REUNIÓN TUMULTUOSA, De Tom Sharpe

Esta novela, junto con la siguiente, «Exhibición Impúdica», valió a Tom Sharpe la deportación de Suráfrica, donde llevaba diez años enseñando no se sabe qué. Pero oye, un humor malvado y retorcido, engalanado sólo para zaherir a un régimen polí­tico “brutal, sí­- del que hace una caricatura mortal pero muy divertida. No desprecia Sharpe añadir muertos y muertos a la trama y retratar a los afrikaaners como retrasados mentales, mestizos, acomplejados ante la elegancia de los surafricanos de origen inglés, ignorantes y snobs.

Es un misterio por qué las autoridades surafricanas esperaron a la segunda novela, “Exhibición impúdica para devolverlo a Inglaterra, donde se hizo mucho más famoso con sus varias novelas sobre Wilt, un profesor muy normal pero muy loco, y con sus crí­ticas al sistema educativo del Reino Unido.

-¿Tan malo es lo que dice de Suráfrica?

-Malo, malo, no, porque se limita a coger el mito del Buen Salvaje y convertirlo en el del Mal Salvaje, una técnica oportuna. Toda una nación de asnos asesinos y violadores.

-Además, lo terrible es que nos hace reí­r. No nos escandalizamos ante la barbarie porque sabemos “o creemos saber- que en todos los hornos cuecen habas, aunque, en una España tan pudibunda como esta de hoy, S harpe no encontrarí­a editor si le diera por contar las salvajadas policiaco-judiciales que nos traemos por aquí­.. Y con tanto racismo como puede caber en la piel de toro.

-Imagí­nate que la novela empieza cuando una señorita mayor, hija del último gobernador ingles de la zona, mata a su cocinero cafre con una escopeta para elefantes. El cocinero queda literalmente esparcido por el césped y con una extraña pista: la abundancia de caucho.

Luego llegan el Kommandant con su fiel Konstable Els y ya hay material bastante para una muestra de ese racismo salvaje y habitual en la vieja Suráfrica:

«Así­ pues, fue una sorpresa notable para él oí­r que el Konstable Els contestaba al teléfono en el despacho exterior y vibraban en el aparato los tonos estridentes de la voz de la señorita Hazelstone. El Kommandant, interesado por ver cómo sufrí­a Els a manos de la señorita Hazelstone, escuchó la conversación.

La señorita Hazelstone telefoneaba para informar que acababa de matar a su cocinero zulú. El Konstabel Els podí­a hacerse cargo perfectamente del asunto. Como agente de policí­a, también él habí­a matado a tiros en sus tiempos a muchos cocineros zulúes. Además, habí­a ya un procedimiento establecido para resolver estas cuestiones. El Konstabel Els inició la fórmula rutinaria.

”Usted quiere informar de la muerte de un cafre ”comenzó.

”Acabo de asesinar a mi cocinero zulú ”gruñó la señorita Hazelstone.

”Eso fue lo que dije —dijo Els, conciliatorio—. Que quiere usted informar de la muerte de un negro.

”Yo no quiero hacer nada de eso. Le he dicho que acabo de asesinar a Cinco Peniques. Els lo intentó de nuevo.

”La pérdida de cinco peniques no constituye un asesinato.

”Cinco Peniques era mi cocinero.

”Matar a un cocinero tampoco constituye un asesinato.

”¿Qué es entonces un asesinato? ”la seguridad de la señorita Hazelstone en su propia culpa comenzaba a tambalearse ante el diagnóstico favorable de la situación del Konstabel Els.

”Matar a un cocinero blanco puede ser asesinato. Es improbable, pero puede ser. Pero matar a un cocinero negro no. Bajo ninguna circunstancia. Matar a un cocinero negro se considera defensa propia, homicidio justificado o eliminación de basura ”Els se permitió una risilla”. ¿Ha probado usted a llamar al Departamento de Higiene? ”preguntó.

Era evidente para el Kommandant que Els habí­a perdido el poco sentido del decoro social que pudiera tener. Le apartó del teléfono y lo cogió él mismo.

”Aquí­ el Kommandant van Heerden ”dijo”. Al parecer ha tenido usted un pequeño accidente con su cocinero.

