No hay que dejar los libros en manos de los intelectuales

Ensayos / Montaigne

12 Enero 2009

Se podría decir que este es el primer libro de ensayo de la historia. Corrían los tiempos del Renacimiento: el ser humano se estaba liberando de la religión y descubriéndose a sí mismo. Esta obra de Montaigne, uno de los hitos de la cultura mundial, representa el primer pensamiento libre de la humanidad después de tantos siglos de ocultismo. Pero lo mejor de todo es que se trata de un libro muy divertido, que se puede leer de cualquier manera (por el principio, por el final, por el medio, en la cama, en el tren, en la cocina, en el campo…) y con el cual aprendes cantidad de cosas mientras te ríes, te sorprendes y te emocionas. Recomiendo tener este libro siempre a mano. Yo lo utilizo cada vez que me quedo sin una lectura medianamente apasionante. Montaigne, que llegó a ser alcalde de Burdeos, tuvo el latín como primera lengua materna y el griego como segunda. Después le dejaron aprender francés. Sus Ensayos están literalmente plagados de citas grecolatinas (traducidas, eh), siempre muy originales y reveladoras.

Citemos algunas citas clásicas entreveradas de otras del mismo Montaigne:  El que puede decir cómo arde sólo vive una pequeña pasión (Petrarca, Sonetos. 137).  Jamás todas las gracias fueron a todos concedidas (La Boétie, Sonetos, XIV). He visto cómo relatos muy amenos volvíanse tediosos en boca de un señor, al haber bebido mil veces en ellos todo el auditorio (Montaigne). Si así como la verdad, sólo tuviese la mentira una cara, mejor nos iría. Pues consideraríamos cierto lo opuesto a lo que el mentiroso dijera. Más el reverso de la verdad tiene cien mil caras y un campo infinito (Montaigne). De nada sirve conocer el futuro. Pues en efecto es inútil atormentarse en vano (Cicerón, De la naturaleza de los Dioses, III, 6). Si de improviso estalla en mis oídos el ruido de un arcabuzazo en un lugar en el que no lo espero, no puedo dejar de pegar un respingo, cosa que he observado en otros que valen más que yo (Montaigne). Su alma permanece inmutable, sus lágrimas corren en vano (Virgilio, Eneida, IV, 449). Un condenado a muerte, habiendo pedido algo de beber, al haber bebido el verdugo primero, dijo que no quería beber después de él por miedo a coger las viruelas (Montaigne). ¿Por qué entre tantas razones para convencer de distintas maneras al hombre para que desprecie la muerte y soporte el dolor, no hallamos alguna que nos vaya bien? (Montaigne). Por mucho que digan, incluso en la virtud, el fin último de nuestra intención es la voluptuosidad. Me place golpear sus oídos con esta palabra que tanto les repele (Montaigne). Preferiría pasar por loco o por tonto con tal de que mis errores me complazcan o me pasen desapercibidos, antes de ser sabio y rabiar (Horacio, Epístolas, II. II. 126). La ardorosa juventud se acalora tanto mientras duerme, encerrada en su caparazón, que sacia en sueños sus amorosos deseos:A menudo, como si hubieran consumado el acto, derraman su savia, manchando sus vestidos (Lucrecio, IV. 1.035). Es verosímil que la fe principal en los milagros, las visiones, los encantamientos y semejantes hechos extraordinarios, venga del poder de la imaginación que actúa fundamentalmente contra las almas del vulgo, por ser más blandas (Montaigne). Decía la nuera de Pitágoras, que la mujer que se acuesta con hombre, ha de dejar la vergüenza al tiempo que la saya y recuperarla al ponerse el refajo (Montaigne). Y aun cuando para revalorizar el poder absoluto de nuestra voluntad, alegase San Agustín haber visto a alguien que ordenaba a su trasero tantos pedos como quería y aun cuando su glosador Vívez fuese más lejos con otro ejemplo de su época de pedos organizadossegún el tono de los versos que se les pronunciaba, ello no supone tampoco la pura obediencia de este miembro; pues, ¿acaso existe otro por lo común más indiscreto y escandaloso? (Montaigne). Mi collar de flores sírvele a mi nariz, mas después de habérmelo puesto tres días seguidos, sólo sirve ya a las narices de los asistentes (Montaigne). ¡Cuán difícil es conocer los íntimos pensamientos de aquéllos que nos asisten! (Montaigne).

Este clasiquísimo Michel de Montaigne es un tipo que se presenta tal y como es, que reflexiona acerca de todo y acerca de sí mismo con una sinceridad encantadora, que se te hace muy cercano, sorprendentemente contemporáneo, muy majete. Mira lo que dice en la introducción (cito justo el principio, muy conocido, y el final):

Es éste un libro de buena fe, lector (…) yo mismo soy la materia de mi libro: no hay razón para que ocupes tu ocio en tema tan frívolo y vano. Adiós pues; de Montaigne, a uno de marzo de mil quinientos ochenta.

CATEDRA. Letras universales. Edición de Bolsillo. Dos tomos Precio aprox. por tomo: 11 euros ISBN 9788437605395 

Alberto Arzua

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