No hay que dejar los libros en manos de los intelectuales

Fiat umbra, de Isabel Escudero

25 Junio 2008

Morir por las ideas!:
eso le pasa
a cualquiera.

Me alcanza:
untada viene la flecha
de distancia.

Guadaña de luna
tiembla en el agua:
¿de qué duda?

Isabel Escudero

La pregunta por la relación entre poesí­a y pensamiento ha llegado a ser uno de los tópicos de los encuentros poéticos. Aparentemente, el tema da para mucho, pero una termina preguntándose si no será ésta otra de tantas falsas dicotomí­as que se inventan, al nombrarlas, para poder hablar de algo, que de eso, al fin y al cabo, se trata.

Obtuve la respuesta de repente, mientras leí­a el Fiat umbra (Pre-Textos) de Isabel Escudero cuando, al darme cuenta de que levantaba los ojos del libro y me quedaba con la mirada perdida después de la lectura de uno de sus fragmentos, recordé un ejemplo que poní­a Miguel Palacios en sus clases de í‰tica: el que lee filosofí­a, decí­a, levanta a menudo la cabeza, como hace un pájaro al beber. Así­, lo leí­do se filtra, como el agua en la garganta del pájaro, y se asienta en el entendimiento. Pues bien, tomé conciencia, en ese instante, de que no estaba leyendo un ensayo sino unos poemas y que, sin embargo, hací­a el mismo gesto; la misma necesidad habí­a de dejar que el agua se filtrase y hallase su camino hacia el núcleo. Si, pues, para beber el verso hay que levantar la cabeza, ¿qué diferencia existí­a entre el poema y el pensamiento?

No obstante, fiel al principio de sospecha, volví­ a la pregunta: ¿era realmente el mismo gesto? ¿Acaso no habí­a, en la recepción de un buen poema, además del placer del entendimiento, un cierto paladeo? Ciertamente, el verso se “saborea”. Y esto, el sabor, al que los filósofos de la India llamaban rasa, es algo que viene dado por la buena elaboración, por la sabia combinación de los ingredientes. No otra cosa es la poí­esis.

Pero si bien la poí­esis es el arte de hacer poemas, el poema no es la poesí­a. El poema es algo más. Nos abre una ventana, a veces pequeña, a veces grande, sobre el mundo. Nos cuenta algo que, sin saber, sabí­amos, y que reconocemos. El poema es una evidencia que nos asombra. Derrida lo comparaba con un erizo. Lo encontramos indefenso, hecho una bola en la autopista, y nos dan ganas de cogerlo, de protegerlo porque allí­, muy a ras de suelo, murmura, dice algo muy bajito. Algo importante. Pero sin aspavientos. Y repetimos lo que murmura, nos lo aprendemos de memoria (par coeur) y el corazón, entonces, el corazón que no habí­a, se hace.

Este hacerse el corazón no es cosa de artificio. Es tiempo de deponer las ansias, los poetas, y estar atentos. Caracol, mejor que erizo, el poema -y el poeta- es la más humilde de las criaturas. Indefenso pero ligero, lleva consigo su casa, su morada; la construye con su propia saliva a medida que va creciendo. Así­ ha de ser el poeta para los tiempos que vienen. Humilde, anónimo si pudiera. Porque lo que dice, lo dice para todos y es en boca de todos cuando halla cumplimiento.

Vuelvo al Fiat umbra. A medio camino entre el haiku y la sentencia popular o la métrica breve castellana, estos “farolillos” expanden su luz en mi penumbra. Brevemente, a modo de estampas para la imaginación o para la inteligencia, permitiendo ese sesgo de la mente que tanto abreva. Sirvan de ejemplo para lo dicho. Beber un sorbo y levantar la cabeza. Como el pájaro.



Chantal Maillard (Bruselas, 1951), premio Nacional de Poesí­a en 2004, ha publicado recientemente Hilos (Tusquets, 2007, Premio de la Crí­tica 2008) y, en colaboración con í“scar Pujol, Rasa: el placer estético en la tradición india (José J. de Olañeta, 2007).

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Un comentario

  • elbotones 25 Junio 2008en1:57 pm

    Yo me acuso de haber comprado dos docenas del libro de Isabel Escudero “Coser y cantar”, como quien compra huevos, para convidar a algo sencillo y suculento a los amigos. No me queda más que mi ejemplar, y veintitrés amigos agradecidos.

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