”Acabo de matar a mi cocinero zulú ”dijo implacable la señorita Hazelstone.

El Kommandant van Heerden ignoró la autoacusación.

”¿El cadáver está en la casa? ”preguntó.

”El cadáver está sobre el césped ”informó la señorita Hazelstone.

El Kommandant suspiró. Siempre igual. ¿Por qué la gente no matarí­a a los negros dentro de la casa, que era donde tení­an que hacerlo?

”Tardaré unos cuarenta minutos en llegar ahí­ ”dijo”. Y cuando llegue, encontraré el cadáver en la casa.

”No señor ”insistió la señorita Hazelstone”. Lo encontrará usted en el césped, en la parte de atrás.
El Kommandant van Heerden volvió a intentarlo:

”Cuando yo llegue, el cadáver estará dentro de la casa ”dijo, muy despacio esta vez.

Pero la señorita Hazelstone no parecí­a impresionada
.
”¿Acaso insinúa usted que debo cambiar de lugar el cadáver? ”preguntó furiosa.»

Suceden luego grandes errores policiales, como un tiroteo entre los propios policí­as donde el Konstabble Els, esa fiera analfabeta, acaba con una veintena de compañeros y hiere a una infinidad. Encuentra en la casa de los Jacarandás a un señor desnudo y borracho, dormido, que resulta ser un Obispo, hermano de la señorita. No le sirve de nada. He aquí­ parte del interrogatorio del eficiente Kommandant al obispo inocente y con resaca:

”Pero la .Ley Antiterrorista no se aplica en mi caso. Yo no soy un terrorista.

”¿Y qué es entonces una persona que va y se liquida a veintiún policí­as? ¿Acaso no es un terrorista?

”No sé de qué me habla.

”Le diré de qué le hablo ”gritó el Kommandant—. Se lo diré bien claro. Ayer por la tarde intentó usted destruir las pruebas de un crimen salvaje cometido en la persona del cocinero zulú de su hermana disparando contra él con un monstruoso rifle de cazar elefantes. Luego, obligó a su hermana a confesarse autora del crimen para salvar usted el pellejo, y luego se fue a la entrada principal y liquidó a tiros a veintiuno de mis hombres cuando intentaban entrar en el parque.

El obispo miró desconcertado en su derredor, intentando serenarse.

”Está usted en un error ”dijo al fin”. Yo no maté a Cinco Peniques…

El Kommandant van Heerden le interrumpió rápidamente.

”Gracias ”dijo, y empezó a escribir”. Confiesa haber matado a veintiún agentes de policí­a.

”Yo no he dicho eso ”gritó el obispo”. Le he dicho que no habí­a matado a Cinco Peniques.

”Niega haber matado al cocinero zulú ”continuó el Kommandant, escribiendo laboriosamente.

”Niego también haber matado a veintiún policí­as ”gritó el obispo.

”Se retracta de la confesión anterior ”dijo el Kommandant.

”No ha habido confesión anterior de ningún tipo. Yo no he dicho en ningún momento que hubiera matado a los policí­as. El Kommandant van Heerden miró a los dos Konstabels.

”Ustedes le oyeron confesar que mató a veintiún agentes de policí­a, ¿no es cierto? âdijo.

Los dos konstabels no estaban seguros de lo que habí­an oí­do. Pero sabí­an lo suficiente para no arriesgarse a llevarle la contraria al Kommandant. Asintieron.

”Ahí­ tiene usted ”continuó el Kommandant”. Ellos le oyeron.

”Pero no lo he dicho ”aulló el obispo”. ¿Para qué iba a querer yo matar a veintiún policí­as? El Kommandant consideró el asunto.

”Para ocultar el crimen del cocinero zulú que habí­a cometido”dijo al fin.

”¿Y cómo me iba a ayudar a ocultar el asesinato de Cinco Peniques el matar a veintiún policí­as? ”chilló el obispo.

”Eso deberí­a haberlo pensado usted antes de hacerlo ”dijo limpiamente el Kommandant.

”Pero es que no lo hice, ¿cómo quiere que se lo diga a usted? Ayer por la tarde no me acerqué siquiera a la entrada principal. Estaba demasiado borracho para moverme.

