso ordinario de las cosas, que van a explotar, implosionar, disolverse
o ser invadidos. Su vida diaria está empapada de temores
como que sus relaciones amorosas implican, entre otras cosas,
un intercambio de heces y orina.
 
A mí, ya antes de que todo esto empezase, siempre me gustó
el cotilleo, un requisito esencial para mi trabajo. Ahora lo oigo
y escucho en grandes cantidades, un río de efluvios humanos fluye
hacia mi interior día tras día, año tras año. Como tantos otros
modernos, Freud daba trato de privilegio a los detritos; se le podría
considerar el primer artista de lo «encontrado», que extrae
un significado de lo que normalmente se desecha. Es un trabajo
sucio, esto de trabar conocimiento con lo humano tan de cerca.
Ahora suceden otras cosas en mi vida, casi un incesto,
¿quién podría haberlo previsto? Entre mi hermana mayor, Miriam,
y mi mejor amigo, Henry, ha surgido una pasión mutua.
 
Las vidas separadas de los tres están siendo alteradas, más aún,
agitadas, por esta relación inverosímil.
La llamo inverosímil porque son dos tipos de persona total-
mente distintos, nunca hubieras pensado en ellos como pareja.
 
Henry es director de teatro y de cine, un intelectual descarado,
al que le apasionan la conversación, las ideas y lo nuevo. Y Miriam
no puede ser más tosca, aun cuando siempre se la consideró
«brillante». Se conocían desde hace años: ella me acompañó
algunas veces a ver espectáculos de él.
 
Supongo que mi hermana siempre ha estado esperando que
yo la invitase a salir, me llevó su tiempo darme cuenta. Para Miriam
era bueno salir de casa y dejar a los niños y las vecinas aunque
en ocasiones le supusiese un esfuerzo, porque tiene las rodillas
destrozadas y no aguantan su peso, cada vez mayor.
 
Normalmente se quedaba impresionada, pero le aburría. Le gustaba
todo del teatro menos las obras. Su parte favorita era el intermedio,
el momento de la bebida, los pitillos y el aire. Le doy
la razón. He visto muchos espectáculos malos, pero algunos tuvieron
unos intermedios fantásticos. El propio Henry se dormía
irremisiblemente a los quince minutos de cualquier obra, en
particular si la dirigía algún amigo suyo, y apoyaba aquella cabeza
peluda en tu hombro mientras te gorgoteaba suavemente
al oído como un arroyo contaminado.
 
Miriam sabía que Henry nunca iba a tomarse en serio sus
opiniones, pero no tenía miedo de él ni de sus ínfulas. De
Henry, y especialmente de su trabajo, se decía que tenías que
alabarle hasta ponerte colorado, y luego empezar a partir de ahí.
Pero Miriam no era de dar coba; no veía la necesidad. Le gustaba
incluso pinchar a Henry. Una vez que estábamos en el vestíbulo
después de un Ibsen o un Molière, o quizás fuera una ópera,
proclamó que la obra era demasiado larga.
Todos los presentes contuvimos el aliento hasta que la voz
profunda de Henry dijo a través de la barba gris:
–Me temo que ése es exactamente el tiempo que se tarda en
llegar del principio al fin.
 
–Bueno, pues podían haber estado más cerca, es lo único
que digo –fue la respuesta de Miriam.
Y ahora hay algo entre los dos, que están mucho más próximos
el uno al otro que antes.
 
Sucedió así.
Si Henry no está ensayando o dando clase, se da un paseo
hasta mi casa a la hora del almuerzo, como hizo hace unos meses
después de haber llamado primero a Maria. Maria, una mujer
de movimientos pausados, amable, que se asusta con facilidad,
incluso se avergüenza –en un principio era sólo la señora
de la limpieza pero es una mujer que ha acabado por gozar de
mi confianza–, prepara la comida abajo, porque me gusta que
esté lista cuando termino con el último paciente de la mañana.
 
Siempre me alegro de ver a Henry. En su compañía puedo
relajarme y no hacer nada importante. Puedes decir lo que quieras,
pero todos nosotros, los psicoanalistas, pasamos horas con
eso. Puedo empezar con mi primer paciente a las seis de la mañana
y no parar ya hasta la una. Después almuerzo, tomo notas,
paseo o echo una cabezada hasta la hora de empezar a escuchar
otra vez hasta la caída de la tarde.
 
Oigo retumbar su voz que llega desde la mesa que hay fuera,
justo junto a la puerta de atrás, antes de que yo esté siquiera
cerca de la cocina. Sus monólogos son una tortura para Maria,
que tiene la desgracia de tomarse en serio las palabras de la
gente.
 
–Si usted pudiera entenderme, Maria, se daría cuenta de
que mi vida es una terrible humillación, una nada.
 
–No puede ser, seguro que no, señor Richardson, un hombre
como usted seguro que…
 
–Le aseguro que me estoy muriendo de cáncer y que profesionalmente
me va fatal.
 
(Más tarde Maria se me acercó y me preguntó en un susurro,
con miedo:
–¿Es verdad que se está muriendo de cáncer?
 
–Que yo sepa, no.
 
–¿Y en su profesión le va tan mal?
 
–Hay pocas personas más eminentes.
 
–¿Y por qué dice esas cosas? ¡Qué gente más rara, los artistas!)
 
Él continúa:
–Mire, Maria, mis dos últimas producciones, el Così y la
versión de El maestro y Margarita en Nueva York me aburrieron
mortalmente. Fueron un éxito, pero para mí no eran lo bastante
difíciles. No había lucha, no había riesgo de aniquilación. ¡Y
yo quiero eso!
 
–¡No!
 
–¡Y entonces mi hijo se trae a mi piso una mujer más hermosa
que Helena de Troya! ¡Me odia el universo entero…, los
desconocidos escupen en mi boca abierta!
 
–¡Oh, no, no, no!
 
–Sólo hay que leer los periódicos. Soy más odiado que Tony
Blair, un hombre universalmente aborrecido.
 
–Sí, todo el mundo dice que es terrible, pero usted no ha invadido
a nadie, ni permite que los torturen en Guantánamo. ¡A
usted le quieren! –Hubo una pausa–. ¡Sí, ¿lo ve?, usted lo sabe!
 
–Pero yo no quiero ser amado. Quiero ser deseado. El amor
es seguridad, pero el deseo es infecto. «Dámelo con exceso…» Lo
terrible es que cuanto menos capaz para el sexo es uno, más capaz
es para el amor, esa cosa pura. No me entiende nadie más
que usted. ¿Cree que es demasiado tarde para hacerme homosexual?
 
–No creo que ése sea el remedio, señor Richardson. Pero
consúlteselo al doctor Khan. Dentro de poco estará aquí.
 
Las puertas que dan a mi jardincito, con sus tres árboles y
su trocito de hierba, estaban abiertas. Sobre la mesa de fuera había
flores y Henry se sentaba ante ella con la barriga prominente
haciendo de cómodo almohadón para descansar las manos
cuando no se estaba rascando. Sobre la rodilla tenía a Marul, el
gato gris que me dio Miriam, un gato que todo lo quiere oler y
al que hay que sacar sistemáticamente de la consulta donde recibo
a los pacientes.
 
………………….
 

 

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