El Kommandant empezó a escribir de nuevo.

”Afirma haber actuado bajo la influencia del alcohol”dijo.

”No, ni hablar. Dije que estaba demasiado borracho para ir a ninguna parte. No podrí­a haber llegado hasta la entrada principal aunque hubiese querido.

El Kommandant van Heerden posó la pluma y miró al detenido.

”Entonces, quizá sea usted capaz de decirme» dijo ”por qué sesenta y nueve perros rastreadores siguieron el olor en cuanto les di su pista hasta la entrada principal y luego volvieron a la piscina donde estaba usted desembarazándose de las armas del crimen.

”No sé, francamente.

”Testigos especialistas, perros rastreadores ”dijo el Kommandant”. Y quizás pueda también explicarme cómo es que su cartera y su pañuelo estaban en el bunker desde el que fueron abatidos mis hombres.

”Pues no tengo ni idea.

”Eso es, ahora, si es tan amable, firme aquí­ ”dijo el Kommandant ofreciéndole la declaración.
El obispo se inclinó y leyó la declaración. Era una confesión de que habí­a asesinado a Cinco Peniques y a veintiún agentes de policí­a»

Es obligado decir que quien disparó desde el citado bunker no era otro que el Konstable Els, como en un descuido.

Toda la novela está montada para exhibir una maldad inconsciente, salvaje, “natural”, servida por personas con poco relleno. Los asuntos se van complicando y el obispo interrogado, y torturado después, acaba firmando una confesión general por la que le van a ejecutar en la horca. Sólo entonces tiene acceso a un abogado que no es más espabilado que el resto de la maquinaria legar surafricana. Vale la pena atender a los crí­menes de los que se confiesa el Obispo:

Los pronósticos del obispo de Barotselandia, como siempre, resultaron totalmente erróneos. Se eligió para ver el caso al juez Schalkwyk, cuya madre habí­a muerto en un campo de concentración inglés, y famoso por su sordera y por su desprecio a todo lo británico. El abogado defensor, el señor Leopold Jackson, también tení­a cierta limitación fí­sica, consistente en una fisura palatina que hací­a casi inaudibles sus discursos, y era también famoso por su tendencia a someterse a la autoridad de los jueces. Le habí­an elegido para llevar la defensa los herederos del acusado, primos lejanos que viví­an en un barrio pobre de Ciudad del Cabo y que albergaban la esperanza de acelerar el curso de la justicia para evitar más publicidad desagradable que empañarí­a el buen nombre de la familia. Al señor Jackson sólo le permitieron ver a su cliente unos dí­as antes de iniciarse el juicio, y, además, sólo en presencia del Konstabel Els.

La entrevista tuvo lugar en la cárcel y se distinguió, desde un principio, por la falta de comunicación entre los interlocutores.

”Y dice uztez que firmó una confeción. Qué láztima” dijo el señor Jackson

”Se hizo bajo coacción ”corrigió el obispo.

”No es verdad ”dijo Els”. Se hizo aquí­.

”Bajo coacción ”dijo el señor Jackson”. Entoncez no cervirá.

”No creo”dijo el obispo.

”Cómo no va a servir”dijo Els”. Pues claro que sí­.

”¿Cómo le coaccionaron para que confezara?

”Me obligaron a mantenerme de pie.

”No es verdad”dijo Els”. Yo le dejé sentarse.

”Sí­, eso es cierto” admitió el obispo.

—Ací­ que no hubo coacción —dijo el señor Jackson.
—Acabo de decí­rselo. Se hizo aquí­ â€”dijo Els.

—Hubo coacción en parte —dijo el obispo.

—No le haga caso —dijo Els—. Yo sé dónde se hizo. Se hizo aquí­.

—¿Ce hizo aquí­? —preguntó el señor Jackson.

—Sí­ â€”dijo el obispo.

—Ahí­ tiene. ¿Qué le dije yo? —dijo Els.

—Parece que ecizte una confución —dijo el señor Jackson—. ¿Qué confezó uztez?
—Genuflexión con una lúbrica —se apresuró a decir Els, desechando delitos menores.

—¿Genufleción con qué? —preguntó el señor Jackson.

—Quiere decir rúbrica, creo —dijo el obispo.

—No no. Quiero decir lúbrica —dijo Els indignado.

—Qué delito tan eztraño —dijo el señor Jackson.

—Y que lo diga —dijo Els.

—Yo creí­a que ce trataba de un cazo capital —dijo el señor Jackson.

—Lo es —dijo Els—. Yo estoy disfrutándolo muchí­simo.

—Genufleción no ez un delito, cegún el derecho zuzafricano.

—Es con una lúbrica —dijo Els.

—Hay más delitos en mi confesión —dijo el obispo.

—¿Cuález?

—Asesinato —dijo el obispo.

—Lesbianismo —continuó Els.

—¿Lezbianizmo? Ezo ez impocible. Un hombre no puede cometer lezbianizmo. ¿Eztá uztez ceguro de que ez el cazo correcto?

—Segurí­simo —dijo Els.

—¿Le importarí­a dejar que mi cliente hablaze por zí­ mizmo? —preguntó el señor Jackson a Els.

—Yo sólo intento ayudar —dijo Els, ofendido.

—Vamoz a ver —continuó el señor Jackson—. ¿Ez cierto que ha admitido uztez cer lezbiana?

—Pues sí­, la verdad —dijo el obispo.

—¿Y acecino?

—Parece extraño, ¿verdad? —dijo el obispo.

—Parece fantástico. ¿Qué máz confezó uztez?

El obispo vaciló. No querí­a que el señor Jackson pusiera objeciones a su confesión, antes de que la leyeran en el juicio. Todo se basaba en lo absurdo de tal documento y el señor Jackson no parecí­a un abogado capaz de entenderlo.

—Creo que preferirí­a que el caso siguiera adelante tal como está —dijo, y excusándose, con el pretexto de que estaba cansado, hizo salir al abogado de la celda.

—Le veré el dí­a del juicio —dijo el señor Jackson alegremente, y se fue.

Sin embargo, no se debió al señor Jackson el que la confesión de Jonathan Hazelstone no llegara al juicio en su versión completa. Fue más bien, debido a la meticulosidad del Luitenant Ver-kramp, que, deseoso de halagar, habí­a enviado la confesión al departamento de seguridad del Estado, a Pretoria. El jefe del departamento de seguridad del Estado encontró una mañana el documento en su escritorio y lo leyó con una creciente sensación de incredulidad. Estaba acostumbrado a leer confesiones extravagantes. En realidad, la sección de seguridad existí­a para manufacturarlas y él podí­a ufanarse de tener, a este respecto, una reputación superior a la de cualquiera. Ciento ochenta dí­as en confinamiento solitario y dí­as de pie sin dormir sin que cesasen los interrogatorios un instante, solí­an producir confesiones bastante curiosas, pero, de todos modos, la confesión que le habí­a enviado Verkramp eclipsaba absolutamente todas las anteriores.

—Este hombre está loco —dijo después de repasar el catálogo de delitos entre los que se incluí­an la necrofilia, la flagelación y la liturgia, pero no estaba claro a qué hombre se referí­a. Tras una conferencia con miembros directivos del gobierno, el departamento de seguridad del Estado decidió intervenir para defender los intereses de la civilización occidental encarnada en la república de Sudáfrica y, utilizando los poderes otorgados por el parlamento, ordenó la supresión de nueve décimas partes de la confesión.»

El resto es ya pura locura, con el obispo condenado a muerte, con una evasión y, con tantas otras cosas que no se pueden explicar sin que se fundan las teclas. Hay que leerlo en directo y, si es en sitio público, cuidando de reprimir las carcajadas.
-Pero me consta que eso mismo podrí­a escribirse de muchas naciones a las que no se bloquea. Miremos a China, que vende los órganos de los ejecutados, cuyas muertes se retransmiten.

Rosby

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2 respuestas a REUNIÓN TUMULTUOSA, De Tom Sharpe

  1. Anónimo dijo:

    Solo os dire que mi mujer me prohibio leer este libro a partir de las 12 de la noche, pues ella queria dormir y mis carcajadas la despertaban =D

  2. Antonio dijo:

    La mayor genialidad de los libros de humor.
    Aconsejo no leer en el Metro si no se quiere convertir uno en el blanco de todas las miradas…brutal.

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